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Mil mesetas

«Zaamat», «Jamaat» y la guerra contra Weber en el Líbano (1/2)
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
mar 27, 2026 - 20:27

En estos tiempos en que amplias franjas de la sociedad libanesa se precipitan hacia los escollos odiosos de la división amigo-enemigo, resulta más necesario que nunca releer a Michel Seurat. El Estado de barbarie — su recopilación póstuma de artículos dedicados a la deconstrucción de la Siria asadiana — sigue siendo el referente analítico más riguroso para quien desee comprender la estructura profunda de lo político árabe, incluido el libanés. Retomando a Ibn Jaldún — reencuadrado aquí en una tradición deleuziana —, Seurat evoca el Estado-zaamat (el Estado de los jefes) y el Estado-jamaat (el Estado de las comunidades) como construcciones intrínsecas al modelo estato-nacional sirio. En las antípodas, sin embargo, del modelo tiránico de Assad, el Líbano es también la superposición de ambos: el Estado de las jefaturas y el Estado de los cuerpos comunitarios, organizados no obstante en entidades autónomas y rivales — lo que lo convierte simultáneamente en… demasiado Estado y demasiado poco Estado… «El Estado-douweylat» A esto debe añadirse una tercera capa heredada de la Cuestión de Oriente y del sistema de los millet y las capitulaciones: el oxímoron absurdo del Estado-douweylat — el Estado de los micro-Estados con ramificaciones internacionales, estructuras paraestatales que solo reconocen del Estado central lo que éste puede ofrecerles, mientras le disputan el monopolio de la violencia legítima, que es, desde Max Weber, uno de los elementos de la definición misma del Estado. Y ahí es donde se anuda la lucha. El Líbano es el territorio del diálogo bajo coacción — como en Ginebra, Lausana, Taif, Doha — que solo produce «acuerdo» bajo la presión del colapso o de la tutela extranjera, y que recae en la desconfianza en cuanto esa coacción se afloja, como atestigua el fracaso de la conferencia de diálogo nacional de 2006, apenas un año después de la retirada siria. Es también el terreno de la rivalidad mimética por el poder en tanto que signo de superioridad comunitaria, y de la conciencia de casta de las jefaturas ante cualquier cuestionamiento. Las revoluciones allí solo ocurren en la violencia y en el interior de cada comunidad por separado — si es que ocurren. Los levantamientos populares logran coaligarse frente a un opresor extranjero común, pero son incapaces después de producir un contrato político, porque la multiplicación de las lealtades y la persistencia de las legitimidades residuales impiden toda centralización duradera. La guerra contra Weber La modernidad política descansa en principio sobre una proposición weberiana simple y revolucionaria que el Líbano nunca ha atravesado de verdad. Ha producido Constituciones, instituciones, ministerios y embajadas, manteniendo sin embargo bajo la superficie — en un estado de preservación casi orgánica — legitimidades residuales preestatales: jefaturas carismáticas, feudalidades históricas, milicias, que han reclamado y obtenido una existencia paralela a la legitimidad constitucional. La reivindicación de una política de los campos y las montañas contra la urbanización, del particularismo contra la construcción estato-nacional, anticipó en medio siglo el movimiento identitario mundial que presenciamos hoy — confiriendo al destino libanés un alcance que lo trasciende. Mientras el Estado no haya sido investido por una comunidad a través de su partido-fuerza, permanece un objeto de desconfianza. La rivalidad por el poder obedece a una mecánica mimética: se lo codicia porque otro lo detenta, y se convierte por ello en mucho más un signo de superioridad comunitaria que un programa de gobierno… La hainamoration lacaniana en todo su esplendor… El 14 de marzo de 2005, o el aborto real Hubo, sin embargo, un instante singular en la historia contemporánea del Líbano… El 14 de marzo de 2005. Una superposición de lo nuevo y lo viejo, de lo moderno y lo arcaico, de un impulso soberanista auténtico y de los aparatos comunitarios que, amenazados por el surgimiento de una dinámica ciudadana transversal, se apresuraron a recuperarlo para vaciarlo de toda sustancia reformista y recomunitarizarlo. Un millón y medio de personas en las calles de Beirut, movidas por una exigencia de soberanía, que no respondían a la convocatoria de un zaim sino a algo más extraño y más frágil — era a un tiempo fascinante e inquietante. Los zaamats habían retrocedido, y el movimiento funcionaba en piloto automático — o casi, puesto que estaba conducido esencialmente por intelectuales, cuadros de la sociedad civil y estudiantes. En cuanto a la jamaat , desbordaba su propio marco. Por un momento, la aspiración a una legitimidad racional y nacional había atravesado las comunidades en lugar de replegarse en ellas. Solo Hezbolá, fiel a Assad y muy complacido de heredar su legado, se había situado abiertamente en confrontación con el movimiento. También él veía en la construcción estato-nacional que se había vuelto posible una amenaza para sus armas y su hegemonía sobre su comunidad. El instante fue así sofocado rápidamente por sus propios portadores. La incapacidad del 14 de Marzo para escoger entre su tránsito hacia el Estado y la existencia de islotes dentro del Estado responde a la naturaleza misma del movimiento — simultáneamente deseo de un Estado soberano, convertido después en una reunión de comunidades que no querían el Estado del otro. Aunque real y exaltadora, la gracia — ¿la de la última oportunidad? — fue breve. Fugaz. Un sueño. Y es sobre las ruinas de esa singular aventura — deconstruida tanto bajo los golpes de ariete del eje Assad-Hezbolá como por las pequeñas apuestas de poder de sus propios líderes — donde se desarrolla ahora la tragedia actual del Líbano.

Salvar el Líbano
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
mar 18, 2026 - 21:57

El conflicto que se desarrolla actualmente en el Líbano — y más ampliamente en Oriente Próximo — es doblemente letal. Están, ante todo, las víctimas, los daños materiales y sus consecuencias económicas para el mundo entero. Pero más allá de eso, existe una lógica binaria que preside los espíritus de ambos lados, y que parece mucho más destructiva a largo plazo. En la retórica habitual, las guerras se presentan como el camino más corto para abordar una problemática insoluble. Sin embargo, los resultados del siglo pasado prueban lo contrario. Las guerras han generado una multitud de problemas, cualquiera que haya sido su justificación. La solución militar ya no es suficiente para dirimir las cuestiones, y la gestión política del período de posguerra — sobre todo la estadounidense — ha sido cuando menos catastrófica desde Saigón. La guerra actual entre Irán y Hezbolá por un lado, y los Estados Unidos e Israel por el otro, desborda ampliamente el contexto libanés. Tratarla únicamente a través del prisma libanés — el asunto de las armas del Hezb — sería un error, y ello a pesar de la exasperación perfectamente justificada ante la situación totalitaria creada por el partido proiraní en el Líbano a lo largo de cuatro décadas. Pero el enemigo (Israel) de mi enemigo (Hezbolá) no es mi amigo. Una deriva en ciertas posiciones actuales presupone que hay que elegir, en esta guerra, entre uno de los dos bandos, con el objetivo de saldar cuentas internas. A raíz de ello, el discurso adopta en ocasiones un cariz sectario — y retoma los viejos demonios de las venganzas intercomunitarias, más aún a la luz de la crisis sin precedentes que atraviesa el país, con el desplazamiento de población provocado por el desmedido hubris israelí en la más absoluta impunidad. Esto es olvidar que todas las comunidades libanesas han cometido el mismo error, a saber: el de quedar, en última instancia, amalgamadas en un proyecto de hubris que ha generado en cada una de ellas, por turno, un insoportable sentimiento de derrota y abatimiento. La cuestión chií no nació ayer. Estuvo impulsada por un deseo de reconocimiento social tras décadas de marginación del proceso de construcción estatal. Al no encontrar eco, los chiíes abandonaron su proyecto modernista y se orientaron hacia formas identitarias de organización con un fuerte carácter social. Y esta organización quebró las estructuras tradicionales sin que el Estado fuera suficientemente fuerte para reemplazarlas. Si Hezbolá no representa a toda la comunidad chií, representa sin embargo una parte de ella, por convicción o por necesidad estructural. Y la otra parte de la comunidad difícilmente puede permanecer neutral o indiferente — a pesar de su escaso entusiasmo por el partido — frente a una agresión sangrienta y sistemática que alcanza a sus allegados y sus bienes. Sobre todo si no existe ninguna alternativa política que les permita salir de la catástrofe en la que han sido arrastrados, quieran o no. El vínculo entre los chiíes y Hezbolá va más allá del simple blanco o negro, debido a los lazos de sangre por un lado, y a las especificidades de la rivalidad mimética entre las comunidades libanesas en el espacio público por el otro. El Hezb, y antes que él Amal, jugaron durante mucho tiempo con el trauma chií de la exclusión, heredado de las injusticias del pasado. Por lo demás, el partido se ha empeñado en marginar, excluir o aplastar a todos los opositores chiíes libanistas soberanistas a la doctrina jomeinista de la wilayat al-faqih , en todas sus expresiones — desde el imam Mohammad Mahdi Chamseddine hasta el intelectual liberal Lokman Slim, pasando por la izquierda libanesa soberanista. Hezbolá ha establecido así deliberadamente, durante décadas, una confusión buscada entre los dos niveles de pertenencia — nacional y comunitario —, lo cual, por lo demás, fue el modelo de todos los partidos durante la guerra, obsesionados por una sola cosa: la conquista del poder. La diferencia es que el Hezb lo hizo exclusivamente como una satrapía de la nueva Persia, que ha extraído de ello sus dividendos políticos y materiales. Sin embargo, entre Hezbolá e Irán por un lado, e Israel por el otro, existe un tercer campo: el Líbano, la legitimidad libanesa. Y cualquiera que sea su fragilidad, es el único que merece ser seguido. Si el Estado libanés ha sido enclenque desde 1973 a causa de las guerras y las tutelas, y trata en la actualidad de reponerse como puede, no es menos cierto que sigue siendo la única garantía del país para todos los libaneses, sean cuales sean sus comunidades. Toda la complejidad del Estado libanés radica en que está llamado a gestionar no solo a individuos, sino también a comunidades, agrupaciones humanas, regiones y culturas. Un Estado simple no puede ser más que reductor, y un Estado reductor es, por definición, un Estado totalitario que, al no poder existir en armonía con una sociedad compleja, intentará remodelarla a su antojo y simplificarla. Este es el escollo en que ha caído cada una de las facciones comunitarias que quisieron moldear un Líbano a su imagen, excluyendo y marginando a los demás componentes del país. El Estado libanés sigue siendo la única garantía, sí. A condición de que sus comunidades — y con ellas sus respectivos líderes, que siguen comportándose como jefes de clanes salidos de tiempos feudales, revestidos de una misión histórica divina de restauración de la grandeza y la seguridad de su horda — presten por fin una lealtad definitiva al Estado y a la idea del Gran Líbano en sus fronteras reconocidas internacionalmente — sin condiciones y sin compromisos con nadie. Y a condición de que el Estado, también, demuestre que asume sin vacilación su responsabilidad de preservar el Líbano, en el respeto de la Constitución. El Líbano no puede salir victorioso de una guerra cuyos elementos no controla en modo alguno, y la yihad de Hezbolá es absurda — tanto como, por lo demás, la idea de que Israel podrá aniquilar totalmente a una milicia escatológica que se nutre de muertos y mártires. El país del Cedro no es, al fin y al cabo, más que el terreno-absceso de una crisis que dura desde 1969, si no desde 1948, y que versa sobre su unidad, su soberanía, su paz — así como la condición sine qua non para consagrarlas: la neutralidad positiva frente a los conflictos de la región, en el marco del respeto por el bien común de su vecindario árabe, el derecho internacional y los derechos fundamentales del ser humano. Llegará un momento en que el cañón deberá callar, y en que habrá que volver a la realidad. Y aunque parezca difícil creer que el Hezb renunciará a su bravuconería suicida y épica — incluso gigantomáquica —, será necesario que aquellos responsables libaneses que aún conservan algún ascendiente sobre los acontecimientos dejen de contemplar el desastre y propongan, en el marco de un vasto consejo de notables transcomunal, una iniciativa política capaz de permitir a la comunidad chií escapar de la insidiosa trampa binaria en la que Irán la encierra desde hace décadas — Israel o yo, los suníes o yo, etc. La tiranía del Hezb ha durado demasiado, pero — con la experiencia del pasado como respaldo — no es desde luego otra empresa tiránica — máxime si viene del exterior — la que podrá acabar con ella, sino un proyecto de paz inclusivo fundado en los elementos constitutivos de un Estado y los valores fundamentales de la República. De lo contrario, ¡cuidado con el retorno de lo reprimido! Tanto más cuanto que los componentes libaneses y la comunidad internacional han dejado que las cosas ocurrieran, por acción u omisión, por interés o por voluntad de no coger el toro por los cuernos... para "evitar la guerra civil". Este proyecto, que existió entre 2000 y 2005 para restablecer el eje unidad-soberanía frente a Assad, no existe en la actualidad. Nada se ha hecho para crearlo, estando todos los componentes políticos obsesionados por sus estrechas ganancias políticas a corto plazo. La única hoja de ruta plausible para salir de la locura asesina debería ser la siguiente: fin de las hostilidades, desarme de Hezbolá y restablecimiento de la autoridad del Estado sobre la totalidad de su territorio mediante el despliegue masivo del ejército en la frontera, en concomitancia con la retirada israelí de los territorios ocupados, seguida de negociaciones de paz bajo los auspicios de la ONU, y un estatuto de neutralidad benevolente para el Líbano. La alternativa es la desaparición del Líbano, con, una vez más, la "paz de los otros" sobre su cadáver — y los nuestros. No tenemos más que uno. No contribuyamos a su destrucción, sino a su salvación. René Maheu observó en 1975 que el Líbano había logrado producir un "estilo de civilización" fundado en el diálogo y la convivencia; una sociedad que, a pesar de sus desigualdades, seguía siendo "la menos inhumana del mundo", en palabras de Georges Naccache. Un mundo en descomposición, devastado ahora por las mismas angustias identitarias que presenciaron su destrucción, necesitaría urgentemente ese Líbano.

