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El Nuevo Mundo

Irak: el derrumbe de la apuesta estadounidense por el gobierno de al-Zaidi

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se reúne con el primer ministro de Irak, Ali al-Zaidi (izq.), en la Oficina Oval de la Casa Blanca, en Washington, D. C., el 14 de julio de 2026. (Foto: SAUL LOEB / AFP)
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By Khairallah Khairallah
Published sep 19, 2026 - 14:09

Con cada día que pasa, queda más claro hasta qué punto Irak fue vital para la seguridad del Golfo en su conjunto y cuán grave fue el desequilibrio regional provocado por la administración de George W. Bush en 2003.

Ese año, Estados Unidos entregó Irak a Irán en bandeja de plata. Los tanques estadounidenses entraron en Bagdad sin comprender plenamente las consecuencias de una transformación que modificaría el equilibrio regional. Ese equilibrio había formado parte integral del orden regional desde la creación del Estado iraquí tras el colapso del Imperio otomano a comienzos de la década de 1920.

Irak, desde donde fueron lanzados drones contra Arabia Saudita con el objetivo de inutilizar el oleoducto que desemboca en Yanbu, sobre el mar Rojo, no es simplemente otro país que comparte una larga frontera con Irán.

Existe una realidad históricamente comprobada: la frontera entre Irak e Irán ha marcado durante mucho tiempo la separación entre dos civilizaciones, la persa y la árabe. Esto fue algo que comprendió el fallecido presidente francés François Mitterrand en 1981 y 1982. En aquel momento, Francia brindó asistencia militar a Irak mediante el “préstamo” de aviones Super Étendard utilizados para atacar objetivos marítimos y refinerías de petróleo. Francia también vendió a Irak misiles antibuque Exocet capaces de inutilizar petroleros. Irak se encontraba entonces en una situación poco envidiable. Sin embargo, esos aviones y misiles franceses le ayudaron a contener a las fuerzas iraníes, que estuvieron cerca de romper las líneas iraquíes, particularmente en la región de Basora.

La administración de George W. Bush ignoró todas estas consideraciones. No comprendió lo que implicaba disolver el ejército iraquí y llevar al poder en Bagdad a milicias iraquíes de carácter sectario que operaban bajo las órdenes de la Guardia Revolucionaria iraní.

A pesar de los repetidos esfuerzos de fuerzas iraquíes que buscaban reconectarse con el mundo árabe y restablecer cierto equilibrio dentro del país, poco ha cambiado realmente en Bagdad desde 2003. Irak ha permanecido firmemente dentro de la esfera de influencia de Irán. Teherán logró revertir el equilibrio de poder y colocar al país bajo la influencia de las “Fuerzas de Movilización Popular”, que no son mucho más que una cobertura para milicias iraquíes dirigidas desde Teherán.

Nada indica hoy que el gobierno de Ali al-Zaidi, de 41 años, sea capaz de recuperar el control de Irak y transformarlo en un Estado libre de la influencia iraní, viaje o no a Washington, París u otras capitales. Tampoco hay nada que indique que Irak, bajo el sistema actual creado por los estadounidenses, pueda convertirse en un Estado independiente, respetar sus compromisos con Arabia Saudita o Kuwait e impedir que las milicias de las “Fuerzas de Movilización Popular” desempeñen el papel que Irán espera de ellas.

No es casualidad que Arabia Saudita haya sido atacada en un momento en que los hutíes lograron apoderarse del puerto yemení de Mokha, así como de varias islas en el mar Rojo, con el objetivo de reforzar su control sobre la navegación a través del estrecho de Bab el-Mandeb.

Estados Unidos está pagando ahora el precio de lo que hizo la administración de George W. Bush. Está pagando el precio de su fracaso a la hora de construir un sistema iraquí viable e independiente de la influencia iraní. Los propios iraquíes, incluidos los kurdos, también están pagando el precio de una política estadounidense ciega que terminó sirviendo al proyecto expansionista de Irán, de manera consciente o no. Gracias a Irak, Irán pudo lanzar ataques contra varios Estados árabes del Golfo. Gracias a Irak también, extendió su influencia en todas las direcciones. Esto incluyó el envío de fondos a Hezbolá en el Líbano a través de instituciones financieras iraquíes, tanto antes como después del cambio de situación en Siria…

Está claro que Irak desempeña hoy un papel importante para impedir que los países de la región encuentren rutas y medios alternativos que les permitan eludir el estrecho de Ormuz. Irán quiere dejar algo muy claro: no sólo controla Ormuz, sino que también busca controlar cada gota de petróleo que sale de un puerto del mar Rojo… mientras Irak sigue bajo su influencia.

No cabe duda de que Arabia Saudita sufre las consecuencias de esta situación, del mismo modo que sufre por el colapso de las fuerzas militares leales a la “legitimidad” yemení, que han demostrado ser incapaces de librar una verdadera confrontación contra los hutíes.

Tarde lo que tarde, Irak seguirá siendo un eslabón central en cualquier esfuerzo por desmantelar la influencia iraní en la región. La salida de Siria de la órbita iraní no es suficiente. Tampoco lo es el derrumbe de la media luna persa que se extendía desde Teherán hasta Beirut, pasando por Bagdad y Damasco.

La cuestión de si puede producirse un cambio real en Irak seguirá, por tanto, sobre la mesa. Lo que ha quedado en evidencia en los últimos días no es sólo la incapacidad del gobierno de Ali al-Zaidi para poner fin a las armas de las milicias que están al servicio de Teherán. Lo que ha quedado realmente en evidencia es el fracaso de una política estadounidense que apostó por un sistema iraquí inviable y que terminó produciendo al gobierno actualmente en el poder. Ha quedado claro que Ali al-Zaidi no es mucho mejor que Mohammed Shia al-Sudani, quien ocupó el cargo de primer ministro hasta la formación del actual gobierno.

El derrumbe de la apuesta estadounidense por Ali al-Zaidi significa también el derrumbe de todo un sistema que ha gobernado Irak desde 2003. Desde cualquier punto de vista, ese sistema no es mejor que el que existía bajo Saddam Hussein y su régimen baasista y familiar. Aquel régimen cometió todos los errores imaginables desde el momento en que Saddam sucedió a Ahmed Hassan al-Bakr en el verano de 1979.

El problema no es tanto Ali al-Zaidi en sí mismo como el sistema que lo produjo, un sistema que ha dejado a Irak cautivo de la Guardia Revolucionaria. Nada más…

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