


En el audaz discurso que el presidente de la República, Joseph Aoun, dirigió a los libaneses el 17 de abril de 2026, el punto más importante se refiere a la conclusión de “acuerdos permanentes” con Israel a partir de un alto el fuego. El jefe de Estado afirmó deliberadamente la salida total del Líbano del juego iraní al omitir cualquier papel de la “República Islámica” en la obtención de ese cese al fuego. En cambio, destacó el papel del “amigo”, el presidente Donald Trump, y del bloque árabe, “encabezado por el Reino de Arabia Saudita”.
Eso no dejó de provocar la ira de Irán y de Hezbolá contra un presidente de la República que trabaja por poner fin a la ocupación y permitir el regreso de los desplazados a sus aldeas.
El alto el fuego en el Líbano se logró una vez que los presidentes Joseph Aoun y Nawaf Salam comprendieron que una salida a medias del juego iraní no serviría de nada. Hacía falta una salida total, o el Líbano seguiría siendo una víctima más del proyecto expansionista iraní y del callejón sin salida en el que se ha metido.
El problema de Irán con el Líbano es de una complejidad extrema. Se debe, en primer lugar, a la incapacidad iraní para comprender la composición del Líbano y su compleja fórmula política y, por otro lado, al rechazo de la mayoría de los libaneses a ver a su país caer bajo tutela iraní directa apenas se libró de la tutela siria.
Pero el nudo gordiano para Irán reside en haber descubierto que su inversión en Hezbolá, de más de cuarenta años, no tenía fundamento. Los miles de millones invertidos por la “República Islámica” se desvanecieron en humo, tanto en el Líbano como en Siria.
Hay que comprender la situación de Irán y el problema que el Líbano le ha causado. Ese problema radica en la incapacidad de la “República Islámica” para adaptarse a las transformaciones que ha vivido la región. La mejor ilustración de ese cambio es que la guerra en curso se desarrolla ahora dentro del propio Irán. No está lejos el día en que esa guerra revele el fracaso del régimen fundado por el ayatolá Khomeini en 1979, cuyo lema original era “la exportación de la revolución”.
Cuarenta y siete años después del nacimiento de la “República Islámica”, el eslogan enarbolado por Teherán se volvió contra quienes lo levantaban. El Líbano, en su mayoría, rechaza que ese retroceso iraní también lo arrastre en su caída.
El régimen iraní no pudo seguir defendiéndose exportando sus crisis más allá de sus fronteras. Un juego tan grotesco como peligroso tenía que terminar algún día. Ese juego se apoyaba en la ingenuidad de las sucesivas administraciones estadounidenses desde la era de Jimmy Carter y en la complicidad israelí. Israel desempeñó todos los papeles que Irán le asignaba para servir a sus propios intereses, basados en la fragmentación de la región.
Las reglas del juego regional han cambiado. Ese juego se sostenía principalmente en la complacencia estadounidense hacia Teherán y en la complicidad israelí. Pero la región cambió, Israel incluido, desde el 7 de octubre de 2023. La “República Islámica” ni siquiera entendió lo que significaba dejar de ser la parte que decide la identidad del presidente de la República en el Líbano.
No se puede olvidar que Hezbolá impuso a Michel Aoun en la presidencia de la República el 31 de octubre de 2016. Tampoco se puede ignorar que Joseph Aoun llegó al palacio de Baabda a comienzos de 2025 pese a la voluntad de Irán y de Hezbolá.
Sigue siendo cierto que la realidad es una cosa y la ilusión otra. Michel Aoun, junto con su yerno Gebran Bassil, no era más que un instrumento en manos de Hezbolá, a su vez instrumento de Irán. Las nuevas dinámicas regionales, en particular el gran vuelco ocurrido en Siria, permiten al actual presidente de la República libanesa liberarse de la tutela iraní y ser un verdadero presidente para el Líbano, pese a la falta de claridad en la visión de Baabda en ciertos momentos...
Lo cierto es que Irán no sabe perder, a diferencia de Alemania y Japón en su momento. La “República Islámica” no parece saber perder hoy, del mismo modo que no supo ganar cuando se creía dueña de cuatro capitales árabes, incluida Beirut.
Lo que importa para un país como el Líbano es saber perder y liberarse definitivamente del dominio iraní. Las opciones son pocas para un país que deberá pagar el precio de una “guerra que le fue impuesta”, según las palabras de Nawaf Salam.
Con el discurso de Joseph Aoun, el Líbano mostró que realmente pretende ir más allá de un simple alto el fuego con Israel, al precio de concesiones inevitables. Cuanto más rápido se apresure el Líbano a aceptar las condiciones que puedan desembocar en un cese al fuego permanente, mejor será para el Sur y sus habitantes. Así como Irán negocia con Estados Unidos, el Líbano debe negociar con Israel sin complejo alguno.
Cuando la “República Islámica” no protege ni a los habitantes ni a los pueblos y ciudades del sur del Líbano, Beirut no tiene otra opción que hacer prevalecer su propio interés sobre cualquier otro, empezando por el de Irán. Debe asumir que frente a un monstruo llamado Benjamin Netanyahu, el país no dispone de ninguna carta para jugar salvo el diálogo directo con “Bibi”. Un diálogo así podría resultar útil en cierta etapa, con la ambición de ir más allá del alto el fuego y explorar si existe una vía para poner fin a la ocupación, al precio de una contrapartida inevitable.
Ese es el precio de la subordinación total de Hezbolá a la “República Islámica”...