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Strategia

Por qué la caída del régimen iraní vendría desde dentro (2/2)
Por
Khalil Helou
Publicado
jun 8, 2026 - 17:23

En un artículo anterior, analizamos el impacto militar e industrial de la operación conjunta “Epic Fury” y “Rugido del León” sobre las capacidades convencionales iraníes. En esta segunda y última entrega, examinamos los posibles efectos combinados del estrangulamiento económico y la movilización interna que podrían conducir a la implosión del régimen iraní. El bloqueo marítimo ha tomado el relevo de los ataques de febrero-abril de 2026. El bloqueo es una condición necesaria para debilitar al régimen iraní, pero no suficiente. Varios mecanismos explican por qué las sanciones económicas impuestas durante años, sumadas al actual bloqueo marítimo estadounidense y a sus consecuencias, como las interrupciones de las cadenas de suministro y el cese de las exportaciones petroleras, tienen dificultades para provocar por sí solas la debacle de este régimen, que ha demostrado su capacidad de adaptación y se ha reestructurado tras el ataque inicial de decapitación de febrero pasado. Reestructuración militar y pertenencia nacional El mando iraní eliminado fue sustituido por otro fuertemente militarizado. Está claro que el presidente Masoud Pezeshkian, considerado moderado, ha sido marginado y que el poder ejecutivo estratégico está ahora en manos de una junta dominada por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI). En la cúpula, la coordinación está centralizada en el cuartel general Khatam al-Anbiya, que, con nuevas figuras, asegura la rápida reconstrucción de las capacidades de misiles y drones. Para limitar la vulnerabilidad del centro de decisión, la cadena de mando ya no es piramidal, sino más horizontal: los mandos regionales han sido autorizados a tomar la iniciativa y gozan de una mayor autonomía táctica, especialmente para llevar a cabo emboscadas navales y aéreas, así como incursiones de hostigamiento si se cortan las comunicaciones con Teherán. Esta descentralización busca multiplicar los centros de decisión y dificultar los ataques contra la cadena de mando. Además, el régimen impulsa el sentimiento de pertenencia frente a la amenaza externa al estigmatizar a la oposición como un agente extranjero y consolidar la lealtad de su núcleo duro. Debilitamiento de una economía bajo embargo que sigue siendo resiliente La República Islámica desarrolló durante décadas redes y circuitos comerciales paralelos para eludir las sanciones occidentales impuestas desde la década de 1980. Esto incluye mercados negros, empresas pantalla repartidas por todo el mundo y socios geopolíticos como China, Rusia, Turquía e Irak, dispuestos a sortear los embargos. Esto permitió atenuar el peso económico de las sanciones, que redujeron el PIB iraní en aproximadamente un 23 % y provocaron pérdidas estimadas entre 10 y 12 billones de dólares estadounidenses entre 2010 y 2022. Las sanciones y el bloqueo actual continúan golpeando la economía iraní, aumentan las tensiones sociopolíticas internas, limitan su poder regional y reducen su capacidad para financiar a aliados como Hezbolá. Por ello, las sanciones y el bloqueo actúan como catalizadores, no como detonantes de una implosión interna. ¿Cuáles son los factores que acelerarían el colapso del régimen? Cuatro factores derivados de la convergencia entre la actual crisis económica aguda y las fracturas internas podrían constituir puntos de inflexión que conduzcan al derrumbe de la República Islámica. La fractura de los pilares económicos Irán, pese a las apariencias de resiliencia y solidez ideológica, soporta una carga económica muy pesada. El régimen enfrenta la fuerte devaluación del rial, una inflación galopante, el costo de la reconstrucción de infraestructuras, la reconstitución de su arsenal militar y la erosión del poder adquisitivo de los ciudadanos iraníes. Comerciantes, empresarios y trabajadores asalariados convergieron en las protestas de enero pasado, lo que indicaba que la base económica del régimen ya estaba debilitada: caída de los ingresos fiscales, incapacidad para subsidiar bienes esenciales y dificultades de abastecimiento. Hoy la situación es mucho más grave y, con el paso del tiempo, el régimen tendría grandes dificultades para contener a los descontentos únicamente mediante la represión. Las divergencias entre las élites y la presión de los reformistas La República Islámica se apoyaba en una arquitectura política centrada en torno a Khamenei padre y una red de élites interconectadas. Pero hoy es el CGRI quien sostiene las riendas del poder. Frente al desastre económico, ¿qué hará con las facciones reformistas? ¿Cómo gestionará a unas élites cuyas fracturas internas permanecen ocultas por el estado de guerra? ¿Saldrán a la superficie sus divergencias? ¿Qué harán los ocho millones de kurdos, los tres millones de baluches y una parte de los dieciocho millones de azeríes que reclaman autonomía desde hace décadas? La transición abrupta hacia la descentralización de los mandos empuja al régimen a militarizar aún más sus periferias y a aumentar la presión sobre las minorías, justificándolo por el “riesgo de partición del país”, lo que refuerza el cierre de filas de la población persa en torno al régimen. Sin embargo, la destrucción de la economía y de las infraestructuras industriales limita considerablemente su capacidad para comprar la paz social en estas provincias históricamente relegadas. Las deserciones de las fuerzas de seguridad El elemento más decisivo para la supervivencia del régimen seguirá siendo la lealtad de los instrumentos de coerción, especialmente el CGRI, la policía y las milicias populares Basij. Por ahora, estas fuerzas permanecen unidas y disciplinadas. Por lo tanto, pueden contener oleadas de protesta mediante la fuerza y la intimidación. Si unidades u oficiales se niegan a obedecer órdenes, desertan o se ponen del lado de los manifestantes debido, por ejemplo, a interrupciones en el pago de salarios, el descontento popular se transformará en una insurrección y, posiblemente, en una revolución. Por el momento no se han reportado señales precursoras de una situación así, pero el día en que aparezcan los primeros indicios, ello señalaría una crisis en fase terminal. En zonas periféricas como Kurdistán o Baluchistán, la