Cuando los dioses se hacen la guerra
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
mar 12, 2026 - 07:06

«En cada generación se alzan para aniquilarnos, y el Santo, bendito sea, nos salva de sus manos.» — Hagadá de Pésaj El conflicto que enfrenta actualmente a Israel con Irán y sus proxies desborda con creces el marco militar y geopolítico al que algunos insisten en confinarlo. La semiología desplegada por ambas partes — los nombres dados a las operaciones, las expresiones elegidas para anunciarlas o responder a ellas — revela una batalla de carácter eminentemente religioso y metafísico, donde cada acto militar pretende inscribirse en el orden del cumplimiento escritural. Allí donde los nombres de operaciones militares suelen obedecer a una lógica de propaganda destinada a impresionar al enemigo, el ornamento retórico cumple aquí un papel radicalmente distinto, situándose en el corazón mismo del dispositivo bélico. Constituye su esencia, ayudando a comprender por qué este conflicto se juega en un registro ajeno al tiempo estrictamente diacrónico, histórico. Al menos cuatro expresiones han concentrado esta lógica desde que los combates retomaron su intensidad: Al-Aasf al-Ma'koul, el nombre dado por Hezbollah el miércoles a sus operaciones de misiles; Al-Saa Saaein, el mensaje difundido en árabe por el ejército israelí como réplica; y, antes de eso, Rising Lion y Roaring Lion — el León que se alza, el León rugiente —, nombres de las dos operaciones israelíes contra Irán en 2025 y 2026. Cada una de estas expresiones convoca una memoria escritural tan precisa, y tan conscientemente elegida, que resulta difícil leerlas como simples etiquetas militares. «Al-Aasf al-Ma'koul» Al designar el nombre Al-Aasf al-Ma'koul para caracterizar sus operaciones, Hezbollah bebe de la sura 105 del Corán — la sura del Elefante —, que relata el destino de Abraha, rey cristiano de Yemen cuyo ejército había marchado sobre La Meca para destruir la Kaaba. El castigo divino fue total y de una brutalidad casi estética en su radicalidad: los soldados quedaron reducidos al estado de «paja devorada», de residuos secos que el viento dispersa sin dejar rastro, ni siquiera la dignidad de un cadáver que llorar. La referencia es clara y directa, destinada a infundir ánimo al público de Hezbollah. El partido islamista juega aquí de manera explícita en el registro de la memoria colectiva instintiva e inmediata, subrayando un carácter punitivo vengativo frente a la dureza de la ofensiva israelí. Lo que merece señalarse, más allá de la notoriedad de la referencia, es la precisión de la analogía que construye. Pues Abraha no era un enemigo cualquiera. Era un cristiano aliado de Bizancio, que se creía portador de una misión civilizadora y cuyo ejército disponía de elefantes — símbolo del poder tecnológico de la época. Su derrota ilustra en el Corán que la fuerza material, por impresionante que sea, no prevalece frente a la voluntad divina. El paralelismo con Israel — Estado tecnológicamente avanzado, respaldado por Estados Unidos en su guerra contra Irán — está construido para ser leído sin esfuerzo, como una evidencia, en los círculos donde circula este discurso. «Al-Saa Saaein» La réplica israelí es elocuente. Al difundir en árabe el mensaje Al-Saa Saaein — «el doble de la medida» —, el ejército israelí elige una expresión árabe clásica que resuena simultáneamente en varios registros: el de la lengua árabe misma, donde la expresión designa el principio de la represalia proporcional o doblada; y el registro bíblico, donde la séah hebrea — prima lingüística y semántica del saa árabe — atraviesa las Escrituras como unidad de medida para el grano pero también, y sobre todo, como metáfora de la retribución divina. Dos castigos por uno. Esta raíz bíblica merece detenimiento. Isaías proclama que Jerusalén ha recibido el doble de sus pecados (40:2). Jeremías anuncia que Dios devolverá el doble a las naciones enemigas (16:18). El Apocalipsis de Juan retoma la misma estructura: «Dadle el doble según sus obras» (18:6). Y detrás de todos estos textos se perfila el principio talmúdico de middah keneged middah — «medida por medida» —, fundamento del pensamiento jurídico y teológico judío, según el cual la justicia funciona devolviendo exactamente lo que se infligió, o duplicándolo. Al responder en árabe a sus adversarios en este registro escritural compartido, el ejército israelí dice en el fondo: conocemos vuestros textos, conocemos sus equivalentes en los nuestros, y es en esa profundidad común donde os respondemos. La guerra metafísica y escatológica en todo su esplendor, doblada de una violencia mimética arquetípica que responde perfectamente al modelo definido por René Girard. La maniobra no busca salir del marco propuesto por el adversario, sino ocuparlo desde dentro y revertir su lógica — lo cual es, como convendrían los expertos, en una guerra de signos, la forma más eficaz del contraataque. «Rising Lion», «Roaring Lion» El nombre dado a la operación contra el programa nuclear iraní del 13 de junio de 2025 — Rising Lion, el León que se alza — encontraba ya su origen escritural directo en el oráculo de Balaam, en el libro de los Números (24:8-9). La escena constituye en sí misma un dispositivo narrativo de notable coherencia: Balaam era un adivino extranjero convocado por Balac, rey de Moab, para maldecir a Israel. Tres veces lo intentó, tres veces su boca, a su pesar y contra su voluntad, pronunció una bendición. Es en esa tercera bendición forzada donde se encuentra el versículo: «Se encorvó, se echó como un león, como una leona; ¿quién lo hará levantar?» Este dispositivo narrativo logra algo teológicamente singular: hace que la boca del mismo enemigo que quería maldecirlo atestigüe la invencibilidad de Israel. Lejos de ser proclamado por quienes la poseen, el poder se impone a quienes esperaban negarlo. Mejor aún, gracias a ellos. Nombrar una operación militar según este versículo es, por tanto, convocar este arquetipo preciso: estábamos echados, nos levantamos, y son nuestros propios enemigos quienes deben reconocer que nadie puede impedírnoslo. Fue Benjamin Netanyahu quien declaró haber elegido personalmente el nombre de la operación en referencia a esta profecía. Que el jefe de gobierno asuma públicamente leer su acción en el registro del cumplimiento bíblico dice mucho sobre el alcance profético que desea otorgar a la guerra — sin duda para legitimarla religiosamente —, pero también sobre el momento que atraviesa Israel y sobre el modo en que sus dirigentes conciben, o al menos presentan, su relación con la historia. Hay que añadir una capa de lectura poco puesta de relieve: el león ante un sol naciente era el emblema del Irán imperial, el de las banderas persas anteriores a 1979. Al nombrar así su operación, Israel mata dos pájaros de un tiro. Se dirige a sus propios ciudadanos con una referencia bíblica — y envía también a los iraníes un mensaje que invoca su propia memoria nacional, concretamente la de la Persia real borrada por la República Islámica. Dice implícitamente que el león se alza no contra Irán sino contra el régimen de los mulás, y que algo de la antigua Persia quizás se encuentra de este lado de la frontera. La guerra semiótica alcanza aquí su paroxismo. Aterrador. La inclusión textual con la bendición de Jacob a su hijo Judá en el Génesis (49:9) — «Judá, cachorro de león [...] se encorvó, se echó como un león; ¿quién lo hará levantar?» — crea una continuidad profética que abraza toda la Torá: el león de Judá es el linaje real, es Jerusalén cuyas armas aún portan el león pasante, es en la tradición cristiana el «León de la tribu de Judá» del Apocalipsis (5:5), el que se levanta después de haber parecido vencido. Esta simbología activa la noción de un poder en reserva que elige su momento — el león echado no es un león débil, es un león que espera, listo para saltar sobre su presa cuando llegue el momento. No es de extrañar, en este contexto, que la nueva ofensiva israelí se titule Roaring Lion — el León rugiente. Roaring Lion — en hebreo Sha'agat Ha'Ari — es, pues, el segundo de su tipo dentro de una secuencia deliberada, una progresión narrativa tomada directamente de la simbología leonina bíblica. El león echado de Balaam se levanta, luego ruge antes de atacar. El rugido, en los profetas, no es una metáfora de la ira: es la señal precursora del acto divino mismo. Amós 3:8: «El león rugió, ¿quién no temerá?» Joel 4:16: «El Señor rugirá desde Sión.» Netanyahu ha construido una secuencia en dos actos escriturales. ¿El denominador común? La expedición punitiva, vindicativa. Y el milenarismo. Purim y la liberación del pueblo judío La dimensión temporal de estos hechos merece también una atención especial. Los intercambios de misiles y mensajes se desarrollan en los días que siguen inmediatamente a Purim, celebrado este año los días 2 y 3 de marzo de 2026. La coincidencia merecería por sí sola una pausa, pues concentra en el espacio de unos pocos días la totalidad de la paradoja persa-israelí. Purim conmemora la liberación del pueblo judío de un proyecto de exterminio urdido por Amán, ministro del rey persa Asuero — un proyecto orientado a «destruir, matar y aniquilar a todos los judíos, jóvenes y viejos, mujeres y niños, en un solo día», según los propios términos del Libro de Ester. La historia transcurre en Susa, la actual Susa, en Irán. La fiesta no remite, pues, a una vaga reminiscencia oriental, sino a nada menos que una amenaza de aniquilación proveniente de la propia Persia, frustrada por la astucia de una mujer y vuelta contra su instigador. Amán es ahorcado en la horca que había preparado para Mardoqueo. La estructura narrativa es la del vuelco perfecto — y es precisamente por eso que Purim se llama la fiesta de las suertes: Amán había echado suertes para elegir la fecha de la masacre, y esa misma suerte fue la que se volvió contra él. Que las hostilidades se reanuden con renovada intensidad en la semana que sigue a esta fiesta — cuyo relato pone en escena, desde hace veinticinco siglos, la supervivencia judía frente a una amenaza persa — quizás no sea fruto de un cálculo deliberado. Pero en un conflicto donde ambas partes han demostrado un dominio tan refinado de la semiología religiosa, la hipótesis del azar es la menos convincente. Y aunque fuera azar, quienes leen estos hechos desde el interior de las tradiciones concernidas no dejarán de interpretarlo como una señal — lo cual, en el ámbito de las guerras escatológicas, equivale exactamente a lo mismo. Lo que el calendario añade al cuadro es una profundidad que los análisis geopolíticos ordinarios tienen dificultades para captar: que la confrontación supera el conflicto entre dos estados o dos ideologías y enfrenta dos memorias heridas, cuyas fechas de conmemoración se superponen con una precisión trágica. La Persia que fue el imperio de Amán es hoy el imperio de Jamenei — y Purim, que celebraba una antigua victoria sobre un antiguo enemigo, se encuentra celebrando, en este nuevo contexto, algo que todavía no está resuelto. La sombra del Armagedón Lo que distingue así este conflicto de las guerras ordinarias — y quizás sea su característica más inquietante para quienes aún esperan una resolución política — es que sus protagonistas principales no razonan en términos de victoria táctica o de equilibrio de fuerzas negociable, sino en términos de finalidad histórica y cumplimiento escatológico. La teocracia de Jamenei está arquitectada en torno a la doctrina del Mahdi, el duodécimo imán oculto cuyo retorno pondrá fin a la historia. Según las lecturas antropológicas de esta tradición, ese retorno está condicionado por un gran caos previo, de modo que la destrucción de Israel va más allá del simple objetivo político, en la medida en que se presenta como una condición teológica del cumplimiento escatológico, una inversión en un fin de los tiempos cuyo advenimiento sus promotores esperan acelerar. En el judaísmo nacional-religioso, y aún más en las corrientes del evangelismo americano que constituyen una base de apoyo decisiva para Israel, los hechos actuales se leen frecuentemente a través del prisma de Ezequiel 38-39 — la profecía de Gog y Magog, coalición de naciones del Norte y del Este que se levanta contra Israel reunido en su tierra, y cuya derrota manifiesta la gloria divina ante todas las naciones. Lo que hace tan peligrosa esta colisión de dos escatologías es lo que Hannah Arendt habría reconocido sin duda como la tentación fundamental del pensador político convertido en profeta: salir del dominio de la acción humana — irreversible ciertamente, pero imprevisible y plural, siempre abierta a lo inesperado — para entrar en el de la necesidad, donde todo está ya escrito y el papel del actor es simplemente conformarse. Una guerra vivida como cumplimiento de un destino escrito no conoce ni límite ni compromiso, porque detenerse antes del término profético sería traicionar la propia profecía. Esto es sin duda, en otro idioma y con otras referencias, lo que Pascal vislumbró en su tiempo: el hombre que cree actuar en nombre de Dios es capaz de extremos que el hombre simplemente egoísta nunca alcanzaría, porque el egoísta, al menos, todavía tiene algo que perder. Oriente Medio se enfrenta actualmente a dos escatologías que actúan como dos fuerzas lanzadas la una contra la otra con miras a la aniquilación total. El dominio de los textos sagrados no se ha puesto al servicio de la paz, que también está presente en esos mismos textos, sino al servicio de la guerra. Los mismos Números que contienen el oráculo del león contienen también prescripciones sobre la misericordia. El mismo Corán que evoca la paja devorada está recorrido por versículos sobre la reconciliación. La elección de los textos es, pues, también una elección sobre lo que uno quiere que esos textos sean — y esa elección pertenece enteramente a los hombres que la hacen. El oráculo de Balaam es quizás, en esta perspectiva, la imagen más ajustada de la situación. Balaam había venido a maldecir y bendijo — no por virtud, sino porque algo en la realidad que tenía ante sus ojos resistía la maldición que se le ordenaba pronunciar. Pero el oráculo contiene también una pregunta que nadie formula nunca con suficiente seriedad: «¿Quién lo hará levantar?» — pregunta retórica en el texto, que significa que nadie puede, pero que en la realidad del conflicto actual designa precisamente lo que los beligerantes están haciendo, cada uno a su manera: provocar al león adversario, obligarlo a levantarse, y encontrarse entonces en la situación de quien ha desencadenado un movimiento que ya no controla. Lo cual no deja de evocar otro símbolo religioso, el Armagedón, el fin de los tiempos, común a ambas tradiciones en lucha, que ven en él el signo del retorno — del Demiurgo para una, del Mahdi para la otra. Desgraciadamente para quienes asisten, impotentes y bajo el diluvio de fuego, a esta lucha épica fuera del tiempo entre dos delirios milenaristas. Bibliografía AMIR-MOEZZI, Mohammad Ali, Le guide divin dans le shî'isme originel (Verdier, 1992). AMIR-MOEZZI, Mohammad Ali, La religion discrète (Vrin, 2006). ARENDT, Hannah, La condition de l'homme moderne (Calmann-Lévy, 1961). ARENDT, Hannah, Les origines du totalitarisme (Seuil, 1972). BARTHES, Roland, Mythologies (Seuil, 1957). CAMERON, Averil & CONRAD, Lawrence (éd.), The Byzantine and Early Islamic Near East (Darwin Press, 1992). CORBIN, Henry, En Islam iranien (4 vol., Gallimard, 1971-1972). FILIU, Jean-Pierre, L’Apocalypse dans l’islam (Fayard, 2008). HOROWITZ, Elliott, Reckless Rites: Purim and the Legacy of Jewish Violence (Princeton University Press, 2006). KHOSROKHAVAR, Farhad, Quand Al-Qaïda parle (Grasset, 2006). KHOSROKHAVAR, Farhad, L'Islamisme et la mort – Le martyre révolutionnaire en Iran (L'Harmattan, 1995). NEHER, André, L'essence du prophétisme (PUF, 1955). SCHOLEM, Gershom, Le messianisme juif (Calmann-Lévy, 1974).

