

En una primera parte de este análisis, comenzamos a oponer las dos visiones de Europa tal como las veían sus fundadores, al salir de la Segunda Guerra Mundial, en particular Robert Schuman, y tal como existe hoy, privada de su impulso fundador y ocultando sus raíces cristianas y grecorromanas. He aquí la segunda parte, que se basa en un análisis de la filósofa Chantal Delsol, quien acaba de publicar una obra sobre el «Viejo continente».
En La insurrección de las particularidades, Chantal Delsol constata severamente un alejamiento progresivo de este espíritu fundador. Según ella, la Europa contemporánea ha sustituido el legado por una ideología de la neutralidad, la cultura por una administración, y la antropología cristiana por un individualismo abstracto. Al pretender fundarse exclusivamente en normas universales desvinculadas de toda tradición, ha deslegitimado progresivamente las pertenencias concretas –naciones, culturas, religiones, modos de vida– que, sin embargo, estructuraban el espacio europeo.
De esta evolución nace lo que Delsol llama una «insurrección de las particularidades». Los pueblos y las identidades se rebelan contra una Europa percibida como lejana, normativa e indiferente a las particularidades. Donde Schuman veía en las naciones mediaciones necesarias para la paz, la Europa contemporánea tiende a considerarlas como supervivencias a superar. Este rechazo produce una paradoja: al querer abolir las diferencias en nombre de lo universal, provoca su regreso en forma de tensiones, repliegues identitarios y fracturas.
Esta crisis cultural se suma hoy a una importante crisis geopolítica, revelada brutalmente por la guerra en Ucrania. El regreso de un conflicto de alta intensidad al suelo europeo actúa como un revelador: la Europa que se había construido en el rechazo de la guerra descubre que también ha desaprendido a pensar la potencia, la defensa y la conflictividad. La ilusión de un continente definitivamente pacificado, regido únicamente por el derecho y el comercio, se derrumba frente a la realidad de la historia.
El conflicto ucraniano pone de manifiesto los límites de las capacidades militares europeas, largamente descuidadas en nombre de un pacifismo que se ha vuelto estructural. Dependiente de la OTAN y, en última instancia, de Estados Unidos para su seguridad, Europa lucha por concebirse como un actor estratégico autónomo. Esta debilidad militar no es solo técnica: es el síntoma de un desarme más profundo, cultural y político. Un continente que ya no sabe lo que es, ni lo que quiere defender, lógicamente le cuesta aceptar la idea de la fuerza.
Esta fragilidad también se manifiesta en otros asuntos geopolíticos, como los debates suscitados por las veleidades americanas respecto a Groenlandia. El «Viejo Continente», antaño centro de gravedad del mundo, a veces parece volver a ser un objeto de codicia más que un sujeto soberano de la historia. Una vez más, el debilitamiento estratégico refleja la erosión de la conciencia civilizacional.
Para Chantal Delsol, Europa ha olvidado lo que la hacía singular: la capacidad de articular lo universal y lo particular. Al romper con el cristianismo como base cultural —no como religión de Estado, sino como visión del hombre y del mundo—, ha perdido su principio de unidad interna. La insurrección de las particularidades no es, por tanto, una deriva accidental, sino la consecuencia lógica de esta amnesia.
La confrontación entre Schuman y Delsol revela así una alternativa decisiva. Donde la democracia cristiana de la posguerra hacía de la memoria —del «Nunca más»— un motor de construcción, la Europa contemporánea parece querer fundarse en el olvido. Pero un continente que ya no sabe de dónde viene, ni lo que quería evitar, se encuentra vulnerable, tanto a nivel interno como frente a las relaciones de poder externas. Quizás la guerra en Ucrania invita, trágicamente, a redescubrir la intuición fundacional de Schuman: una Europa consciente de sus límites, fiel a sus herencias, capaz de unir sin borrar, de defenderse sin renegar del alma que la hizo nacer y de la historia que la moldeó.
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El "Viejo continente" entre memoria fundacional y desarme civilizatorio