


La región del Levante ha vivido en los últimos dos años transformaciones profundas y dramáticas que modificaron por completo su fisonomía geopolítica. Los hechos que siguieron al ataque letal del Hamas contra Israel, lanzado desde la Franja de Gaza el 7 de octubre de 2023, parecen haber allanado el camino hacia un “nuevo Medio Oriente”, como insiste el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.
Al cierre de 2025, surge la pregunta: ¿qué panorama, qué perspectivas y qué balance político y de seguridad se pueden trazar para esta región? Tomar distancia permite observar con mayor claridad los acontecimientos en curso y los cambios radicales que han marcado al Líbano, Siria, Israel, Gaza y los territorios palestinos, además de Irán.
Marcado aún por la explosión del puerto de Beirut del 4 de agosto de 2020 y por el colapso económico y financiero de 2019, Líbano enfrenta ahora las múltiples consecuencias de la absurda “guerra de apoyo” al Hamas que Hezbolá desató el 8 de octubre de 2023. Ese conflicto, impulsado aparentemente por el régimen iraní, terminó con el asesinato del jefe de Hezbolá, Hassan Nasrallah, la eliminación de la cúpula militar del partido chiita, la destrucción de aldeas en el sur del país y la ocupación por Israel de cinco posiciones estratégicas en territorio libanés.
Los compromisos del presidente
En este escenario, es urgente exigir a Israel que deje de intervenir a su antojo en el territorio y el espacio aéreo libanés. Sin embargo, esa demanda implica una responsabilidad: el Estado libanés, con respaldo popular, debe cumplir las resoluciones de la ONU y respetar los compromisos anunciados por el presidente Joseph Aoun en su discurso de investidura del 9 de enero de 2025.
La población debe respaldar al Estado en esta tarea, consciente de que el desmantelamiento del aparato militar de Hezbolá y el desarme total del partido no serán procesos fáciles. Aun así, cuando se concreten, beneficiarán a todas las comunidades del país, en especial a la chiita. Esa determinación debe expresarse sin rodeos. En este contexto, Siria, Irán e Israel deben entender que se trata de un proceso voluntario que no se detendrá y que, al final, favorecerá a toda la región.
Ante el egoísmo y la visión reducida de los principales actores del Levante, resulta evidente que Líbano puede y debería desempeñar un papel de catalizador para generar una dinámica regional que favorezca la estabilidad.
En cuanto al panorama interno, los vínculos entre las distintas comunidades libanesas necesitan ser reconstruidos. Solo el presidente Joseph Aoun puede iniciar ese nuevo tejido social. Para lograrlo, debe demostrar con hechos que fue elegido para liderar en toda la extensión del término. Sin resolución, sin voluntad clara y sin el coraje que ha mostrado a lo largo de su carrera, Líbano no podrá recuperar el bienestar y la paz de otras épocas.
El sismo sirio
El hecho que más ha impactado al Líbano en los últimos meses es, sin duda, la caída del régimen de Bashar al-Assad. Durante medio siglo, esa dictadura mantuvo una ocupación sobre el país del Cedro e imponía una hegemonía que transformó profundamente su vida política.
El nuevo orden surgió en Siria tras el vacío repentino y previsible que dejó el colapso del régimen. La caída del poder baasista se aceleró por la falta de reacción de su base social y la desbandada del ejército. Sin embargo, el nuevo gobierno no cuenta por ahora con bases internas sólidas. Las violencias cometidas contra minorías, sin que las autoridades actúen con firmeza, debilitan aún más al régimen.
El presidente Ahmed el-Chareh fue recibido con honores por Donald Trump y Emmanuel Macron. Ahora debe demostrar que esos honores están justificados. Su futuro y el de Siria, al menos la parte bajo su control, dependerán de la distancia que logre mantener respecto del Hamas y de Irán. De ello depende su supervivencia.
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