
Más allá de la controversia política y mediática generada por el contenido del acuerdo entre Estados Unidos e Irán, el desarrollo de los acontecimientos muestra ahora con claridad que nuevas dinámicas están tomando forma en la región. Su principal denominador común podría ser pasar página del profundo y antiguo conflicto entre Washington y Teherán para establecer una gestión basada en parámetros diferentes a los que prevalecían hasta ahora. Es en esta perspectiva que se explica la insistencia iraní en “poner fin al estado de guerra entre los dos países”. El directorio iraní demostró un gran pragmatismo al aceptar sentarse en la mesa de negociaciones directas apenas unas semanas después del asesinato del Líder Supremo, el ayatolá Ali Jamenei, cuya autoridad moral, religiosa, política y militar ocupaba un lugar central dentro de la República Islámica. De esta manera rompía con una doctrina que había moldeado su política durante más de cuarenta y cinco años, desde el triunfo de la revolución islámica en 1979, la llegada del imán Jomeini al poder, la definición de los fundamentos ideológicos del régimen y de la exportación de la revolución, así como la designación permanente de Estados Unidos como el “Gran Satán”.








