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El Nuevo Mundo

La rendición libanesa es el patriotismo…

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Por Khairallah Khairallah
Publicado abr 6, 2026 - 00:33

Líbano se encuentra hoy abandonado a su suerte ante la ausencia de una postura unificada por parte de las principales autoridades del Estado, es decir, el presidente de la República, el presidente del Parlamento y el presidente del Consejo de Ministros. Esta falta de consenso se da tanto frente a la necesidad de encontrar una salida como ante la intención de Israel de establecer una zona de amortiguamiento en el sur. Sin embargo, la amenaza israelí no se limita a la creación de esa zona. Todo indica que el Estado hebreo busca destruir pueblos libaneses a lo largo de lo que se considera la frontera entre ambos países, líneas que nunca han sido oficialmente delimitadas.

La necesidad de una posición unificada y valiente es más urgente que nunca, sobre todo porque el destino y el futuro del país penden de un hilo desde que los Guardianes de la Revolución iraníes lo arrastraron a una guerra de carácter devastador. ¿Cómo enfrentará Líbano la presencia de más de un millón de desplazados en los próximos meses? La responsabilidad de este desplazamiento masivo, que afecta en su gran mayoría a chiitas, recae tanto en Irán como en Hezbolá. Estos desplazados son consecuencia directa de la decisión de iniciar una nueva guerra contra Israel, desencadenada por seis misiles lanzados desde el sur del Líbano por los Guardianes de la Revolución, bajo el pretexto de vengar la muerte del líder supremo Ali Khamenei.

Lo más alarmante es que la República Islámica, completamente dominada por los Guardianes de la Revolución, sabe perfectamente qué quiere del Líbano y con qué propósito pretende utilizarlo, especialmente desde que tomó el control total de Hezbolá. Parece dispuesta a sacrificar a todos los libaneses, incluidos los chiitas, con tal de demostrar que tiene cartas en la región y que es capaz de escalar el conflicto a una guerra regional, incluso con repercusiones en la economía mundial.

En términos claros, el régimen iraní busca demostrar que su inversión en Hezbolá y sus esfuerzos por redefinir la naturaleza de la comunidad chiita en el Líbano han sido acertados, y que existen hombres dispuestos a morir para ganarse su lugar como “soldados” en el ejército del wali al-faqih, como solía decir el fallecido Hassan Nasrallah.

La administración estadounidense sabe perfectamente qué se espera del Líbano. Desde la perspectiva del gobierno de Donald Trump, decidido a someter a Irán, Israel goza de plena libertad de acción en territorio libanés. En Israel se intentó, en algún momento, asignar el expediente libanés a Ron Dermer, un político con gran capacidad estratégica, pero este pasó rápidamente a manos del ministro de Defensa, Israel Katz, quien no cree en la diplomacia y considera que no hay otra solución para Líbano que la militar, lo que implica la eliminación de Hezbolá y de su arsenal. La dificultad, del lado israelí, radica en la necesidad de Benjamin Netanyahu de mantener a Dermer en Washington, o en contacto permanente con la capital estadounidense, debido a su estrecha relación con la administración Trump, cuyas posturas frente a una guerra con Irán varían constantemente.

Existe una posición estadounidense y existe una posición israelí. Líbano parece formar parte del ámbito asignado a Israel. Sin embargo, falta un elemento clave en esta ecuación: la postura libanesa. ¿Qué quiere Líbano? ¿Cuáles son sus prioridades? ¿Tiene otra opción que no sea negociar directamente con Israel para determinar qué exige este país antes de permitir el regreso de los desplazados a sus pueblos, o a lo que queda de ellos?

La crisis de los desplazados es una bomba de tiempo que el Líbano deberá enfrentar tarde o temprano. Esto implica superar todos los bloqueos internos, incluida la creencia de que Israel tiene ambiciones territoriales sobre el país. Si ese hubiera sido el caso, Israel no habría evitado la guerra contra Líbano en 1967, cuando este último decidió no participar en la guerra de los Seis Días, conflicto que terminó con la ocupación del Sinaí, Cisjordania, incluida Jerusalén, y los Altos del Golán. Además, si Israel realmente hubiera tenido aspiraciones sobre Líbano, no habría aplicado en mayo de 2000 la resolución 425 del Consejo de Seguridad de la ONU, retirándose del territorio libanés bajo supervisión internacional.

Líbano tiene el deber de definir sus prioridades y avanzar hacia negociaciones directas con Israel, sin ilusiones. Estas negociaciones no pueden comenzar mientras Hezbolá permanezca armado, ya que ha quedado demostrado que ese armamento solo ha servido para propiciar la ocupación, prolongarla y alimentar divisiones internas en función de los intereses iraníes.

En las circunstancias actuales, la situación en el terreno ya no permite distinguir entre paz y capitulación. ¿Dónde estaría la deshonra en la capitulación si representa la única vía hacia la paz? Todo lo demás es secundario, una pérdida de tiempo y una evasión constante de la realidad, aun cuando se sabe perfectamente qué exige Israel y que no existe una posición estadounidense independiente de la israelí.

La tragedia libanesa se resume en una sola cuestión: cómo recuperar el territorio y cuál es el precio a pagar por ello. Ese precio es inevitable, incluso si solo se busca evitar la explosión de la bomba de tiempo que representa el millón de desplazados. A la luz de lo que Irán ha provocado en Líbano, la capitulación aparece como el verdadero patriotismo, y el patriotismo como una forma de capitulación.

Es momento de que Líbano defina lo que quiere, ahora que se sabe lo que exige Israel y que ninguna postura estadounidense puede desvincularse de la israelí. La capitulación no es vergonzosa. La verdadera vergüenza radica en la ausencia de una posición libanesa unificada que respalde negociaciones directas, sin las cuales no será posible poner fin a la ocupación ni permitir que la mayoría de los desplazados regrese a sus hogares...

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