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Opinión

Acuerdo marco: la victoria del Estado frente al caos

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Por Jad Akhawi
Publicado jun 27, 2026 - 21:07

Cada vez que el Líbano se acerca a un intento serio de reorganizar su relación con su entorno y consigo mismo, resurge un discurso prefabricado que reduce cualquier proceso de negociación a una «rendición». Esta calificación ya no es una simple divergencia política: se ha convertido en un instrumento de bloqueo sistemático de todo proceso que pueda rehabilitar la noción misma de Estado. Más grave aún, sirve para privar al Estado de su propia legitimidad cada vez que ejerce su papel natural: negociar y tomar decisiones.

El acuerdo marco propuesto no es una rendición. Todo lo contrario: constituye un avanzado intento de reintegrar al Líbano en el círculo de los Estados que toman sus decisiones soberanas exclusivamente a través de sus instituciones, y no mediante centros de poder paralelos o ajenos al Estado.

Primero: negociar no es ceder, es ejercer la soberanía

Los Estados no se miden por sus eslóganes, sino por su capacidad de gestionar los conflictos mediante las herramientas de la política, en lugar de dejarse arrastrar hacia la explosión. La negociación, en su esencia, no es una señal de debilidad, sino una de las formas más elevadas del ejercicio del poder político cuando se pone al servicio de la estabilidad y de la prevención de la guerra.

El acuerdo marco parte de un principio fundamental: poner fin al estado de conflicto mediante un proceso de negociación directa bajo auspicio internacional. No se trata de un «dictado externo», como algunos pretenden hacer creer, sino del reconocimiento de que las crisis complejas no pueden resolverse únicamente desde dentro, especialmente cuando los equilibrios están profundamente desequilibrados.

Quienes afirman que el simple hecho de sentarse a una mesa de negociación constituye una rendición rechazan, en realidad, el principio mismo de la política, y reducen el Estado a un eslogan en lugar de a una acción concreta.

Segundo: el Estado recupera su papel… no renuncia a él

Uno de los ejes principales del acuerdo consiste en reforzar la capacidad del Estado libanés para ejercer plenamente su autoridad en materia de seguridad. No se trata tanto de una exigencia externa como de la esencia misma de cualquier Estado normal.

El monopolio de las armas por parte del Estado no es una cláusula negociable: es una norma constitucional. Lo que se requiere en este marco es:

  • unificar la toma de decisiones en materia de seguridad dentro de las instituciones legítimas;

  • poner fin a la dualidad del poder armado;

  • consagrar el principio de que solo el Estado tiene la última palabra en materia de guerra y paz.

¿Cómo pueden quienes reclaman un Estado fuerte considerar el fortalecimiento del Estado como una «rendición»? Se trata de una contradicción política que no resiste ninguna lógica institucional.

Tercero: el discurso de la «rendición» esconde el rechazo al Estado, no al acuerdo

El discurso que califica el acuerdo de rendición no debate sus cláusulas. Rechaza el principio mismo de la existencia de un Estado capaz de tomar sus propias decisiones soberanas.

El problema no radica en el acuerdo, sino en el rechazo a la idea de que:

  • el Estado es la única referencia en materia de armas;

  • el Estado es quien negocia en nombre de todos;

  • el Estado es quien define el marco de seguridad y político.

Así, calificar el acuerdo de rendición no es más que un revestimiento retórico destinado a impedir que el Líbano pase de la lógica de las fuerzas paralelas a la del Estado único.

Cuarto: la lógica de la «resistencia absoluta» no construye un Estado

El Líbano ha pagado el precio de décadas marcadas por una lógica según la cual todo acuerdo es una concesión, toda negociación una derrota y toda apertura una traición. El resultado es evidente: un Estado debilitado, una economía agotada y una sociedad dividida.

Los Estados no se construyen sobre el rechazo permanente, sino sobre la capacidad de:

  • gestionar los equilibrios;

  • reducir los riesgos;

  • obtener los logros posibles en lugar de perderlo todo.

El acuerdo marco, con toda su complejidad, responde a esta misma lógica: transformar un conflicto abierto en un proceso que pueda gestionarse y encauzarse.

Quinto punto: ¿dónde está la rendición? ¿En perpetuar el caos o en ponerle límites?

La verdadera pregunta no es si el acuerdo constituye o no una concesión, sino esta: ¿debe el Líbano permanecer en un estado de conflicto permanente e incontrolado, o avanzar hacia un proceso progresivo de organización política y de seguridad?

La verdadera rendición no reside en la negociación, sino en:

  • el bloqueo del Estado;

  • la consolidación de una doble cadena de mando;

  • mantener al país rehén de los riesgos de una guerra abierta.

El acuerdo, por su parte, representa un intento de romper ese círculo vicioso, no de perpetuarlo.

Sexto punto: el argumento del «desequilibrio» no elimina la necesidad del Estado

Se afirma que el acuerdo no es equilibrado. Pero incluso ante desequilibrios, la alternativa no es el rechazo, sino la negociación para mejorar las condiciones.

El Estado no se construye replegándose, sino comprometiéndose. La soberanía no se recupera abandonando la mesa, sino imponiendo la propia presencia en ella.

Lo que importa, en última instancia, no es solo la forma del acuerdo, sino si este fortalece o debilita la capacidad del Estado. Y todas las cláusulas que aluden al monopolio de las armas por parte del Estado, a la unificación de la toma de decisiones en materia de seguridad y a la reconstrucción de las instituciones apuntan en una sola dirección: fortalecer el Estado, no desmantelarlo.

En definitiva, el Estado no es una rendición… es todo lo contrario

Lo más peligroso del discurso que ataca el acuerdo tildándolo de «rendición» es que invierte los conceptos: convierte al Estado en un adversario y al caos en una postura soberanista.

Sin embargo, la verdad es clara y sencilla: la rendición se produce cuando el Estado es incapaz de serlo. Cuando comienza a recuperar sus decisiones, sus instituciones y su autoridad, eso no es una rendición… es el inicio de la salida de la rendición.

El Líbano se encuentra hoy ante dos opciones, sin una tercera vía: o un Estado que negocia, decide y construye su futuro, o un estado permanente de negación que solo produce colapso.

El acuerdo marco, independientemente de las divergencias en torno a sus detalles, representa un paso hacia el Estado. Y quienes se oponen a él calificándolo de «rendición» no se oponen solo a un acuerdo… se oponen a la idea misma del Estado.

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