
En Irán se desarrollan hoy dos escenas paralelas. Dos escenas que no se anulan entre sí, sino que agravan la situación crítica: calles agitadas por protestas esporádicas pero persistentes, y una autoridad que responde con una represión cada vez más brutal, ejecutada de manera conjunta por la Guardia Revolucionaria y el líder supremo. Este paralelismo no refleja equilibrio, sino miedo. Los regímenes seguros de su poder no necesitan este nivel de violencia sostenida, mientras que los regímenes en crisis saben que cualquier fisura en la seguridad puede conducir a su colapso. Sin embargo, la pregunta más grave no se limita a la capacidad del régimen iraní para resistir las presiones internas, sino a las repercusiones de cualquier inestabilidad o posible colapso en toda la región. Irán nunca ha sido un país aislado de sus crisis, sino el centro de una red transnacional de influencia, cuidadosamente construida durante más de cuatro décadas. Cualquier grieta en el centro tendrá inevitablemente efectos en la periferia. Desde el establecimiento de la República Islámica en 1979, el régimen se ha apoyado en una ecuación clara: una legitimidad ideológica que prevalece sobre la voluntad popular y un instrumento eficaz de represión que protege esa legitimidad por la fuerza. Hoy, el primer pilar se erosiona con la expansión de protestas sociales, económicas y políticas, mientras que el segundo se debilita, ya que la Guardia Revolucionaria se ve obligada a actuar como una fuerza policial interna y no como un instrumento de expansión regional. Esta paradoja no es un detalle menor, sino una falla estructural que golpea el corazón mismo del proyecto iraní. Cada hora que la Guardia Revolucionaria dedica a sofocar la disidencia interna es una hora perdida para ejercer influencia en el exterior. Cada escalada de las medidas de seguridad internas incrementa el costo del proyecto regional, en términos políticos, financieros y morales. En consecuencia, un aumento de la represión no significa necesariamente que el régimen se estabilice; puede indicar, más bien, que el país entra en un prolongado periodo de desgaste, en el que la crisis se administra, pero está lejos de resolverse. En este contexto, emergen dos escenarios principales sobre el desenlace de la crisis iraní. El primero es el de un régimen que logra contener las manifestaciones mediante una violencia excesiva, preservando al mismo tiempo la cohesión de las instituciones del Estado y de la Guardia Revolucionaria. En este caso, el régimen no colapsa de inmediato, pero se ve obligado a replegarse en el escenario regional, y la prioridad absoluta pasa a ser el mantenimiento del poder interno. El segundo escenario es el de una represión que alimenta el descontento, conduce a manifestaciones a gran escala y sumerge al país en una espiral incontrolable de escalada. Esto podría allanar el camino hacia un colapso político, rápido o gradual, pero con consecuencias profundas. En Yemen, este desarrollo afecta directamente al movimiento hutí. Este grupo, cuyo ascenso estuvo vinculado al apoyo iraní, verá disminuir la financiación, el armamento y la experiencia provenientes de Teherán. A medida que se intensifica la crisis en Irán, los recursos destinados a asuntos externos, en particular los de menor importancia estratégica, se reducirán. En consecuencia, los hutíes podrían verse obligados a aceptar un acuerdo político que les garantice un mínimo de influencia, o enfrentar el riesgo de una desintegración interna bajo la presión de la guerra, la economía y el tejido social local. En Irak, el impacto del repliegue iraní será más complejo. Las milicias vinculadas a Teherán, acostumbradas a operar bajo el paraguas de una poderosa coalición regional, se verán forzadas a redefinir su papel. Sin un apoyo incondicional, surgirán divisiones entre las facciones que buscan “iraquizar” la toma de decisiones y aquellas que apuestan por la escalada para preservar sus ganancias. En este contexto, la intensificación de la represión en Irán, inicialmente una fuente de fortaleza se convierte en una debilidad, al privar a estas fuerzas de su cobertura simbólica y política y abrir una brecha, aunque peligrosa, que permite al Estado iraquí recuperar parte de su soberanía. El Líbano, por su propia naturaleza, absorbe aún más rápido las repercusiones de las crisis regionales. Hezbolá, como la extensión más organizada del proyecto iraní, se verá directamente afectado por la reducción de la financiación y de la capacidad de apoyo de Teherán. Con la intensificación de la represión en Irán, el partido pierde parte de la legitimidad moral que durante años sirvió para justificar su papel ideológico transnacional. Esta realidad lo enfrenta a un doble dilema: mantener su arsenal en ausencia de protección regional, o reposicionarse políticamente dentro del Estado libanés. En este contexto, la cuestión del calendario político en el Líbano adquiere una importancia crucial. Celebrar elecciones en el punto álgido del repliegue incompleto de Irán podría dar a las fuerzas pro-Teherán la oportunidad de reagruparse. Muchos consideran que cualquier aplazamiento técnico, dado el declive de la financiación y del apoyo militar, especialmente tras la llamada “guerra de apoyo” y la devastación que provocó sin una perspectiva clara de reconstrucción, podría acelerar la erosión de la base popular del dúo chií y revelar la magnitud de la crisis social que enfrentan sus simpatizantes. Aquí, el debate deja de ser meramente constitucional y se vuelve profundamente político, vinculado a la evolución del equilibrio de poder en la región. A nivel regional, la convergencia entre protestas crecientes y una represión feroz en Irán señala el inicio de una fase de transición inestable. Los Estados del Golfo observan con cautela, conscientes de que la debilidad de Irán puede representar una oportunidad para reconfigurar la seguridad regional, pero también conlleva el riesgo del caos. Israel percibe el enfoque de Teherán en sus asuntos internos como una ventaja estratégica indiscutible, aunque teme un posible escenario de escalada. Turquía, por su parte, se prepara para llenar cualquier vacío potencial, en particular en Siria e Irak. La intensificación de las protestas en Irán, enfrentadas a una represión sin precedentes por parte de la Guardia Revolucionaria, no significa que el régimen haya ganado la batalla. Más bien, ha entrado en una fase prolongada de desgaste. En esta etapa, la pregunta ya no es simplemente cuándo caerá el régimen, sino cómo, a qué costo y a expensas de quién en la región. La caída del régimen iraní, si llega a producirse, no será un acontecimiento para celebrar, sino un momento peligroso que exigirá Estados sólidos y élites políticas astutas. Sin ellos, el colapso de este centro de poder podría degenerar en un caos generalizado... sin alternativa.









