


Las negociaciones directas entre Líbano e Israel comenzaron oficialmente con el objetivo de alcanzar un acuerdo de paz. La condición central es el desarme de Hezbolá. Otros puntos, tanto esenciales como secundarios, también están sobre la mesa: desde la cooperación económica, clave para que ambos países avancen en su camino hacia la recuperación, hasta la reconstrucción del sur del Líbano y la seguridad y estabilización en la frontera norte de Israel.
Antes de entrar en detalles y análisis, antes de explorar los distintos escenarios y repasar los hechos que han llevado a que Líbano pague el precio más alto del conflicto árabe-israelí durante más de medio siglo, surge una pregunta sencilla: ¿cuál es la alternativa a la paz con Israel, a la recuperación del país y a su reconstrucción? No hay una respuesta clara. El Estado ha estado ausente durante décadas y la milicia iraní instalada en territorio libanés decide unilateralmente cuándo iniciar una guerra, cuándo acordar una tregua, cuándo negociar, cuándo apoyar a Gaza, cuándo provocar a Israel o cuándo desestabilizar a otros países árabes vecinos. Construye túneles para continuar las guerras en vez de levantar refugios y hospitales.
Hasta que, finalmente, Hezbolá cayó en un callejón sin salida estratégico. La guerra que lanzó para servir al proyecto iraní bajo el lema de la “unidad de los frentes” es ahora un conflicto que ya no puede detener. Teherán retiró gradualmente la protección que le brindaba: busca ganar tiempo para preservar su régimen y mantiene a Hezbolá como carta para el futuro. Pero Israel ya no está dispuesto a tolerar la permanencia de esa amenaza. Ha empujado a la milicia más allá del río Litani, una tarea que resultó menos complicada de lo que sugería la famosa broma de Nabih Berri, quien decía a sus visitantes preocupados por la deteriorada situación que habría que mover el río Litani hasta la frontera con Israel.
Como resultado, Hezbolá ya no actúa bajo las antiguas reglas de disuasión. De hecho, no reacciona en absoluto. Ha aceptado una tregua, pero una tregua no es más que una pausa entre dos guerras. Los dirigentes libaneses, ausentes durante años, titubeantes y superados por los hechos, finalmente despertaron. Tomaron la iniciativa, dudaron y no lograron sostenerla. Lo que ellos no consigan hacer, Israel lo hará en su lugar, pero a un costo mucho mayor.
En este contexto preciso ocurrió un hecho histórico: la visita excepcional del papa León XIV, que adquirió una dimensión política debido a su tema central: “Bienaventurados los que trabajan por la paz”. Apenas unas horas después de la partida del Santo Padre, quien llamó a los libaneses a elegir la paz, la comisión que supervisaba las violaciones del alto el fuego se transformó en un comité para negociaciones directas entre Líbano e Israel.
Las negociaciones de paz recién iniciadas sirven al interés nacional libanés. Favorecen la seguridad del país y su vocación como “nación-mensaje”, y no como “foco de conflicto”. Representan una alternativa al discurso de Hezbolá, basado en una guerra interminable y en la “resistencia por la resistencia misma”, una estrategia que sólo beneficia la influencia iraní en la región.
Iniciar negociaciones directas con Israel abre la posibilidad real de un acuerdo de paz. Durante décadas, este tipo de diálogo fue un tabú en el Líbano; nadie lo consideraba una opción ni se abría un debate sobre ello. Pero si Líbano no negocia con Israel para defender sus propios intereses, ¿quién lo hará? Hezbolá negocia en nombre de Irán y al servicio de la agenda expansionista de la Wilayat al-Faqih (el Observatorio Islámico). Las negociaciones directas representan, por tanto, una reafirmación del papel soberano del Estado libanés y el inicio de un declive en la influencia iraní.
Las conversaciones comenzaron oficialmente, con seriedad y de manera efectiva. El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, instruyó a un equipo del Consejo de Seguridad Nacional para que se integrara al comité técnico, conocido como el “mecanismo”, y sostuviera reuniones con funcionarios libaneses. La presidencia libanesa anunció que el presidente Joseph Aoun designó al embajador Simon Karam como representante del país. Las negociaciones directas no sólo abordarán las violaciones del alto el fuego, sino que también establecerán las bases para futuras relaciones económicas y de cooperación entre ambos países.
La embajada de Estados Unidos en Beirut respaldó la iniciativa con un comunicado: “El progreso sostenible sólo es posible si se toman en cuenta las preocupaciones y aspiraciones expresadas por ambas partes”. “Tanto las perspectivas libanesas como israelíes están siendo consideradas”. El embajador Michel Issa celebró la decisión del gobierno libanés de optar por el diálogo después de décadas de incertidumbre. Señaló que las negociaciones directas son un paso constructivo hacia procesos que, algún día, podrían permitir que ambos países coexistan en un ambiente de paz, respeto mutuo y dignidad. En este contexto, reafirmó el compromiso de su país con todos los esfuerzos que fortalezcan la paz, la estabilidad y la seguridad.
El inicio de las negociaciones no es la solución definitiva, pero sí un avance significativo. Estas continuarán en paralelo a las operaciones israelíes para desmantelar el ala militar de Hezbolá y poner fin a sus actividades económicas e incluso sociales.
El escenario más explosivo podría venir de Irán: Teherán podría lanzar una confrontación abierta si percibe que el papel de Hezbolá ha terminado o que su régimen está cerca del colapso. En ese caso, podría sacrificar por completo a la organización para obtener alguna ganancia estratégica. Estos distintos escenarios podrían desarrollarse tras bambalinas de las negociaciones directas entre Líbano e Israel.