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Un Ojo sobre el evento

El Líbano, el proyecto iraní y la autocrítica inacabada

Una lectura de la última obra de Mohammad Ali Mokalled

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Foto: Anwar AMRO/AFP
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Publicado oct 19, 2026 - 03:17

El texto que sigue es la traducción de un encuentro-debate en torno al libro del Dr. Mohammad Ali Mokalled “El fin de Hezbolá y de todos los fundamentalismos”, celebrado en el marco de la Feria del Libro de Beirut. El autor del texto, nuestro colaborador Hisham Dibsi, aprueba y valora el ejercicio de cuestionar las ideas asumidas con el fin de corregir la interpretación de la historia. En este sentido, aprecia el método que emplea el autor, Mohammad Ali Mokalled, en la investigación histórica y política.

 

En el Líbano, el cuestionamiento crítico de las relaciones con el Estado, la sociedad y la violencia no debe comenzar por examinar la experiencia del otro, sino por el papel de uno mismo y, después, el de su partido, sin olvidar la crítica al entorno social que le sirvió de marco y de apoyo.

Considero que este enfoque es el más adecuado para el caso libanés, dadas sus particularidades políticas y las que atañen a la naturaleza misma de su entidad nacional.

 

Esta convicción se ve reforzada por el hecho de que el Líbano figuraba entre los Estados de apoyo en el conflicto árabe-israelí, y no entre los Estados de confrontación, aunque pertenecía a los llamados países “del frente” (دول الطوق), según la terminología nasserista utilizada antaño en el mundo árabe.

En este contexto, el Líbano se había librado de la ocupación de parte de su territorio tras la guerra de junio de 1967 y no estaba incluido en la resolución 242 de las Naciones Unidas, que sigue siendo hasta hoy la base de los acuerdos árabe-israelíes.

 

Sin embargo, este país sufrió las consecuencias catastróficas de la derrota de junio de 1967 más que los Estados directamente implicados en la confrontación, y sigue pagando el precio de políticas que le son ajenas.

En 1969, se vio obligado a firmar el Acuerdo de El Cairo con la Organización para la Liberación de Palestina (OLP).

Después vivió una guerra civil que no dejó indemne a ninguno de sus participantes, ni adversarios ni aliados. El dictador sirio Hafez al-Asad y, posteriormente, su hijo ejercieron una tutela violenta y criminal, con el beneplácito de la Administración estadounidense y de Israel, durante un período equivalente a casi la mitad de la historia del Líbano independiente.

 

Luego llegaron a Baalbek los primeros efectivos de la Guardia Revolucionaria iraní, que acabaron convirtiéndose en un partido que ocupa todos los vacíos posibles y que, cuando la situación libanesa lo exige, crea él mismo ese vacío.

Su influencia terminó por rebasar las fronteras del Gran Líbano y extenderse hasta los confines de Oriente Medio, así como entre la diáspora libanesa en todo el mundo.

 

También considero que cualquier revisión verdaderamente útil de la historia exige aportar pruebas procedentes de los archivos. La verdad que salga a la luz será la base sobre la que podrá construirse un nuevo enfoque histórico.

Sin embargo, en el Líbano se ha asesinado sistemáticamente a dirigentes políticos, investigadores y periodistas por el mero hecho de tener algún vínculo, del tipo que fuera, con la verdad. Ni siquiera se ha perdonado la vida a simples obreros y trabajadores, por temor a que algún día pudieran dar testimonio de lo que sabían al estallar un conflicto de gran envergadura.

 

La magnitud del problema de la violencia y de sus relaciones con el Estado y la entidad nacional va mucho más allá de lo que suele decirse al respecto y no tiene equivalente en los demás países de la región. Por eso considero que los partidos del Movimiento Nacional Libanés y sus élites nunca han elaborado una crítica a la altura de esta problemática propia del Líbano.

 

Toda crítica moldeada en función de necesidades e intereses políticos inmediatos no es una verdadera crítica. Se trata, más bien, de instrumentalizar una crítica parcial al servicio de objetivos concretos. Esto se asemeja a disculpas meramente formales destinadas a permitir que continúe el diálogo, o a reconciliaciones de conveniencia basadas en beneficios inmediatos y limitados, salvo contadas excepciones que no hacen sino confirmar la regla.

