


Líbano, y en particular la comunidad chiita, conmemoró recientemente el 25 aniversario de la muerte, el 10 de enero de 2001, del expresidente del Consejo Superior Chiita, el imán Mohammed Mehdi Chamseddine.
Durante más de dos décadas fue el líder espiritual de la comunidad chiita libanesa, sucediendo al imán Moussa Sadr, quien desapareció misteriosamente durante una visita a Libia en 1978. Dejó tras de sí un “testamento” político cuya existencia y verdadero alcance siguen siendo desconocidos, o deliberadamente ocultados, para muchos libaneses y extranjeros, especialmente en los círculos académicos y periodísticos. La dimensión histórica y profundamente existencial de este legado queda hoy resaltada por los dramáticos acontecimientos que sacuden al Líbano y a la región. Más que nunca, el Líbano y el Levante necesitan la contribución a la vida pública de una figura que, como el imán Shams al-Din, combine autoridad moral, apertura intelectual y una lectura lúcida de las realidades sociopolíticas contemporáneas.
Hacia el final de su vida, y a pesar de estar debilitado por la enfermedad, grabó en casetes sus memorias y recomendaciones sobre el rumbo que debían adoptar los chiitas en el Líbano y en la región. En particular, exhortó a sus correligionarios a no tener un “proyecto político específico para los chiitas” y a luchar por sus derechos “integrándose en la sociedad en la que viven”.
En términos claros, rechazaba de manera apenas velada el principio de exportar la Revolución Islámica iraní, impulsada por los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria (Pasdarán) tras la llegada al poder de Jomeini en 1979. Cuestionaba especialmente el sistema instaurado por Jomeini, basado en la autoridad del walih al-faqih, es decir, del Líder Supremo de la Revolución Islámica iraní, en ese entonces él mismo y luego sus sucesores, quien, como supuesto descendiente directo del Profeta, concentraba un poder absoluto y definitivo sobre las decisiones estratégicas, incluidas las de guerra y paz.
Al establecer este sistema político, el ayatolá Jomeini sembró las semillas de una desestabilización regional crónica, producto de un régimen autocrático que ha sumido a todo Medio Oriente en el caos durante más de cuatro décadas. No es casualidad. La wilayat al-faqih fue concebida como una autoridad absoluta no solo para los iraníes, sino para todos los chiitas. En la práctica religiosa, cada grupo o individuo chiita debe elegir a su referente espiritual. Sin embargo, al atribuirse un poder basado en una “legitimidad” divina, y por lo tanto incuestionable, el nuevo Líder de la República Islámica, primero Jomeini y luego Jamenei, se colocó por encima de todas las demás autoridades religiosas, al servicio además de un proyecto político transnacional, expansionista, hegemónico y represivo que sacraliza la violencia como método de acción.
Este “injerto” jomeinista en el cuerpo sociopolítico y religioso chiita no podía sino convertirse en una fuente de tensiones y conflictos en el mundo árabe, bajo el peso de la exportación de la Revolución Islámica y del poder divino atribuido al Guía Supremo. Verdadero visionario, el jeque Mohammed Mehdi Chamseddine supo percibir el peligro que se perfilaba en el horizonte y tomó distancia de los fundamentos de la wilayat al-faqih y de las ambiciones expansionistas de los Pasdarán. Su postura se asemejaba a la del líder espiritual de la comunidad chiita en Irak, el ayatolá Sistani, así como a la del imán Moussa Sadr e incluso a la del jeque Mohammed Hussein Fadlallah, a quien muchos observadores occidentales etiquetaron erróneamente como el “guía espiritual de Hezbolá”, cuando en realidad cuestionaba la autoridad divina del walih al-faqih y, en consecuencia, expresaba reservas sobre la línea de acción de Hezbolá en el Líbano.
Más de veinticinco años después, los acontecimientos han confirmado el carácter visionario del legado político del jeque Chamseddine. De hecho, es en nombre de ese “proyecto transnacional específico de los chiitas”, denunciado por el expresidente del Consejo Superior Chiita, que el régimen iraní recurrió hace pocos días a milicias provenientes de países árabes para reprimir brutalmente a su propia población. La consigna “Ni Gaza ni Hezbolá, damos la vida por Irán”, coreada por manifestantes iraníes, resume por sí sola toda la dimensión histórica y existencial de la visión expresada por el imán Shams al-Din. Refleja además el profundo resentimiento hacia las poblaciones árabes presente en un amplio sector de la opinión pública iraní, que no logra comprender cómo el ala radical del régimen ha podido gastar decenas de miles de millones de dólares en sostener fuerzas aliadas en países árabes, mientras Irán atraviesa una crisis socioeconómica grave y sin precedentes.
Sobre esta misma base del “proyecto transnacional específico de los chiitas”, el secretario general de Hezbolá, el jeque Naim Qassem, sigue priorizando los intereses del régimen iraní por encima de la construcción de un Estado libanés fuerte y soberano. Incluso ha llegado a amenazar al ministro de Relaciones Exteriores, Joe Raggi, considerado excesivamente soberanista, y no ha dudado en agitar el fantasma de disturbios internos si el gobierno avanza en su decisión de desarmar a Hezbolá. En uno de sus discursos recientes, el presidente Joseph Aoun llamó a Hezbolá a “actuar con sensatez”, lo que provocó el abierto malestar de Naim Qassem, para quien los intereses del Irán de los mulás siguen siendo prioritarios. Para frenar esta deriva suicida del grupo proiraní, se impone con urgencia un paso fundamental: alinearse con las recomendaciones y con el legado político, casi profético, de Mohammed Mehdi Chamseddine. Aunque ello implique inevitablemente, y algún día deberán reconocerlo, una verdadera “revolución cultural” que reconfigure su doctrina política forjada a mediados de la década de 1980.