There Can Be Only One
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
mar 10, 2026 - 12:16

Las recientes declaraciones del secretario general adjunto de Hezbolá, Mohammad Raad, y de Mahmoud Komati, vicepresidente del Consejo Político del partido, invitan a una reflexión profunda sobre el sentido político del conflicto en curso. Komati habla de una “oportunidad de oro” para el Estado, a partir de lo que Hezbolá afirma haber “probado” sobre el terreno, para establecer una ecuación de disuasión que convendria ahora consolidar. Raad, por su parte, arremete abiertamente contra el Estado, acusándolo de no querer enredarse en un conflicto que su propio partido fabricó de la nada. El secretario general adjunto insiste testarudamente en su voluntad de liberar el territorio libanés de una ocupación… que no existía antes de que su milicia decidiera desencadenar las hostilidades para vengar al guía espiritual iraní. Huelga decir que este discurso constituye una negación flagrante de la realidad. Es cierto que Hezbolá está demostrando que, a pesar de una serie de reveses monumentales en 2024, de la eliminación continua de sus cuadros por Israel incluso en los períodos de relativa calma, y de las crecientes presiones internacionales y locales para su desarme, sigue representando una amenaza. ¿Pero una amenaza para quién, exactamente? Porque el discurso de Hezbolá no se dirige a Tel Aviv, sino al Estado libanés. En 2008, cuando el gobierno de Siniora tomó la valiente decisión — en términos de restablecimiento de la soberanía — de desmantelar la red de telefonía fija del partido proiraní, Hassan Nasralá respondió que “las armas están ahí para proteger las armas”, y desencadenó la expedición miliciana punitiva contra Beirut y la Montaña. Las palabras de Komati señalan la persistencia de esta lógica, en el momento en que el jefe de Estado y el gobierno multiplican los gestos para restablecer el monopolio de la violencia legítima. Resulta claro, en la retórica del partido, que el problema no es el mantenimiento de las capacidades militares de la resistencia en sentido estricto, sino la necesidad de “hezbolaizar” de una vez por todas el Estado libanés para mantenerlo en el eje del enfrentamiento, es decir, bajo la égida iraní, frente a la influencia estadounidense y a la voluntad de negociar con Israel. En otras palabras, Hezbolá desearía “pasdaranizar” el Estado, a semejanza de lo que ya ocurre en Irán con el posicionamiento del hijo de Jaménei y el control de los Guardianes de la Revolución sobre el aparato estatal. Tal es la respuesta de Hezbolá a la decisión del ejecutivo libanés de desarmarlo. De ello se desprende una verdad difícil: el desenlace de esta guerra absurda — provocada por Hezbolá — será, de una manera u otra, existencial para el Líbano. El precio de la destrucción del partido sería exorbitante para el Líbano, exponiendo probablemente a Beirut a una influencia israelí directa y agravando aún más el peso de las negociaciones con Tel Aviv — sin contar con la magnitud del desastre humano, infraestructural, económico y financiero que ya se instala día tras día. El precio de una “victoria” pírrica — basta para ello con aguantar el mayor tiempo posible e infligir el mayor daño al adversario — sería igualmente exorbitante, en la medida en que semejante victoria debilitaría aún más al Estado libanés frente al partido. Paradójicamente, sea cual sea el desenlace del conflicto, el Líbano perderá en términos de soberanía, ya sea frente a Israel o frente a Irán. Con todo, para retomar la frase icónica de Highlander , de Russell Mulcahy: “Solo puede quedar uno.” Y aquí no se trata de Israel contra Hezbolá. Se trata, una vez terminada esta guerra, del Líbano en su totalidad contra Hezbolá y su inalterable deseo de venganza contra la estructura estatal y el modelo libanés. Solo puede quedar uno. Y tendrá que ser, necesariamente, el Estado — y el modelo libanés, por imperfecto que sea —, cuya custodia le ha sido confiada. ¿Puede evitarse este conflicto inevitable, que viene gestándose desde hace dos décadas? Dada la naturaleza miliciana y belicosa, y la arrogancia supremacista de Hezbolá, habría que apostar por que no. La pregunta que subsiste, sin embargo, es cómo puede un Estado enfrentarse a una organización suicida, dispuesta a combatir hasta el último libanés para mantener al Líbano bajo la tutela de su padrino iraní, sin caer en su sórdido juego de la violencia y de la legitimación a través de la postura victimista. Por primera vez desde la oportunidad perdida del 14 de marzo de 2005, la legalidad se enfrenta a un verdadero bautismo de fuego. Debe, mediante un equilibrio extraordinariamente delicado, restaurar sin concesiones su autoridad indiscutida y el monopolio de la violencia legítima, protegiendo al mismo tiempo la cultura del vínculo y de la paz frente a la de la violencia y la exclusión. En otras palabras: aunque incapaz de impedir que Hezbolá se autodestruya, la legalidad debe ser capaz de reinventarse — lejos de los pequeños intereses de los jefes de clanes y de comunidades — y de proponer un modelo que sea, de una vez por todas, el antípoda del modelo totalitario, “caofílico” y mortífero de los Guardianes de la Revolución; un modelo digno de la herencia pluralista y nahdawi de Mohammad Mahdi Chamseddine, Mohammad Hassan el-Amine y Hani Fahs. Este modelo no es el del divorcio entre comunidades, sino el de una unidad indivisible — la única garante real de la soberanía, como en 2005. Y no está dirigido únicamente contra Irán y su vástago ideológico y miliciano, contra Israel o cualquier otra tutela política o física, sino hacia adentro, hacia un consenso positivo sobre la voluntad de seguir viviendo juntos. Hezbolá, y con él una parte de la comunidad chiíta, atraviesa el mismo proceso megalománaco que llevó a cada una de las comunidades libanesas, arrastradas por una tendencia política radical, a creer que el Líbano podía resumirse en su dominación y en su visión del país. Cada una pagó un precio enorme por ello. Es tiempo de aprender la lección, de dejar de lado la hybris — así como las hipocresías. Hezbolá no se limita actualmente a suicidarse. Al hacerlo, coloca al Líbano frente a sí mismo y ante un instante de verdad. O decidir de una vez por todas, sobre la base de una elección racional y madura, fundar un Estado compuesto, democrático, moderno y cohesionado, respetuoso del pluralismo, la diversidad y las particularidades de todos sus componentes, y dar lugar a un verdadero proceso de individuación cívica más allá de las pertenencias clánicas y comunitarias; o hacer la elección de la implosin y del divorcio, con el riesgo de otro fracaso en la próxima encrucijada. Las voces a favor de la segunda opción, tras décadas de amargas y dolorosas decepciones acumuladas a lo largo de un siglo, son cada vez más numerosas. Aun cuando la tentación del repliegue sobre sí mismo constituye un poderoso ansiolítico para los comunitaristas, el Gran Líbano — con todas sus imperfecciones — sigue siendo una necesidad para todos, en la medida en que otorga — y este punto nunca se subraya lo suficiente — una fuerza y una legitimidad a todos sus componentes a través del pluralismo: cada uno de ellos legitimando al otro ante la región y sus convulsiones. El Gran Líbano es vivido por una parte de los libaneses como una maldición y un sufrimiento, porque solo ven en él sus desdichas y sus lacras. Sin embargo, es también, cada día, en los más pequeños encuentros enriquecedores, en los más pequeños gestos de intercambio a todos los niveles entre sus ciudadanos, una experiencia de vida humana singular, sobre todo en esta parte del mundo. A condición de que se le permita gestionar sus conflictos en paz: en el marco de un Estado funcional, soberano, neutral ante los conflictos regionales y titular del monopolio de la violencia, dotado de buena gobernanza, que evolucione bajo una fórmula administrativa viable y, sobre todo, de un contrato social y político que suscite la adhesión de todos los libaneses, fundado en el respeto a la Constitución, el derecho, las libertades públicas y privadas y las especificidades de cada grupo. Esto supone, naturalmente, una talla de estadistas actualmente casi inexistente, puesto que han sido los hombres en el timón quienes, en el pasado, error tras error, servidumbre tras servidumbre, locura tras locura, transformaron el Líbano de paraíso en infierno. Pero los acontecimientos crean a menudo este tipo de figuras providenciales, a condición de que decidan demostrar valentía, abnegación y sentido del bien común. La batalla en curso no es la de la derrota, la victoria o la supervivencia de Hezbolá. No. Extirpar una metástasis de un cuerpo es poner en riesgo el pronóstico vital. Y así, es el cuerpo — pero también el alma — del Líbano lo que se está dirimiendo ante nuestros ojos. Ojalá el enfermo elija resistir. Y, si sobrevive con su integridad física, que no tome una decisión de la que se arrepentiría aún más en el próximo medio siglo.

