


El anuncio de la apertura de negociaciones líbano-israelíes, con presencia estadounidense, en Washington, no representa más que un primer paso en un largo camino que habrá de preparar la separación definitiva entre las trayectorias iraní y libanesa. Debería asimismo abrir la vía, al menos en teoría, a un tratado de paz entre el Líbano e Israel a semejanza del tratado egipcio-israelí de 1979 y del acuerdo de paz jordano-israelí de 1984.
Lo que está en juego ahora es la capacidad del Líbano para recuperar su independencia de decisión y disociarla de la tutela iraní, tal como supo en su momento romper la unidad de trayectoria con Siria durante los mandatos sucesivos de Hafez al-Assad y de Bashar al-Assad. Ambos habían esgrimido el lema de la «unidad de camino y destino» con el Líbano, empleándolo como palanca de negociación con Washington y como instrumento para perpetuar ese estado de ni-guerra-ni-paz que define desde hace tanto tiempo el Oriente Próximo.
¿Será 2026 el año en que se entierre el Acuerdo de El Cairo? Este acuerdo, firmado en 1969, está en la raíz misma de la tragedia libanesa. Todo indica que han sido necesarios cincuenta y siete años de guerras entre libaneses y de guerras libradas por otros en suelo libanés para que el país logre desprenderse, por fin, de ese acuerdo y de sus secuelas.
Lo que permanece establecido, al menos por ahora, es que el Líbano se halla firmemente decidido, bajo el impulso del presidente de la República Joseph Aoun y del presidente del Consejo de Ministros Nawaf Salam, a rechazar cualquier intento iraní de negociar en su nombre. Cierto es que el Líbano busca, a través de su mediación, alcanzar un alto el fuego provisional a semejanza del acuerdo que la «República Islámica» ha concluido con los Estados Unidos; pero igualmente se niega a verse absorbido en las negociaciones americano-iraníes abocadas al fracaso, sobre todo si Teherán se aferra a exigencias que ninguna realidad podría satisfacer.
Nada obliga al Líbano a seguir pagando el precio de las aventuras de un régimen iraní que no ha escatimado esfuerzos para convertirlo en una de sus colonias. Teherán había llegado incluso, en cierta etapa, a considerar Beirut como una capital árabe bajo su control directo y como una ventana abierta al Mediterráneo, mientras que el sur del Líbano se transformaba, en una fase similar, en una simple caja de correos entre la «República Islámica» por un lado y el Estado hebreo por el otro.
Ha llegado el momento de poner fin a una mascarada que se ha prolongado demasiado. La unidad de trayectoria entre el Líbano e Irán no es más que el equivalente de lo que fue la unidad de trayectoria entre el Líbano y Siria. La «República Islámica» se aferra al Líbano como si fuera la última carta que le queda en la región, aun cuando mantiene su control sobre Irak y sobre una parte del Yemen, donde los hutíes se encuentran hoy en un aprieto creciente, dependientes como son de un Estado árabe del Golfo para abonar los salarios de los funcionarios en los territorios que aún controlan, empezando por Saná.
El paso dado por el Líbano denota una notable inteligencia política, aunque la primera sesión de negociaciones directas con Israel, prevista para pronto, revista un carácter esencialmente formal. Conviene señalar que la aceptación por parte del Estado hebreo de celebrar esta sesión llegó veinticuatro horas después de los bombardeos que había lanzado sobre diversos emplazamientos en Beirut, como forma de afirmar que sigue siendo capaz de intervenir en el interior del Líbano y que ejerce el control sobre la decisión política en el país. ¿Ha comprendido el Líbano el mensaje israelí, que significa ante todo que el Estado hebreo está decidido a llevar hasta sus últimas consecuencias la liquidación del Partido, y que no contempla ninguna retirada del sur del Líbano sin un previo acuerdo de paz?
La cuestión de fondo, sin embargo, no deja de estar abierta, pues si las negociaciones de la «República Islámica» con el «Gran Satán» americano son lícitas, ¿en virtud de qué lógica serían las del Líbano con el «Pequeño Satán» israelí objeto de prohibición?
El Líbano ha optado finalmente por defender sus propios intereses y no los de Irán, a cuyo servicio Hezbolá había comprometido todos sus recursos, obedeciendo las órdenes y directivas de los Guardianes de la Revolución. El Líbano sabe ya perfectamente que el armamento del Partido significa la perpetuación de la ocupación, su profundización y su consolidación, y que ese armamento constituye un factor de debilidad y no de fortaleza, bajo cualquier forma que adopte.
Sin duda alguna, el Líbano libra una batalla de gran envergadura, cuyos riesgos no son menores que los de la batalla por salir de la tutela siria en 2005, a raíz del asesinato de Rafic Hariri y sus compañeros el catorce de febrero de aquel año.
Lo que puede ayudar al Líbano en esta batalla es que la mayoría de los libaneses está ya convencida de que el armamento equivale a perpetuar la ocupación israelí, y que la única vía para liberarse de ella reside en negociaciones directas con Israel, negociaciones que se han vuelto inevitables. ¿Vale el Líbano menos que Egipto o que Jordania?
Al Líbano no le queda otra opción que la negociación directa, para la cual debe prepararse constituyendo una delegación tan representativa como sea posible de las fuerzas políticas activas, incluidas aquellas que encarnan un peso chií real. La comunidad chií tiene intereses radicalmente distintos de los de Irán y Hezbolá, puesto que tiene todo que ganar con el fin de la ocupación israelí, con el regreso de los habitantes de los pueblos devastados a sus hogares y con la reconstrucción de dichos pueblos, antes que ver a los desplazados convertirse en una bomba de relojería a escala nacional, y muy especialmente en el propio corazón de Beirut.
Lo que puede ayudar finalmente al Líbano a avanzar con decisión en sus negociaciones con Israel es la pérdida por parte de Irán de su carta siria. Desde que Siria se deshizo del régimen alauí, ha dejado de ser un instrumento de presión sobre el Líbano oficial ni sobre los libaneses. No cabe duda de que ello ayudará al país a liberarse de la tutela iraní, para que el Líbano sea el Líbano e Irán sea Irán, y para que cese de una vez la mascarada conocida como «unidad de frentes» y «eje de la resistencia».