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Mil mesetas

There Can Be Only One

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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado mar 10, 2026 - 12:16

Las recientes declaraciones del secretario general adjunto de Hezbolá, Mohammad Raad, y de Mahmoud Komati, vicepresidente del Consejo Político del partido, invitan a una reflexión profunda sobre el sentido político del conflicto en curso.

Komati habla de una “oportunidad de oro” para el Estado, a partir de lo que Hezbolá afirma haber “probado” sobre el terreno, para establecer una ecuación de disuasión que convendria ahora consolidar. Raad, por su parte, arremete abiertamente contra el Estado, acusándolo de no querer enredarse en un conflicto que su propio partido fabricó de la nada. El secretario general adjunto insiste testarudamente en su voluntad de liberar el territorio libanés de una ocupación… que no existía antes de que su milicia decidiera desencadenar las hostilidades para vengar al guía espiritual iraní.

Huelga decir que este discurso constituye una negación flagrante de la realidad.

Es cierto que Hezbolá está demostrando que, a pesar de una serie de reveses monumentales en 2024, de la eliminación continua de sus cuadros por Israel incluso en los períodos de relativa calma, y de las crecientes presiones internacionales y locales para su desarme, sigue representando una amenaza.

¿Pero una amenaza para quién, exactamente?

Porque el discurso de Hezbolá no se dirige a Tel Aviv, sino al Estado libanés. En 2008, cuando el gobierno de Siniora tomó la valiente decisión — en términos de restablecimiento de la soberanía — de desmantelar la red de telefonía fija del partido proiraní, Hassan Nasralá respondió que “las armas están ahí para proteger las armas”, y desencadenó la expedición miliciana punitiva contra Beirut y la Montaña.

Las palabras de Komati señalan la persistencia de esta lógica, en el momento en que el jefe de Estado y el gobierno multiplican los gestos para restablecer el monopolio de la violencia legítima.

Resulta claro, en la retórica del partido, que el problema no es el mantenimiento de las capacidades militares de la resistencia en sentido estricto, sino la necesidad de “hezbolaizar” de una vez por todas el Estado libanés para mantenerlo en el eje del enfrentamiento, es decir, bajo la égida iraní, frente a la influencia estadounidense y a la voluntad de negociar con Israel. En otras palabras, Hezbolá desearía “pasdaranizar” el Estado, a semejanza de lo que ya ocurre en Irán con el posicionamiento del hijo de Jaménei y el control de los Guardianes de la Revolución sobre el aparato estatal.

Tal es la respuesta de Hezbolá a la decisión del ejecutivo libanés de desarmarlo.

De ello se desprende una verdad difícil: el desenlace de esta guerra absurda — provocada por Hezbolá — será, de una manera u otra, existencial para el Líbano. El precio de la destrucción del partido sería exorbitante para el Líbano, exponiendo probablemente a Beirut a una influencia israelí directa y agravando aún más el peso de las negociaciones con Tel Aviv — sin contar con la magnitud del desastre humano, infraestructural, económico y financiero que ya se instala día tras día. El precio de una “victoria” pírrica — basta para ello con aguantar el mayor tiempo posible e infligir el mayor daño al adversario — sería igualmente exorbitante, en la medida en que semejante victoria debilitaría aún más al Estado libanés frente al partido. Paradójicamente, sea cual sea el desenlace del conflicto, el Líbano perderá en términos de soberanía, ya sea frente a Israel o frente a Irán.

Con todo, para retomar la frase icónica de Highlander, de Russell Mulcahy: “Solo puede quedar uno.”

Y aquí no se trata de Israel contra Hezbolá. Se trata, una vez terminada esta guerra, del Líbano en su totalidad contra Hezbolá y su inalterable deseo de venganza contra la estructura estatal y el modelo libanés.

Solo puede quedar uno. Y tendrá que ser, necesariamente, el Estado — y el modelo libanés, por imperfecto que sea —, cuya custodia le ha sido confiada.

¿Puede evitarse este conflicto inevitable, que viene gestándose desde hace dos décadas?

Dada la naturaleza miliciana y belicosa, y la arrogancia supremacista de Hezbolá, habría que apostar por que no.

La pregunta que subsiste, sin embargo, es cómo puede un Estado enfrentarse a una organización suicida, dispuesta a combatir hasta el último libanés para mantener al Líbano bajo la tutela de su padrino iraní, sin caer en su sórdido juego de la violencia y de la legitimación a través de la postura victimista.

