
Atrapado entre dos Estados parias, el Líbano no tiene otra opción que contemporizar con el que le es más cercano geográficamente, el que se encuentra en su frontera. Es el arte de la paz según el sentido común. No hace falta ser Sun Tzu para entenderlo. Tampoco para comprender que el Líbano forma parte del mundo árabe, y no del mundo islámico, y que puede contar, para avanzar en esa dirección, con una solidaridad árabe que no tiene equivalente en el islam militante iraní. Sin duda, la causa palestina es sagrada y el despojo de Palestina seguirá siendo la vergüenza del mundo árabe. Pero eso no justifica sacrificar otra causa sagrada, la del Líbano, esta magnífica joya geográfica y cultural, esta promesa de libertad religiosa ofrecida por la historia a la Iglesia maronita y, a través de ella, a todas las comunidades libanesas, cuya pérdida sería un sacrilegio o, según Juan Pablo II, “uno de los remordimientos del mundo”.