combinación de un profundo malestar social y mandos locales debilitados podría facilitar esta dinámica de fragmentación. La desaparición del miedo colectivo Desde 1979, la República Islámica ha aplastado con sangre cinco grandes oleadas de contestación que cuestionaron los cimientos de la teocracia. Entre ellas destacan las purgas de los primeros años (1979-1988), marcadas por la eliminación de opositores y minorías y culminadas con la ejecución clandestina de entre 3000 y 5000 prisioneros; el Movimiento Verde de 2009, surgido contra la controvertida reelección de Mahmoud Ahmadinejad y reprimido por los Basij, con entre 100 y 150 muertos; los levantamientos sociales de 2017-2018, provocados por la inflación y la corrupción, reprimidos con alrededor de 30 muertos; el “noviembre sangriento” de 2019, desencadenado por el aumento del precio de los combustibles y sofocado con al menos 1500 muertos en diez días; y el movimiento Mujer, Vida, Libertad (2022-2023), surgido tras la muerte de Mahsa Amini y reprimido con munición real y ejecuciones públicas, dejando más de 550 muertos. El más sangriento fue el último levantamiento de enero pasado, que sirvió como detonante indirecto de la intervención militar estadounidense. Durante esta revuelta, las reivindicaciones económicas se transformaron rápidamente en demandas políticas que exigían la caída del régimen. El CGRI, la policía y los Basij reprimieron la revuelta, causando 5000 muertos según las autoridades oficiales y más de 40,000 según las estimaciones más elevadas. El apagón total de internet, instaurado desde el 8 de enero, aisló al país y dificultó la verificación independiente de la información sobre los acontecimientos en curso. Cada una de estas crisis ilustró el recurso sistemático a una violencia estatal desproporcionada para garantizar la supervivencia del régimen. Pero la psicología colectiva no es inmutable. Las generaciones más jóvenes, confrontadas a la violencia recurrente del Estado y a las dificultades económicas, han mostrado señales de erosión del miedo. Cuando la percepción pública cambia por el efecto combinado de la falta de libertades, el descontento sociopolítico y la imposibilidad de satisfacer las necesidades básicas de la vida cotidiana, la movilización puede alcanzar una magnitud crítica y romper el umbral de desaparición efectiva del miedo. Esto tendría un efecto de rápida propagación a través de las solidaridades locales, incluso en ausencia de internet y redes sociales, transformándose en una dinámica de protesta. Para concluir, el bloqueo estadounidense funciona como una olla de presión de cocción lenta: reduce los recursos necesarios para subsidiar la economía, financiar los servicios públicos y mantener la lealtad de las fuerzas armadas. A medida que estas capacidades se agotan, el régimen pierde herramientas materiales cruciales. Pero la caída solo se producirá si, paralelamente, la población persa y las poblaciones étnicas periféricas cruzan ciertos umbrales y/o si fragmentos significativos de las fuerzas de seguridad se desprenden del régimen. En otras palabras, sin un punto de ruptura interno, ya sea un colapso económico combinado con una movilización masiva y/o deserciones militares, el bloqueo seguirá siendo un factor de debilitamiento más que un instrumento definitivo de derrocamiento. Si el punto de ruptura resulta lejano o imposible, quedarán tres alternativas para la resolución de la crisis: que Washington ceda, lo que supondría un debilitamiento de Trump; que Teherán ceda, lo que implicaría el debilitamiento o la caída del régimen; o el regreso a la guerra, para la cual el CGRI y la Marina de Estados Unidos se están preparando. Leer también: Desmantelado pero aún amenazante: Irán después de las operaciones “Epic Fury” y “Roaring Lion” (1/2)

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (8)
Por
Khalil Helou
Publicado
jun 6, 2026 - 12:19

Esta serie de artículos permitirá comprender mejor la situación actual a la luz del pasado, lejos de los discursos apasionados, ideológicos o románticos que pierden de vista las realidades. Corresponde al lector sacar las conclusiones que se imponen. Las siete partes anteriores fueron un análisis de los eventos relativos al auge de Hezbolá desde el Acuerdo de Taëf, hasta la retirada del ejército israelí del Líbano en mayo de 2000, el establecimiento de un Hezboláland en el sur y el desencadenamiento de la guerra de 33 días en julio de 2006, iniciada por Ali Larijani. La guerra de 2006 en Gaza La operación militar transfronteriza "Promesa sincera" de Hezbolá en la Línea Azul tenía un doble objetivo: abrir un segundo frente para aliviar el de Gaza y, sobre todo, desviar la atención del expediente nuclear iraní. La llevada a cabo por Israel contra Gaza en junio y julio de 2006 fue bautizada como "Lluvias de verano" (Summer Rains). Se desencadenó el 28 de junio, exactamente dos semanas antes del inicio de la guerra en el Líbano, tras el secuestro de un soldado israelí, Gilad Shalit, por parte de Hamás el 25 de junio. Fue la primera operación terrestre de envergadura de Israel en el enclave palestino desde la retirada unilateral israelí de 2005, en el marco de un plan denominado "desenganche". Los dos conflictos (Gaza y Líbano) se desarrollaron simultáneamente durante el verano de 2006. La operación "Lluvias de verano" alcanzó su punto culminante el 12 de julio con la entrada del ejército israelí en el centro de Gaza, el mismo día en que Hezbolá atacó Israel, desencadenando una guerra destructiva. En este tipo de contexto geopolítico, las coincidencias son más bien raras. La apertura de los dos frentes simultáneamente fue interpretada por muchos observadores como una maniobra estratégica coordinada entre Irán y Hamás, por un lado, e Irán, Siria y Hezbolá, por otro, para servir los intereses regionales de Teherán. El general Qasem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds en aquella época (asesinado por orden de Donald Trump el 3 de enero de 2020 a la salida del aeropuerto de Bagdad), confirmó años después que él mismo entró en el Líbano vía Siria, desde el inicio del conflicto, para supervisar las operaciones junto a Hasán Nasralá, líder de Hezbolá, asesinado por Israel en septiembre de 2023, e Imad Moghniyeh, jefe militar de esta organización y amigo personal suyo. Este último fue entrenado por oficiales iraníes desde