Por primera vez desde la oportunidad perdida del 14 de marzo de 2005, la legalidad se enfrenta a un verdadero bautismo de fuego. Debe, mediante un equilibrio extraordinariamente delicado, restaurar sin concesiones su autoridad indiscutida y el monopolio de la violencia legítima, protegiendo al mismo tiempo la cultura del vínculo y de la paz frente a la de la violencia y la exclusión.

En otras palabras: aunque incapaz de impedir que Hezbolá se autodestruya, la legalidad debe ser capaz de reinventarse — lejos de los pequeños intereses de los jefes de clanes y de comunidades — y de proponer un modelo que sea, de una vez por todas, el antípoda del modelo totalitario, “caofílico” y mortífero de los Guardianes de la Revolución; un modelo digno de la herencia pluralista y nahdawi de Mohammad Mahdi Chamseddine, Mohammad Hassan el-Amine y Hani Fahs.

Este modelo no es el del divorcio entre comunidades, sino el de una unidad indivisible — la única garante real de la soberanía, como en 2005. Y no está dirigido únicamente contra Irán y su vástago ideológico y miliciano, contra Israel o cualquier otra tutela política o física, sino hacia adentro, hacia un consenso positivo sobre la voluntad de seguir viviendo juntos.

Hezbolá, y con él una parte de la comunidad chiíta, atraviesa el mismo proceso megalománaco que llevó a cada una de las comunidades libanesas, arrastradas por una tendencia política radical, a creer que el Líbano podía resumirse en su dominación y en su visión del país. Cada una pagó un precio enorme por ello. Es tiempo de aprender la lección, de dejar de lado la hybris — así como las hipocresías.

Hezbolá no se limita actualmente a suicidarse. Al hacerlo, coloca al Líbano frente a sí mismo y ante un instante de verdad. O decidir de una vez por todas, sobre la base de una elección racional y madura, fundar un Estado compuesto, democrático, moderno y cohesionado, respetuoso del pluralismo, la diversidad y las particularidades de todos sus componentes, y dar lugar a un verdadero proceso de individuación cívica más allá de las pertenencias clánicas y comunitarias; o hacer la elección de la implosin y del divorcio, con el riesgo de otro fracaso en la próxima encrucijada.

Las voces a favor de la segunda opción, tras décadas de amargas y dolorosas decepciones acumuladas a lo largo de un siglo, son cada vez más numerosas. Aun cuando la tentación del repliegue sobre sí mismo constituye un poderoso ansiolítico para los comunitaristas, el Gran Líbano — con todas sus imperfecciones — sigue siendo una necesidad para todos, en la medida en que otorga — y este punto nunca se subraya lo suficiente — una fuerza y una legitimidad a todos sus componentes a través del pluralismo: cada uno de ellos legitimando al otro ante la región y sus convulsiones.

El Gran Líbano es vivido por una parte de los libaneses como una maldición y un sufrimiento, porque solo ven en él sus desdichas y sus lacras. Sin embargo, es también, cada día, en los más pequeños encuentros enriquecedores, en los más pequeños gestos de intercambio a todos los niveles entre sus ciudadanos, una experiencia de vida humana singular, sobre todo en esta parte del mundo.

A condición de que se le permita gestionar sus conflictos en paz: en el marco de un Estado funcional, soberano, neutral ante los conflictos regionales y titular del monopolio de la violencia, dotado de buena gobernanza, que evolucione bajo una fórmula administrativa viable y, sobre todo, de un contrato social y político que suscite la adhesión de todos los libaneses, fundado en el respeto a la Constitución, el derecho, las libertades públicas y privadas y las especificidades de cada grupo. Esto supone, naturalmente, una talla de estadistas actualmente casi inexistente, puesto que han sido los hombres en el timón quienes, en el pasado, error tras error, servidumbre tras servidumbre, locura tras locura, transformaron el Líbano de paraíso en infierno. Pero los acontecimientos crean a menudo este tipo de figuras providenciales, a condición de que decidan demostrar valentía, abnegación y sentido del bien común.

La batalla en curso no es la de la derrota, la victoria o la supervivencia de Hezbolá. No. Extirpar una metástasis de un cuerpo es poner en riesgo el pronóstico vital. Y así, es el cuerpo — pero también el alma — del Líbano lo que se está dirimiendo ante nuestros ojos.

Ojalá el enfermo elija resistir. Y, si sobrevive con su integridad física, que no tome una decisión de la que se arrepentiría aún más en el próximo medio siglo.

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