

Saad Hariri se asemeja en cierto modo a un héroe maldito de una tragedia griega.
Veintiún años después del asesinato de Rafic Hariri, Saad regresa a una ciudad que ya no se parece del todo a la que dejó. Los centros de decisión han cambiado. Él lo sabe bien. Arabia Saudí, que en su día contribuyó, bajo el liderazgo de Fahd y luego de Abdullah, a afianzar a Rafic Hariri en la escena libanesa, multiplica desde hace casi una década las señales negativas hacia Saad. Los medios saudíes han expresado ampliamente su descontento ante la perspectiva de que relance su corriente política tras cuatro años de suspensión.
El harirismo, antaño columna vertebral del sunnismo político libanés de la posguerra, se enfrenta hoy a una pregunta tan simple como temible: ¿tiene aún una función histórica?
La dinámica de Rafic Hariri nació de una coyuntura que combinaba un proyecto económico, una apuesta diplomática y una postura identitaria. Encarnaba un sunnismo moderado, respaldado por el Reino, abierto a los mercados, que hablaba el lenguaje de las cancillerías occidentales y se presentaba como la interfaz entre el Líbano y el mundo. Desde el proceso de Oslo hasta la configuración posterior al 11 de septiembre de 2001, Hariri fue una necesidad absoluta para el mundo árabe-islámico sunní y para Occidente. La alianza objetiva de las minorías, de Israel a Irán, lo percibía, por su parte, como un enemigo. Su asesinato por el eje Damasco-Teherán desencadenó un impulso soberanista popular transconfesional sin precedentes en el Líbano, anclando el harirismo como símbolo de la independencia libanesa.
Toda esa arquitectura, heredada por Saad, se fue derrumbando progresivamente. Y no únicamente por sus malos cálculos políticos y empresariales ni por su discutible gestión del poder.
Arabia Saudí ya no es la de los años noventa ni la del día después del 14 de Marzo. Ya no busca patrocinar una corriente libanesa como quien mantiene un puesto avanzado de influencia. Razona, por el contrario, en términos de amplios equilibrios regionales, reposicionamiento estratégico y competencia con Ankara y Teherán. En este nuevo juego, Saad Hariri ya no es una pieza central. En el mejor de los casos, es un actor secundario en un escenario que se redibuja en otro lugar. Y, pese a sus bases indiscutibles en el Líbano, lo sabe.
El centro de gravedad sunní en Oriente Próximo se ha desplazado. La emergencia de Ahmad al-Chareh como figura sunní ascendente, respaldada por Riad y Ankara con una forma de bendición internacional —ironía del destino, para desempeñar el papel que se pidió a Rafic Hariri en el marco del proceso de Oslo— modifica profundamente la ecuación. Por primera vez en décadas, el Levante presencia la afirmación de un liderazgo sunní no libanés capaz de combinar arraigo religioso, habilidad política y reconocimiento externo. Que esta síntesis sea duradera y realmente convincente importa menos que la señal que envía: el monopolio simbólico del sunnismo moderado y moderno ya no pasa por Beirut.
En esta configuración, el harirismo aparece ahora como la expresión de un momento superado. Fue hijo de una época en la que el mundo árabe oscilaba entre autoritarismos militares e islamismos radicales, cuando se proponía, con razón, como tercera vía. Hoy las líneas se recomponen de otro modo. La caída del régimen sirio, el debilitamiento del eje iraní tras el 7 de octubre de 2023 y la redefinición de las alianzas regionales han abierto un nuevo espacio. Ese espacio ya no parece estructurado en torno a un liderazgo sunní libanés centralizado, sino más bien alrededor de un areópago de figuras, notables y emprendedores políticos dispersos. Eso, al menos, parece desear Riad, pese al sentimiento manifiesto de abandono y marginación experimentado por los sunníes dentro de la ecuación política libanesa actual —y pese a los reproches sunníes hacia Saad Hariri y su gestión del poder, especialmente desde 2016.
Pero la crisis del harirismo va más allá de la cuestión regional y afecta a su modelo interno. El proyecto haririano reposaba en una ecuación implícita: desarrollo económico a cambio de una renuncia parcial a la soberanía. Mientras la tutela siria bloqueaba el campo político, se trataba de construir en los intersticios. Después de 2005, el intento fue transformar un movimiento soberanista en mayoría gubernamental. La experiencia chocó con la violencia de Hezbolá, las divisiones del 14 de Marzo y luego con decisiones estratégicas desafortunadas, entre ellas la apuesta por el mandato de Aoun y por una suerte de statu quo turbio con el campo iraní, la más emblemática.
Esa apuesta rompió algo. Socavó la credibilidad de una corriente que se presentaba como dique frente a la hegemonía iraní y que terminó avalando, por cálculo o cansancio, una arquitectura institucional dominada por Hezbolá. La retirada de Saad Hariri de la vida política terminó de dispersar sus filas.