El fin de una utopía
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
mar 7, 2026 - 01:52

El conflicto es el padre de todas las cosas, el rey de todas las cosas. Heráclito Muchos libaneses parecen descubrir ahora, desde que Hezbolá resolvió vengar el asesinato de Ali Jameneí, tanto la dependencia del partido respecto a Tehrán como su disposición francamente suicida. Haber creído que una posible «libanesización» — alguna forma de moderación — era realmente alcanzable era ignorar la naturaleza misma del partido: una organización paramilitar emanada de — y directamente comandada por — los Guardianes de la Revolución y el wali el-faqih ; y, sobre todo, una secta milenaria gnóstica animada por una mística de la violencia. Una milicia esotérica, en otras palabras, afin a los Asesinos ismaelitas de los siglos XI al XIII — cuyo universo entero se derrumba en este preciso momento… aunque sin duda seguirá negando su propio ocaso hasta el último aliento. La destrucción es exactamente donde todo comienza y donde todo termina. Tal es el motor de la historia en la versión de Hezbolá. Desde los atentados gemelos que inauguraron su existencia en 1983, pasando por los asesinatos de figuras públicas y las expediciones milicianas de los años dos mil y dos mil diez en Líbano y Siria, la violencia — intrínseca a su identidad revolucionaria milenaria y a su proyecto hegemónico — ha presidido la totalidad de su trayectoria. Pero desde la operación maldita del 7 de octubre de 2023, la historia adoptó para el Hezb el carácter de una aceleración trágica, con efecto bumerán incluido. Su guerra en apoyo a Gaza le costó toda su dirección militar, así como el asesinato de su figura totémica Hassan Nasralá — dejándolo más vulnerable que nunca, al punto de enfrentarse a una voluntad local e internacional proactiva que buscaba desarmarlo. Sin embargo, siguió fanfarroneando, silenciando los signos de su — ¡imposible! — declive. Y entonces, el veintiocho de febrero de 2026, el propio Irán — el corazón palpitante del mundo espiritual y político del partido — se halla en la mira. Lo impensable ocurre, e inmediatamente: Jameneí es asesinado — Jameneí en persona, el wali el-faqih , el Guía Supremo, el imám sustituto, la presencia divinamente autorizada en el orden político del mundo, aquel que Hezbolá había erigido como garante trascendente de su propia existencia… Y con él, los máximos cuadros de los Pasdaran, el cuerpo teológico y pretoriano del imperio, el brazo armado y el cerebro doctrinal de la revolución jomeinista durante cuarenta años. Un choque traumático sin precedentes. ¿Qué hace Hezbolá ante la catástrofe? «Elige» — la obediencia lo compele — precisamente abalanzarse hacia adelante y abre las hostilidades, como en 2024, como si cada desastre reclamara una apuesta más alta, y como si la aniquilación no fuera nunca sino una nueva prueba en el camino hacia el Malakūt , ese mundo intermedio… Hezbolá expone así, por ideología y por disciplina jerárquica, todos sus territorios a represalias israelíes masivas. Tel Aviv ordena a los libaneses evacuar completamente el sur del Líbano hasta el Litani, así como ciertas aldeas del Bekaa occidental y, sobre todo, los suburbios del sur de Beirut — el bastión simbólico del shiïsmo militante en el hemisferio árabe. La maquinaria de la destrucción se pone nuevamente en marcha. Ha comenzado la segunda invasión del Sur. El reducto revolucionario se convierte progresivamente en escombros. Hay en todo esto algo que trasciende la mera derrota estratégica o militar — algo que se asemeja a la refutación más irrefutable que un sistema de creencias puede soportar en el tiempo humano. Y sin embargo ese sistema se sostiene, lo suficiente como para reproducir el sacrificio una vez más y producir mártires en el preciso momento en que la causa por la que mueren ha quedado objetivamente reducida a polvo. La razón de este fenómeno pertenece más al dominio de la sociología de lo sagrado — o incluso al psicoanálisis de las instituciones — que a la geopoítica: ¿cómo puede un movimiento sobrevivir a la refutación de su propio mundo? ¿Por qué mecanismo persiste la invulnerabilidad ante la evidencia grosera de la vulnerabilidad? Y sobre todo — ¿se trata de cálculo, de propaganda, de manipulación consciente, o es algo sincero, hondo y estructural, inscrito en la arquitectura misma de la creencia? La respuesta es clara: Hezbolá ha creído, y cree todavía en el seno mismo del desastre, en su propia invencibilidad — alimentada, además, por la megalomênía contagiosa de sus superiores en Irán. Y es precisamente por eso que la tragedia es tan inmensa para el Líbano — y más particularmente para la comunidad chií — que lleva pagando el precio de este delirio de grandeza desde hace más de tres décadas. Un tiempo que no conoce la derrota El suicidio de Hezbolá estaba inscrito en sus genes desde el principio. Su batalla política nunca fue «material» en ese sentido. Siempre apuntó a algo más profundo, de orden conceptual e imaginario, más allá de las instituciones y las estructuras de poder: las representaciones mismas del tiempo, la justicia y la realidad. Lo que Irán y Hezbolá siempre quisieron invertir no es tanto el mulk al-siyassi , el dominio del poder — aunque ese pareciera el punto en litigio manifiesto — sino el tiempo mismo: el tiempo cronológico, racional, histórico, occidental, el tiempo que mide victorias y derrotas, que data los acontecimientos e inscribe las causas en una cadena causal. El tiempo heredero de Hegel y de la filosofía de la historia. Ese tiempo, Hezbolá quiso controlarlo para abolirlo, o al menos suspenderlo — y sustituirlo por otro tiempo: el tiempo del Malakūt . ¿Qué es el Malakūt ? Es el mundo intermedio en la cosmología islámica esotérica — el istmo entre lo sensible y lo inteligible puro, el barzakh del alma y del acontecimiento — lo que Henry Corbin, siguiendo a Sohravardi, llamó el zaman al-latif : el tiempo sutil, el tiempo entre los tiempos, fuera de todo calendario y fuera de toda historia. El verdadero lugar de todo Gran Acontecimiento. Para Sohravardi, teórico del Ishraq, de la filosofía de la iluminación, el alba interior de Oriente revela la vanidad de la realidad sensible occidental — a la que denomina «la trampa, la ficción.» Es en el Malakūt donde el imám oculto, el Mahdi, habita en su Ocultación, aguardando el momento de su retorno. Allí se produce el verdadero acontecimiento — aquel que los historiadores no pueden medir, que el enemigo no puede ver ni comprender ni alcanzar. Hezbolá vive en ese tiempo. No metafóricamente. Ontológicamente. No le interesan las pérdidas y ganancias medidas en kilómetros ni en los cuerpos de altos oficiales. Su calendario es escatológico, y todo acontecimiento se relee a la luz de Karbala — el martirio fundacional del año 680 d.C. que transformó, de una vez y para siempre en la memoria chií, la derrota militar más aplastante en victoria espiritual absoluta. En consecuencia, en el universo mental de Hezbolá, nada es verdaderamente lo que aparenta ser. Perder no es verdaderamente perder, sino cumplir; morir no es morir, sino dar testimonio; y sobre todo, ser aniquilado no es ser aniquilado, sino purificarse en preparación para el retorno inminente. Por eso la muerte de Jameneí, la destrucción de los suburbios del sur y el derrumbe del eje de la resistencia no constituyen, en la lógica interna de Hezbolá, argumentos contra su propia legitimidad. Constituyen, por el contrario, la confirmación más deslumbrante de ella. El imám no ha muerto. Está más oculto aún. Y regresará — más allá de la violencia, la destrucción y el caos — a través de ese mismo medio, incluso. Es la promesa del eterno retorno y de la victoria sobre la vida material mediante el martirio. La gnosis como armadura: lo que el enemigo no puede ver Para comprender la arquitectura psíquica de esta invulnerabilidad, es preciso volver a las fuentes con Mohammad Ali Amir-Moezzi, cuyas obras sobre el shiïsmo original constituyen sin duda la excavación más rigurosa jamás emprendida en los estratos fundacionales de este islam esotérico. Lo que demuestra, a partir de los textos sagrados fundamentales compuestos entre los siglos IX y X, es que la figura del imám no era, desde el principio, la de un guía político o siquiera espiritual en el sentido ordinario. El imám de las primeras comunidades chiíes es un maestro de sabiduría revestido de poderes ocultos y mágicos — el alfa y la omega de la enseñanza y la manifestación terrestre del Dios escondido. La wilaya — la devoción a este imám — es el fundamento indispensable de la fe chií. Una religión privada de wilaya está mutilada en lo que tiene de esencial; no es más que una cáscara vacía. De ahí se comprende mejor la prisa con que la Asamblea de Expertos iraní busca reemplazar a Jameneí. Sin el wali el-faqih , la realidad queda suspendida, nula. Este sustrato gnóstico — pues lo es, nutrido por las corrientes esotéricas de la Antigüedad tardía que circulaban en el espacio sasánida-mesopotamio, una amalgama sincrética de docetismo, maniqueísmo y hermetismo que irrigó el islam chií naciente — tiene una consecuencia directa sobre la construcción de la identidad colectiva del movimiento. El verdadero creyente chií posee un ʿilm bātin : una ciencia de las realidades ocultas, un conocimiento interior inaccesible al adversario. Ve lo que el otro no puede ver. Sabe lo que el otro no puede saber. Está, por definición, más allá de la historia visible — en ese espacio entre mundos donde reside únicamente la verdadera verdad, la verdad del Malakūt . La doctrina de la wilayat el-faqih forjada por Jomeiní es la transposición política de esta gnosis. Al proclamar que el Guía Supremo iraní es el representante temporal del imám oculto — su lugarteniente en el mundo sensible —, Jomeiní no se limitaba a legitimar una teocracia: transfería a una institución política la invulnerabilidad ontológica propia del imám. Atacar a Hezbolá se convierte así, por definición, en una ofensa contra lo divino — lo que Hassan Nasralá repetió palabra por palabra, negándose a reconocer la distinción que incluso las grandes referencias chiíes del Líbano, como Mohammad Mahdi Chamseddine o Mohammad Hassan el-Amine, siempre habían mantenido entre una doctrina jurídica debatible y un credo religioso intangible. Jomeiní había creado un universo mental en que la política y lo sagrado se habían fundido hasta la indistinción — y en el que él era el demiurgo absoluto, señor de lo temporal y de lo espiritual. Lo que ocurrió en 2024 — con la neutralización sistemática de las estructuras de Hezbolá por los servicios de inteligencia israelíes, la penetración de las comunicaciones cifradas, la explosión simultánea de buscapersonas, la eliminación de Nasralá en un búnker que se creía inexpugnable — puede leerse, a esta luz, como algo más que una victoria táctica. Es una violación gnóstica de una profundidad existencial sin precedentes. Lo que debía, por definición doctrinal, permanecer invisible — la red clandestina, los arsenales secretos, la cadena de mando, el conocimiento oculto — fue visto. Simbólicamente, el enemigo había penetrado el Malakūt . La armadura ontológica había sido perforada. Y esa herida es sin duda más devastadora, para un movimiento construido sobre la irreductibilidad del bātin, que cualquier derrota militar. Es quizás esa herida, más que ninguna pérdida territorial o humana, la que explica la decisión de marzo de 2026 tras la inconcebible desaparición del Guía: una huida escatológica hacia adelante — el último recurso de un sistema de creencias que prefiere sin vacilar la aniquilación a la revisión. La martiropatía: la espiral que devora sus propias cenizas El sociólogo y antropólogo iraní Farhad Khosrokhavar — especialista en islamismo — acuñó, en sus obras sobre la martirología islámica contemporánea, un concepto cuya pertinencia para leer estos años posee una precisión casi cruel, y que se ajusta a Hezbolá y a su universo con una exactitud que estremece: la martiropatía. El término no designa meramente la valoración del martirio en una cultura o una doctrina. La martiropatía es una economía psíquica y colectiva en la que la muerte es el motor primero — la estructura organizadora de la acción y de la existencia. En la martiropatía consumada, el movimiento ya no acepta ser derrotado, porque ha transformado la derrota en una categoría espiritual positiva. El fracaso del yihad, dice Khosrokhavar, es lo que garantiza la legitimidad del martirio. La muerte del mártir no cierra una batalla perdida; por el contrario, la funda retroactivamente como santa, justa y necesaria. El shiïsmo original portaba en sí mismo un dolorismo quietista — una meditación melancólica sobre el duelo de Karbala — que no invitaba necesariamente a ninguna movilización política. Fue Jomeiní — y antes que él Ali Shariati, el ideólogo de la revolución cultural islámica — quien operó la transmutación decisiva: convertir ese dolorismo en fuerza movilizadora, transformar la memoria del martirio en programa de acción, y hacer de la muerte voluntaria no la excepción heróica sino la norma estructurante de la resistencia. El resultado es una espiral que Khosrokhavar describe en términos que