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Perspectiva

La crisis del régimen iraní: arrancar de raíz en lugar de podar…

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Por Michel Touma
Publicado feb 19, 2026 - 14:58

En tiempos de guerra abierta o de crisis existencial aguda, cuando el destino de toda una población pende de un hilo, las medias tintas dejan de ser aceptables. Cuando una nación enfrenta los designios expansionistas y hegemónicos de un poder sin ataduras legales ni principios, y cuando un régimen tiránico, empapado de sangre, comete masacres a gran escala con total impunidad, atacando indiscriminadamente a civiles, jóvenes y adolescentes, esas circunstancias extremas exigen claridad. Exigen una postura firme e inequívoca, muy lejos de la ambigüedad cínica o las maniobras evasivas. Esa es, sin lugar a duda, como el lector habrá supuesto, la situación del régimen actualmente en el poder en Irán.

 

La más reciente ronda de negociaciones, una más en una saga que se extiende por décadas, entre enviados estadounidenses e iraníes no es más que un espejismo. Esto se ha convertido en un lugar común, como lo demuestran innumerables experiencias previas: los dirigentes de la República Islámica han perfeccionado el arte del “diálogo” estéril, creando la ilusión de apertura a la negociación y al compromiso. En la práctica, su estrategia rara vez va más allá de ganar tiempo, maniobrar, cubrirse y esperar a que los vientos geopolíticos soplen a su favor.

 

Los mulás en Teherán apuestan por la alternancia inevitable del poder en las democracias occidentales para explotar cualquier debilitamiento o cambio de gobierno en un país que les “incomoda”. Esta táctica conocida les permite rebotar y escalar su campaña beligerante contra la parte contraria. Mientras tanto, en su juego favorito de la “negociación”, persiguen un supuesto “acuerdo” que no tienen intención de cumplir, y esos mismos mulás orquestan masacres impensables y detenciones masivas, dirigidas en particular contra jóvenes y estudiantes.

 

En una revelación contundente, un miembro de la Comisión de Educación del Parlamento iraní informó recientemente que el 28 por ciento de los encarcelados tras el levantamiento de enero pasado tiene menos de 20 años. Aún más estremecedor: una asociación iraní publicó una lista con los nombres de 200 niños asesinados en las protestas más recientes. La magnitud del derramamiento de sangre llevó al analista político libanés-estadounidense, cercano a círculos republicanos, Walid Phares, a instar a los líderes de Washington a que, si insisten en mantener el “diálogo” con Teherán, exijan el cese efectivo e inmediato de las ejecuciones y de las detenciones masivas, así como la liberación de los detenidos desde enero, como condición previa innegociable para cualquier conversación con el régimen iraní.

 

El presidente Donald Trump no se equivocó en este punto al señalar, durante uno de sus viajes, que durante 47 años los altos funcionarios de la República Islámica han dado sistemáticamente la impresión de querer “dialogar” con Occidente cuando están bajo presión, mientras al mismo tiempo llevan a cabo masacres intermitentes y atrocidades indescriptibles que han costado la vida a miles de presos políticos en detención.

 

La naturaleza esencialmente estéril de cualquier negociación con un régimen como el de los mulás fue subrayada con precisión por el secretario de Estado Marco Rubio, quien destacó que Irán está gobernado por clérigos chiíes radicales cuyas decisiones y opciones estratégicas están guiadas exclusivamente por consideraciones teológicas, muy alejadas de cualquier sentido de realismo geopolítico.

 

Pero fueron las recientes declaraciones del canciller iraní Abbas Araghchi las que dejaron al descubierto con mayor claridad la inclinación engañosa del régimen de los mulás por las discusiones interminables y su descarada habilidad para eludir compromisos escritos. Poco después de la última reunión en Ginebra con la delegación estadounidense, reconoció sin rodeos que sería “difícil redactar el texto final de un posible acuerdo con Estados Unidos”. En otras palabras, Teherán reduce cualquier acuerdo con Washington a un mero ejercicio estilístico: una retórica plagada de trampas lingüísticas, deliberadamente ambigua, diseñada para dejar la puerta abierta a múltiples interpretaciones y permitir así al régimen evadir de forma encubierta las obligaciones concretas que un acuerdo de ese tipo implicaría.

 

La situación en la que hoy se encuentra la República Islámica puede compararse con una planta en avanzado estado de descomposición. Podarla simplemente, cortar los tallos y ramas marchitas mientras se dejan intactas las raíces, no lograría nada. Esas raíces, al no ser tocadas, inevitablemente harán que la planta vuelva a crecer, y en poco tiempo, más fuerte que antes. Lo mismo ocurriría con cualquier acuerdo defectuoso y lleno de trampas firmado con el régimen de los mulás si no se arrancan por completo las raíces profundas, aquellas que, de forma paciente y meticulosa, operan en las sombras para revivir lo que alguna vez estuvo podrido.

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