


El 28 de febrero de 2026, bombardeos estadounidenses-israelíes mataron al líder supremo de la República Islámica de Irán, Ali Jamenei, de 86 años, en su oficina en Teherán. Irán declaró cuarenta días de duelo nacional. Netanyahu y Trump proclamaron abiertamente la victoria, mientras que el mundo árabe, aunque dividido frente a la figura del dictador, sufrió las represalias de los Pasdarán. En algunas calles de Teherán, en cambio, estallaron fuegos artificiales. Conviene detenerse en esta paradoja para comprender qué es lo que, mucho más allá de un hombre, acaba probablemente de exhalar su último aliento con él.
Es particularmente tentador tratar la muerte de Jamenei como un acto de guerra, uno más en esta espiral en la que Estados Unidos e Israel han decidido jugar simultáneamente el papel de cirujano-gendarme y de incendiario. Pero reducir el acontecimiento a su dimensión militar sería cometer un grave error de perspectiva: el mismo que cometen los estrategas que confunden la decapitación de un régimen con la resolución de las contradicciones que lo atraviesan. Más aún cuando Tel Aviv anunció, desde el inicio de la operación militar, que el objetivo era la caída del régimen de los mulás.
Porque Jamenei no era solo un jefe de Estado. Era, o pretendía ser, el wali el-faqih, el Guardián jurisconsulto de la fe, es decir, la piedra angular de una construcción teológico-política única en la historia del islam chiita. Y es esa construcción, mucho más que su ocupante, la que merece ser examinada a la luz de los hechos.
La pregunta que debe plantearse desde ahora no es tanto quién lo sucederá. Es mucho más vertiginosa: ¿era siquiera posible de ocupar su lugar? ¿Era Jamenei, independientemente de las bombas que lo mataron, el último wali el-faqih, el último representante viable de un concepto que llevaba en sí, desde 1989, los gérmenes de su propia disolución?
La larga genealogía de una idea persa
Para comprender la fragilidad estructural de la wilayat el-faqih, hay que remontarse mucho antes de Jomeini, más precisamente al imperio safávida del siglo XVI y a esa idea propiamente persa de una autoridad real teñida de divinidad.
El chiismo duodecimano, en su versión árabe y najafí, nunca previó un gobierno islámico administrado por los hombres. La lógica es clara, casi trágicamente coherente: solo el imán Mahdi, infalible por haber sido designado por Dios, puede instaurar un gobierno justo. En su ausencia, y está oculto desde el siglo IX, todo Estado es por definición usurpador. Se lo tolera, se participa en él, se lo reforma, pero no se lo absolutiza. Durante el período de ocultación, incluso el khoms, el diezmo religioso, y la oración del viernes estaban en principio prohibidos, pues estaban reservados a la única autoridad del imán Mahdi. La yihad estaba proscrita, y la violencia en nombre del mandato del bien y la prohibición del mal no pertenecía a las prerrogativas del faqih. Es la marja’iyya najafí en toda su rigurosidad: una separación nítida entre el Estado usurpador tolerado y la referencia religiosa que guía las conciencias sin pretender gobernar los cuerpos.
Otra lógica, safávida y persa, va a fisurar este edificio. Los safávidas, una familia sufí de origen turcomano, adoptaron el chiismo duodecimano en el siglo XVI para diferenciarse de los otomanos suníes y hanafíes y consolidar su imperio. El gran shah Ismail afirmaba haber encontrado al Mahdi en una cueva y haber recibido de él su espada y su caballo, signos de poder terrenal y de yihad. Se presentaba, así como depositario de los poderes del Mahdi, instaurando lo que la jurisprudencia chiita llamaría la niyaba real, la “delegación especial” del Mahdi confiada al sultán. Para consolidar esta pretensión, hizo venir a ulemas de Yabal Amel, en el actual Líbano, en busca de legitimación religiosa. Estos se negaron a legitimar la idea de que el shah fuera el sustituto del Mahdi, pero los safávidas impusieron igualmente su gobierno chiita, rodeándolo de aura divina.
