
La vena yugular que lo abastecía de armas y municiones ha sido cortada. Y, sin embargo, Hezbolá se niega a cumplir los compromisos asumidos en su nombre a través de Nabih Berri. Porque no cree haber sido derrotado, y porque el terreno fértil del sur, donde echó raíces, no lo desmiente. Para ser francos, no son unas cuantas voces chiíes discordantes y reconfortantes las que lograrán hacerlo entrar en razón. Aunque el partido de los mulás recibió un duro golpe, no ha renunciado a la lucha. Se ha replegado para preservar el núcleo de sus fuerzas. Según algunas fuentes, incluso ha reconstituido sus capacidades militares. Se está recuperando. Al mismo tiempo, ha desgastado a la diplomacia occidental, abiertamente hostil hacia él. Puede, por tanto, saborear su victoria. Apelando a la “paciencia estratégica”, aprendida en buena escuela, ha generado tal enredo diplomático que Francia ha vuelto a acudir al rescate del Líbano para desenredar la madeja. Un “segundo mecanismo” de supervisión del desarme estaría en preparación, declaró Jean-Noël Barrot, ministro francés de Asuntos Exteriores, con el fin de evitar una escalada. ¿Alguna vez se han preguntado los señores del Quai d’Orsay hasta qué punto sus simpatías libanesas nublan su juicio? La paciencia estratégica y su costo Atrapado en una ratonera, Hezbolá ha perdido alrededor de cuarenta combatientes en las aldeas del sur desde octubre pasado. Y eso no es todo. Desde el alto el fuego de noviembre de 2024, el ejército israelí ha abatido a más de cuatrocientos de sus partidarios. Es un precio elevado, pero ¿qué significan estos sacrificios para la Resistencia? Son el costo mínimo de esa misma “paciencia estratégica” inculcada por sus mentores iraníes. En realidad, el Partido de Dios ha trasladado al Estado libanés las obligaciones que recaen sobre él, en particular las relacionadas con su desarme. Procrastina, gana tiempo, afina los detalles y se permite una distinción sutil entre el norte y el sur del río Litani. ¿Y quién sufre la presión constante y la ira estadounidense, expresada por figuras como Tom Barrack o Tom Harb? Se lo dejo a su imaginación. Constancia de impotencia Hezbolá ha trabado el “carro del Estado”, y es el ejército libanés el que paga los platos rotos. Se amenaza con cortar la ayuda y los subsidios, se cancela la visita de su comandante en jefe a Estados Unidos, se le hostiga sin cesar. En su búnker, el jeque Naïm Qassem debe frotarse las manos: ni un dólar para el Estado libanés sin desarme previo. Así, el omnipresente secretario general, además oculto, ha puesto en aprietos al Ejecutivo libanés y a sus miembros. Al fin y al cabo, como murmuran con sorna algunos observadores en Washington: “these people cannot deliver”. ¿Puede realmente afirmarse que Hezbolá ha perdido su “batalla por el Líbano”? Sin duda habrá otras, y solo la última sellará su disolución.