Su regreso plantea así una cuestión existencial: ¿se puede volver sin reinventarse?
El problema, por lo demás, no afecta solo a Saad Hariri —aunque las demás fuerzas políticas, concentradas en las próximas luchas de poder, no parezcan advertirlo.
Porque el declive del harirismo no es aislado.
Se inscribe en una erosión más amplia de las fuerzas heredadas de la guerra y de la posguerra. El aounismo se consumió en el ejercicio del poder. Hezbolá, pese a sus posturas, enfrenta un debilitamiento estratégico inédito y esencial. Incluso otras figuras carismáticas parecen suspendidas en una temporalidad que ya no es la suya. La política libanesa se asemeja a un teatro en el que los actores de ayer siguen recitando sus papeles mientras el público ha cambiado de obra. Estas fuerzas fundaron su legitimidad en un continuum político que ya no existe, tras la desaparición del régimen de Assad y el retorno de Teherán a su dimensión propia.
La verdadera cuestión, por tanto, supera el destino de una sola corriente. Concierne al eterno problema de la renovación de las élites. ¿Quién podria tomar el relevo? ¿Quién podria formular un proyecto que no sea ni la repetición de los compromisos del pasado ni la ilusión de una tabla rasa romántica?
La llegada de un presidente de la República recibido en un primer momento como un deus ex machina, seguida por la designación de un primer ministro elogiado por su probidad y por no pertenecer a las élites tradicionales, generó durante algún tiempo un impulso de entusiasmo que hoy se ha desvanecido, alcanzado por las realidades locales, regionales e internacionales. El mito del salvador tiene larga vida en el Líbano, donde se continúa, por hábito —o incluso por una suerte de servidumbre voluntaria— evitando generar una clase política capaz de asumir una ruptura con los esquemas arcaicos. Y la actual ley electoral, diseñada en términos generales para preservar los equilibrios confesionales más rígidos, funciona como un museo de cera del pasado, en la medida en que impide la emergencia de fuerzas transversales sólidas, de una mayoría parlamentaria capaz siquiera de sostener un programa de gobierno.
En este contexto, el harirismo tiene dos opciones. O bien intentar reconquistar su antiguo estatuto apostando por la nostalgia y por una movilización comunitaria. Esa dinámica todavía existe: el recuerdo de Rafic Hariri, e incluso cierta fidelidad hacia Saad como punto de anclaje en la desolación actual, siguen operando. O bien comprender que debe reinventarse para contribuir a un proyecto colectivo de refundación. La primera vía puede parecer, en apariencia, la más cómoda y segura —pero cuidado con los espejismos—. La segunda es la más arriesgada, porque exige un examen crítico de los errores del pasado y una redefinición de la relación entre economía, soberanía y Estado.
El regreso de Saad Hariri, si se concreta realmente y si las elecciones se celebran efectivamente dentro de los plazos previstos, constituye en ese sentido más que nunca una prueba.
Una prueba para él, en primer lugar: ¿sabrá leer el momento sin equivocarse de época? Una prueba para la clase política, después: ¿comprenderá que el declive casi general de las fuerzas surgidas de la guerra abre un espacio peligroso, donde la ausencia de élites creíbles puede engendrar o bien el caos o bien un nuevo autoritarismo disfrazado de estabilidad? Y una prueba, finalmente, para el electorado. No es solo Hariri quien debe preguntarse “what went wrong”, sino el conjunto de una sociedad-sistema que se reproduce indefinidamente según los mismos tropos —oposiciones diversas incluidas—.
Estas líneas pueden sonar como una dulce utopía de soñador en un mundo fragmentado y en una región altamente sísmica. Y, sin embargo, aunque el cielo todavía no “azulee”, el Líbano se encuentra verdaderamente en una encrucijada y debe elegir entre reajustar el viejo mundo, redistribuyendo las cartas entre actores fatigados, o arriesgarse a una renovación real, más allá de los viejos esquemas destinados a apaciguar las angustias de una pseudo-violencia mimética que no existe sino por los apetitos de poder… de aquellos que pretenden contener, mediante su autoridad de jefes comunitarios, esa misma violencia mimética.
Para que esa renovación sea posible, es necesario que surjan mujeres y hombres creíbles, transparentes, auténticos, mesurados y capaces de portar un proyecto más grande que su comunidad.
El tiempo de las responsabilidades necesita mujeres y hombres para los otros —para todos los otros, sin excepción—. Necesita promover la apertura y la cultura del vínculo en un mundo compartimentado y aterrorizado por la reciprocidad y la alteridad.
Es el único modo de hacer verdaderamente del Líbano, en el siglo XXI, una excepción política y cultural.