
Se dice que una noche, cuando las arenas que alguna vez cruzaron los Reyes Magos parecían cansadas de haber visto tantos pasos pasar sin encontrarse jamás, una nueva estrella comenzó a brillar más que todas las demás. Quienes estaban más atentos levantaron la vista y suspiraron al buscar el cielo, con la sensación de que algo nuevo y misterioso, nacido de lo Gran Desconocido, se estaba dando a conocer. La estrella no apareció sobre una tierra intacta. Brilló sobre un Medio Oriente marcado por muros, puestos de control, ruinas, oraciones enfrentadas y miles de muertos, viudas y huérfanos. Al mismo tiempo, en una calle estrecha de Belén, una familia armaba un pequeño nacimiento frente a su casa. Nada elaborado: arpillera rescatada de un saco de arroz, algunas figuras de plástico gastadas, un Niño Jesús envuelto en una tela amarillenta, ovejas sin pastor y una Virgen María y un San José de colores desvaídos.