deben tanto al psicoanálisis como a la sociología: cuantos más mártires combaten contra el enemigo, más demuestran con ese combate la superioridad del enemigo — y más deben redoblar sus sacrificios para compensar esa prueba. La martiropatía se alimenta de sí misma. Es irrefutable por construcción, porque ha integrado la derrota en su propia lógica como confirmación. Hay en esto algo que, visto desde fuera, se parece a la locura — pero que, visto desde dentro, posee una coherencia formidable. Formidable y — hay que decirlo con todas las letras — clínicamente identificable. Los psicoanálistas reconocen en las estructuras marcadas por la omnipotencia defensiva el recurso a una omnipotencia fantasmada, rígida y compulsiva, destinada a conjurar una angustia de aniquilación que el sujeto — individual o colectivo — no puede tolerar conscientemente. El yo que no soporta la representación de su propia vulnerabilidad produce una convicción compensatoria de invulnerabilidad — que se vuelve tanto más inflexíble cuanto mayor es la vulnerabilidad real. Transpuesta a la escala de una institución, esta estructura se convierte en doctrina, ritual, toda una arquitectura simbólica — como atestigua el lugar del cuerpo del mártir en la cultura de Hezbolá: sin lavar según el rito ordinario, santificado de antemano antes de la muerte, tánsito directo hacia la presencia divina, un cuerpo que no es un cuerpo derrotado sino uno consumado. Este mundo en que no se puede perder, Hezbolá lo construyó piedra a piedra a lo largo de cuarenta años. Y cuando el mundo real presentó sus cuentas, fue simplemente declarado ilusorio. El problema es que las bombas no saben que caen sobre una ficción. O quizá sí lo saben. Al fin y al cabo, ¿no provienen acaso de otro delirio de omnipotencia que funda su legitimidad en una palabra que Dios supuestamente entregó a Abrahám hace casi cuatro mil años…? Uno casi escucha los suspiros póstumos de René Girard ante esta violencia mimética — fundada sobre una mitología esotérica para sustentar un proyecto político esencialista e integralista sobre los cuerpos de todos los que no pertenecen a los «elegidos»… Y la inevitable, apocalíptica escalada hasta los extremos que le sigue… La irresistible tentación totalitaria En Los orígenes del totalitarismo , Hannah Arendt describe algo a lo que llamó la lógica de una idea — una idea que se desprende de su relación ordinaria con lo real y deja de ser una herramienta de comprensión para convertirse en un mundo cerrado, impermeable a las refutaciones que la experiencia pudiera oponerle, porque ha desarrollado su propia lógica interna que integra todo acontecimiento como confirmación. Esta ideología no es simplemente falsa — un simple error puede corregirse: está estructurada de modo que resulta incapaz de corrección. Y su axioma central no es, como en el nihilismo ordinario, que todo está permitido — sino, mucho más peligrosamente, que todo es posible: que nada en el curso de los acontecimentos humanos puede obstaculizar el libre despliegue de las leyes superiores a las que obedece el Movimiento. A título de ejemplo: las leyes de la Raza bajo Hitler; las leyes de la Historia bajo Stalin… o, cabría decir, las leyes de Dios y del imám oculto bajo Jomeiní y sus herederos… Lo que sorprende en el análisis de Arendt es la imposibilidad para tal movimiento de detenerse. Un movimiento totalitario que se detuviera en un territorio determinado, aceptara los límites de un régimen estable y reconociera una jerarquía y unas estructuras fijas, se traicionaría a sí mismo — porque cesaría de ser un movimiento para convertirse en una institución. Ahora bien, una institución puede perder; un movimiento habitado por las leyes superiores del universo, no. Esto es precisamente lo que explica por qué Hezbolá — del que todo el mundo, en los círculos informados, sabía en octubre de 2023 que no estaba preparado para una guerra total — eligió sin embargo entrar en ella, y lo repitió en marzo de 2026. Sin duda, una vez más, hay una parte de cálculo que responde a los intereses específicos de la estrategia iraní en la región, como en 2006 y en 2024 — y Tehrán dio, como siempre, la señal a sus espadas de alquiler para arrojarse hacia el martirio. Pero abstenerse hubiera significado admitir también que existen situaciones en que la prudencia política prevalece sobre la ley divina. Semejante admisión, en la psique de Hezbolá, resulta sencillamente impensable. Más que el instrumento de un régimen que busca mantenerse, el terror — en el sistema arendtiano — constituye la esencia, la ley misma que rige la conducta de los hombres cuando la posibilidad de acción libre y espontánea ha sido estructuralmente erradicada. En una organización gobernada por la wilayat el-faqih , no existe espacio político en que un cuadro pueda levantarse y decir: estamos perdiendo, el Líbano agoniza, cambiemos de rumbo. Ese espacio ha sido suprimido doctrinalmente — porque la propia doctrina lo ha vuelto impensable. No hay rumbo que cambiar cuando se obedecen las leyes del imám oculto; únicamente avanzar — hasta la aniquilación, que será vivida dentro del marco del Malakūt como el cumplimiento de la promesa divina. El terror, en ese sentido, acaba volviéndose contra quienes lo ejercen tanto como contra quienes lo padecen. Elimina a los individuos en bien de la Causa. Sacrifica al Líbano en bien de la Revolución. Y lo hace con plena conciencia tranquila — porque el Líbano real, ese país plural y fragmentado irreductible a cualquier proyecto único, no es sino una plataforma, un territorio de despliegue dentro de un espacio más amplio: el del imperio iraní. No es, nunca ha sido, y nunca será un fin en sí mismo.* El Líbano como objeto sacrificado Hay que plantear ahora la pregunta más difícil — la que verdaderamente preocupa a los libaneses: ¿por qué ha podido Hezbolá llevar a este país al abismo, al menos tres veces, sin que eso produzca en él el menor cuestionamiento de su propia legitimidad? La respuesta no es cínica, aunque el cinismo sea tentador — aunque sea grande la tentación de reducir esta historia a una manipulación calculada de una comunidad por sus dirigentes. La respuesta es estructural, y por ello mucho más inquietante. El Líbano tal como se ha construido — en su pluralismo, sus contradicciones, su negativa a dejarse definir por una única identidad, su relación vertiginosa con Occidente y Oriente que hacen su singularidad en la región — este Líbano es ontológicamente incompatible con la lógica del «Malakūt sobre la tierra» que Hezbolá quiere imponer. Un país que negocia, que transige, que admite el pluralismo de la verdad, que reconoce que la justicia puede ser un valor secular universal, que Occidente no es el Mal encarnado, que la justicia internacional es una autoridad legítima y no una emanación de la máquina infernal de los tiempos modernos — un país así contradice a cada instante la imagen fantasmada que Hezbolá tiene de él, empapada de filosofía mística sincrética y de revolución islámica a la iraní. Una vez más, el golpe gradual ejecutado por Hezbolá a partir de 2005-2006 apuntaba no solo a reducir los cuerpos a la impotencia, sino también el alma y el pensamiento. Lo que el Hezb y su ideólogo Naïm Kassem querían — siguiendo a Sohravardi convertido en programa político — era hacer triunfar el alba interior de Oriente sobre la realidad sensible de Occidente, percibida como trampa y ficción. Lo que se perseguía era una salida definitiva del exilio libanesés — el exilio de los valores occidentales y la racionalidad — para recuperar lo que consideran la visión pura de Oriente. Lo que se perseguía era el Malakūt. Y el Malakūt no deja lugar, por definición, para lo que el Líbano tiene de irreductiblemente suyo. Hay en esta historia un doble vínculo de perversidad trágica. Durante cuarenta años, Hezbolá presentó su presencia armada como la única protección del Líbano contra el enemigo exterior. Pero el enemigo exterior era parcialmente convocado, mantenido, a veces deliberadamente provocado — con el fuego sobre Galilea, con el apoyo a Gaza, con la participación en las guerras regionales del eje de la resistencia — para justificar y perpetuar esta dominación. Esta es la estructura del doble vínculo perfecto e inescapable: Hezbolá protege al Líbano de la guerra que él mismo ha hecho inevitable. Y cuando llega la guerra — en 2006, en 2024, en 2026 — prueba simultáneamente la necesidad de su presencia armada y su absoluta indiferencia ante el destino del país que dice defender. Una vez más: el Líbano es perfectamente prescindible. Lo que el Hezb deja tras de sí En marzo de 2026, el reducto revolucionario está siendo reducido a cenizas y el delirio de invulnerabilidad ya no tiene hogar. El imám sustituto ha muerto. El cuerpo de los Pasdaran ha sido decapitado. Los suburbios del sur arden por segunda vez. El Sur es invadido por tercera vez. El desplazamiento masivo de la población tiene toda la apariencia de una deportación. Y sin embargo Hezbolá continúa — porque un movimiento construido sobre la martiropatía y la lógica totalitaria no puede detenerse, no sabe cómo detenerse. Porque detenerse sería admitir que todo su edificio psíquico es un delirio, que el zaman el-latif no ha suspendido el tiempo de las bombas, y que las leyes del imám oculto no valen más, en el mundo de los hechos, que las leyes de la física y de la guerra. Hay en este momento algo de refutación absoluta — y sin embargo la martiropatía no puede reconocerla. Entonces la transforma, ingiriéndola como combustible para el próximo sacrificio. Esto, precisamente, es la locura lúcida del Movimiento — esta lucidez vuelta contra sí misma, la capacidad de ver la derrota y metabolizarla instantáneamente como confirmación de la verdad que se defiende. Sohravardi — a quien habría que arrebatar quizás de una vez por todas de las manos de quienes han convertido su filosofía en manual de revolución violenta — dijo que el alba interior no triunfa por la fuerza de las armas sino por la iluminación: esa luz que atraviesa las formas sin destruirlas. Pero no es ese Sohravardi — transmitido por el islamólogo Henry Corbin — el que Jomeiní retuvo. Y no es ciertamente el que Hezbolá ha puesto en práctica. Pero es quizás, entre los escombros de esta primavera catastrófica, el único que todavía puede decirle algo útil a quienes sobreviven. La pregunta que habrá que hacerse, una vez que la desolación haya pasado, es si algo puede nacer en estas ruinas que no sea una nueva versión del mismo delirio — una martiropatía de la derrota que reclama una martiropatía de la venganza que reclama una martiropatía de la venganza de la venganza — infinitamente, hasta que no quede nada que destruir en el Líbano. Si las comunidades humanas, desnudadas por la catástrofe, pueden encontrar el camino hacia una narrativa fundada ya no en la invulnerabilidad fantasmada sino en la vulnerabilidad reconocida. Si este país — este país cuya vocación frágil y magnífica es ser irreductible a nada: ni a Oriente ni a Occidente, ni al Islam ni al Cristianismo, ni a la resistencia ni a la colaboración, ni al Malakūt-sobre-la-tierra tal como lo fantasea el Hezb, ni a la modernidad, sino a sí mismo, a su propia complejidad irreductible — si este país puede sobrevivir a lo que se ha querido hacer de él: el territorio de un absoluto que no era el suyo. El Malakūt terrenal del Hezb está en ruinas. ¿Dónde está la victoria prometida, sino en la miseria y la destrucción? ¿Cómo se desprograma y se devuelve a la realidad a hombres que quieren permanecer en la psicosis? La invencibilidad del Hezb ya no existe — y sin duda nunca fue más que el resultado de la falibilidad de los demás: una metástasis nacida de la debilidad del Estado libanes y del instinto de conservación de una élite política demasiado ocupada en sus propios intereses y en su corrupción endémica para mirar al monstruo a los ojos. ¿Quién en esa élite tendrá la inteligencia, el valor — y el saber hacer — para tender la mano, una vez que la Nakba haya terminado, a las víctimas civiles de las fantasías del Hezb, estrecharlas entre sus brazos, romper el mecanismo obsesivo de la violencia — en un gesto fundamental de reconciliación con el espíritu y el ser del Líbano? Un gesto anti-hallali por excelencia, dirigido a romper la maldición del ihbāt — esa mezcla de frustración, derrumbe psíquico, caída edénica y desesperación existencial que ha golpeado irremediablemente, una por una, a cada comunidad libanesa en la estela del colapso de su delirio hegemónico y supremacista? Para eso hacen falta alternativas políticas — y hombres. Aún los buscamos, desesperadamente. Referencias Amir-Moezzi, Mohammad Ali — Le Guide divin dans le shīʿisme originel (Verdier, 1992); La Religion discrète (Vrin, 2006); Qu’est-ce que le shīʿisme? (con Ch. Jambet, Fayard, 2004) Arendt, Hannah — Los orígenes del totalitarismo (Alianza); La naturaleza del totalitarismo (Paidos) Corbin, Henry — En Islam iranien (Gallimard, 4 vols.); Corps spirituel et Terre céleste (Buchet-Chastel) Khosrokhavar, Farhad — L’Islamisme et la Mort (L’Harmattan, 1995); Les Nouveaux martyrs d’Allah (Flammarion, 2002) Sohravardi — L’Archange empourpré (trad. H. Corbin, Fayard, 1976)

