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Política

Irán y su guerra indirecta en Sudán (3/4)

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El estrecho de Bab-el-Mandeb, un paso estratégico muy codiciado, está parcialmente controlado por las milicias hutíes proiraníes. (Nasa)
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado feb 6, 2026 - 20:30

La guerra en Sudán, activa desde 2023, ha provocado decenas de miles de muertes y millones de desplazados, con un costo humano particularmente devastador en Darfur, donde la violencia masiva, los asedios y los desplazamientos forzados ya son descritos como de carácter genocida por actores internacionales.

Resulta necesario analizar de forma específica el papel de Irán en el conflicto sudanés, aunque este no se manifieste bajo las formas clásicas de un padrino identificado, un respaldo político explícito o una alianza declarada. Su intervención es más difusa, más indirecta, pero, en muchos sentidos, más estructurante. Teherán no es un actor central del escenario sudanés; funciona más bien como un amplificador estratégico, integrando el conflicto en una arquitectura regional más amplia, dominada por el mar Rojo y por las nuevas formas de la guerra asimétrica.

Desde hace varios años, la estrategia iraní se apoya en un principio constante: ampliar su profundidad estratégica sin exponerse de forma frontal. Esta lógica ya se probó en el Líbano con Hezbolá, en Siria a través del régimen alauita, en Irak mediante las milicias chiíes y en Yemen gracias a las ambiciones hutíes. Se basa, por tanto, en redes, intermediarios locales y transferencias de capacidades más que en despliegues visibles. Sudán, durante mucho tiempo periférico en la cartografía estratégica iraní, va recuperando progresivamente una función dentro de este entramado.

Este regreso se explica, en primer lugar, por la creciente centralidad del mar Rojo. Desde el estallido de la guerra en Gaza y el ascenso de los hutíes en Yemen, el mar Rojo se ha convertido en un espacio de confrontación indirecta entre el eje iraní y las potencias occidentales, así como en un punto de fricción mayor con Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Los ataques contra la navegación comercial, las amenazas sobre las rutas energéticas, los bombardeos con drones y misiles han transformado este espacio marítimo en una prolongación directa de los conflictos de Medio Oriente.

En este contexto, Sudán aparece más como un espacio de profundidad estratégica que como un frente de combate. Su litoral, sus puertos y sus zonas grises de seguridad ofrecen un trasfondo funcional, sin necesidad de una implicación política explícita. Irán no necesita controlar Sudán, ni siquiera contar con un aliado oficial en el país. Le basta con que el Estado permanezca inestable, fragmentado e incapaz de asegurar de forma duradera sus costas y sus infraestructuras.

Desde 2024 se han multiplicado los indicios de un acercamiento táctico entre Teherán y el ejército sudanés. Las acusaciones de entregas de drones iraníes a las Fuerzas Armadas de Sudán, aunque sistemáticamente desmentidas, se inscriben en una lógica ya observada en otros escenarios: la transferencia de capacidades más que la presencia directa. Los drones, por su bajo costo, su flexibilidad y su impacto psicológico, constituyen la herramienta ideal de esta estrategia. Permiten compensar debilidades estructurales sin alterar el equilibrio político interno.

Sin embargo, sería reduccionista interpretar la implicación iraní como un simple apoyo militar puntual al ejército sudanés. Irán no busca salvar al Estado sudanés ni se inscribe en una lógica de estabilización. Lo que le interesa es la desorganización controlada de un espacio marítimo estratégico, que obliga a sus adversarios a dispersar recursos y a multiplicar los frentes de atención. Es una estrategia de subversión que, por lo demás, se ha convertido en una marca distintiva de Teherán en buena parte de Medio Oriente.

Desde esta perspectiva, la guerra en Sudán funciona como un conflicto de saturación. No es un objetivo en sí mismo, sino un elemento dentro de un paisaje conflictivo ampliado, donde cada crisis periférica debilita la capacidad de respuesta global de las potencias occidentales y de sus aliados regionales. Sudán, al igual que Somalia o Yemen, se convierte en un espacio donde la conflictividad resulta tolerable precisamente porque está alejada de los centros de decisión.

Esta estrategia encuentra un eco particular en la transformación contemporánea de la guerra. Los drones, los ataques a distancia y las redes logísticas transfronterizas permiten conducir conflictos de baja intensidad política, pero de altísima intensidad humana. Así, los ataques contra Port Sudan y los bombardeos selectivos sobre infraestructuras sensibles demuestran que incluso las zonas supuestamente seguras siguen siendo vulnerables. Y esa vulnerabilidad es, en sí misma, un mensaje estratégico.

Para Arabia Saudita, esta evolución es especialmente preocupante, en la medida en que la seguridad del mar Rojo constituye un pilar de sus ambiciones económicas, turísticas y geopolíticas. Cualquier inestabilidad prolongada en la ribera africana debilita esa proyección. Irán no necesita desafiar directamente a Riad; le basta con contribuir a un entorno donde la estabilización sea costosa, incierta y políticamente riesgosa.

Para los Emiratos Árabes Unidos, la situación es más ambivalente. Su aproximación indirecta a Sudán, basada en redes y actores no estatales, a veces entra en resonancia con la lógica iraní, sin que exista coordinación alguna. No se trata de una alianza, sino de una convergencia objetiva de métodos: privilegiar la flexibilidad, evitar la exposición directa y aceptar la inestabilidad como un parámetro duradero.

Irán también se beneficia del debilitamiento del marco normativo internacional. En un sistema donde la calificación de genocidio, las sanciones y las condenas ya no producen rupturas estratégicas, los márgenes de maniobra se amplían. La guerra sudanesa se convierte así en un ejemplo más de la normalización de la violencia extrema en la periferia, que beneficia de manera objetiva a los actores interesados en deslegitimar el orden internacional liberal.

Finalmente, es clave subrayar un punto esencial: Irán no tiene ningún interés en una victoria rápida de ninguno de los bandos sudaneses. Una victoria clara del ejército, respaldado por Riad y El Cairo, fortalecería un eje hostil. Una dominación total de las RSF, apoyada en redes emiratíes, produciría otro tipo de consolidación regional. El interés iraní reside en la zona intermedia, en la prolongación de un conflicto que impide cualquier recomposición estable. Jugar con las contradicciones de los demás garantiza, por defecto, una victoria para Teherán. Así, el papel iraní en la guerra sudanesa no se mide en kilómetros cuadrados conquistados ni en declaraciones oficiales. Se lee en la duración del conflicto, en su capacidad de inscribirse en un continuo regional de crisis y en la forma en que contribuye a transformar el mar Rojo en un espacio de tensión permanente.

Sudán, en esta lectura, no es ni un aliado ni un enemigo. Es solo un vector; un espacio donde la guerra, despojada de toda finalidad política, se convierte en un instrumento más de la rivalidad estratégica global. El cinismo de la realpolitik llevado al extremo.

Leer también sobre el mismo tema:

Colapso de Sudán: la guerra por la guerra (1/4)
Mar Rojo, Golfo y Cuerno de África: la regionalización del conflicto sudanés (2/4)

Próximo artículo: Guerra en Sudán: escenarios, falsos acuerdos y callejones estratégicos sin salida (4/4)

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