


Con el telón de fondo de más de un millón de desplazados y los escombros de más de cincuenta y cinco pueblos y localidades libanesas del Sur, la «República Islámica» celebró en Beirut —capital del Líbano— la ceremonia del cuadragésimo día de luto por el «Guía» iraní Alí Jamenei, asesinado por América e Israel el pasado 28 de febrero.
El espectáculo de esta conmemoración revela una desvergüenza sin parangón, tanto más cuanto que el embajador iraní Mohammad Reza Shibani —declarado persona non grata por el gobierno libanés— ocupaba la primera fila, sin haber presentado jamás sus cartas credenciales. Su persistente presencia en Beirut no es sino una muestra más del desprecio con que Irán trata al Líbano y a los libaneses, un desprecio que es, en su esencia, de naturaleza persa, sustentado en un sentimiento de superioridad respecto de todo lo árabe en la región.
La imagen de quienes ocupaban la primera fila —entre ellos el ministro de Salud, uno de los representantes de Hezbolá en el gobierno— resume por sí sola la desvergüenza iraní en el Líbano. Ilustra de manera concreta la apuesta que la «República Islámica» no deja de formular: mantener el Líbano bajo su control y convertirlo en una de sus cartas de negociación.
Esta apuesta por la carta libanesa se remonta al aciago día del verano de 1982 en que las vanguardias de los Guardianes de la Revolución entraron en la ciudad de Baalbek. No fue casualidad que esos Guardianes —que habían cruzado territorio sirio con el pretexto de participar en el enfrentamiento con Israel— eligieran instalarse en un cuartel del ejército libanés conocido como el cuartel del Jeque Abdallah. Asestar un golpe al ejército libanés constituía uno de los primeros objetivos de la «República Islámica», representada entonces por sus Guardianes.
La imagen de la conmemoración del cuadragésimo día de Jamenei resulta así más que elocuente. Revela, ante todo, el rechazo de la «República Islámica» a admitir que el Líbano ha disociado ya su trayectoria de la iraní. Teherán no logra reconocer que el Líbano aspira a existir fuera del control iraní directo. Esta ceguera procede de una incapacidad para adaptarse a las realidades regionales e internacionales que terminaron por trasladar la guerra al interior mismo de Irán, tras largos años de éxito sin precedentes en el uso de sus instrumentos —el Hezbolá libanés a la cabeza— para chantajear al mundo y a los árabes.
Lo que comenzó con la entrada de los Guardianes en Baalbek y su instalación en un cuartel del ejército libanés, desafiando todas las leyes y costumbres internacionales, se prolongó en una campaña iraní contra la Universidad Americana de Beirut. En el verano de 1982, los iraníes secuestraron al presidente de la universidad, David Dodge, desde Beirut, por medio de sus auxiliares libaneses, y lo trasladaron a Teherán. Las autoridades iraníes liberaron finalmente a Dodge gracias a las gestiones de Rifaat al-Assad, quien buscaba entonces acercarse a los estadounidenses y presentarse, llegado el momento, como posible sucesor de su hermano Hafez.
Irán logró expulsar a los Estados Unidos del Líbano. Se impuso de hecho a la presencia americana en el país, sobre todo tras el atentado contra la embajada estadounidense en Beirut en abril de 1983 y el del cuartel general de los Marines cerca del aeropuerto de Beirut en octubre de ese mismo año, ataque que infligió al ejército americano las pérdidas más cuantiosas desde la guerra de Vietnam. Doscientos cuarenta y cinco soldados estadounidenses perdieron la vida.
La campaña iraní contra la presencia americana en el Líbano nunca se interrumpió. No es necesario recordar aquí los secuestros de ciudadanos americanos en Beirut, ni el asesinato de Malcolm Kerr, presidente de la Universidad Americana, en 1984, hasta llegar al día en que Rafik Hariri fue asesinado el 14 de febrero de 2005, acontecimiento que abrió la puerta a la imposición de una tutela iraní total sobre el país, a raíz de la retirada militar y de seguridad siria.
Existe una incapacidad iraní fundamental para aceptar que el Líbano ha cambiado y que la región ha cambiado con él. La ceremonia del cuadragésimo día del «Guía» confirma esta incapacidad, que se ha transformado en pura desvergüenza. Lo que queda de la dirección iraní no puede imaginar la «República Islámica» sin un Líbano en posición de Estado vasallo. Hay un rechazo de una realidad que, sin embargo, se impone: el Líbano puede recuperar su condición de Estado independiente y soberano y liberarse al mismo tiempo de la férula iraní que lo condujo a la catástrofe presente —una catástrofe que golpeó primero a los chiítas, antes que a nadie, y se abatió sobre la tierra del Sur, sus aldeas, sus pueblos y sus gentes.
La «República Islámica» no podrá huir indefinidamente de la realidad internacional y regional. Es evidente que la desvergüenza a la que ha recurrido en el Líbano no es sino una faceta de esta huida iraní en sus múltiples dimensiones, entre las que figura la respuesta a Estados Unidos e Israel mediante agresiones contra los Estados del Golfo Arábigo.
Ningún país del mundo puede prolongar indefinidamente su huida de la realidad. La realidad es que la «República Islámica» ha perdido todas las guerras que libró al margen de la guerra de Gaza —ya fuera en el Líbano, en Siria o en la propia Gaza, que Israel ha borrado de la existencia al tiempo que aniquilaba la dirección de Hezbolá. La pérdida de Siria sigue siendo la más grave para Irán, al ser el puente hacia el Líbano. La «Media Luna Chiíta», que iba de Teherán a Beirut y se extendía hacia el Líbano meridional, ya no existe.
En pocas palabras: la desvergüenza no puede cubrir la impotencia. Solo puede cubrir esa impotencia el reconocimiento de que el Líbano ya no es un protectorado iraní, como lo fue Siria en los tiempos de Hafez al-Assad y Bashar al-Assad, cuando la «Media Luna Chiíta» vivía y prosperaba.