


Ni bajo bombardeos intensos, ni perseguidos por la venganza siria o por la justicia internacional, los militantes de Hezbolá se diluirán en el tejido nacional. No actuarán como los simpatizantes del Movimiento Amal, tan característicamente libaneses en sus defectos, su retórica, sus concesiones y sus arreglos convenientes. Y hay, en efecto, razones para ello: la historia contemporánea ofrece un precedente que aún despierta dudas.
Nadie ha olvidado lo que ocurrió con las Fuerzas Libanesas cuando aceptaron el Acuerdo de Taif y entregaron las armas. Pagaron un precio altísimo: su líder fue encarcelado y sus cuadros fueron perseguidos e incluso eliminados. Sin embargo, sus convicciones se mantuvieron intactas y su base no se redujo de manera significativa. Su capacidad de resistencia fue ampliamente reconocida y atribuida a su adoctrinamiento ideológico, un adoctrinamiento que no les impidió reincorporarse a la vida civil laica.
Esto plantea una pregunta legítima: ¿puede la doctrina del wilayat al-faqih, con su dimensión sagrada, encajar realmente en un Estado regido por el imperio de la ley, un Estado que se supone sustentado en los principios de las libertades individuales y el laicismo?
Ingenuidad y ceguera
Mientras tanto, voces bien intencionadas siguen repitiendo: “Entreguen las armas, vuelvan al amparo del Estado, tendrán el lugar que les corresponde”. Sin embargo, Hezbolá, mucho antes de convertirse en una milicia del tamaño de un ejército, surgió de un movimiento político-religioso con siglos de antigüedad. Convertirlo en un partido más equivaldría a negar su esencia.
Además, Hezbolá no tiene intención alguna de disolverse. Incluso si aceptara desarmarse y desmantelarse, el partido respaldado por Irán no está dispuesto a renunciar al Líbano, su trofeo y botín. El régimen iraní ha penetrado tanto la administración libanesa que sus redes paralelas ejercen un verdadero poder de decisión, no solo la capacidad de bloquear resoluciones.
El “Estado profundo” que Hezbolá ha tomado bajo su control funciona como “un poder invisible, indetectable dentro de las instituciones legales de la República, pero capaz de influir en las grandes decisiones políticas y en las dinámicas sociales”. Los enviados estadounidenses que vigilan el país repiten esta advertencia, mientras las autoridades formales la rechazan y prefieren refugiarse en la negación.
El ejemplo alemán de la desnazificación
Después de la Segunda Guerra Mundial, los Aliados occidentales emprendieron la erradicación del nazismo en las zonas bajo su ocupación. Investigaron el sector educativo y profesiones como la jurídica, la financiera y la mediática. El proceso fue democrático, pero ofreció resultados limitados. En cambio, el enfoque soviético fue muy distinto y, en términos prácticos, más eficaz: purgas masivas, ejecuciones sumarias y pasajes de ida al gulag.
¿Cómo “deshezbolizar” el sector público?
Volviendo al Líbano, un país atrapado en un callejón sin salida: la nación no puede reformarse mientras tolere la realidad actual. ¿Qué sentido tiene mantener a funcionarios leales a una potencia extranjera y vinculados al aparato de Teherán?
Para sacar al Líbano de su crisis, se necesita mucho más que desarmar y desmantelar a una milicia. Sí, se requiere muchísimo más que simplemente desmilitarizar al partido de los ayatolás.