Introdujeron además prácticas inexistentes hasta entonces en el chiismo: los rituales sangrientos de Ashura, la veneración de Abu-Lu’lu’a, el persa que asesinó al califa Omar, o la leyenda históricamente falsa según la cual el imán Husein se habría casado con Shahrabano, hija del último shah persa, para fundir la línea sagrada de los imanes y la realeza persa en una misma sacralidad dinástica. Ali Shariati teorizó mejor que nadie esta distinción en su ensayo sobre el chiismo alí y el chiismo safávida.
Es también en esta época cuando comienzan los primeros debates sobre la wilayat el-faqih, sobre la naturaleza y el alcance del poder del jurisconsulto durante la ocultación. Incluso entonces, los ulemas lo limitaban. Solo un faqih, Ahmed Mahdi Naraqi, a fines del siglo XVIII, se atrevió a ir más lejos, teorizando que un faqih podía instaurar un gobierno islámico y que su wilayat podía ser absoluta. Lo hizo apoyándose en dos hadices del imán Sadeq y del imán Mahdi que no sostienen esa idea. Una deducción audaz sobre un fundamento textual frágil: ese es el pecado original del concepto.
Jomeini y la “contaminación” suní
Exiliado en Nayaf en 1964, Jomeini dictó en 1969 un ciclo de cursos que, publicados en 1979, dieron lugar a su libro fundacional: al-hukuma al-islamiya (“el gobierno islámico”), es decir, la wilayat el-faqih. Para captar su verdadera naturaleza, es necesario entender el contexto intelectual en el que surge.
Los escritos de Sayyid Qutb y del paquistaní Mawdudi circulaban ampliamente en Nayaf. Su concepto central, la hakimiyya —según el cual el poder pertenece a Dios y quienes lo representan deben gobernar—, marcó profundamente a la joven intelligentsia islamista. Para Qutb, una vanguardia islámica de los Hermanos Musulmanes debía tomar el poder. Jomeini hizo la misma traslación en clave chiita: sustituyó la vanguardia islamista por el faqih. La wilayat el-faqih jomeinista no es solo una idea persa; también es una idea suní radical vestida de chiismo.
De hecho, prácticamente todos los grandes faqih chiitas contemporáneos se opusieron a la wilayat el-faqih: Mohsen al-Hakim, al-Khoei, Sistani, Musa Sadr, Mohammad Mahdi Shamseddine. Introdujeron la noción de wilayat al-umma: durante la espera del regreso del Mahdi, el poder debe residir en el pueblo mediante elecciones democráticas. En la wilayat al-faqih, el mandato procede del Mahdi; en la wilayat al-umma, de los electores. La primera es tiránica. La segunda pluralista. Dos concepciones irreconciliables de la legitimidad.
El conflicto entre Jomeini y Musa Sadr en los años setenta encarnó esta fractura. El primero en Nayaf, el segundo en el Líbano, defendían visiones incompatibles. Rafsanyani tuvo que viajar al Líbano en 1975 para mediar. El desacuerdo giraba en torno a la marja’iyya. Sadr rechazaba reconocer a Jomeini como referencia y con ello rechazaba tanto la marja’iyya como la wilayat. Sadr desapareció en Libia en agosto de 1978, un año antes de la llegada de Jomeini al poder.
Golpes dentro de la revolución
En 1979, la revolución iraní fue inicialmente plural. Junto a Jomeini estaban Bazargan, Banisadr, Ali Shariati, el ayatolá Taleghani, diversas visiones de un islam político que rechazaban el absolutismo clerical. La primera Constitución no mencionaba la wilayat el-faqih. Entre 1979 y 1981, Jomeini dio un golpe dentro de su propia revolución: Bazargan fue apartado, Banisadr derrocado, los demócratas islámicos marginados. La wilayat el-faqih entró en la Constitución por la vía de los hechos consumados.
