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Perspectiva

Frente al tirano, al «nuevo Hitler» del Oriente Medio

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Por Michel Touma
Publicado mar 28, 2026 - 10:58

En una reciente entrevista concedida a una cadena de televisión anglófona, el príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed bin Salman, no anduvo con rodeos al calificar al difunto ayatolá Ali Jamenei —y, por ende, al régimen de los mulás en general— de «nuevo Hitler de Oriente Medio»…

Ofreciendo una lectura particularmente lúcida del contexto geopolítico del conflicto actual, el príncipe heredero señaló sin ambages que el poder iraní adopta con claridad una postura expansionista y busca extender «su propio proyecto en Oriente Medio, de la misma manera en que Hitler lo había hecho» en Europa. «Varios países no se dieron cuenta de lo peligroso que era Hitler hasta que fue demasiado tarde», subrayó MBS, quien añadió, poniendo el dedo en la llaga: «No quisiera que eso ocurriera aquí».

Simplificando al extremo, el paralelo con Hitler presenta efectivamente algunas similitudes, pero únicamente a nivel de la forma, del comportamiento, perceptible en más de un plano: una estrategia expansionista regional que apunta a imponer a otras poblaciones una hegemonía basada en una ideología fascistizante —teocrática en el caso iraní, además—; la extensión de la «ocupación», indirecta, de territorios en varios países mediante el control de poderes locales subordinados a la potencia colonizadora; el establecimiento en cada país de organizaciones milicianas vasallas (similares a la Gestapo) encargadas de reprimir cualquier contestación y de mantener sin tregua un clima de terror y de opresión.

Pero mucho más allá de estas manifestaciones de imperialismo de carácter sectario y de las prácticas milicianas fascistas a las que se entregan quienes convencionalmente se denominan los proxies iraníes, el proyecto jomeinista que padece Oriente Medio entraña un peligro de una dimensión completamente distinta. Constituye una amenaza de naturaleza fundamentalmente existencial que se cierne no solo sobre el Líbano, sino sobre el conjunto de los países de la región, incluidos los Estados del Golfo. Este proyecto político, transnacional por esencia, preconiza la edificación de una sociedad guerrera —permanentemente «guerrera»— cuyos fundamentos son valores, una cultura, una estructura de pensamiento, costumbres sociales, un modo de vida, enteramente ajenos a las poblaciones de la región. Peor aún: un lavado de cerebro se practica dentro de este marco ideológico obtuso desde la más tierna infancia, como ilustra el programa escolar aplicado en las escuelas partidistas del Hezbolá, a partir del ciclo primario.

El currículo impuesto a los alumnos de estos establecimientos está calcado de la ideología jomeinista, que «enseña» a los niños pequeños el culto al martirio. Nada tiene de sorprendente, pues —por citar solo este ejemplo— que los Guardianes de la Revolución en Teherán hayan fijado hace apenas unos días la edad de reclutamiento en sus filas en… ¡12 años!

En este tipo de situación, sin embargo, la ideología autocrática que subyace a una política expansionista va acompañada de la edificación de un aparato militar que apenas disimula una postura belicosa hacia los países o las poblaciones clasificados en la categoría de «enemigos», por no compartir los mismos valores ni los mismos fundamentos civilizacionales que la potencia «madre».

A modo de ilustración, las operaciones militares que se vienen desarrollando desde el 28 de febrero han puesto al descubierto el alcance real del arsenal nuclear y balístico que el régimen de los mulás ha desarrollado con perseverancia durante décadas enteras. La obstinación enfermiza por enriquecer el uranio por encima del 60 por ciento, construir misiles balísticos con un alcance de 4.000 kilómetros —capaces de alcanzar las capitales europeas—, verter inversiones monumentales para desestabilizar los países de la región a través de milicias paraestatales subordinadas a los Pasdaran, solo puede explicarse por la voluntad de aplicar una estrategia de conquista, no solo en el plano geopolítico, sino sobre todo en el plano sociocultural y de imposición de valores «divinos» que son en todos los aspectos reduccionistas, oscurantistas y retrógrados.

El presidente Donald Trump calificó el viernes por la noche al régimen de los mulás de «tirano de Oriente Medio». Un «nuevo Hitler», un tirano sanguinario que siembra el terror en la región, bajo ninguna circunstancia debería beneficiarse de actitud alguna de complacencia o conciliación. Hay que eliminarlo de la escena de manera imperativa. Cualquier medida a medias en este contexto constituiría un grave error estratégico. Abstenerse de llevar hasta el final, hasta sus últimas consecuencias, una operación de erradicación radical y total del tirano regional solo sembraría los gérmenes de un nuevo conflicto armado en un plazo breve.

Al final de la Segunda Guerra Mundial, de no haberse borrado total y definitivamente el régimen hitleriano del mapa, el espectro del nazismo habría reaparecido sin demora. En semejantes circunstancias, cualquier angelismo primario exhibido por los «bienpensantes» o los wokistas de pseudoizquierda equivaldría a un vasto e incalificable crimen contra pueblos en peligro.

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