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Política

Libia como absceso regional de confusión (4/5)

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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado feb 20, 2026 - 17:25

La guerra en Libia deja de ser inteligible cuando se la observa únicamente a través de sus actores internos. Desde 2014, y con mayor intensidad a partir de 2019, el conflicto se ha transformado en un escenario de proyección regional, donde las dinámicas locales funcionan como base de estrategias que las superan ampliamente. Libia se ha convertido así en un territorio fragmentado, explotado, utilizado y manipulado desde el exterior como un espacio maleable, desprovisto de soberanía efectiva y, por lo tanto, ideal para guerras por delegación.

Ciertamente, la rivalidad entre las potencias regionales no explica por sí sola el colapso libio, pero sí consolida sus contornos, bloquea cualquier salida endógena y transforma cada avance local en una variable de un juego de mayor escala. En esta fase, la guerra ya no enfrenta a libios entre sí, sino a visiones contrapuestas del orden regional, proyectadas sobre un territorio incapaz de absorberlas. Un epicentro de tensiones, como lo fue Siria después de 2011 o, antes, el Líbano entre 1975 y 1990.

El primer eje de confrontación opone dos concepciones de la estabilización. Por un lado, un enfoque autoritario, securitario y vertical, respaldado por Egipto y los Emiratos Árabes Unidos. Por el otro, una lógica intervencionista, oportunista y transaccional, impulsada por Turquía, basada en una interpretación distinta de las dinámicas de poder regional.

Para El Cairo, Libia representa un enclave estratégico central. La extensa y porosa frontera occidental de Egipto ha sido percibida durante años como una amenaza directa a la seguridad nacional, especialmente después de 2011. El fantasma del flujo de armas, combatientes e ideologías hostiles ha moldeado su postura. En ese marco, apoyar a una fuerza capaz de imponer un orden militar en Cirenaica aparece como una necesidad defensiva. Desde esta perspectiva, Khalifa Haftar encarna menos un proyecto libio que un instrumento de estabilización por delegación. Los Emiratos, por su parte, conciben su implicación como parte de una estrategia más amplia de proyección de influencia. Libia es un eslabón dentro de una política regional orientada a contener el islam político, estructurar redes de seguridad aliadas y controlar puntos clave de los flujos comerciales y energéticos. El apoyo al este libio responde a una lógica ideológica, pero, sobre todo, a un enfoque pragmático basado en la anticipación de las correlaciones de poder a largo plazo.

Frente a este eje, Turquía interviene con una lógica distinta. Su implicación masiva desde 2019 marca un punto de inflexión decisivo en el conflicto. Para Ankara no se trata solo de salvar a Trípoli de una ofensiva militar inminente, sino de reconfigurar la ecuación regional. La intervención turca combina asistencia militar directa, despliegue de drones, asesores, mercenarios sirios y, sobre todo, un acuerdo marítimo que redefine las fronteras en el Mediterráneo oriental. Este acuerdo no es un detalle técnico: sitúa a Libia en el centro de una rivalidad energética y geopolítica que desborda ampliamente sus fronteras. Al alinearse con el gobierno de Trípoli, Ankara obtiene legitimidad jurídica para impugnar proyectos rivales en el Mediterráneo, debilitar el eje Grecia-Chipre-Egipto y consolidarse como actor clave en el Mediterráneo oriental. Libia deja de existir como entidad en sí misma y como fin en sí mismo. Se convierte en algo más: una plataforma estratégica.

Esta regionalización del conflicto produce un efecto acumulativo, ya que cada facción libia va siendo progresivamente despojada de su autonomía estratégica. Las grandes decisiones militares ya no se toman en Trípoli o Bengasi, sino que se calculan en función de las líneas rojas y los intereses de los patrocinadores externos. La guerra se transforma así en un espacio de negociación indirecta entre potencias regionales, donde la escalada es controlada, calibrada, a veces suspendida, pero rara vez resuelta. La Conferencia de Berlín, impulsada por Alemania y la ONU en enero de 2020, así como las múltiples iniciativas diplomáticas posteriores, ilustran este bloqueo. Buscaron restablecer un marco multilateral, pero chocaron con una realidad contundente: los actores regionales presentes en Libia no tienen un interés inmediato en la unificación soberana del país. Una Libia débil, fragmentada y negociable ofrece más oportunidades que un Estado central fuerte capaz de imponer sus propias reglas.

La guerra de Trípoli, entre 2019 y 2020, fue particularmente reveladora en este sentido, al demostrar que la intervención externa puede alterar el equilibrio de fuerzas sin producir una solución política. El fracaso de la ofensiva de Haftar contra el gobierno reconocido no abrió el camino a la reconstrucción del Estado; por el contrario, ratificó el sistema existente. Libia se ha transformado en una zona de equilibrio conflictivo, donde ningún actor puede imponerse sin desencadenar una escalada regional incontrolable. A partir de aquí, el conflicto entra en una fase de gestión más que de resolución. Los altos al fuego se respetan mientras sirven a los intereses de los patrocinadores. Las violaciones se toleran siempre que no crucen ciertos umbrales. Libia se convierte en un espacio donde la guerra se contiene, pero nunca se desactiva.

Esta dinámica también tiene una dimensión marítima y migratoria. Las rutas de migración, los puertos y los puntos de salida hacia Europa se han convertido en fichas implícitas de negociación con las potencias europeas, a menudo políticamente ausentes, pero presentes a través de sus preocupaciones de seguridad. Libia funciona, así como una zona tapón, al costo de una brutal externalización del control migratorio y de la invisibilización de la violencia que lo acompaña.

Lo que se desarrolla en Libia, por tanto, no tiene nada que ver con una guerra civil clásica. Es una guerra regional de desgaste librada en suelo libio, en un espacio donde las líneas de frente son tan diplomáticas como militares. Bienvenidos al terreno de la manipulación abierta. “La guerra de los otros”, habría dicho Ghassan Tuéni… con carne de cañón local.

En este contexto, no nos engañemos: cualquier intento de resolver la crisis exclusivamente dentro de Libia está condenado al fracaso. Mientras los equilibrios regionales sigan estructurados por la rivalidad, y mientras el Mediterráneo oriental continúe siendo un escenario de competencia energética y estratégica, Libia seguirá siendo un campo de batalla. La frase es cínica, sin duda, pero describe con precisión la realidad. La guerra se mantiene porque cumple una función en un orden regional inestable, como ocurre, por cierto, en Sudán. Y mientras esa función no sea cuestionada, no habrá solución ni paz duradera posible.

Próximo artículo: Libia en el orden internacional fragmentado (5/5)


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2011 o Libia en la era post-estatal (1/5)

El conflicto libio: una «milicianización» excesiva de la política (2/5)

«Dos Libias» y una soberanía inencontrable (3/5)



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