 

Pues la mayoría de los análisis críticos publicados contienen tantas lagunas y justificaciones que terminan por vaciar, parcial o totalmente, de sentido y de función el cuestionamiento. Si este no se basa en un reconocimiento sincero y profundo de las responsabilidades, hacer acto de contrición no sirve de nada ni permitirá abrir el camino a soluciones nuevas e innovadoras en una realidad compleja, mientras el Líbano sigue atravesando, hasta hoy, momentos oscuros.

 

Al leer el libro del doctor Mohammad Ali Mokalled, encontré varios puntos de coincidencia, en distintos grados, con esta reflexión introductoria. Aunque estoy convencido de la sinceridad de su planteamiento y de sus posiciones, lo que aquí se cuestiona es el método, no la persona del autor, por quien siento afecto y respeto.

En efecto, forma parte de esa exigua minoría que ha tenido el valor de ejercer la crítica y someterse a un riguroso cuestionamiento personal y colectivo, a diferencia de quienes siguen encerrados en sus certezas e inamovibles en sus convicciones, ya sean de derechas o, entre mis amigos, de izquierdas.

 

Los objetivos del proyecto y la lógica de los intereses iraníes

 

Al examinar los análisis y las posturas críticas, se observa que se han centrado más en los errores y problemas acumulados durante la evolución de Hezbolá en el Líbano que en una crítica de fondo y un cuestionamiento del proyecto regional iraní, desde la perspectiva de su profunda contradicción con los intereses árabes en general y con los intereses nacionales de cada país, especialmente los del Líbano en primer lugar y, después, los de Palestina.

 

En efecto, la revolución contra el régimen del sah se convirtió en el principal criterio de valoración política. Del mismo modo, las consignas contra Estados Unidos e Israel constituyeron un punto de encuentro con las fuerzas de liberación, revolucionarias y de izquierdas, tanto en el Líbano como en Palestina.

Esta convergencia vino acompañada del auge de una amplia oleada populista que impedía cualquier reserva o muestra de frialdad ante aquella victoria que había derrocado al régimen del sah, ampliamente detestado en nuestros países.

 

En el caso palestino, la luna de miel aún no había terminado cuando ya eran evidentes las divergencias entre el guía Jomeini y el dirigente Yaser Arafat. Estas se sustentaban en una fractura fundamental entre la revolución islámica y la revolución nacional.

En otras palabras, surgían del rechazo de Yaser Arafat a cualquier forma de subordinación o tutela sobre la autonomía de decisión palestina, un principio que resume y expresa claramente la lógica del interés nacional palestino.

 

Este modelo no se impuso en el Líbano, ni entre las fuerzas de izquierdas ni entre las de derechas que enarbolan abierta y directamente la bandera de la defensa de la independencia libanesa, incluidos algunos dirigentes de la Revolución del 14 de Marzo.

Sin embargo, contamos con ejemplos, posturas y políticas que dan fe de esa incapacidad para defender una concepción coherente del interés nacional libanés. Varios actores de primer orden han sido responsables de ello. Entre los principales ejemplos figuran:

 

En primer lugar, la prolongada política de Hezbolá encaminada a eliminar a las demás fuerzas, liquidar a figuras de los partidos y a personalidades chiíes laicas, e intentar apartar al movimiento Amal.

En segundo lugar, la profunda división entre las fuerzas del 14 de Marzo y las del 8 de Marzo, que acabó desembocando en un matrimonio de intereses particulares, plasmado en la Alianza Cuatripartita. No hace falta describir las consecuencias de este proceso para el Estado libanés, que quedó incapacitado para desempeñar su papel en la definición y aplicación de una política basada en el interés nacional, situación que se prolongó hasta el mandato del presidente, el general Michel Aoun.

Por tanto, cuando fallan las fuerzas que deberían definir el interés nacional libanés, la crítica pierde toda base que le permita producir resultados tangibles.

Queda reducida a una mera polémica mediática entre defensores y detractores, como constatamos a diario en los canales de televisión, las plataformas digitales y las redes sociales.

