


Entre los comentarios más peregrinos que he escuchado recientemente figura el de un portavoz de la «Resistencia» que apareció en uno de los canales satelitales libaneses, afirmando que «Hezbollah defiende su tierra» frente a Israel. Difícilmente podría encontrarse una falsificación más descarada de los hechos, perpetrada por un personaje sunita que lleva varios años sirviendo de fachada al partido a cambio de retribuciones que percibe regularmente.
No hay una sola palabra verdadera en lo que profiere este «resistente sunita», que confunde la defensa de una tierra —que no es la tierra de Hezbollah— con el trabajo de consolidación de la ocupación israelí. La realidad es sencilla: el partido reabrió el frente del sur del Líbano, una vez más, por órdenes directas de Irán, órdenes que no tienen nada que ver, ni de lejos ni de cerca, con los intereses del Líbano y los libaneses.
En el Líbano se representan los capítulos de una farsa a la que habrá que poner fin, tarde o temprano. Habría podido provocar risa de no haberse convertido en una auténtica tragedia humana. Nada expresa mejor la dimensión de esa tragedia que el hecho de que el número de desplazados —desde las aldeas del Sur, la Bekaa y los suburbios del sur de Beirut— haya superado el millón de personas en un país de apenas seis millones de ciudadanos.
Dos factores explican que Hezbollah haya reabierto el frente del sur del Líbano, bajo el pretexto de vengar el asesinato, por parte de Estados Unidos e Israel, del «Guía Supremo» iraní Ali Jamenei. El primero es la subordinación total del partido a los Guardianes de la Revolución iraníes: fue un oficial del Cuerpo de Guardianes quien ordenó lanzar los seis cohetes que marcaron el inicio de la reanudación de las hostilidades. El segundo concierne a la propia naturaleza de Hezbollah y a su ideología, fundada en la explotación de la ocupación israelí. No hay Hezbollah sin ocupación, ni ocupación israelí de territorio libanés sin Hezbollah.
Cuando Israel se retiró del sur del Líbano en mayo de 2000, el partido insistió en que la retirada no había sido completa, y ello a pesar de que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas había confirmado que Israel había aplicado al pie de la letra la resolución 425, adoptada por el Consejo en 1978, retirándose hasta la «Línea Azul», que es la línea de alto el fuego entre el Líbano e Israel —prácticamente la frontera entre ambos países, con diferencias insignificantes.
El partido inventó el asunto de las granjas de Shebaa y las siete colinas para justificar la conservación de su arsenal. Quedó entonces absolutamente claro que la existencia de la ocupación era la razón de ser del partido, y que ese armamento constituía la columna vertebral de una organización cuyo único propósito es convertir al Líbano en una colonia iraní, nada más.
En medio de todo lo que ocurre hoy en suelo libanés, Hezbollah parece dispuesto a incendiar el país, a reducirlo a cenizas, con tal de poder controlarlo. Eso es lo que explica que se embarque en una guerra perdida de antemano, una guerra de la que el Líbano no cosechará sino ruinas, mientras gira en un círculo cerrado, sobre sí mismo.
Si el partido, e Irán tras él, ha logrado algo en casi cuarenta y cinco años, ese logro —de signo negativo— consiste en haber transformado la naturaleza de la comunidad chiita en el Líbano, en su mayoría al menos. Subsiste en el país una élite chiita que hace frente al proyecto expansionista iraní en cada región del Líbano: los suburbios del sur, el Sur, la Bekaa. Una élite chiita que conoce la importancia del Líbano y lo que significa pertenecer a él, en lugar de ser un «soldado en el ejército del wali al-faqih», como solía decir Hassan Nasrallah. En un momento de verdad, Nasrallah reconoció en imagen y sonido que Hezbollah era una criatura de la «República Islámica»…
¿Quién romperá el círculo cerrado en que gira el Líbano? La posición adoptada por el presidente de la República Joseph Aoun y el primer ministro Nawaf Salam es, sin duda, de enorme importancia. Pero más que nunca se necesita un levantamiento interior chiita que quiebre ese círculo en lugar de seguir girando sobre sí mismo. El impulso de ese levantamiento no puede provenir del exterior del «duopolio chiita», que ha demostrado no haber sido nunca sino una pantalla para encubrir el armamento de Hezbollah —es decir, para usar ese armamento como palanca de presión sobre el Estado libanés y sembrar el terror en las filas de las demás comunidades: suníes, cristianos y drusos.
¿Quién liderará ese levantamiento interior libanés? ¿Dónde está el papel del presidente del movimiento Amal y presidente del Parlamento, Nabih Berri, que emplea un lenguaje de madera enteramente al servicio de la posición iraní sobre el Líbano?
Al final, los Guardianes de la Revolución han consumado en el Líbano lo que consumaron en el propio Irán: un golpe de Estado. Han puesto sus manos enteramente sobre Hezbollah con el fin de atar el destino del Líbano al de la «República Islámica» y a la cultura de la muerte que ésta proclama.
El Líbano no tiene más remedio que volver al lenguaje de la razón y la lógica, en lugar de enarbolar el lema de «la resolución sobre el terreno por la fuerza de las armas». Las consecuencias de semejante consigna son conocidas: traerá una Nakba sobre el Líbano y sobre la comunidad chiita en particular. Es deber de los chiitas salvar a los chiitas, en lugar de permanecer cautivos de los Guardianes de la Revolución iraníes… o de escuchar los disparates de tal o cual «resistente», sea chiita o sunita. Son hipócritas, a la manera de los Guardianes de la Revolución, que parecen decididos a suicidarse. No hay razón para que los chiitas del Líbano se suiciden en el marco de esa pulsión que exhiben los Guardianes de la Revolución — máxime cuando los chiitas del Líbano tienen una referencia que es el Estado libanés, o al menos eso debería ser…