


La condena de la misión estadounidense ante las Naciones Unidas al ataque perpetrado por el Frente Polisario contra la ciudad de Smara, en el Sahara marroquí, no es un hecho menor. La misión estadounidense consideró que este tipo de actos amenaza la estabilidad regional y socava los avances logrados en el camino hacia la paz.
No es menos significativo que haya insistido en que ha llegado el momento de poner fin a este conflicto que se prolonga desde hace casi cincuenta años, recordando que la resolución 2797 del Consejo de Seguridad considera la propuesta de autonomía presentada por Marruecos como el marco que traza el camino hacia la paz en el Sahara.
Es evidente que el asunto no tiene que ver con el Polisario en sí mismo, sino con una política argelina incapaz de aceptar la realidad representada por la resolución 2797, adoptada el 31 de octubre de 2025 y que la misión estadounidense se encargó de recordar. En resumen, estamos asistiendo a un regreso de Argelia a malas apuestas cuya inutilidad ya ha sido ampliamente demostrada en el pasado.
Primero conviene precisar el significado de la resolución 2797 y su alcance, especialmente en lo relativo a su insistencia en la propuesta marroquí de autonomía como el único marco práctico para una solución, por un lado, y a la consolidación de la marroquinidad del Sahara, por el otro. Eso es precisamente lo que el régimen argelino no ha podido digerir. Pero lo que menos ha podido aceptar es que Argelia sea parte integral del conflicto, un conflicto fabricado por completo por Argel desde el mismo momento de su inicio, en 1975. Ese conflicto estalló con un solo objetivo: librar una guerra de desgaste contra Marruecos en represalia por el éxito de la Marcha Verde, nada más.
La agresión contra Smara no pasó desapercibida. La posición estadounidense dejó en evidencia que las acciones de Argelia están bajo vigilancia y que ya no le es posible esconderse indefinidamente detrás del Polisario. El juego argelino ha quedado expuesto y se resume en lo siguiente: explotar lo que ocurre en Malí para justificar una postura que Argelia ha defendido durante años en nombre del derecho de los pueblos a la autodeterminación. Un eslogan aparentemente legítimo, pero desviado hacia fines cuestionables ante la imposibilidad de enfrentar la realidad: los habitantes de las provincias saharianas de Marruecos han expresado sin ambigüedades su posición desde el regreso de esos territorios a la patria en 1975 y no han dejado pasar ninguna oportunidad para reafirmar su pertenencia a Marruecos.
Esa marroquinidad del Sahara ha ido obteniendo gradualmente un consenso árabe, un cuasi-consenso africano y un amplio respaldo europeo. Varios puntos de inflexión contribuyeron a ello, especialmente el reconocimiento, hace unos seis años durante el primer mandato de Donald Trump, de la soberanía marroquí sobre el Sahara por parte de Estados Unidos. ¿Por qué Argelia no retiró a su embajador en Washington, mientras que reaccionó con furia contra Francia cuando el presidente Emmanuel Macron, en su histórica carta al rey Mohammed VI, reconoció la marroquinidad del Sahara en el verano de 2024?
No es casualidad que nuevas apuestas argelinas destinadas a cuestionar esa marroquinidad hayan surgido precisamente después de los acontecimientos en Malí y del inicio, por parte de fuerzas separatistas y extremistas, de una guerra contra el gobierno central de Bamako.
Al reactivar al Polisario, Argelia busca reforzar la idea de que existe otro movimiento separatista en la región del Sahel que aspira a hacerse un lugar en el mapa político regional. No comprende que los acontecimientos ya han superado ese tipo de cálculos y que el propio gobierno maliense reconoció el pasado 10 de abril la marroquinidad del Sahara y la importancia de la propuesta marroquí de autonomía.
En el fondo, el respaldo a los movimientos separatistas en Malí busca, entre otros objetivos, castigar a Bamako por el cambio de su postura respecto al tema del Sahara, un giro que ocurrió después de que Malí desempeñara en el pasado un papel central, a nivel africano, en el apoyo a Argelia, al Polisario y a la entidad fantoche conocida como República Saharaui, proclamada hace medio siglo. Esa proclamación no tenía otro propósito que justificar el mantenimiento de saharauis en la región de Tinduf, confinados en campamentos miserables, cuando podrían vivir en su país como ciudadanos marroquíes libres, gozando plenamente de sus derechos y de su dignidad.
Invertir en el apoyo a movimientos separatistas en el Sahel es invertir en el estímulo al extremismo y al terrorismo en una región que necesita otro tipo de inversión: la que practica Marruecos, que trabaja para mejorar la vida cotidiana de cada ciudadano en ámbitos como la salud, la agricultura y la educación, al mismo tiempo que promueve un islam tolerante, especialmente mediante la formación de imanes provenientes de varios países africanos y la enseñanza de fundamentos religiosos auténticos. Nadie ignora que la Fundación Mohammed VI de Ulemas Africanos, en Rabat, reúne a decenas de estudiosos religiosos de más de treinta países africanos, y que su creación representa una etapa decisiva en la lucha contra el extremismo y el terrorismo.
Tarde o temprano, los ataques llevados a cabo por el Polisario terminarán volviéndose contra Argelia. Marruecos sabe defenderse, sencillamente porque la inversión marroquí es una inversión en las personas y en el desarrollo, no en el estímulo ni en la propagación del extremismo. Quien aspira a la estabilidad en la región del Sahel no trabaja para hacer explotar desde dentro a un país como Malí, sino para cerrar el paso al extremismo en todas sus formas.
Cabe subrayar una vez más que Argelia, que enfrenta graves problemas internos, no puede apoyar de manera coherente a separatistas cuando actúan fuera de sus fronteras y reprimirlos cuando se manifiestan dentro del país.