principios de los años ochenta. Con el tiempo, se convirtió en el principal agente de enlace entre Hezbolá e Irán para las "operaciones especiales" en el extranjero. Los expertos subrayan que tenía "un pie en Hezbolá y otro en Irán". Eludía su jerarquía elaborando sus informes y recibiendo instrucciones directamente de la Fuerza Quds. Hablaba persa con fluidez y viajaba frecuentemente con documentos diplomáticos iraníes. Muchos ataques de envergadura que le son atribuidos, como los atentados de Buenos Aires (1992 y 1994) o el apoyo a milicias chiitas en Irak en los años 2000, habrían sido orquestados a solicitud directa de Teherán. "Promesa sincera" El 12 de julio de 2006, Hezbolá atacó una patrulla israelí compuesta por dos vehículos blindados tipo Humvee que circulaba por la carretera que corre junto a la valla fronteriza del lado israelí. Utilizó artefactos explosivos y misiles antitanque para inmovilizar los vehículos. Simultáneamente, lanzó una lluvia de cohetes y morteros contra varias localidades del norte de Israel, así como contra puestos militares israelíes del otro lado de la frontera para saturar las comunicaciones y desviar la atención del mando israelí. Un equipo de comandos de Hezbolá atravesó la valla fronteriza, atacó los Humvees, mató inicialmente a tres soldados israelíes y capturó a otros dos (que posteriormente resultaron muertos). En una segunda fase, otros tres soldados israelíes dentro de los vehículos blindados fueron asesinados durante el intercambio de fuego. Inmediatamente después del secuestro de los dos militares israelíes, un tanque Merkava atravesó la frontera para interceptar a los secuestradores. Sin embargo, saltó sobre una mina de gran potencia colocada por Hezbolá que lo destrozó, matando instantáneamente a los cuatro miembros de la tripulación. Otro soldado israelí fue asesinado por fuego de mortero mientras intentaba recuperar los cuerpos de los tanquistas. Esta operación, llevada a cabo profesionalmente, obligó al gobierno israelí a tomar inmediatamente la decisión de entrar en guerra. Fue el inicio de la guerra conocida como los 33 días. La emboscada había sido preparada durante varios meses por la unidad de élite de Hezbolá, con la ayuda de oficiales del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI). Estos últimos asesoraron al mando de la milicia pro-iraní sobre las tácticas de infiltración que debían cubrirse y camuflarse mediante operaciones de diversión abriendo fuego en varios sectores de la frontera libano-israelí. Los comandos de la milicia comprometidos eran miembros de la unidad entonces llamada «Fuerzas de Intervención» (futura unidad Radwan). Habían sido entrenados por instructores de la Fuerza al-Quds del CGRI en técnicas de emboscada y uso de misiles anticarro. La operación fue dirigida por Imad Moghniyeh, asesinado por el Mossad 3 años después en Siria. Operación «Telaraña de Acero» La represalia israelí resultó en una operación llamada «Telaraña de Acero», en respuesta en particular a un discurso de Hassan Nasrallah pronunciado en el estadio de fútbol de Bint Jbeil, seis años antes, apenas 24 horas después de la retirada israelí del 26 de mayo de 2000. Ese día había presentado a Israel como «más débil que una telaraña». El ejército israelí llevó a cabo una campaña aérea masiva de varios días, dirigida a todo el territorio libanés, antes de lanzar una ofensiva terrestre en el sur del Líbano contra varias localidades. La más importante fue la de Bint Jbeil, ciudad de gran significado simbólico debido al famoso discurso de Nasrallah. Los enfrentamientos más encarnizados tuvieron lugar precisamente allí. Batalla de Bint Jbeil El ejército israelí la rodeó el 24 de julio, es decir, 12 días después del inicio de los combates y la toma de Maroun el-Ras, pueblo adyacente a Bint Jbeil, en el lado sureste. El 25 de julio, un general israelí anunció el control total de la ciudad, mientras que el centro de la ciudad continuaba resistiendo. El 26 de julio, una unidad de la brigada Golani cayó en la emboscada más mortífera del conflicto, en los alrededores de la ciudad. Ocho soldados israelíes fueron asesinados y decenas de otros resultaron heridos. Al no poder asegurar el centro de la ciudad, Israel optó por bombardeos aéreos y artillería, transformando la localidad en un campo de ruinas. Bint Jbeil fue defendida por 150 combatientes incluyendo unidades de la Fuerza Radwan (1) . Atrincherados en búnkeres y túneles, rechazaron varios intentos de avance terrestre con fuego de misiles anticarro y morteros.Los combatientes de Hezbolá, desplegados a lo largo del eje Bint Jbeil-Wadi el Houjeyr, y para sorpresa de los observadores, estaban masivamente armados con misiles de precisión anticarro tipo Kornet, en sus dos versiones, rusa e iraní, y tipo Metis de fabricación rusa, suministrados por Siria e Irán.. Retranchés dans des bunkers et des tunnels, ils ont repoussé plusieurs tentatives de percées terrestres par des tirs de missiles antichars et de mortiers. Les combattants du Hezbollah, déployés le long de l’axe Bint Jbeil-Wadi el Houjeyr, et à la grande surprise des observateurs, étaient massivement armés de missiles de précision antichars de type Kornet, dans leurs deux versions, russe et iranienne, et de type Metis de fabrication russe, fournis par la Syrie et l’Iran. El balance de la batalla de Bint Jbeil, del lado israelí, fue grave: 17 militares muertos, incluidos al menos dos oficiales superiores, y varios tanques Merkava dañados por misiles. Del lado de Hezbollah, fue mucho más grave: 60 muertos, incluido el comandante de operaciones del sector, y la destrucción masiva de infraestructuras y depósitos de municiones. Otra batalla que marcó esta guerra fue la de Wadi el Houjeyr. (continuará) (1) Unidad ofensiva de élite de Hezbollah, especializada en operaciones comando e incursiones en territorio israelí, esta unidad se subdivide en dos grupos: uno con la misión de abrir brechas en la frontera libano-israelí y otro de conquistar puntos estratégicos en el norte de Israel. En uno de sus discursos, Hassan Nasrallah había amenazado con conquistar Galilea, confiando en esta unidad Radwan. Leer sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (7) Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (6) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (5) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (4) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (3) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (2) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (1)

