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Mil mesetas

Soberanía libanesa y aprendices de brujo

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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado feb 22, 2026 - 21:22

Hay momentos en que una frase lanzada en medio del tumulto mediático revela más que páginas enteras de doctrina. Cuando el embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, afirmó hace unos días que “sería aceptable que lo tomaran todo”, evocando la idea de un Israel que se extendería, en una lectura bíblica, del Nilo al Éufrates, antes de añadir que “Area C es Israel”, no solo rompió con la reserva diplomática —lo cual ya es significativo—, sino que puso de manifiesto una parcialidad política que, aun cuando no sorprende dado el alineamiento casi incondicional de Estados Unidos con el Estado hebreo, resulta de una gravedad inadmisible.

El diplomático inscribió sus palabras en una lógica territorial expansiva que subordina el derecho internacional a un relato teológico-histórico, precisamente el tipo de mito sobre el cual Tel Aviv ha fundado la legitimidad que invoca para ocupar Palestina. Poco importa que después haya matizado sus declaraciones o apelado a la hipérbole. Lo dicho, dicho está. Y lo pensado queda al descubierto, en un momento en que el equipo de Netanyahu ha expresado en más de una ocasión su voluntad de materializar su sueño mítico.

Antes que él, el enviado estadounidense Tom Barrack, al denunciar el legado de Sykes-Picot como un error occidental que habría “impuesto mapas, mandatos, fronteras trazadas a lápiz”, y al afirmar que “no existe Oriente Medio, solo tribus y aldeas convertidas en Estados-nación artificiales”, abrió en 2025 otra brecha igualmente peligrosa. Bajo la apariencia de una crítica a la ingeniería colonial de 1916, sugería que los Estados surgidos de aquel acuerdo podrían no ser más que construcciones frágiles, acaso ilusorias. Tras la crítica al antiguo imperialismo asoma una nueva tentación —¿ideológica?— de reconfigurar, una vez más, el espacio levantino según parámetros dictados desde fuera.

Estos dos discursos, tan distintos en su tono, convergen sin embargo en un punto esencial: relativizan la existencia plena y entera de las soberanías locales al insinuar que un territorio puede redefinirse ya sea por un relato bíblico o por una crítica poscolonial, por la fuerza estratégica o por la realpolitik. Recuerdan, sobre todo, una constante histórica: el Levante sigue siendo, en la imaginación de ciertas cancillerías, un espacio maleable. Desde Kissinger al menos, Oriente Próximo ha sido con frecuencia un laboratorio de experimentos, todos igualmente desastrosos, y los diplomáticos estadounidenses han jugado demasiadas veces el papel de aprendices de brujo. Más recientemente, Obama ofreció el ejemplo más evidente al allanar implícitamente el camino, mediante el acuerdo nuclear con Irán, para la consolidación de un imperio iraní en la región.

Conviene decirlo sin ambages. Ni Gran Siria, ni Gran Israel, ni pseudo-protectorado sirio, israelí, iraní u occidental. Ni resurrección de una unidad mitificada, ni absorción en una continuidad bíblica, ni administración bajo tutela disfrazada de estabilización regional. El Líbano primero. Y esta postura no nace de un reflejo identitario estrecho, sino del principio de que la soberanía no es un lujo retórico, sino la condición mínima de toda política digna de ese nombre, incluso para un país pequeño cuyo peso en la escala mundial puede parecer reducido.

El problema, sin embargo, no se limita a las declaraciones estadounidenses. La historia del Líbano demuestra con claridad que cada debilitamiento interno ha servido de pretexto u oportunidad para una intervención externa. Cuando las élites sustituyeron la autoridad del Estado por lealtades paralelas, cuando la decisión estratégica se fragmentó entre milicias, padrinos regionales y cálculos sectarios, el vacío resultante fue ocupado y la lógica del Estado devorada por la del no-Estado. La tutela siria no surgió en el desierto. Tampoco la invasión israelí de 1982. La presencia palestina encontró cobertura favorable en buena parte de los libaneses, incluidos algunos de sus futuros adversarios, a partir de 1967. La influencia iraní no prosperó sin complicidades locales. Las mediaciones occidentales no se impusieron frente a un Estado plenamente soberano.

Es cierto que el Líbano se sitúa en un corredor por el que, desde la Antigüedad, han pasado conquistadores sucesivos. Esa posición geográfica ha alimentado una cultura política de la espera: esperar al ocupante menos brutal, al protector más útil; desear que el equilibrio de fuerzas cambie para ajustar la lealtad; confiar en que “otros” hagan el trabajo sucio. Este realismo, presentado a menudo como inteligencia estratégica, ha sido en ocasiones una resignación disfrazada.

Romper ese ciclo exige algo más que discursos circunstanciales. Supone que las instituciones dejen de ser meras fachadas y vuelvan a convertirse en centros efectivos de decisión. Supone que ninguna fuerza armada pretenda encarnar una soberanía paralela; que la diplomacia libanesa hable con una sola voz; que la justicia no esté subordinada a equilibrios partidistas. Las instituciones nunca son abstractas: son lo que los hombres hacen de ellas, como decía Napoleón.

Las declaraciones de Huckabee y Barrack constituyen, sin duda, provocaciones externas para quienes son celosos de la soberanía de su país. Pero deberían actuar también como un espejo, reflejando la maldición según la cual un país que no traza por sí mismo sus líneas rojas acaba viendo cómo otros las redibujan, y un Estado que no protege su coherencia interna se expone a convertirse en un simple objeto estratégico, un juguete para los demás, perfectamente prescindible.

Así pues: ni Gran Siria, ni Gran Israel, ni tutela reciclada bajo nuevos ropajes. El Líbano primero. Y los dirigentes libaneses harían bien en escucharlo. Cada vez que sus responsables han fallado en la defensa de su soberanía, alguien se ha encargado de gobernar en su lugar. Hassan Rifaï decía que la República necesitaba hombres y mujeres que la protegieran.

Pero ¿dónde han ido a parar esos pocos, aunque valientes, Guardianes de la República?

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