


Yahya Sinwar murió sin haber depuesto las armas. Para algunos, este fugitivo combatió hasta su último aliento. Hoy podría convertirse en un modelo a seguir para los combatientes de Hezbolá. Como él, y antes que él, estuvo Sadam Husein, imperturbable frente al cadalso. Y con esos precedentes, ¿se espera que Hezbolá entregue su arsenal y se someta a las pruebas que se le imponen?
Vivir al límite
Al-silah zinat al-rijal (es decir, “las armas son el adorno de los hombres”), repiten en el sur del Líbano, una región donde toda una generación ha probado la hermandad de las armas. Las operaciones militares han dado a los milicianos el gusto por la “vida heroica”, una adicción de la que no se sale ileso. Una adicción que la mayoría de los libaneses no comparte. Además, la figura emblemática de al-Hussein, que cayó con las armas en la mano, vuelve cualquier idea de capitulación en algo odioso, si no impío.
El efecto dominó
En cualquier caso, no corresponde a Hezbolá libanés, ni a su comando escondido en búnkeres subterráneos, decidir si las armas deben entregarse. En este asunto, son los iraníes, y sólo ellos, quienes deciden. La milicia proxy en la que Teherán ha invertido tanto no es más que una pieza en el tablero regional de la Wilayat al-Faqih. No puede sacrificarse sino en el altar de la Internacional de los Ayatolás, ya sea en Qom o en otro lugar. La desmilitarización no puede contemplarse a cambio de restaurar algún tipo de soberanía libanesa. Y si la República de los Pasdarán accediera a entregar las armas de Hezbolá a quien corresponda, sentaría un precedente peligroso, uno que podría desencadenar una reacción en cadena. El Hashd al-Shaabi en Irak tendría que hacer lo mismo, y así Irán, esa fortaleza atrincherada, perdería una línea defensiva tras otra.
Dicho eso, a Teherán poco le preocupa que, para retrasar lo inevitable, sus harkis libaneses sean aplastados bajo las bombas israelíes por negarse a acatar las resoluciones de la ONU.
La revancha
En un mes o en un año, las hostilidades entre los árabes duodecimanos y los sionistas terminarán, aunque sea por el agotamiento de una de las partes. Pero ¿significa eso que el desarme será automático? Sin duda, no. El tándem chiita piensa mantenerse en guardia. Por un lado, quiere intimidar a sus compatriotas libaneses; por el otro, no ha olvidado que se ha ganado enemigos de memoria larga. Nuestros vecinos sirios ni perdonan ni olvidan el apoyo brindado al régimen de Bashar al-Assad por las “fuerzas Radwan” y otros irregulares. Tarde o temprano, la implicación de Hezbolá en el atolladero sirio desde 2011 tendrá consecuencias para toda la comunidad chiita. La revancha es inevitable. Y en ese escenario, más vale conservar las armas que convertirse en un blanco fácil.
Que el gobierno libanés no se haga ilusiones: no habrá desarme voluntario. Nuestros estrategas deberán encontrar otra salida.