Lo que hay que salvar
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
mar 6, 2026 - 11:08

Carta abierta a Joseph Aoun, Nawaf Salam y Nabih Berry En verdad, nada sabemos, pues la verdad yace en el fondo del abismo — Demócrito de Abdera Señores presidentes, Decir que Líbano se encuentra hoy ante una nueva y grave crisis existencial, resultado de un estreptococo malicioso llamado Hezbolá que no fue o no pudo ser tratado a tiempo, resulta casi una obviedad. Porque lo que está en juego hoy supera la mecánica habitual de las crisis libanesas. Ya no se trata de un enésimo reajuste de los equilibrios confesionales, ni siquiera de otro capítulo en la interminable guerra por delegación que otros han librado en nuestro territorio. Lo que hoy vacila, más que nunca, en medio del estruendo de la invasión israelí y del derrumbe del proyecto hegemónico iraní, es el propio sustrato del Gran Líbano: esa idea frágil, muchas veces traicionada, pero irremplazable, que permitió a comunidades antagonistas convivir, enfrentarse con violencia y, en ocasiones, reconocerse. En definitiva, lo que ocurre en toda pareja que aprende a vivir junta. En su deriva descontrolada, Hezbolá termina ahora de destruirse a sí mismo y, al hacerlo, termina también por destruir al Líbano. Su suicidio estratégico, gnóstico en su lógica de inmolación, imperial en sus ambiciones y sectario en su vértigo, revela menos una derrota militar que una fractura ontológica profunda. Durante mucho tiempo Hezbolá afirmó encarnar una resistencia y sus partidarios lo creyeron. Sin embargo, en última instancia, no encarnó más que una servidumbre: la subordinación a Irán, a sus sueños de supremacía regional y a su proyecto teocrático, exportado a las venas de un Líbano al que ha desangrado hasta el hueso. Ese supremacismo proiraní, cuya víctima final ha sido también el componente chiita del Líbano ha decidido consumirse a sí mismo y nadie puede hacer nada al respecto. Pero Hezbolá no hizo metástasis solo. Hay que decirlo sin rodeos: todo el cuerpo político, social y comunitario libanés lo acompañó en ese proceso, cada uno a su manera, especialmente durante los largos años del mandato de Michel Aoun, marcados por infinitas turbiedades y por un vasallaje asumido hacia Teherán y hacia la lógica de la alianza de las minorías. Señores, Miren el estado de las comunidades que, de hecho, representan dentro de las instituciones, en virtud de sus respectivas funciones. Los cristianos, incluso los más soberanistas, aquellos que durante décadas defendieron la idea de un Líbano pluralista e independiente en la línea del patriarca Nasrallah Sfeir, hoy se repliegan en un particularismo defensivo. La idea federalista, durante mucho tiempo marginal, gana terreno, como si al final de la desesperación la partición se convirtiera en la única posibilidad de supervivencia. Se trata de una regresión trágica por parte de quienes fueron los pioneros del Gran Líbano, los arquitectos de la idea misma de una vida común institucionalizada en un Estado compartido. Que ahora abandonen ese proyecto constituye una derrota tanto cultural como política. La comunidad chiita, por su parte, atraviesa una angustia de una profundidad que los discursos triunfalistas de otra época ya no logran ocultar. Haber creído en la resistencia y haberle entregado todo, hijos, pueblos enteros y décadas, para verla transformarse en una máquina de dominación regional al servicio de una potencia extranjera, es un duelo inmenso que pocos observadores externos miden con la empatía que merece. Los chiitas del Líbano merecen infinitamente más que lo que Hezbolá les ha ofrecido: una patología del martirio. Merecen sobrevivir a esta pesadilla que ya ha durado demasiado, sin sentirse aplastados. Los suníes, por su parte, navegan en un doloroso vacío político. No es que hayan renunciado al Líbano, ni mucho menos, pero en ausencia de figuras de referencia y de un proyecto aglutinador, algunos vuelven la mirada hacia la Siria de Ahmad al Chareh y, más allá, hacia la Turquía de Erdoğan. Esta tentación es comprensible en su origen, pero sería devastadora en sus efectos. Diluir nuevamente la soberanía libanesa en un espacio regional que no le corresponde, en nombre de una solidaridad civilizatoria mal definida, sería repetir el error árabe de 1958 con otras banderas, pero con la misma renuncia a sí mismo. La sangre de Hassan Khaled y Rafic Hariri no fue derramada en vano. En cuanto a los drusos, una comunidad visceralmente anclada en la idea del Gran Líbano y que ha pagado el precio de sangre con mayor constancia, hoy se encuentra frente a una rivalidad de liderazgo cuyas derivaciones, en el vecino Haurán, comienzan a mirar hacia alianzas que habrían sido simplemente inimaginables hace apenas diez años. No, el vértigo del vecindario sionista no es una abstracción. Señores, Este retrato no es el de un país que muere de golpe. Es el de un país que se desintegra lentamente, comunidad por comunidad, reflejo por reflejo y repliegue tras repliegue, sin que los mapas del Levante se redibujen geográficamente y sin siquiera estallar en un paroxismo visible. Basta con que el Líbano pierda su unidad nacional para que desaparezca por sí mismo, sin función propia, fagocitado por intereses que lo superan, Israel, Siria y Turquía, y que no tienen ninguna razón para preservarlo si ya no sabe defenderse mediante la coherencia de su propio proyecto. Casi siempre hemos contado con los demás para desentendernos de nuestras responsabilidades. Era más cómodo, más fácil. El resultado, calamitoso, es hoy visible a simple vista. Sin embargo, y esto es lo que queremos decirles aquí, contrario a las ideas preconcebidas que durante mucho tiempo han envenenado el debate público, el Gran Líbano no es una carga heredada del colonialismo francés ni un artificio dhimmi. Fue concebido por sus padres fundadores, de todas las confesiones, como un refugio, una garantía y un espacio de pluralismo en un Medio Oriente que ofrecía muy poco de eso. Para los cristianos, sí, pero también para los drusos, para los chiitas que la geografía y la historia habían marginado dentro del espacio otomano, y para los suníes que apostaron por la modernidad liberal frente a las tentaciones disolventes del panarabismo. El Gran Líbano fue, en su vocación original, una necesidad para todos. Errores de gestión, injusticias en la representación, ambiciones regionales incompatibles con su tamaño y naturaleza, ideologías delirantes importadas del exterior o fabricadas en su interior, así como fantasías personales grandilocuentes, han sacudido seriamente el edificio. Pero un edificio sacudido no es un edificio condenado, siempre que exista el valor de repararlo en lugar de disputarse sus escombros. La batalla que se libra hoy, frente a la arrogancia de un Hezbolá que se derrumba y al belicismo interminable del invasor israelí, supera la cuestión del monopolio de la violencia legítima o del fin de una ofensiva militar devastadora. Esos desafíos son reales y urgentes. Pero la pregunta fundamental es otra: ¿quiénes somos juntos? ¿Qué quiere seguir siendo el Líbano, para sí mismo y para sus hijos? Una vez más, Hezbolá termina de asesinar al Líbano al autodestruirse. Pero en general el Líbano y sus chiitas, en particular, merecen sobrevivir a esta pesadilla que ya ha durado demasiado. Ustedes son tres hombres a quienes la historia ha situado, en este momento preciso, al frente de tres instituciones para responder a esa pregunta. No para esquivarla ni para postergarla hasta después de la crisis, porque no habrá un después sin el trabajo que se haga ahora. Dicho esto, si bien esta responsabilidad es de todos sin excepción, porque el problema no es chiita en sentido estricto, y aunque el poder ejecutivo libanés ha pecado por falta de firmeza frente a Hezbolá desde el final de la catástrofe de 2024, su responsabilidad, señor Berry, sigue siendo la más importante. Usted siempre ha sido ambivalente, llevando al extremo el arte del funambulismo político para salir bien librado y satisfacer a todos, incluido usted mismo. Pero la astucia ya no tiene lugar. Desde hace tres décadas, el Líbano apuesta por una toma de posición histórica de su parte que marque sin ambigüedades un libanismo y un sentido del Estado frente a Hezbolá. Hasta ahora, esa apuesta ha resultado inútil. Termine su carrera política con dignidad. No traicionará a su comunidad. La salvará allí donde la secta escatológica la está desangrándola. Y con ella, al Líbano. Señores, Por supuesto, no les pedimos que estén de acuerdo en todo. La democracia libanesa, en su mejor versión, siempre se ha alimentado del desacuerdo vivo. Lo que les pedimos es que hablen con una sola voz en lo esencial: el Gran Líbano realmente vale la pena ser salvado. Y su supervivencia exige, de todos, una renuncia parcial a los cálculos particulares en favor de un proyecto común, el único que vale la pena, el único que perdura, el único que tiene sentido. Sean claros. Sean firmes. Sean responsables. Que el Estado ya no tenga miedo está muy bien. Pero no puede limitarse a distanciarse y demostrar que existe independientemente del paraestado. Debe actuar con firmeza, incluso recurriendo a la fuerza, para enterrar definitivamente los fantasmas de 1969 y evitar que la metástasis se transforme a su vez en conflictos generalizados entre regiones y barrios. Contrariamente a lo que parece, una explosión interna solo se evitará si el Estado comienza realmente a existir, sin aceptar por más tiempo el hecho consumado. No es la acción del Estado la que encendería la mecha, sino, por el contrario, su inacción. ¿El secretario general del partido los desafía abiertamente y los demoniza? Esta siniestra bufonada ya ha durado demasiado. Las armas lo han destruido todo. El Código Penal, y más allá de él, la Constitución, les otorgan el poder de actuar con decisión, sin vacilar, antes de que esta locura arrastre aun a más inocentes. De lo contrario, el precio de un inevitable acuerdo de paz será mucho más alto, si es que Israel acepta esta vez no anexar de facto una parte del territorio libanés. Evitemos entonces la rendición, la humillación y una nueva ocupación permanente hacia la que Hezbolá nos arrastra. La única vía de salvación es restaurar, de una vez por todas, la autoridad y el prestigio del Estado. Y esto se dice con un tono de mesura y moderación, incluso con una voz cansada, ciertamente no con fervor ni entusiasmo. Señores, La idea libanesa es hermosa. Quizás sea incluso la única idea verdaderamente original que este rincón del Levante ha ofrecido a la modernidad política: vivir juntos sin parecerse, reconocerse sin disolverse. No pasemos entonces otro medio siglo lamentando lo que no supimos preservar por nosotros mismos por no haber cumplido nuestras responsabilidades políticas. Reciban, señores presidentes, la expresión de mis sentimientos más respetuosos. Michel HAJJI GEORGIOU

Lo que hay que salvar
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
mar 5, 2026 - 11:41