 

La problemática del Estado y la violencia

 

De “Hezbolá, los vencedores” (la fórmula coránica) a la “Resistencia Islámica” y, después, simplemente a la “Resistencia”, estos cambios de denominación están cargados de significado.

Se corresponden con el paso de la fase fundacional y de afirmación de una identidad particular a la constitución de un “frente de resistencia islámica” con fuerzas que comparten la misma ideología, hasta llegar a una fase de dominio, control y ampliación de las alianzas a los laicos y a las fuerzas de izquierda.

Así, el término “resistencia” se ha convertido en una palabra clave, en una noción que algunos ya ni siquiera pueden cuestionar en el plano puramente terminológico.

 

En este contexto, no veo de qué le sirve al doctor Mokalled afirmar: “Estoy de acuerdo con el principio de la resistencia, pero discrepo en los métodos”.

Tampoco creo que una crítica centrada en un aspecto concreto, acertada o no, pueda afectar a Hezbolá o debilitarlo mientras se plantee en su propio terreno.

No se trata de un error del doctor Mokalled, sino de una grave equivocación cometida por los principales partidos políticos de la coalición del 14 de Marzo y sus dirigentes durante los primeros años.

 

En efecto, su crítica al proyecto de Hezbolá nunca llegó a cuestionar sus vínculos con el proyecto regional iraní ni el papel que desempeña en él.

Al contrario, sellaron con él la “Alianza Cuatripartita” en las elecciones que siguieron a la retirada siria de 2005 y adoptaron la fórmula predilecta de Hezbolá: “Ejército, pueblo y resistencia”.

 

A partir de ese momento, Hezbolá impuso su ritmo a la vida política y al funcionamiento del Estado libanés, mientras que los demás actores se mostraron incapaces de trazar un rumbo independiente para sus políticas partidistas o estatales.

Pese a su considerable influencia popular y a sus relaciones en el mundo árabe y en el ámbito internacional, se limitaron a bailar al son de Hezbolá. Pagaron el precio de esas políticas a cambio de mantenerse en el poder y en la escena pública.

 

Lo anterior puede resumirse en la incapacidad de las fuerzas soberanistas libanesas para criticar el recurso a la violencia al margen de las instituciones del Estado.

Esta incapacidad no se limita al período reciente. Tiene sus raíces en los acontecimientos que siguieron a la guerra de junio de 1967, el Acuerdo de El Cairo y el Acuerdo del 17 de Mayo, todos ellos puntos de inflexión decisivos.

 

Una “provincia” muy particular

 

El término persa “ostán” significa “provincia”. Desde el principio, el proyecto iraní manifestó claramente su ambición de exportar la revolución al mundo islámico y, en particular, a la comunidad chií.

También era evidente que las actividades de la Guardia Revolucionaria en el Líbano estaban vinculadas al conflicto político entre Teherán y Washington.

Por tanto, el establecimiento de una sólida base militar en el Líbano, bajo la consigna de la lucha contra Israel, ofrecía a Teherán una ventaja excepcional: acercarse tanto a las fronteras israelíes como al mar Mediterráneo.

 

Dado que la composición de la sociedad libanesa no permitía instaurar un régimen islámico en el Líbano, contrariamente a lo que proclamaban los partidarios del wilayat al-faqih (gobierno del jurisconsulto), la construcción de una “provincia” iraní sustentada en la presencia demográfica y territorial chií constituía la opción viable y, a la vez, la más acorde con el riguroso pragmatismo de Teherán.

Eso es lo que el proyecto iraní comenzó a materializar desde Baalbek y los suburbios del sur de Beirut, antes de extenderse a todo el territorio situado al sur del río Awali, y no del Litani.

Cualquiera que siga esta evolución, conozca sus mecanismos y observe la magnitud de la estructura construida en sus dimensiones política, económica, militar y de seguridad comprende que ya no se trata simplemente de la participación de un partido en un Estado, sino, en realidad, del dominio de un partido sobre un Estado.

 

Hoy es fácil sostener este discurso. Pero quienes lo expresaban en la década de 1980 eran considerados entonces traidores o partidarios de la capitulación.

Resulta indispensable detenerse aquí en la naturaleza de las actividades militares y las operaciones de seguridad llevadas a cabo por Hezbolá.

