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Un Ojo sobre el evento

Las Torres Gemelas - Manhattan hoy

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Por Hisham Dibsi
Publicado sep 15, 2026 - 16:54

¿Qué habría pasado si Woody Allen hubiera estado presente este año en la conmemoración de la caída de las Torres Gemelas? Habría pensado, observado y escuchado. Habría mirado a Bill Clinton, quien en su momento anunció la teoría de la Tercera Vía para el nuevo milenio, mientras los ojos de George W. Bush quizá se cerraban ante la escena de la invasión de Irak, y Obama, el salvador de piel oscura, pasaba de una política a otra con una soltura que no desmerecía frente a su agilidad física. A su lado, Joe Biden quizá habría dormido de pie, con el rostro marcado por la tristeza, la vejez y el aburrimiento, como una copia que ya no se parece al original.

Creo que Allen habría observado con más atención que nadie al recién llegado a la alcaldía, Zohran Mamdani, intentando entender cómo irrumpió en escena desde fuera del círculo de presidentes sentados en la primera fila. ¿La ciudad se lo permitió en uno de esos descuidos de la historia, o es él quien encarna la nueva voz de Nueva York? ¿Y por qué es tan distinto de los presidentes presentes, además de su fuerte enfrentamiento con el presidente Trump, quien eligió estar solo en el Pentágono para conmemorar este aniversario?

Quizá la escena habría llevado a Allen a explorar la compleja relación humana con la estructura de esta gran ciudad, su papel económico, político, científico y cultural, la inmensidad de lo que ofrece y también de lo que arrebata a la vida de sus habitantes. Él, que ama la ciudad, critica a su élite y siente afecto por la gente común.

Quizá habría percibido de otra manera el equilibrio de esa escenografía formada por los estanques oscuros del memorial, por el agua que se va y no regresa, que sigue desapareciendo como si convocara las almas de las víctimas del terrorismo y sus gritos.

Quizá habría dicho: basta. Hay que reconstruir las Torres Gemelas, pero no solamente con luz, para avanzar hacia un futuro capaz de sanar al mismo tiempo el corazón y la mente.

Pero quizá también habría coincidido con las élites de la ciudad en la necesidad de conciliar el deber de no olvidar con la necesidad de renacer. Porque el alcance de todo esto ha ido mucho más allá de una ciudad que acoge en su seno a personas de todos los pueblos y tribus de la Tierra.

Una ciudad que hasta hoy conserva un lugar central en la toma de decisiones a escala mundial. Sin esa identidad, Zohran Mamdani no habría estado en la segunda fila detrás de los cuatro presidentes, contemplando con fascinación a Barack Obama, quien antes que él había protagonizado la gran irrupción hasta la cima del poder. Sin esta ciudad, Mamdani no habría podido desafiar al presidente Donald Trump y vencerlo en su propio bastión.

La escenografía de la conmemoración anual vuelve a abrir el debate sobre nuevos enfoques y una nueva lectura de un cuarto de siglo de conflicto global. Enfoques que exigen, ante todo, sacar a la luz los hechos para poder recuperar cierto equilibrio. Porque el impacto de las Torres Gemelas sigue enviando sus réplicas por todo el planeta cada día, mientras la violencia no deja de intensificarse y sigue recibiendo como respuesta nada más que mayor violencia. Y, aun así, puede decirse que Manhattan está mejor hoy.

Riad

En Washington, los presidentes siguen repitiendo, con motivo de los atentados del 11 de septiembre y junto con el público, el juramento según el cual: “Nunca olvidaremos, jamás, y por eso combatimos”, y: “No tenemos opción, no podemos sino vencer” al terrorismo y a los terroristas.

Y éstos no son solamente Osama bin Laden, cerebro de los atentados, ni Khalid Sheikh Mohammed, su principal planificador, detenido desde hace veintinueve años y todavía en espera de juicio ante la justicia estadounidense, ni el puñado de atacantes suicidas, la mayoría de ellos de nacionalidad saudita. Más bien, se convirtieron en un rótulo bajo el cual quedó englobada una serie interminable de políticas, decisiones y medidas que cambiaron, de una vez y para siempre, a la nación estadounidense, a las instituciones del Estado y a todos los centros de poder político, económico, militar y de seguridad, además de los medios de comunicación.

Desde aquel momento funesto hasta hoy, y con esta profunda transformación del aparato del Estado estadounidense, o de lo que suele llamarse el Estado profundo, el mundo también estaba destinado a cambiar. Arabia Saudita, a su vez, tuvo que absorber ese impacto global por ser el país cuya nacionalidad tenían la mayoría de quienes atacaron los símbolos del poder estadounidense y le asestaron un golpe devastador.

En aquel momento, el príncipe Abdullah bin Abdulaziz era príncipe heredero. Él y los pilares de la familia real en Riad comprendieron que lo que estaba ocurriendo no era un simple incidente de seguridad. Su comunicación con el presidente George W. Bush no tenía como objetivo demostrar la inocencia del Reino, sino determinar cómo afrontar las consecuencias de un acontecimiento capaz de sacudir los cimientos de la alianza estratégica entre Washington y Riad.

