


“Aunque se alcance un acuerdo preliminar, eso no cambiará la visión que Irán tiene de Estados Unidos”… Con pocas palabras, la agencia iraní Tasnim, que refleja las posturas de los Guardianes de la Revolución Islámica, aludió indirectamente a la raíz del mal que alimenta la crisis existencial que desestabiliza a los países del Levante y amenaza a algunos Estados del Golfo desde hace décadas. Esta breve frase ilustra, en efecto, un grave problema de fondo: la dimensión ideológica divina que dicta la línea de conducta del régimen de los mulás y que constantemente es ocultada o, a veces, ignorada por ciertos dirigentes occidentales.
En la práctica, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Irán dejó perfectamente en evidencia, a comienzos de esta semana, una de las manifestaciones de este problema estructural: la estrategia de dilatar, maniobrar y ganar tiempo para permitir que la República Islámica se dote de los instrumentos estratégicos militares, de seguridad, políticos, institucionales, económicos y financieros que le permitan preparar adecuadamente su batalla contra las potencias occidentales.
Más de un responsable del poder en Teherán ha subrayado en las últimas semanas que el régimen lleva más de quince años preparándose para esta guerra contra Estados Unidos e Israel. Así se entiende mejor la posición expresada por el portavoz de la diplomacia iraní, quien afirmó el lunes 25 de mayo: “Negociamos para poner fin a la guerra y actualmente no estamos discutiendo cuestiones nucleares (...); Irán se reserva el derecho de elegir el momento de su respuesta al ‘enemigo’.” Todo está dicho…
Esta precisión, particularmente explícita, nos remite a lo que el presidente Donald Trump señaló acertadamente hace algunos días: “Desde hace 47 años (desde la llegada de Jomeini al poder en 1979), el régimen iraní nos engaña, nos hace esperar, mata a nuestra gente (...), reprime brutalmente los levantamientos populares (...)”. No se trata en absoluto de una acusación infundada. El expediente nuclear y el enriquecimiento de uranio han sido objeto de preocupación por parte de la comunidad internacional, y no solo de Estados Unidos, desde comienzos de los años 2000. El 31 de julio de 2006, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó la resolución 1696 en la que se exige “la suspensión inmediata del enriquecimiento de uranio”. Esta resolución fue aprobada con el aval, sin veto, de Rusia y China.
El régimen iraní, evidentemente, no tomó en cuenta la exigencia de la ONU, de modo que el 23 de diciembre de 2006 el Consejo de Seguridad adoptó la resolución 1737, imponiendo una primera serie de sanciones contra la República Islámica. En vano… Por ello, el Consejo de Seguridad adoptó posteriormente, también sin veto de Rusia y China, otras tres resoluciones sucesivas imponiendo sanciones cada vez más severas a Irán: las resoluciones 1747 del 24 de marzo de 2007, 1803 del 3 de marzo de 2008 y 1929 del 9 de junio de 2010. Casi veinte años después, seguimos en el mismo punto y hoy el portavoz iraní de Relaciones Exteriores nos informa que las “conversaciones” sobre este mismo expediente nuclear, discutido desde 2006 e incluso antes, deben aplazarse porque la prioridad debe ser el cese de las hostilidades…
Esta estrategia de maniobra no debería sorprender, sobre todo porque durante años ha estado acompañada de una actitud beligerante permanente hacia varios países árabes y occidentales, particularmente Estados Unidos, como lo ilustran las numerosas acciones terroristas patrocinadas por este régimen, comenzando por la ocupación y la toma de rehenes en la embajada estadounidense en Teherán durante 444 días, en 1979. A ello siguió una larga serie de actos hostiles desde comienzos de los años 80: el atentado con camión bomba que destruyó el edificio de la embajada estadounidense en Ain Mreissé en abril de 1983; el doble atentado mortal de octubre de 1983 en Beirut contra el cuartel general de los Marines estadounidenses y contra el destacamento de paracaidistas franceses de la Fuerza Multinacional; el atentado contra el centro judío en Buenos Aires en julio de 1994; la implantación de células subversivas en Chipre, Bulgaria, Alemania, Reino Unido, Kuwait, Baréin, Emiratos y Siria… Estos son solo algunos ejemplos, a los que se suman, por supuesto, el asesinato de Rafic Hariri, los asesinatos políticos durante la Revolución del Cedro, las guerras impuestas al Líbano y, sobre todo, la represión salvaje de los movimientos de protesta encabezados por el pueblo iraní.
Un comportamiento de este tipo, sostenido en el tiempo y que no toma en cuenta ni el espacio ni el contexto histórico, responde a una lógica muy particular: la de la ideología divina, la misión mesiánica de la que se creen investidos los Guardianes de la Revolución.
Es precisamente esta dimensión mesiánica, completamente irracional en todos sus aspectos, la que lamentablemente es ignorada por ciertos dirigentes, y la que hace que cualquier intento de encontrar una salida a la crisis actual a partir de un enfoque puramente cartesiano, falsamente “diplomático”, basado únicamente en intereses económicos coyunturales o en reflejos nacionalistas reduccionistas, no hará más que aplazar el problema y sembrar las semillas de una nueva guerra, de una nueva crisis existencial aún más grave que las anteriores.
Negociar una “solución” con una facción cuyo comportamiento ideológico “divino” está basado en la irracionalidad, y cuya acción permanente no se detiene ante ninguna consideración moral, ética o humanitaria, constituye un enorme engaño, un enfoque profundamente tramposo. En una situación así, se vuelve imperativo atacar la raíz del mal y arrancar de manera radical sus profundas raíces. Cualquier otra salida a la crisis equivaldría a lanzar peligrosamente una cortina de humo…