Luego vino 1989 y un segundo golpe, esta vez dentro de la propia República Islámica. El sucesor designado era el gran ayatolá Montazeri, crítico de la wilayat absolutista. Jamenei, Rafsanyani y Ahmad Jomeini se aliaron para apartarlo. Jamenei, simple hojatolislam, fue promovido por decreto político a ayatolá y elegido wali el-faqih. La Constitución fue modificada para otorgarle poderes inéditos. En 1989, la wilayat el-faqih dejó de ser una teología para convertirse en una monarquía republicana envuelta en lenguaje coránico.
Jamenei lo reconoció él mismo en 1989: “Según la Constitución, no estoy calificado para este cargo y desde el punto de vista religioso muchos no aceptarán mis palabras como las de un líder”. Fue investido de manera permanente tras la reforma constitucional que redujo los requisitos religiosos. Esta confesión es quizás la formulación más honesta y devastadora del concepto.
La sucesión imposible
La Constitución iraní prevé un consejo provisional y la designación de un nuevo guía por la Asamblea de Expertos. Pero los bombardeos del 28 de febrero desmantelaron la cadena de mando. El poder interino recae de facto en Ali Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional. Larijani es un político competente, pero no es faqih; no tiene autoridad religiosa ni legitimidad teológica para el cargo.
Otro nombre es Mojtaba Jamenei, hijo del Guía. Su eventual designación implicaría una sucesión dinástica, una monarquía teocrática hereditaria, exactamente lo que la revolución de 1979 decía abolir.
Se mencionan también otros clérigos, ninguno con estatura de marja’. Ninguno es capaz de convencer al mundo chiita más allá de Irán.
Y existe el escenario que pocos quieren nombrar: el traspaso de facto del poder a los Guardianes de la Revolución. En ese caso, una República Islámica sin faqih, gobernada por sus propios pretorianos, significaría la liquidación final del concepto.
Una ficción muerta antes de la bomba
La verdadera pregunta no es militar. Es: ¿una República Islámica puede sobrevivir sin wali el-faqih? El concepto sobrevivió siglos traicionándose a sí mismo, reduciendo sus exigencias teológicas, sustituyendo la legitimidad religiosa por el decreto político.
Jamenei admitió no estar calificado. Modificó la Constitución para que sus propias insuficiencias no fueran un obstáculo legal. Ese es el “acto constitutivo”: al bajar el umbral para sí mismo, garantizó que ningún sucesor pudiera ocupar el cargo con mayor legitimidad. Es decir, que nadie pudiera ocuparlo legítimamente.
El misil del 28 de febrero no hizo, en realidad, más que formalizar lo que la teología ya había dictado.
Queda la cuestión de los escombros: humanos, geopolíticos, confesionales. Queda también el pueblo iraní, que celebra en las calles con un coraje ejemplar, pese a la magnitud de la represión que acaba de sufrir, y que tal vez también tiembla, consciente de que las revoluciones que siguen a las decapitaciones no siempre son las revoluciones que se soñaron. Quedan Irak, Yemen y, sobre todo, el Líbano, suspendidos de equilibrios que la muerte de un hombre en Teherán acaba de volver aún más precarios de lo que ya eran. Con escuadrones de la muerte que, si se confirma que su destino está sellado —y lo está, sin duda—, no dudarán en arrastrar consigo la caída de todo el templo.
Por último, queda esta frase de Montazeri, el hombre al que Jamenei contribuyó a apartar en 1989, y que no dejó de repetir hasta su muerte en 2009 que la wilayat el-faqih absoluta era una herejía política. Tenía razón. Solo se equivocó al creer que los regímenes mueren por sus contradicciones antes de morir por sus bombas. Harían falta, como colmo del cinismo, Netanyahu y Trump, dos césares que se creen investidos por Dios, para enterrar —literalmente— la wilayat el-faqih junto con quien convirtió esta teología pontifical en un instrumento de dominación y represión de los pueblos de la región.
Robespierre decía que “un puro siempre encuentra a otro más puro que lo purifica”, con ese humor negro propio de los déspotas.
La historia no deja de darle la razón.