Desmantelado pero aún amenazante: Irán después de las operaciones “Epic Fury” y “Roaring Lion” (1/2)

En este artículo analizamos el impacto militar e industrial de las operaciones Epic Fury (Furia Épica) y Roaring Lion (Rugido del León) sobre las capacidades convencionales iraníes. La próxima semana se publicará una segunda y última entrega que examinará las circunstancias que podrían conducir a la implosión de Irán a mediano o largo plazo. El régimen iraní sufrió pérdidas considerables como consecuencia de la guerra estadounidense-israelí de febrero a abril de 2026. A pesar de estas pérdidas, el colapso de la República Islámica no se produjo y el régimen iraní no mostró ninguna flexibilidad frente a las sanciones y al bloqueo marítimo impuesto por Estados Unidos. La historia y los análisis de numerosos especialistas indican hoy que un régimen autoritario tan arraigado como el de Teherán tiene muchas más probabilidades de ceder a causa de una implosión interna. Esta sería provocada por la combinación de un prolongado estrangulamiento económico y el surgimiento de un nivel crítico de movilización popular. Las sanciones internacionales y el bloqueo naval estadounidense debilitan sin duda los recursos estatales iraníes, pero no son más que catalizadores. La ruptura definitiva ocurre cuando fracturas internas, anteriormente contenidas mediante la represión, se expanden y convergen entre sí (más de 30.000 muertos en enero pasado y más de 50.000 detenciones punitivas y preventivas durante febrero). Volviendo a la guerra estadounidense-israelí de 40 días contra Irán, surgen dos preguntas: ¿cuál es el balance real de las pérdidas militares y económicas de la República Islámica y qué perspectivas se presentan frente al bloqueo estadounidense y unas negociaciones que parecen interminables? ¿Qué queda de la marina iraní? Las dos operaciones militares conjuntas, la estadounidense Epic Fury y la israelí Roaring Lion , desarrolladas entre febrero y abril de 2026, sumaron 20,000 ataques aéreos. Esta cifra representa, en apenas 40 días, el 60 % de los ataques aliados contra el Estado Islámico en Siria e Irak durante un período de cinco años. Los bombardeos estadounidenses e israelíes asestaron un golpe decisivo a la marina regular iraní. Los ataques contra las principales bases de Bandar Abbas y Konarak destruyeron la mayor parte de los grandes buques de superficie: destructores, fragatas y buques nodriza fueron hundidos o quedaron irreparables, privando a Irán de su capacidad naval convencional de alta mar. Este trauma estratégico obliga ahora a Teherán a depender de medios residuales, asimétricos y móviles para defender su litoral y, sobre todo, para seguir representando una amenaza para el tráfico marítimo en el Golfo y el estrecho de Ormuz. Aunque resultó parcialmente afectada, la fuerza submarina conserva cierta capacidad de hostigamiento en aguas poco profundas gracias a los submarinos de bolsillo que sobrevivieron. Los tres submarinos de ataque clase Kilo, de fabricación rusa, fueron alcanzados o hundidos en puerto. También fue destruida en puerto la mitad de los 23 submarinos de bolsillo Ghadir, de fabricación iraní. La flota sobreviviente de estos mini submarinos, entre 10 y 12 unidades equipadas con torpedos y misiles, está desplegada en primera línea en el Golfo y en las proximidades del estrecho de Ormuz. Estas embarcaciones ofrecen capacidades de guerra de guerrillas marítima, incluyendo colocación de minas, lanzamiento de torpedos y operaciones encubiertas desde costas rocosas. Paralelamente, la mayor parte de la marina de superficie del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica logró sobrevivir gracias a su estructura dispersa. Está compuesta por cientos de lanchas rápidas armadas ( Fast Attack Craft ), así como patrulleras ligeras equipadas con misiles (Peykaap II y Houdong). Estas pequeñas embarcaciones de guerra están diseñadas para realizar ataques coordinados en gran número y retirarse rápidamente hacia caletas y ensenadas. Tácticas iraníes en el Golfo y el estrecho de Ormuz La estrategia iraní para atacar buques civiles o militares se basa ahora en submarinos de bolsillo equipados con torpedos y misiles. Sus tripulaciones no superan los siete marinos. También depende de las lanchas rápidas armadas con misiles, conocidas como Fast Attack Craft , con tripulaciones de cuatro o cinco personas, además de misiles antibuque tierra-mar, minas navales y drones de ataque. Aproximadamente el 70 % de los proyectiles antibuque, estimados en varios cientos, permanecen intactos y pueden ser lanzados desde 30 emplazamientos costeros. Se trata de misiles Ra’ad, Noor, Qader y Khalij Fars, todos de fabricación iraní y derivados del modelo chino C-802. Su alcance oscila entre 130 y 360 kilómetros y están instalados en bases móviles ocultas en el interior del país. La capacidad de minado marítimo es relativamente fácil de mantener. Sin embargo, las contramedidas submarinas estadounidenses han permitido despejar varios corredores marítimos en el estrecho de Ormuz, utilizados actualmente cada día por entre 10 y 20 buques comerciales, incluidos grandes petroleros. Las embarcaciones que transitan por estas rutas marítimas apagan sus radares y sistemas de localización, coordinan sus movimientos con la marina estadounidense, que las monitorea mediante radares y las escolta a distancia. Una dinámica similar prevalece en el lado iraní del estrecho. Los drones suicidas tipo Shahed son utilizados como una extensión aérea de los medios marítimos para saturar las defensas estadounidenses y árabes. Decenas de barcos comerciales han sido alcanzados por estos proyectiles. Sin embargo, los ataques iraníes complejos que combinan misiles antibuque y drones no han logrado impactar a los buques de guerra estadounidenses. Estos medios que aún conserva Irán no eliminan la superioridad naval estadounidense. No obstante, son suficientes para generar una inseguridad crónica en el tráfico marítimo y ejercer presión sobre la economía mundial. ¿Y las defensas antiaéreas iraníes? Al mismo tiempo, los ataques masivos de la coalición estadounidense-israelí deterioraron profundamente las capacidades antiaéreas iraníes