En verdad, nada sabemos, pues la verdad yace en el fondo del abismo — Demócrito de Abdera Señores presidentes, Decir que Líbano se encuentra hoy ante una nueva y grave crisis existencial, resultado de un estreptococo malicioso llamado Hezbolá que no fue o no pudo ser tratado a tiempo, resulta casi una obviedad. Porque lo que está en juego hoy supera la mecánica habitual de las crisis libanesas. Ya no se trata de un enésimo reajuste de los equilibrios confesionales, ni siquiera de otro capítulo en la interminable guerra por delegación que otros han librado en nuestro territorio. Lo que hoy vacila, más que nunca, en medio del estruendo de la invasión israelí y del derrumbe del proyecto hegemónico iraní, es el propio sustrato del Gran Líbano: esa idea frágil, muchas veces traicionada, pero irremplazable, que permitió a comunidades antagonistas convivir, enfrentarse con violencia y, en ocasiones, reconocerse. En definitiva, lo que ocurre en toda pareja que aprende a vivir junta. En su deriva descontrolada, Hezbolá termina ahora de destruirse a sí mismo y, al hacerlo, termina también por destruir al Líbano. Su suicidio estratégico, gnóstico en su lógica de inmolación, imperial en sus ambiciones y sectario en su vértigo, revela menos una derrota militar que una fractura ontológica profunda. Durante mucho tiempo Hezbolá afirmó encarnar una resistencia y sus partidarios lo creyeron. Sin embargo, en última instancia, no encarnó más que una servidumbre: la subordinación a Irán, a sus sueños de supremacía regional y a su proyecto teocrático, exportado a las venas de un Líbano al que ha desangrado hasta el hueso. Ese supremacismo proiraní, cuya víctima final ha sido también el componente chiita del Líbano ha decidido consumirse a sí mismo y nadie puede hacer nada al respecto. Pero Hezbolá no hizo metástasis solo. Hay que decirlo sin rodeos: todo el cuerpo político, social y comunitario libanés lo acompañó en ese proceso, cada uno a su manera, especialmente durante los largos años del mandato de Michel Aoun, marcados por infinitas turbiedades y por un vasallaje asumido hacia Teherán y hacia la lógica de la alianza de las minorías. Señores, Miren el estado de las comunidades que, de hecho, representan dentro de las instituciones, en virtud de sus respectivas funciones. Los cristianos, incluso los más soberanistas, aquellos que durante décadas defendieron la idea de un Líbano pluralista e independiente en la línea del patriarca Nasrallah Sfeir, hoy se repliegan en un particularismo defensivo. La idea federalista, durante mucho tiempo marginal, gana terreno, como si al final de la desesperación la partición se convirtiera en la única posibilidad de supervivencia. Se trata de una regresión trágica por parte de quienes fueron los pioneros del Gran Líbano, los arquitectos de la idea misma de una vida común institucionalizada en un Estado compartido. Que ahora abandonen ese proyecto constituye una derrota tanto cultural como política. La comunidad chiita, por su parte, atraviesa una angustia de una profundidad que los discursos triunfalistas de otra época ya no logran ocultar. Haber creído en la resistencia y haberle entregado todo, hijos, pueblos enteros y décadas, para verla transformarse en una máquina de dominación regional al servicio de una potencia extranjera, es un duelo inmenso que pocos observadores externos miden con la empatía que merece. Los chiitas del Líbano merecen infinitamente más que lo que Hezbolá les ha ofrecido: una patología del martirio. Merecen sobrevivir a esta pesadilla que ya ha durado demasiado, sin sentirse aplastados. Los suníes, por su parte, navegan en un doloroso vacío político. No es que hayan renunciado al Líbano, ni mucho menos, pero en ausencia de figuras de referencia y de un proyecto aglutinador, algunos vuelven la mirada hacia la Siria de Ahmad al Chareh y, más allá, hacia la Turquía de Erdoğan. Esta tentación es comprensible en su origen, pero sería devastadora en sus efectos. Diluir nuevamente la soberanía libanesa en un espacio regional que no le corresponde, en nombre de una solidaridad civilizatoria mal definida, sería repetir el error árabe de 1958 con otras banderas, pero con la misma renuncia a sí mismo. La sangre de Hassan Khaled y Rafic Hariri no fue derramada en vano. En cuanto a los drusos, una comunidad visceralmente anclada en la idea del Gran Líbano y que ha pagado el precio de sangre con mayor constancia, hoy se encuentra frente a una rivalidad de liderazgo cuyas derivaciones, en el vecino Haurán, comienzan a mirar hacia alianzas que habrían sido simplemente inimaginables hace apenas diez años. No, el vértigo del vecindario sionista no es una abstracción. Señores, Este retrato no es el de un país que muere de golpe. Es el de un país que se desintegra lentamente, comunidad por comunidad, reflejo por reflejo y repliegue tras repliegue, sin que los mapas del Levante se redibujen geográficamente y sin siquiera estallar en un paroxismo visible. Basta con que el Líbano pierda su unidad nacional para que desaparezca por sí mismo, sin función propia, fagocitado por intereses que lo superan, Israel, Siria y Turquía, y que no tienen ninguna razón para preservarlo si ya no sabe defenderse mediante la coherencia de su propio proyecto. Casi siempre hemos contado con los demás para desentendernos de nuestras responsabilidades. Era más cómodo, más fácil. El resultado, calamitoso, es hoy visible a simple vista. Sin embargo, y esto es lo que queremos decirles aquí, contrario a las ideas preconcebidas que durante mucho tiempo han envenenado el debate público, el Gran Líbano no es una carga heredada del colonialismo francés ni un artificio dhimmi. Fue concebido por sus padres fundadores, de todas las confesiones, como un refugio, una garantía y un espacio de pluralismo en un Medio Oriente que ofrecía muy poco de eso. Para los cristianos, sí, pero también para los drusos, para los chiitas que la geografía y la historia habían marginado dentro del espacio otomano, y para los suníes que apostaron por la modernidad liberal frente a las tentaciones disolventes del panarabismo. El Gran Líbano fue, en su vocación original, una necesidad para todos. Errores de gestión, injusticias en la representación, ambiciones regionales incompatibles con su tamaño y naturaleza, ideologías delirantes importadas del exterior o fabricadas en su interior, así como fantasías personales grandilocuentes, han sacudido seriamente el edificio. Pero un edificio sacudido no es un edificio condenado, siempre que exista el valor de repararlo en lugar de disputarse sus escombros. La batalla que se libra hoy, frente a la arrogancia de un Hezbolá que se derrumba y al belicismo interminable del invasor israelí, supera la cuestión del monopolio de la violencia legítima o del fin de una ofensiva militar devastadora. Esos desafíos son reales y urgentes. Pero la pregunta fundamental es otra: ¿quiénes somos juntos? ¿Qué quiere seguir siendo el Líbano, para sí mismo y para sus hijos? Una vez más, Hezbolá termina de asesinar al Líbano al autodestruirse. Pero en general el Líbano y sus chiitas, en particular, merecen sobrevivir a esta pesadilla que ya ha durado demasiado. Ustedes son tres hombres a quienes la historia ha situado, en este momento preciso, al frente de tres instituciones para responder a esa pregunta. No para esquivarla ni para postergarla hasta después de la crisis, porque no habrá un después sin el trabajo que se haga ahora. Dicho esto, si bien esta responsabilidad es de todos sin excepción, porque el problema no es chiita en sentido estricto, y aunque el poder ejecutivo libanés ha pecado por falta de firmeza frente a Hezbolá desde el final de la catástrofe de 2024, su responsabilidad, señor Berry, sigue siendo la más importante. Usted siempre ha sido ambivalente, llevando al extremo el arte del funambulismo político para salir bien librado y satisfacer a todos, incluido usted mismo. Pero la astucia ya no tiene lugar. Desde hace tres décadas, el Líbano apuesta por una toma de posición histórica de su parte que marque sin ambigüedades un libanismo y un sentido del Estado frente a Hezbolá. Hasta ahora, esa apuesta ha resultado inútil. Termine su carrera política con dignidad. No traicionará a su comunidad. La salvará allí donde la secta escatológica la está desangrándola. Y con ella, al Líbano. Señores, Por supuesto, no les pedimos que estén de acuerdo en todo. La democracia libanesa, en su mejor versión, siempre se ha alimentado del desacuerdo vivo. Lo que les pedimos es que hablen con una sola voz en lo esencial: el Gran Líbano realmente vale la pena ser salvado. Y su supervivencia exige, de todos, una renuncia parcial a los cálculos particulares en favor de un proyecto común, el único que vale la pena, el único que perdura, el único que tiene sentido. Sean claros. Sean firmes. Sean responsables. Que el Estado ya no tenga miedo está muy bien. Pero no puede limitarse a distanciarse y demostrar que existe independientemente del paraestado. Debe actuar con firmeza, incluso recurriendo a la fuerza, para enterrar definitivamente los fantasmas de 1969 y evitar que la metástasis se transforme a su vez en conflictos generalizados entre regiones y barrios. Contrariamente a lo que parece, una explosión interna solo se evitará si el Estado comienza realmente a existir, sin aceptar por más tiempo el hecho consumado. No es la acción del Estado la que encendería la mecha, sino, por el contrario, su inacción. ¿El secretario general del partido los desafía abiertamente y los demoniza? Esta siniestra bufonada ya ha durado demasiado. Las armas lo han destruido todo. El Código Penal, y más allá de él, la Constitución, les otorgan el poder de actuar con decisión, sin vacilar, antes de que esta locura arrastre aun a más inocentes. De lo contrario, el precio de un inevitable acuerdo de paz será mucho más alto, si es que Israel acepta esta vez no anexar de facto una parte del territorio libanés. Evitemos entonces la rendición, la humillación y una nueva ocupación permanente hacia la que Hezbolá nos arrastra. La única vía de salvación es restaurar, de una vez por todas, la autoridad y el prestigio del Estado. Y esto se dice con un tono de mesura y moderación, incluso con una voz cansada, ciertamente no con fervor ni entusiasmo. Señores, La idea libanesa es hermosa. Quizás sea incluso la única idea verdaderamente original que este rincón del Levante ha ofrecido a la modernidad política: vivir juntos sin parecerse, reconocerse sin disolverse. No pasemos entonces otro medio siglo lamentando lo que no supimos preservar por nosotros mismos por no haber cumplido nuestras responsabilidades políticas. Reciban, señores presidentes, la expresión de mis sentimientos más respetuosos. Michel HAJJI GEORGIOU

Wilayat el-faqih: Jamenei o la muerte de una ficción teológica
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
mar 1, 2026 - 13:33

El 28 de febrero de 2026, bombardeos estadounidenses-israelíes mataron al líder supremo de la República Islámica de Irán, Ali Jamenei, de 86 años, en su oficina en Teherán. Irán declaró cuarenta días de duelo nacional. Netanyahu y Trump proclamaron abiertamente la victoria, mientras que el mundo árabe, aunque dividido frente a la figura del dictador, sufrió las represalias de los Pasdarán. En algunas calles de Teherán, en cambio, estallaron fuegos artificiales. Conviene detenerse en esta paradoja para comprender qué es lo que, mucho más allá de un hombre, acaba probablemente de exhalar su último aliento con él. Es particularmente tentador tratar la muerte de Jamenei como un acto de guerra, uno más en esta espiral en la que Estados Unidos e Israel han decidido jugar simultáneamente el papel de cirujano-gendarme y de incendiario. Pero reducir el acontecimiento a su dimensión militar sería cometer un grave error de perspectiva: el mismo que cometen los estrategas que confunden la decapitación de un régimen con la resolución de las contradicciones que lo atraviesan. Más aún cuando Tel Aviv anunció, desde el inicio de la operación militar, que el objetivo era la caída del régimen de los mulás. Porque Jamenei no era solo un jefe de Estado. Era, o pretendía ser, el wali el-faqih , el Guardián jurisconsulto de la fe, es decir, la piedra angular de una construcción teológico-política única en la historia del islam chiita. Y es esa construcción, mucho más que su ocupante, la que merece ser examinada a la luz de los hechos. La pregunta que debe plantearse desde ahora no es tanto quién lo sucederá. Es mucho más vertiginosa: ¿era siquiera posible de ocupar su lugar? ¿Era Jamenei, independientemente de las bombas que lo mataron, el último wali el-faqih , el último representante viable de un concepto que llevaba en sí, desde 1989, los gérmenes de su propia disolución? La larga genealogía de una idea persa Para comprender la fragilidad estructural de la wilayat el-faqih , hay que remontarse mucho antes de Jomeini, más precisamente al imperio safávida del siglo XVI y a esa idea propiamente persa de una autoridad real teñida de divinidad. El chiismo duodecimano, en su versión árabe y najafí, nunca previó un gobierno islámico administrado por los hombres. La lógica es clara, casi trágicamente coherente: solo el imán Mahdi, infalible por haber sido designado por Dios, puede instaurar un gobierno justo. En su ausencia, y está oculto desde el siglo IX, todo Estado es por definición usurpador. Se lo tolera, se participa en él, se lo reforma, pero no se lo absolutiza. Durante el período de ocultación, incluso el khoms , el diezmo religioso, y la oración del viernes estaban en principio prohibidos, pues estaban reservados a la única autoridad del imán Mahdi. La yihad estaba proscrita, y la violencia en nombre del mandato del bien y la prohibición del mal no pertenecía a las prerrogativas del faqih . Es la marja’iyya najafí en toda su rigurosidad: una separación nítida entre el Estado usurpador tolerado y la referencia religiosa que guía las conciencias sin pretender gobernar los cuerpos. Otra lógica, safávida y persa, va a fisurar este edificio. Los safávidas, una familia sufí de origen turcomano, adoptaron el chiismo duodecimano en el siglo XVI para diferenciarse de los otomanos suníes y hanafíes y consolidar su imperio. El gran shah Ismail afirmaba haber encontrado al Mahdi en una cueva y haber recibido de él su espada y su caballo, signos de poder terrenal y de yihad. Se presentaba, así como depositario de los poderes del Mahdi, instaurando lo que la jurisprudencia chiita llamaría la niyaba real, la “delegación especial” del Mahdi confiada al sultán. Para consolidar esta pretensión, hizo venir a ulemas de Yabal Amel, en el actual Líbano, en busca de legitimación religiosa. Estos se negaron a legitimar la idea de que el shah fuera el sustituto del Mahdi, pero los safávidas impusieron igualmente su gobierno chiita, rodeándolo de aura divina. Introdujeron además prácticas inexistentes hasta entonces en el chiismo: los rituales sangrientos de Ashura, la veneración de Abu-Lu’lu’a, el persa que asesinó al califa Omar, o la leyenda históricamente falsa según la cual el imán Husein se habría casado con Shahrabano, hija del último shah persa, para fundir la línea sagrada de los imanes y la realeza persa en una misma sacralidad dinástica. Ali Shariati teorizó mejor que nadie esta distinción en su ensayo sobre el chiismo alí y el chiismo safávida. Es también en esta época cuando comienzan los primeros debates sobre la wilayat el-faqih , sobre la naturaleza y el alcance del poder del jurisconsulto durante la ocultación. Incluso entonces, los ulemas lo limitaban. Solo un faqih , Ahmed Mahdi Naraqi, a fines del siglo XVIII, se atrevió a ir más lejos, teorizando que un faqih podía instaurar un gobierno islámico y que su wilayat podía ser absoluta. Lo hizo apoyándose en dos hadices del imán Sadeq y del imán Mahdi que no sostienen esa idea. Una deducción audaz sobre un fundamento textual frágil: ese es el pecado original del concepto. Jomeini y la “contaminación” suní Exiliado en Nayaf en 1964, Jomeini dictó en 1969 un ciclo de cursos que, publicados en 1979, dieron lugar a su libro fundacional: al-hukuma al-islamiya (“el gobierno islámico”), es decir, la wilayat el-faqih . Para captar su verdadera naturaleza, es necesario entender el contexto intelectual en el que surge. Los escritos de Sayyid Qutb y del paquistaní Mawdudi circulaban ampliamente en Nayaf. Su concepto central, la hakimiyya —según el cual el poder pertenece a Dios y quienes lo representan deben gobernar—, marcó profundamente a la joven intelligentsia islamista. Para Qutb, una vanguardia islámica de los Hermanos Musulmanes debía tomar el poder. Jomeini hizo la misma traslación en clave chiita: sustituyó la vanguardia islamista por el faqih . La wilayat el-faqih jomeinista no es solo una idea persa; también es una idea suní radical vestida de chiismo. De hecho, prácticamente todos los grandes faqih chiitas contemporáneos se opusieron a la wilayat el-faqih : Mohsen al-Hakim, al-Khoei, Sistani, Musa Sadr, Mohammad Mahdi Shamseddine. Introdujeron la noción de wilayat al-umma : durante la espera del regreso del Mahdi, el poder debe residir en el pueblo mediante elecciones democráticas. En la wilayat al-faqih , el mandato procede del Mahdi; en la wilayat al-umma, de los electores. La primera es tiránica. La segunda pluralista. Dos concepciones irreconciliables de la legitimidad. El conflicto entre Jomeini y Musa Sadr en los años setenta encarnó esta fractura. El primero en Nayaf, el segundo en el Líbano, defendían visiones incompatibles. Rafsanyani tuvo que viajar al Líbano en 1975 para mediar. El desacuerdo giraba en torno a la marja’iyya . Sadr rechazaba reconocer a Jomeini como referencia y con ello rechazaba tanto la marja’iyya como la wilayat . Sadr desapareció en Libia en agosto de 1978, un año antes de la llegada de Jomeini al poder. Golpes dentro de la revolución En 1979, la revolución iraní fue inicialmente plural. Junto a Jomeini estaban Bazargan, Banisadr, Ali Shariati, el ayatolá Taleghani, diversas visiones de un islam político que rechazaban el absolutismo clerical. La primera Constitución no mencionaba la wilayat el-faqih . Entre 1979 y 1981, Jomeini dio un golpe dentro de su propia revolución: Bazargan fue apartado, Banisadr derrocado, los demócratas islámicos marginados. La wilayat el-faqih entró en la Constitución por la vía de los hechos consumados. Luego vino 1989 y un segundo golpe, esta vez dentro de la propia República Islámica. El sucesor designado era el gran ayatolá Montazeri, crítico de la wilayat absolutista. Jamenei, Rafsanyani y Ahmad Jomeini se aliaron para apartarlo. Jamenei, simple hojatolislam, fue promovido por decreto político a ayatolá y elegido wali el-faqih. La Constitución fue modificada para otorgarle poderes inéditos. En 1989, la wilayat el-faqih dejó de ser una teología para convertirse en una monarquía republicana envuelta en lenguaje coránico. Jamenei lo reconoció él mismo en 1989: “Según la Constitución, no estoy calificado para este cargo y desde el punto de vista religioso muchos no aceptarán mis palabras como las de un líder”. Fue investido de manera permanente tras la reforma constitucional que redujo los requisitos religiosos. Esta confesión es quizás la formulación más honesta y devastadora del concepto. La sucesión imposible La Constitución iraní prevé un consejo provisional y la designación de un nuevo guía por la Asamblea de Expertos. Pero los bombardeos del 28 de febrero desmantelaron la cadena de mando. El poder interino recae de facto en Ali Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional. Larijani es un político competente, pero no es faqih ; no tiene autoridad religiosa ni legitimidad teológica para el cargo. Otro nombre es Mojtaba Jamenei, hijo del Guía. Su eventual designación implicaría una sucesión dinástica, una monarquía teocrática hereditaria, exactamente lo que la revolución de 1979 decía abolir. Se mencionan también otros clérigos, ninguno con estatura de marja’ . Ninguno es capaz de convencer al mundo chiita más allá de Irán. Y existe el escenario que pocos quieren nombrar: el traspaso de facto del poder a los Guardianes de la Revolución. En ese caso, una República Islámica sin faqih , gobernada por sus propios pretorianos, significaría la liquidación final del concepto. Una ficción muerta antes de la bomba La verdadera pregunta no es militar. Es: ¿una República Islámica puede sobrevivir sin wali el-faqih ? El concepto sobrevivió siglos traicionándose a sí mismo, reduciendo sus exigencias teológicas, sustituyendo la legitimidad religiosa por el decreto político. Jamenei admitió no estar calificado. Modificó la Constitución para que sus propias insuficiencias no fueran un obstáculo legal. Ese es el “acto constitutivo”: al bajar el umbral para sí mismo, garantizó que ningún sucesor pudiera ocupar el cargo con mayor legitimidad. Es decir, que nadie pudiera ocuparlo legítimamente. El misil del 28 de febrero no hizo, en realidad, más que formalizar lo que la teología ya había dictado. Queda la cuestión de los escombros: humanos, geopolíticos, confesionales. Queda también el pueblo iraní, que celebra en las calles con un coraje ejemplar, pese a la magnitud de la represión que acaba de sufrir, y que tal vez también tiembla, consciente de que las revoluciones que siguen a las decapitaciones no siempre son las revoluciones que se soñaron. Quedan Irak, Yemen y, sobre todo, el Líbano, suspendidos de equilibrios que la muerte de un hombre en Teherán acaba de volver aún más precarios de lo que ya eran. Con escuadrones de la muerte que, si se confirma que su destino está sellado —y lo está, sin duda—, no dudarán en arrastrar consigo la caída de todo el templo. Por último, queda esta frase de Montazeri, el hombre al que Jamenei contribuyó a apartar en 1989, y que no dejó de repetir hasta su muerte en 2009 que la wilayat el-faqih absoluta era una herejía política. Tenía razón. Solo se equivocó al creer que los regímenes mueren por sus contradicciones antes de morir por sus bombas. Harían falta, como colmo del cinismo, Netanyahu y Trump, dos césares que se creen investidos por Dios, para enterrar —literalmente— la wilayat el-faqih junto con quien convirtió esta teología pontifical en un instrumento de dominación y represión de los pueblos de la región. Robespierre decía que “un puro siempre encuentra a otro más puro que lo purifica”, con ese humor negro propio de los déspotas. La historia no deja de darle la razón.

