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El Nuevo Mundo

7 de octubre: la pregunta imposible de responder

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(Foto AHMAD AL-RUBAYE/AFP)
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Por Khairallah Khairallah
Publicado oct 9, 2026 - 06:32

En el tercer aniversario del “Diluvio de Al-Aqsa” y de la tragedia de Gaza provocada por Hamás, parece legítimo preguntarse: ¿dónde están los árabes? Más aún, ¿dónde está Irán? ¿Y hacia dónde se dirige Israel? Esta pregunta se ha vuelto, por ahora, imposible de responder.

Esto se debe a que los problemas que aquejan al mundo árabe, o más precisamente a los mundos árabes, no parecen tener solución en un futuro previsible, sencillamente porque la clave para resolverlos se encuentra, la mayoría de las veces, en Teherán, y no en una u otra capital árabe, ni, desde luego, en la Liga Árabe. Esta última atraviesa una crisis estructural que refleja el estado de decrepitud del mundo árabe. Creo que “decrepitud” es una palabra bastante indulgente.

Para comprobar hasta qué punto resulta imposible responder a la pregunta de hacia dónde se dirigen los árabes, basta con observar en qué se ha convertido Irak, gobernado por Irán a través de sus milicias sectarias. La paradoja es que Irak, donde la “República Islámica” logró trasladar la experiencia de la Guardia Revolucionaria, se encuentra ahora en una situación desconcertante. ¿Cómo puede un gobierno que debe su existencia al derrocamiento de Saddam Hussein por los tanques estadounidenses celebrar la salida del último soldado estadounidense de Irak, mientras el primer ministro Ali al-Zaidi habla de la recuperación de la soberanía nacional? La paradoja consiste en que quienes celebran estos días la recuperación de la soberanía iraquí se niegan a reconocer que los estadounidenses se marcharon, mientras que los iraníes se quedaron. Irán está más presente que nunca en Irak… Sin que ello impida preguntarse: ¿dónde está Irán y hacia dónde se dirige?

Más grave aún, la caída de Irak en 2003, cuando la administración de George W. Bush entregó el país a Irán, provocó un desequilibrio regional cuyas consecuencias siguen afectando a toda la región hasta nuestros días.

La atención se centra en Irak porque su caída en manos de Irán supuso el derrumbe de todo el orden regional. Un orden que surgió después de la Primera Guerra Mundial y del colapso del Imperio otomano. Quizá convenga recordar que los acuerdos Sykes-Picot datan de 1916 y la Declaración Balfour de 1917. Los árabes nunca llegaron a asimilar verdaderamente el alcance de los acuerdos Sykes-Picot, ni comprendieron el significado de la Declaración Balfour y sus consecuencias.

La invasión estadounidense de un país miembro de la Liga Árabe, habitado por diversos grupos étnicos, no representó simplemente la caída de un régimen iraquí atrasado, cuya desaparición no hay motivos para lamentar. No cabe lamentación alguna, teniendo en cuenta los errores fatales cometidos por Saddam Hussein, tanto contra los iraquíes como contra los países de la región, especialmente Kuwait.

A pesar de todo ello, la caída del régimen iraquí significó también la caída de un país y de una frontera que separaba a los árabes de los persas. Toda la región padece las consecuencias de este desequilibrio, que permitió a Teherán controlar Bagdad, en lugar de que Irak, con todas sus ciudades, sirviera como baluarte frente al proyecto expansionista iraní. Un proyecto que, partiendo de Irak, consiguió cobrar un nuevo impulso en toda la región.

“¿Dónde están los árabes?” no es una simple pregunta, sino una que conduce a muchas otras para las que no hay respuestas. Por ejemplo, ¿quién expulsará a Irán de Irak, como fue expulsado de Siria? ¿Es posible devolverle la vida a un país como Yemen, completamente fragmentado desde que Irán, gracias a los hutíes, consiguió controlar una parte de su territorio y convertirla en una fuente de peligro para Arabia Saudita y para la navegación en el mar Rojo y, por consiguiente, para el canal de Suez?

¿Qué destino le espera al Líbano, donde las armas de Hezbolá siguen controlando el país? Estas armas sectarias, que son armas iraníes, nunca tuvieron otro objetivo que someter a los libaneses y, en determinada etapa, a los sirios. Los libaneses siempre han sido, y siguen siendo, un objetivo de Irán y Hezbolá. Israel nunca fue más que un pretexto para conservar estas armas.

Lo que la ocupación iraní de Irak no había revelado quedó al descubierto con el “Diluvio de Al-Aqsa” hace tres años. Yahya Sinwar, quien desempeñó un papel central en el lanzamiento del “Diluvio de Al-Aqsa” como dirigente de Hamás, contribuyó a modificar la naturaleza del conflicto en la región. El conflicto se trasladó al propio territorio iraní. El “Diluvio de Al-Aqsa” también transformó la naturaleza de Israel, que ya no cree en otra cosa que en la expansión como medio para preservar su seguridad.

Aunque Israel ha demostrado poseer capacidades militares y de inteligencia extraordinarias, queda finalmente otra pregunta sin respuesta, semejante a la que concierne a los árabes: ¿hacia dónde se dirige Israel?… ¿Y qué futuro puede tener sin un proyecto político viable, siendo parte integrante de la región y uno de sus Estados, que debe vivir en paz y seguridad con su entorno y con los palestinos, un pueblo que existe en la tierra de Palestina… y que, por lo tanto, tiene un lugar en el mapa político de la región?

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