y abrieron el espacio aéreo del país a los aviones estadounidenses e israelíes. Antes del conflicto, Irán contaba con un sistema integrado de defensa antiaérea basado en capas múltiples de negación de acceso destinadas a impedir la penetración de aviones y misiles enemigos en una amplia porción de Medio Oriente. A comienzos de 2026 existían tres capas complementarias. Una capa de largo alcance sustentada en baterías fijas S-300PMU-2 de fabricación rusa y sus equivalentes nacionales Bavar-373. Esta protegía instalaciones nucleares y centros urbanos a varios cientos de kilómetros de distancia. Una segunda capa intermedia, altamente móvil, incluía sistemas locales avanzados (Khordad-15, Raad y Talash) capaces de amenazar aviones de combate y drones. Una tercera capa, de defensa puntual, proporcionaba protección cercana y continúa haciéndolo gracias a sistemas de corto alcance (Tor-M1 y Pantsir-S1) de fabricación rusa, además de miles de cañones antiaéreos y misiles portátiles lanzados desde el hombro. Todo el sistema estaba coordinado por una red de mando integrada en el complejo del CGRI Khatam al-Anbiya, alimentada por amplias redes de radar terrestres y costeras. Los ataques combinados de Estados Unidos e Israel, mediante misiles antirradiación, bombarderos furtivos B-2 y municiones antibúnker, neutralizaron gran parte de los emplazamientos fijos y de los radares de alerta temprana. La capa de largo alcance y la capa intermedia fueron eliminadas, reduciendo drásticamente la capacidad de detectar aeronaves enemigas e impedir su operación a larga distancia. Como respuesta, Teherán adoptó una doctrina de supervivencia basada en el apagado intermitente de radares para evadir la guerra electrónica enemiga, un mayor uso de sensores ópticos y la dispersión de baterías móviles en zonas montañosas y costeras. Sus unidades llevan a cabo ahora verdaderas “emboscadas aéreas”. Lanzan misiles desde posiciones temporales y se desplazan inmediatamente después. Esta táctica les ha permitido derribar varios drones israelíes y estadounidenses tipo MQ-9. El último fue abatido en mayo de 2026. La pérdida de los sistemas pesados impide a Irán negar su espacio aéreo a los aviones furtivos de la coalición. Sin embargo, su nueva postura sigue siendo peligrosa: mantiene una capacidad efectiva de hostigamiento contra drones y aeronaves que vuelan a baja o media altitud, puede saturar las defensas enemigas y realizar emboscadas esporádicas que obligan a la coalición, por ejemplo, a evitar vuelos por debajo de los siete kilómetros de altitud. La defensa aérea costera también sufrió daños severos: la mayoría de los emplazamientos fijos de largo alcance que protegían Bandar Abbas, Jask y la isla de Kharg fueron neutralizados. Sitios nucleares y complejos industriales militares La ofensiva estadounidense-israelí también dañó gravemente una gran parte de los complejos nucleares de Natanz, Fordo, Parchin e Isfahán, que ya habían sido bombardeados en junio de 2025. Del mismo modo, las instalaciones de producción de drones y la mayoría de los complejos vinculados al programa de misiles balísticos fueron destruidos total o parcialmente. Asimismo, infraestructuras energéticas y civiles críticas fueron bombardeadas, provocando crisis de combustible en las principales ciudades del país. En conclusión, las enormes pérdidas militares, nucleares, industriales y económicas, estimadas en 14 billones de dólares, no han eliminado todas las capacidades asimétricas que permiten a Irán bloquear el estrecho de Ormuz. Sin embargo, el Irán actual se encuentra seriamente debilitado en comparación con el que existía antes de junio de 2025. Sus capacidades nucleares, balísticas, de drones aéreos y de apoyo a sus aliados regionales, especialmente Hezbollah, se han visto profundamente mermadas.

La guerra en Irán: panorama de las posiciones en juego
Por
Khalil Helou
Publicado
may 29, 2026 - 11:27

Tres meses, día por día, después de su inicio, la guerra en Irán parece suspendida, y en los cálculos de Washington y Teherán, la parte contraria terminará cediendo con el factor «tiempo». Aunque todo indica que Irán debería ceder tras su desastre militar y sus pérdidas económicas estimadas entre 1.000 y 1.450 mil millones de dólares estadounidenses, el Cuerpo de Guardias de la Revolución Islámica (CGRI) no cede. No tiene que rendir cuentas a su pueblo, le impide expresarse, ha masacrado al menos a treinta mil personas y encarcelado a unos cincuenta mil en enero pasado. El CGRI ha asegurado así su marco interno, preserva firmemente sus posiciones y continúa coordinándose estrechamente con Hezbolá. Frente a esta fuerza, Israel lanza ataques dirigidos y lleva a cabo una ofensiva limitada al sur del Líbano y en algunas partes de la Bekaa occidental. El estrecho de Ormuz permanece cerrado a la navegación internacional por parte de Teherán, y Washington mantiene su bloqueo sobre los puertos iraníes. A pesar de las negociaciones en curso para desbloquear la crisis, la situación en el Golfo se califica como un punto muerto estratégico. ¿Cuáles son las demandas presentadas por los beligerantes, en qué punto están las negociaciones y —pregunta formulada y reformulada muchas veces— cómo podría terminar esta guerra? La posición de Washington La Administración Trump mantiene sus exigencias, en particular la reapertura inmediata del estrecho de Ormuz y el rechazo a que permanezca bajo control iraní. Exige garantías firmes para la libre navegación internacional. En el asunto nuclear, Estados Unidos exige el cese completo del enriquecimiento de uranio para uso militar y el depósito en garantía, por sesenta días, de las reservas de uranio enriquecido de Irán, en un país tercero de confianza, mientras se negocia un desmantelamiento duradero. Los activos iraníes congelados permanecerían bloqueados mientras Teherán no cediera en todas las demandas estadounidenses. Los Acuerdos de Abraham deberían ampliarse a todos los países del Golfo y el apoyo iraní a Hezbolá debe cesar. Finalmente, el CENTCOM se reserva la posibilidad de llevar a cabo ataques defensivos inmediatos contra cualquier colocación de minas o amenaza directa, como ocurrió recientemente en Bandar Abbas, mientras no se haya firmado un acuerdo definitivo. La posición de Teherán Teherán exige el levantamiento total e inmediato de las sanciones económicas, reclama la devolución