Los mulás atrapados en su propia trampa
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
feb 28, 2026 - 14:25

La ironía del destino es que el jefe de la diplomacia iraní, Abbas Araghji, se jactaba en la feria del libro de enseñar la «fuerza de la diplomacia». Sus «talentos» diplomáticos no sirvieron de nada frente a la voluntad común israelí-estadounidense de acabar con el régimen de los mulás. La diplomacia, de hecho, nunca ha sido el fuerte de los regímenes iraníes, para quienes el término significa, desde hace mucho tiempo, dilaciones y duplicidad, mientras que, en secreto, el programa nuclear continuaba a pesar de las interminables charlas y otros acuerdos. Imposible también, porque las posibilidades de un acuerdo irano-estadounidense eran mínimas, incluso insignificantes, teniendo en cuenta la voluntad israelí y de gran parte de los grupos de presión y think-tanks estadounidenses de acabar de una vez por todas con el régimen. También teniendo en cuenta que este último, con su programa balístico - duplicado por su proyecto nuclear - capaz de alcanzar Europa, Rusia y China, se estaba convirtiendo en una amenaza para el mundo entero. La represión masiva y sangrienta de las manifestaciones populares anti-Khamenei de enero pasado fue sin duda la justificación directa que legitimaba una intervención estadounidense, incluso si la ayuda al pueblo iraní probablemente no constituye una prioridad real para la administración estadounidense - el cinismo de JD Vance fue lo suficientemente claro en este sentido. De hecho, Trump jugó el juego iraní hasta el final. Por primera vez, los mulás, los reyes del tempo político, no pudieron imponer su ritmo a EE. UU. La astucia persa no funcionó. Al concentrar una impresionante armada alrededor de Teherán mientras le daba una «oportunidad» a la diplomacia, el presidente estadounidense invalidaba por sí mismo cualquier posibilidad de acuerdo. Los iraníes fueron conminados a elegir entre la capitulación incondicional por la vía diplomática -a través del desmantelamiento de sus programas balísticos y nucleares y el fin de la exportación de la revolución extramuros, es decir, en esencia, el colapso de la misma esencia del régimen y de los Guardianes de la Revolución- y el suicidio estratégico mediante una huida militar hacia adelante. Al final, ni siquiera se les dio esa opción: se enfrentan a la rendición al término de una guerra total desencadenada por EE. UU., incluso si esto les permitirá adoptar una postura victimista y justificar su apuesta suicida por la agresión en curso. En otras palabras, Trump no dejó suficiente tiempo a los líderes iraníes para tejer pacientemente la red de su supervivencia, negociando indefinidamente a la espera de días mejores, pasatiempo de los regímenes totalitarios. Ahora se enfrentan a lo que es sin duda su fantasía absoluta - el martirio - y su pesadilla más aterradora - su caída. Por lo tanto, cabe esperar que combinen ambos en un diluvio de fuego suicida, propio de las sectas milenaristas que se enfrentan a la perspectiva de su propia destrucción. Pensando, sin duda, que una guerra de desgaste, que causaría el mayor daño y destrucción posible a sus enemigos, les permitirá resistir hasta que pase la tormenta - y, por lo tanto, salvar sus vidas. O que otros eventos paralelos, como las repercusiones del caso Epstein o un levantamiento de la opinión pública estadounidense contra la guerra, harán el trabajo por ellos. En resumen, seguirán apostando por el tiempo, al igual que EE. UU. e Israel querrán, por las mismas razones, acabar lo antes posible. Es, por lo tanto, una guerra de tiempo. Ojalá, simplemente, no abra el camino al fin de los tiempos. Después de todo, Megiddo se encuentra en el corazón del conflicto…

Soberanía libanesa y aprendices de brujo
Por
Michel Hajji Georgiou
Publicado
feb 22, 2026 - 21:22

Hay momentos en que una frase lanzada en medio del tumulto mediático revela más que páginas enteras de doctrina. Cuando el embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, afirmó hace unos días que “sería aceptable que lo tomaran todo”, evocando la idea de un Israel que se extendería, en una lectura bíblica, del Nilo al Éufrates, antes de añadir que “Area C es Israel”, no solo rompió con la reserva diplomática —lo cual ya es significativo—, sino que puso de manifiesto una parcialidad política que, aun cuando no sorprende dado el alineamiento casi incondicional de Estados Unidos con el Estado hebreo, resulta de una gravedad inadmisible. El diplomático inscribió sus palabras en una lógica territorial expansiva que subordina el derecho internacional a un relato teológico-histórico, precisamente el tipo de mito sobre el cual Tel Aviv ha fundado la legitimidad que invoca para ocupar Palestina. Poco importa que después haya matizado sus declaraciones o apelado a la hipérbole. Lo dicho, dicho está. Y lo pensado queda al descubierto, en un momento en que el equipo de Netanyahu ha expresado en más de una ocasión su voluntad de materializar su sueño mítico. Antes que él, el enviado estadounidense Tom Barrack, al denunciar el legado de Sykes-Picot como un error occidental que habría “impuesto mapas, mandatos, fronteras trazadas a lápiz”, y al afirmar que “no existe Oriente Medio, solo tribus y aldeas convertidas en Estados-nación artificiales”, abrió en 2025 otra brecha igualmente peligrosa. Bajo la apariencia de una crítica a la ingeniería colonial de 1916, sugería que los Estados surgidos de aquel acuerdo podrían no ser más que construcciones frágiles, acaso ilusorias. Tras la crítica al antiguo imperialismo asoma una nueva tentación —¿ideológica?— de reconfigurar, una vez más, el espacio levantino según parámetros dictados desde fuera. Estos dos discursos, tan distintos en su tono, convergen sin embargo en un punto esencial: relativizan la existencia plena y entera de las soberanías locales al insinuar que un territorio puede redefinirse ya sea por un relato bíblico o por una crítica poscolonial, por la fuerza estratégica o por la realpolitik. Recuerdan, sobre todo, una constante histórica: el Levante sigue siendo, en la imaginación de ciertas cancillerías, un espacio maleable. Desde Kissinger al menos, Oriente Próximo ha sido con frecuencia un laboratorio de experimentos, todos igualmente desastrosos, y los diplomáticos estadounidenses han jugado demasiadas veces el papel de aprendices de brujo. Más recientemente, Obama ofreció el ejemplo más evidente al allanar implícitamente el camino, mediante el acuerdo nuclear con Irán, para la consolidación de un imperio iraní en la región. Conviene decirlo sin ambages. Ni Gran Siria, ni Gran Israel, ni pseudo-protectorado sirio, israelí, iraní u occidental. Ni resurrección de una unidad mitificada, ni absorción en una continuidad bíblica, ni administración bajo tutela disfrazada de estabilización regional. El Líbano primero. Y esta postura no nace de un reflejo identitario estrecho, sino del principio de que la soberanía no es un lujo retórico, sino la condición mínima de toda política digna de ese nombre, incluso para un país pequeño cuyo peso en la escala mundial puede parecer reducido. El problema, sin embargo, no se limita a las declaraciones estadounidenses. La historia del Líbano demuestra con claridad que cada debilitamiento interno ha servido de pretexto u oportunidad para una intervención externa. Cuando las élites sustituyeron la autoridad del Estado por lealtades paralelas, cuando la decisión estratégica se fragmentó entre milicias, padrinos regionales y cálculos sectarios, el vacío resultante fue ocupado y la lógica del Estado devorada por la del no-Estado. La tutela siria no surgió en el desierto. Tampoco la invasión israelí de 1982. La presencia palestina encontró cobertura favorable en buena parte de los libaneses, incluidos algunos de sus futuros adversarios, a partir de 1967. La influencia iraní no prosperó sin complicidades locales. Las mediaciones occidentales no se impusieron frente a un Estado plenamente soberano. Es cierto que el Líbano se sitúa en un corredor por el que, desde la Antigüedad, han pasado conquistadores sucesivos. Esa posición geográfica ha alimentado una cultura política de la espera: esperar al ocupante menos brutal, al protector más útil; desear que el equilibrio de fuerzas cambie para ajustar la lealtad; confiar en que “otros” hagan el trabajo sucio. Este realismo, presentado a menudo como inteligencia estratégica, ha sido en ocasiones una resignación disfrazada. Romper ese ciclo exige algo más que discursos circunstanciales. Supone que las instituciones dejen de ser meras fachadas y vuelvan a convertirse en centros efectivos de decisión. Supone que ninguna fuerza armada pretenda encarnar una soberanía paralela; que la diplomacia libanesa hable con una sola voz; que la justicia no esté subordinada a equilibrios partidistas. Las instituciones nunca son abstractas: son lo que los hombres hacen de ellas, como decía Napoleón. Las declaraciones de Huckabee y Barrack constituyen, sin duda, provocaciones externas para quienes son celosos de la soberanía de su país. Pero deberían actuar también como un espejo, reflejando la maldición según la cual un país que no traza por sí mismo sus líneas rojas acaba viendo cómo otros las redibujan, y un Estado que no protege su coherencia interna se expone a convertirse en un simple objeto estratégico, un juguete para los demás, perfectamente prescindible. Así pues: ni Gran Siria, ni Gran Israel, ni tutela reciclada bajo nuevos ropajes. El Líbano primero. Y los dirigentes libaneses harían bien en escucharlo. Cada vez que sus responsables han fallado en la defensa de su soberanía, alguien se ha encargado de gobernar en su lugar. Hassan Rifaï decía que la República necesitaba hombres y mujeres que la protegieran. Pero ¿dónde han ido a parar esos pocos, aunque valientes, Guardianes de la República?