
En el tercer aniversario del “Diluvio de Al-Aqsa” y de la tragedia de Gaza provocada por Hamás, parece legítimo preguntarse: ¿dónde están los árabes? Más aún, ¿dónde está Irán? ¿Y hacia dónde se dirige Israel? Esta pregunta se ha vuelto, por ahora, imposible de responder. Esto se debe a que los problemas que aquejan al mundo árabe, o más precisamente a los mundos árabes, no parecen tener solución en un futuro previsible, sencillamente porque la clave para resolverlos se encuentra, la mayoría de las veces, en Teherán, y no en una u otra capital árabe, ni, desde luego, en la Liga Árabe. Esta última atraviesa una crisis estructural que refleja el estado de decrepitud del mundo árabe. Creo que “decrepitud” es una palabra bastante indulgente.