de decenas de miles de millones de dólares congelados en el extranjero y desea confiar a Qatar el papel de garante financiero del desbloqueo. Todas las restricciones sobre sus exportaciones de petróleo deberían abolirse. El régimen iraní reafirma su derecho soberano a enriquecer uranio con fines civiles y estaría dispuesto a transferir temporalmente sus reservas altamente enriquecidas a China, sin que esto forme parte de un desmantelamiento definitivo. Exige el reconocimiento pleno de su soberanía marítima sobre el estrecho de Ormuz y desea que la seguridad del Golfo Pérsico sea garantizada exclusivamente por los países ribereños, excluyendo cualquier presencia militar occidental. Teherán exige un cese inmediato de los ataques del CENTCOM y se niega a ratificar un acuerdo mientras estos ataques continúen. Finalmente, el jefe de la diplomacia iraní Abbas Araghchi se niega a vincular un alto el fuego a una normalización de los países árabes con Israel y busca convencer a las monarquías del Golfo de reducir sus lazos de seguridad con Washington. Posiciones de Pakistán y Qatar Las negociaciones están en curso gracias a Pakistán, Qatar y China, pero enfrentan una profunda desconfianza entre Irán y Estados Unidos cuyas declaraciones contradictorias no facilitan una solución. Pakistán alberga desde 1979 la sección de intereses iraní en Washington y, por lo tanto, actúa de facto como intermediario de comunicación entre los beligerantes. Sus más altos responsables coordinan estrechamente los intercambios militares y civiles entre Washington, Teherán y Pekín para preservar la tregua. Qatar, por su parte, se concentra en los mecanismos financieros, en particular en las propuestas para desbloquear fondos iraní congelados a cambio de garantías sobre la seguridad marítima. Posición de China China no asume el papel de mediador de primera línea, dejado a Pakistán y Qatar, sino que actúa entre bastidores como garante estratégico para ambas partes, y garante financiero para Irán. Propone una solución técnica importante: la del stock nuclear. Irán transferiría así su uranio altamente enriquecido a China, ofreciendo a Teherán una salida honorable y a Washington una prueba tangible de un desmantelamiento nuclear a corto plazo, aunque la administración estadounidense muestra recticencia a confiar este control a Pekín. En el plano económico, China es el pulmón financiero de Irán, ya que compra casi el 90 % de su petróleo bajo sanciones. Ha aprovechado este papel de socio económico indispensable para presionar a Teherán a fin de que acepte el cese del fuego del 8 de abril. Para protegerse de la interrupción del tráfico marítimo en el Golfo, que veía venir, China había acumulado reservas colosales de 1.400 millones de barriles de petróleo (suficiente para 6 meses). Esto le permitió negociar sin la urgencia absoluta que afecta a los mercados occidentales. Pekín insiste también en la reapertura del Estrecho de Ormuz, vital para sus importaciones, mientras respeta el discurso pro-soberanía de Irán. Finalmente, China busca reforzar su influencia regional y obtener concesiones estadounidenses sobre Taiwán, a cambio de su papel estabilizador. El arte del trato geopolítico: la estrategia de negociación de Trump En estas negociaciones, el presidente Trump aplica un estilo personalizado y agresivo, una versión geopolítica de su «Art of the Deal», combinando una retórica pública tranquilizadora y una presión concreta sobre el terreno. Por un lado, el optimismo exhibido, afirmando repetidamente un «acuerdo inminente», tiene como objetivo tranquilizar a los mercados y al electorado; por otro lado, operaciones militares selectivas y medidas económicas máximas sirven para obligar a los CGRI a ceder ante las demandas estadounidenses. El jefe de la Casa Blanca privilegia los canales bilaterales con Pakistán y Qatar, así como el diálogo directo con Xi Jinping, imponiendo así su narrativa unilateral sobre los desafíos del conflicto. Su táctica de «sobrecalentamiento» consiste en exigir desde el principio posiciones extremas (cero enriquecimiento, adhesión a los Acuerdos de Abraham) para poder hacer concesiones después y vender compromisos. Finalmente, implica a China, aceptando confiarle el uranio iraní, usándola al mismo tiempo como palanca y fusible. Si el acuerdo tiene éxito, se lleva la gloria; si fracasa, puede denunciar su responsabilidad. La estrategia iraní de negociación asimétrica La estrategia de negociación iraní es lenta, paciente y metódica, basada en una resistencia asimétrica que busca desgastar a Washington. Teherán practica la «diplomacia al borde del abismo» provocando tensiones calculadas (minado del Ormuz, implicación de Hezbollah en una guerra con Israel, ataques contra los Emiratos Árabes Unidos, ataque a buques en el Golfo) para demostrar que el costo de la inacción para Estados Unidos supera el de un compromiso. El régimen iraní explota a sus diplomáticos moderados y a la CGRI para presentar alternadamente flexibilidad y amenazas. Busca fracturar las coaliciones proestadounidenses en el Golfo y reforzar sus relaciones con China y Pakistán para demostrar que no está aislado. Utiliza el tiempo como palanca, alargando los debates técnicos para agotar a Washington, que está bajo una presión política y financiera intensa. Finalmente, la sacralización de la soberanía hace inaceptable toda capitulación pública; por eso se valorizan soluciones técnicas, como la transferencia de uranio a China, ya que resuelven el problema sin que Teherán aparezca como derrotado. Perspectivas Las negociaciones no avanzan y mientras ninguno de los dos bandos haya infligido un golpe lo suficientemente decisivo para quebrantar la voluntad del otro, la guerra se prolongará bajo una tensión medida pero explosiva (bloqueos, cierre del estrecho, ataques intermitentes de intensidad variable), lo que es tolerable para el presidente Trump pero quizás no para Teherán. A partir de ahí, la guerra podría evolucionar de dos maneras: ya sea que Irán ceda con el tiempo, lo que significaría el comienzo del fin del régimen; o que Washington ceda ante ciertas demandas iraníes salvando la cara del régimen, lo que supondría un revés para Trump. El tiempo será el factor determinante que impondrá a uno de los dos bandos un cambio de actitud, de lo contrario prevalecería el tercer escenario: una guerra total devastadora.