En sus inicios, estas incluían tomas de rehenes, operaciones contra instalaciones estadounidenses y francesas, así como acciones para eliminar a rivales y hacerse con el control de la escena interna.

 

Posteriormente, los enfrentamientos con las fuerzas del Ejército del Sur del Líbano continuaron hasta la retirada israelí de mayo de 2000.

Entramos entonces en un período de seis años dominado por la cuestión de las “granjas de Shebaa”, hasta el secuestro de soldados israelíes en julio de 2006, destinado, según esta interpretación, a reforzar la posición negociadora de Irán frente a Washington en torno a su programa nuclear.

Esta operación desencadenó una guerra catastrófica, calificada de ”victoria divina”, que desembocó en la adopción de la resolución 1701.

Por último, las reglas de enfrentamiento se mantuvieron hasta el inicio de las operaciones limitadas de apoyo y, después, de las llevadas a cabo para vengar al líder supremo. Las consecuencias de estos acontecimientos son hoy conocidas.

 

Todo ello confirma que la mayor parte del poderío militar desarrollado por Hezbolá se utilizó en los escenarios internos libanés y sirio, así como en el regional.

Esto demuestra que ese aparato militar servía fundamentalmente a los intereses iraníes, y no a los del Líbano como patria. Los propios implicados se jactan de ello.

Por tanto, no exageraba cuando afirmaba que se había construido una provincia iraní en el Líbano.

 

En conclusión

 

1. Puede afirmarse que Irán logró una victoria sobre los árabes en la pugna por atraer a una parte de la comunidad chií y desvincularla de su lealtad a sus respectivas patrias, en el marco de la doctrina del wilayat al-faqih.

 

2. Irán también consiguió apostar por el islam político suní, en sus distintas vertientes, e instrumentalizarlo al servicio de sus intereses superiores.

 

3. Irán logró infiltrarse en las corrientes nacionalistas y de izquierda y forjar con ellas alianzas que le resultaban beneficiosas, apoyándose en consignas generales hostiles a Israel y Estados Unidos.

 

4. Gracias a alianzas no declaradas con Washington, así como con capitales árabes y de otras partes del mundo, Irán logró llevar su proyecto imperial a su máxima expresión, hasta el punto de jactarse de controlar cuatro capitales árabes.

 

5. El estallido de las relaciones entre Irán y Estados Unidos, en su nueva configuración durante el actual mandato de Donald Trump, provocó una conmoción estratégica que obligó al proyecto regional iraní a pasar de una fase ofensiva de expansión estratégica a una postura de defensa estratégica, acompañada de una retirada forzosa de algunas posiciones, especialmente en Siria.

 

6. Sin embargo, no se puede afirmar que el régimen iraní, en Teherán, haya llegado al punto de capitular. Sigue intentando ganar tiempo, mientras la política estadounidense continúa oscilando entre una estrategia de contención y una política de derrocamiento del régimen.

 

7. Aún es prematuro hablar del fin de este proyecto en Irak, Yemen y el Líbano, mientras la Guardia Revolucionaria siga llevando las riendas del poder en Teherán.

 

8. Afirmar que los fundamentalismos están llegando a su fin en el sentido histórico del término es una cuestión que merece debatirse. En cambio, hablar de su desaparición sobre el terreno apenas tiene sentido a corto plazo.

 

9. Los períodos de transición que preceden al surgimiento de un nuevo orden no deben considerarse necesariamente breves. Por el contrario, pueden durar varios años, mucho más de lo que prevén los modelos teóricos.

 

Por último, las leyes objetivas, independientes de la voluntad humana, parecen a veces burlarse de nosotros y obligarnos a pagar un precio que las poblaciones no están en condiciones de soportar, como ocurre hoy en Palestina, Yemen, Irak y el Líbano.

Por eso es indispensable estudiar nuestra situación y profundizar, una y otra vez, en el análisis de nuestros problemas, por amargos que sean, para lograr definir una perspectiva útil de cara al futuro.

Una perspectiva que pueda contribuir a poner fin a la violencia descontrolada en nuestros países y a reconstruir una sociedad y un Estado dignos de las generaciones futuras.

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