


El Secretario de Estado Marco Rubio puso el dedo en la llaga, sin andarse con rodeos. Mostrándose para la ocasión paradójicamente poco «diplomático», hizo gala de una magnífica franqueza al resumir en pocas palabras, en una pequeña frase lacónica, el fundamento de la crisis iraní desde el ángulo de las tensas relaciones entre Washington y la República Islámica. «El liderazgo en Irán no es en absoluto un reflejo de la población iraní (…). No estoy seguro de que podamos llegar a un acuerdo con esa gente»…
Declaraciones que coinciden con las realizadas en el mismo tono por el ex ministro francés de Asuntos Exteriores y Defensa, Jean-Yves Le Drian, quien conoce bien los centros de poder en Teherán por haber tratado con ellos. «Son muy hábiles en el arte de engañar (…), subrayó en una entrevista televisiva. Su única preocupación es ganar tiempo y (asegurar) la perennidad del régimen».
Todo está dicho… Pero, no obstante, parece vital, más particularmente en el contexto actual, tener constantemente en mente la dimensión ideológica, las bases profundamente (y peligrosamente) teocráticas del régimen de los mulás, especialmente del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria (los Pasdaran). Es siendo plenamente consciente de esta dimensión doctrinaria, en todos los aspectos oscurantista, que se hace posible percibir hasta qué punto las «conversaciones» estadounidense-iraníes previstas para este viernes 6 de febrero, en Omán, corren el riesgo de no ser más que una vasta superchería… O, peor aún, un grave error estratégico e histórico, e incluso moral.
Después de las masacres a gran escala perpetradas en el espacio de pocos días por los aparatos de seguridad del régimen de los mulás, solo se podrá estigmatizar cualquier «acuerdo» que se concluya en Omán y que sea sumamente políticamente amoral. Representaría, de hecho, una rehabilitación vergonzosa, una reafirmación de la supuesta legitimidad de un poder que ha matado a sangre fría, en 48 horas (el 8 y 9 de enero), no menos de 30.000 jóvenes y adolescentes en la flor de la vida (muchos más, incluso, según diversas fuentes), algunos de los cuales fueron ahorcados de una grúa, otros liquidados a quemarropa en su cama de hospital después de haber sido heridos por disparos de bala real, y otros más fríamente envenenados con mercurio… Sin contar las detenciones de médicos acusados de haber tratado a manifestantes (!), y los estudiantes secuestrados en pleno campus universitario.
Banalizar, bajo el pretexto de una cínica realpolitik, las inmundas atrocidades de las que se ha hecho culpable el régimen de los mulás, con total impunidad, tendría indiscutiblemente como efecto –si tal postura complaciente se confirma– arrojar un fuerte descrédito sobre aquellos que se erigen en abanderados de los valores democráticos en el mundo y que ya son calificados, amargamente, de «cobardes» por muchos iraníes.
Paralelamente a esta vertiente moral, una rehabilitación del poder en funciones a través de un supuesto acuerdo, incluso global, no dejará de reforzar y envalentonar al ala radical de los Pasdaran, con todas las consecuencias políticas desestabilizadoras (a nivel regional) y destructivas (a nivel de seguridad) que acarrearía un acuerdo manifiestamente engañoso… Nadie ignora, a este respecto, que los líderes de la República Islámica han erigido la mentira y la takiya (la disimulación de los verdaderos designios políticos) en un sistema de gobernanza basado en una ideología teocrática, la cual impone, debido a su carácter divino, asegurar la perennidad del poder por todos los medios posibles. Desde esta perspectiva, la violencia ciega, las matanzas masivas, los baños de sangre, la represión salvaje, las torturas, las condenas a muerte, las ejecuciones sumarias se vuelven «legítimas» e incluso constituyen un deber religioso.
El engaño y la takiya, combinados con el poder político absoluto atribuido al Guía Supremo (el walih el-faqih), el imán Jamenei, en su calidad de representante divino del desaparecido imán el-Mahdi, explican que el régimen de los mulás finge, sin cesar, discutir el expediente nuclear con la comunidad internacional, y más particularmente con las potencias occidentales. ¡Salvo que estas negociaciones duran desde hace casi… 25 años! Y, cuando se llega a un acuerdo, Teherán no tiene ningún escrúpulo en no respetar descaradamente sus compromisos.
En cada fase difícil que atraviesa la República Islámica, el Guía Supremo da la impresión, engañosa, de que desea «dialogar»; sin embargo, el objetivo real buscado es ganar tiempo, a la espera de un cambio de poder en un país decisorio o de una evolución hacia una coyuntura más favorable que permita relanzar con mayor ímpetu la política hegemónica y expansionista iniciada, desde 1979, por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria.
Hace un año, casi día por día, el 9 de febrero de 2025, el presidente Donald Trump declaraba que esperaba que Irán modificara su línea de conducta, subrayando que deseaba llegar a un acuerdo con Teherán en lugar de emprender la vía militar. Eso fue hace un año… Conocemos el desenlace.
La reunión en Omán se celebra hoy mientras el régimen de los mulás no ha modificado ni un ápice, desde… 1979, su línea de conducta antioccidental y fundamentalmente antiamericana exhibida sin descanso durante 47 años, como ilustra, por cierto, la reciente gesticulación mediática de los diputados iraníes que, disfrazados de milicianos de los Pasdaran, coreaban a coro hace unos días, en pleno Parlamento, «¡Muerte a América!», mientras quemaban alegremente una bandera estadounidense…