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (7)
Por
Khalil Helou
Publicado
may 25, 2026 - 21:36

Esta serie de artículos permitirá comprender mejor la situación actual a la luz del pasado, lejos de los discursos apasionados, ideológicos o románticos que dejan de lado las realidades. Corresponde al lector extraer las conclusiones pertinentes. Las seis entregas anteriores fueron una relectura de los acontecimientos relacionados con el ascenso de Hezbolá desde el Acuerdo de Taif hasta la retirada del ejército israelí del sur del Líbano en mayo de 2000 y la instauración de un “Hezbolistán” en el sur del Líbano. Muerte de Hafez al Assad y crecimiento de la influencia iraní en Siria y el Líbano El 10 de junio de 2000, quince días después de la retirada israelí del Líbano, Hafez al Assad murió de un infarto. Tras su fallecimiento, su hijo Bashar asumió el poder. Bajo su mandato, la Siria baazista se acercó cada vez más a Irán. El país se convirtió en un satélite de Teherán y en una plataforma utilizada por el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) para proyectar su poder e influencia hacia el Líbano, pero también hacia Cisjordania a través de la frontera sirio-jordana. El control de Siria por parte del CGRI fue descrito en enero de 2009 por el exvicepresidente sirio Abdel Halim Khaddam (1984-2005): “Irán está implicado en el corazón mismo del régimen sirio: en sus servicios de seguridad, en sus fuerzas militares, en sus instituciones económicas y en sus mezquitas”. El sur del Líbano: un “Hezbolistán” militar, político y social Tras la retirada israelí de mayo de 2000, el presidente Émile Lahoud rechazó categóricamente desplegar al ejército libanés en la parte sur del país, hasta la frontera con Israel. Con ello, renunció al principio de soberanía nacional y dejó el camino libre a Hezbolá, que rápidamente transformó el sur del Líbano en un bastión multidimensional. La milicia proiraní gobernaba allí como autoridad absoluta bajo la mirada complaciente de las autoridades libanesas y del ejército sirio de ocupación, supervisado por oficiales del CGRI que operaban discretamente en segundo plano. Así, el sur del Líbano se convirtió en un verdadero “Hezbolistán”. En el plano militar, la organización chiita aumentó su arsenal de cohetes de unos pocos miles a aproximadamente 15.000 unidades. Además de los clásicos katiushas, con un alcance de 20 kilómetros y que el grupo proiraní ya poseía, Irán le suministró cohetes Fajr-3, Fajr-5 y misiles Zelzal, con alcances respectivos de 40, 72 y 250 kilómetros. Un arsenal que debía darle la capacidad de atacar todo el territorio israelí. Este rearme masivo estuvo acompañado de la excavación de una amplia red de túneles y búnkeres subterráneos para proteger la capacidad de fuego de Hezbolá y resguardar su estructura de vigilancia y ataques aéreos israelíes. Esta preparación táctica reforzaba la evidencia de una guerra próxima. El fortalecimiento del aparato militar de Hezbolá también estuvo acompañado de una creciente integración política, marcada por el ingreso de la organización al gobierno por primera vez en 2005 y luego por su alianza con el Movimiento Patriótico Libre (MPL) de Michel Aoun a través del Acuerdo de Mar Mijail, firmado en 2006. Este pacto permitió a Hezbolá romper su aislamiento comunitario y consolidar su influencia política en el Líbano. A través de esta alianza contra natura, el MPL ofreció sobre todo al grupo extremista armado una retaguardia dentro de la comunidad cristiana. Así, por primera vez en la historia contemporánea del país, un partido de mayoría cristiana dio un giro diametralmente opuesto a su línea política original. Después de haberse impuesto durante más de una década en la conciencia nacional libanesa por sus aspiraciones soberanistas y su defensa de un Estado de derecho, terminó alineándose con una organización subordinada a una potencia regional hegemónica que, evidentemente, arrastraría al Líbano a guerras destructivas. Hezbolá también aseguró en el sur del Líbano una implantación social “paraestatal” mediante servicios de salud casi gratuitos y programas de reconstrucción a bajo costo, a través, por ejemplo, de la empresa “Jihad al Bina”. Estos apoyos le garantizaron la lealtad inquebrantable de la población chiita. Este despliegue multidimensional permitió al grupo mantener una presión constante sobre la Línea Azul en el sur del Líbano hasta su operación militar transfronteriza de julio de 2006, que dio origen a la tercera guerra entre Israel y Hezbolá, conocida como la Guerra de los 33 Días. Preludio de la tercera guerra con Israel Un año después de la retirada israelí del 24 de mayo de 2000, estaba claro que la presencia de oficiales del CGRI y de cohetes de largo alcance en el Líbano no tenía como objetivo liberar las Granjas de Shebaa, sino transformar al país en una plataforma de lanzamiento de misiles contra Israel. Esta estrategia servía a los intereses geopolíticos de Irán, especialmente para desviar la atención del dossier nuclear, debatido públicamente desde 2002, y movilizar al mundo árabe alrededor de Teherán sobre la cuestión palestina. Esta situación, en vísperas de la guerra de 2006, no reflejaba preparativos para un enfrentamiento entre Israel y Hezbolá, sino que anunciaba más bien un choque evidente entre Israel e Irán. La cuestión no era si estallaría una guerra, sino cuándo ocurriría. Un remake de 1993 y 1996 era evidente, aunque esta vez con cohetes de gran calibre y largo alcance. Los dirigentes de Hezbolá no ocultaban sus intenciones. En enero de 2002, el jeque Nabil Kaouk, vicepresidente del consejo ejecutivo de la organización proiraní, declaró con entusiasmo: “Más de 2,5 millones de israelíes están ahora al alcance de nuestros misiles”. Ali Larijani inspira el ataque transfronterizo del 12 de julio y mueve los hilos del juego Los iraníes, bajo presión internacional por su programa nuclear, habrían impulsado a Hezbolá a lanzar una operación transfronteriza que probablemente su entonces secretario general, Hassan Nasrallah, no deseaba. La organización proiraní buscaba mantener la calma en la frontera, algo que se percibía claramente en las declaraciones de Nasrallah durante las reuniones de la “conferencia de diálogo nacional”, celebradas en el Parlamento en la primavera de 2006. Estas reuniones trataban sobre una “estrategia de defensa nacional”. Nasrallah insistía entonces en la necesidad de evitar que Israel arrastrará al país a una guerra, afirmando que el arsenal del movimiento servía como fuerza de disuasión frente a cualquier agresión israelí y no como herramienta para iniciar un conflicto. El mismo día del ataque, Nasrallah ofreció una conferencia de prensa en la que afirmó que la operación transfronteriza, durante la cual fueron capturados dos soldados israelíes, tenía únicamente el objetivo de negociar un intercambio de prisioneros. Añadió que no deseaba una escalada hacia una guerra total. ¿Se trataba de un verdadero llamado a Israel para evitar la ampliación del conflicto? ¿O eran falsas intenciones? Dos días antes de la operación, Ali Larijani(1), entonces secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán y principal negociador del programa nuclear, viajó a Damasco, donde se reunió con altos responsables del régimen de Assad y con Hassan Nasrallah. Habría informado a sus interlocutores que las negociaciones con las potencias occidentales sobre el programa nuclear iraní estaban estancadas. Según algunos informes, habría señalado que era necesaria una “acción”, sugiriendo la apertura de un frente para desviar la presión internacional ejercida sobre Teherán. El