Por ello, en uno de sus discursos, el entonces príncipe heredero Abdullah afirmó: “No se puede responsabilizar a toda una religión o a todo un pueblo por la acción de un grupo extremista”, y llamó también a formar una “coalición contra el terrorismo” para golpear con mano de hierro.

Posteriormente asistimos a una serie de iniciativas políticas, culturales, sociales y militares, entre las que destacó la “Iniciativa de Paz Árabe”, lanzada en Beirut en 2002.

Las políticas sistemáticas impulsadas por el actual príncipe heredero pueden remontarse a aquel momento, al impacto de las Torres Gemelas que golpeó a Washington y Riad por igual.

Sin embargo, esto no explica ni significa que las políticas estadounidenses que hemos visto durante las últimas dos décadas hayan sido correctas o legítimas simplemente por haberse basado en los acontecimientos del 11 de septiembre.

Derramamiento de sangre

Nadie se opuso cuando se formó la coalición internacional contra el terrorismo y Washington decidió atacar al gobierno talibán que había dado refugio a Al Qaeda. Lo mismo ocurrió con operaciones posteriores que terminaron extendiéndose por la mayoría de los continentes.

Durante mucho tiempo, la definición de “terrorismo” fue precisa y clara, sustentada en información de inteligencia y en determinados patrones de conducta armada, ya se tratara de grupos, individuos o Estados patrocinadores del terrorismo. Pero aquí comienza otro problema, que ya no tiene que ver con actos terroristas directos: la ampliación del concepto de “terrorismo” y la designación de “Estados patrocinadores del terrorismo”, algo todavía más peligroso.

El principio de la lucha contra el terrorismo se transformó así en un criterio elástico, hecho a la medida de políticas que perseguían otros objetivos. Irán es un ejemplo de ello. No oculta hechos que pueden demostrarse con facilidad y que permiten describirlo como un Estado patrocinador del terrorismo, y sin embargo entró en asociación con Washington para facilitar las operaciones estadounidenses contra el gobierno talibán, algo de lo que algunos comandantes de la Guardia Revolucionaria llegaron a jactarse abiertamente.

Si las razones de esa asociación eran puramente tácticas desde el punto de vista del Pentágono y quizá puedan entenderse en el caso afgano, la asociación entre Estados Unidos e Irán durante la invasión de Irak no puede simplemente pasarse por alto. Ningún experto en seguridad o política dentro del Estado profundo estadounidense puede justificarla. Esto quedó claro más tarde a través de todo lo que rodeó la invasión de Irak y sus consecuencias catastróficas, que pueden resumirse en un inmenso baño de sangre. Los datos y las cifras disponibles apuntan en esa dirección, incluidos reconocimientos estadounidenses, además de los informes independientes.

Algunos llegaron entonces a considerar que Irak había sido el objetivo árabe y musulmán elegido en lugar de Arabia Saudita. Otros vieron en la asociación entre Estados Unidos e Irán durante la invasión de Irak la clave para redibujar el mapa del Gran Medio Oriente, desde Túnez hasta Afganistán.

El curso que tomaron posteriormente los acontecimientos refuerza la credibilidad de esta lectura política. No hace falta enumerar aquí las grandes guerras, las operaciones especiales y los acontecimientos que continúan hasta hoy en Libia, Sudán, Yemen, Siria y Palestina, con el actual conflicto contra el régimen de la Guardia Revolucionaria en Irán en el centro de todos ellos.

Naza

Dejemos ahora de lado la hipótesis de Woody Allen y lo que podría haber dicho sobre Manhattan, y pasemos al documental del que habló la prensa durante el Festival de Cine de Venecia la semana pasada. Fue dirigido por Yuval Abraham y Rachel Shor, ambos israelíes y judíos, y recibió lo que fue descrito como la ovación más larga jamás registrada en un festival de cine, según Emmanuel Levy, corresponsal del sitio “Zman Israel”. Los dos cineastas habrían recibido veinticuatro minutos y medio de aplausos, superando el récord anterior de veintidós minutos tras la proyección de La voz de Hind Rajab.

La razón, según el periodista israelí, es que la película “presenta en detalle los sistemas que subyacen al asesinato masivo y deliberado de civiles palestinos en Gaza por parte del ejército israelí”. Debido a la sensibilidad del tema, “la película fue producida en circunstancias excepcionales… y rodada en absoluto secreto”.

También reveló que “los realizadores tuvieron un acceso sin precedentes a testimonios directos de por lo menos 24 oficiales de inteligencia y soldados que sirvieron en la guerra de Gaza”. Añadió que el título de la película, Naza, es un término utilizado para referirse a los daños colaterales.

Si consideramos que los llamados daños colaterales en Gaza han alcanzado hoy más de 73 mil muertos y 174 mil heridos, mientras que en Irak superaron el medio millón de personas solamente durante la guerra de invasión, entonces es necesario reconsiderar la propia definición de terrorismo, pues éste ha terminado reducido a poco más que derramamiento de sangre.

La pregunta sigue siendo: ¿cómo sanar el trauma de las Torres Gemelas para que finalmente se detenga el derramamiento de sangre?

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