frente de Gaza ya estaba en llamas desde hacía unas dos semanas. Antes de la visita de Larijani a Damasco, y más precisamente en la primavera de 2006, las negociaciones sobre el programa nuclear iraní entre Francia, Reino Unido, Alemania e Irán entraban en una fase de bloqueo tras la reanudación del enriquecimiento de uranio por parte de Teherán. El diálogo, inicialmente liderado por el trío europeo, se amplió entonces al grupo P5+1, que incluía a Estados Unidos, Rusia y China, con el objetivo de aumentar la presión sobre la República Islámica y, al mismo tiempo, presentarle ofertas. En junio de 2006, Javier Solana, entonces alto representante de la Unión Europea, presentó a Teherán una importante oferta de incentivos económicos y tecnológicos. A cambio, las potencias occidentales exigían una suspensión total del enriquecimiento de uranio como condición previa, requisito que Irán rechazó categóricamente. Este bloqueo diplomático, percibido por Irán como una presión insoportable, condujo muy probablemente al inicio de las hostilidades por parte de Hamás en Gaza, con la captura de un soldado israelí el 25 de junio, y posteriormente al lanzamiento de la operación “Promesa Verdadera” en el Líbano. Ambas operaciones similares buscaban intercambios de prisioneros entre Israel, por un lado, y Hamás y Hezbolá, por el otro. Irán aspiraba así a situarse en el centro de las negociaciones, como ya había ocurrido durante las conversaciones de Berlín en febrero de 2000 y en otras negociaciones indirectas llevadas a cabo por Hezbolá con el Estado hebreo. Teherán seguramente contemplaba utilizar la carta de los prisioneros en manos de Hamás y Hezbolá como moneda de cambio para reducir las presiones sobre su programa nuclear. No ocurrió así, ya que las primeras sanciones del Consejo de Seguridad de la ONU contra Irán fueron decididas a finales de julio de 2006, en plena guerra en Gaza y el Líbano. (Continuará) (1) Ali Larijani fue asesinado el 17 de marzo de 2026 en un ataque israelí en Teherán. Leer sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (6) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (5) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (4) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (3) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (2) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (1)

Entre Trump, Putin, Xi e Irán: una nueva geopolítica se vislumbra (2/2)
Por
Khalil Helou
Publicado
may 22, 2026 - 13:47

En medio de una guerra de aranceles y restricciones comerciales entre Pekín y Washington, y de sus enfrentamientos sobre los problemas de Taiwán y del Mar de China Meridional, Trump y Xi Jinping mantuvieron su primer encuentro el 30 de octubre de 2025 en el aeropuerto de Busán, en Corea del Sur, al margen de la cumbre del Foro de Cooperación Económica para Asia-Pacífico. Esta reunión, hecha necesaria por los problemas económicos urgentes que enfrentaban ambos países, resultó en la conclusión de una tregua comercial de un año entre las dos partes. Esta tregua incluyó una reducción inmediata de los aranceles aduanales estadounidenses sobre mercancías chinas, que en algunos casos superaban el 100%. Estos aranceles se redujeron hasta un promedio del 47%. Además, el presidente Trump había suspendido la inscripción en listas negras de filiales cuyo 50% o más de sus acciones pertenecían a grupos chinos sancionados. Asimismo, había prometido levantar las restricciones sobre la exportación hacia China de microchips relacionados con Inteligencia Artificial. A cambio, China se había comprometido a intensificar la lucha contra el tráfico hacia América de materias primas utilizadas para fabricar narcóticos. Por otro lado, había suspendido sus restricciones drásticas sobre la exportación de tierras raras indispensables para las industrias tecnológicas y de defensa estadounidenses, de las cuales el 90% de los suministros provienen de China. Además, Xi se había comprometido a reanudar sus importaciones masivas de soja estadounidense por valor de 11 mil millones de dólares estadounidenses anuales y a comprar aviones Boeing sin especificar la cantidad. Finalmente, ambos países habían congelado los impuestos portuarios recíprocos sobre sus buques comerciales y se habían comprometido a discutir posteriormente los temas estructurales más complejos. Esto indica una necesidad de colaboración y el comienzo de una nueva era geopolítica con repercusiones mundiales. Prueba de ello es el viaje de Putin a Pekín, posterior al de Trump. Encuentro Trump-Xi de los 14 y 15 de mayo de 2026 La importancia histórica de este encuentro fue minimizada por los medios de comunicación, que se esforzaron por demostrar que se logró poco progreso y que destacaron especialmente la insistencia de Xi Jinping en reintegrar Taiwán a China. En realidad, esta cumbre consolidó, amplió y prolongó la frágil tregua comercial firmada en Busán siete meses antes, y será seguida por otras cumbres. En su discurso, Xi afirmó su voluntad de un entendimiento estratégico con Estados Unidos, basado en «una coexistencia pacífica y una cooperación mutuamente ventajosa». Señaló que las relaciones sino-estadounidenses afectan el bienestar de más de 1.700 millones de personas en ambos países e impactan los intereses de más de 8 mil millones de habitantes del planeta». Esto es totalmente nuevo en el discurso político chino. Consolidación de la tregua comercial El presidente Trump estuvo acompañado en esta cumbre por 17 jefes de empresas estadounidenses cuya suma de capitales asciende a 15 billones de dólares, equivalentes a la mitad del PIB estadounidense y tres veces el PIB de Francia. Esta suma supera los PIB de Japón, Alemania e India reunidos. Entre los jefes de empresas que acompañaron al líder de la Casa Blanca figuraban Tim Cook, director general de Apple, Elon Musk, director general de Tesla y embajador extraoficial de Washington, responsable del puente natural para el comercio entre Estados Unidos y China, Jensen Huang, director general de Nvidia, y Kelly Ortberg, directora general de Boeing. Apple ensambla en China entre el 80% y el 90% de sus iPhones e iMacs. Tras la cumbre, logró proteger esta producción manteniendo reducidos los derechos aduanales bilaterales por un período de tres años. Además, Apple tiene una cifra de negocios en China de 80 mil millones de dólares (20% de sus ventas mundiales), que busca aumentar. Tesla, Tesla et ambassadeur officieux de Washington, responsable de la passerelle naturelle pour le commerce entre les Etats-Unis et la Chine , Jensen Huang, patron de Nvidia, et Kelly Ortberg patronne de Boeing . Apple assemble en Chine près de 80 à 90% de ses iPhones et iMacs . Suite au sommet, elle a réussi à protéger cette production en gardant les droits de douane bilatéraux abaissés pour une période de trois ans. En outre, Apple a un chiffre d’affaires en Chine de 80 milliards de dollars (20% de ses ventes mondiales), qu’elle cherche à augmenter. Tesla, que fabrica en China vehículos eléctricos y equipos para energía solar, ha logrado consolidar la protección de su fábrica de Shanghái contra las barreras arancelarias bilaterales, sabiendo que esta produce más de la mitad de la producción mundial de Tesla . Uno de los logros de esta cumbre fue la autorización oficial otorgada por Trump a Nvidia para la venta de su chip de inteligencia artificial H200 (el más codiciado del mercado) a grandes grupos tecnológicos chinos. China representaba hasta el 25% de los ingresos de Nvidia ; esta cifra cayó a cerca del 11% debido a las restricciones, que ahora se han levantado. El gran ganador de la cumbre fue Boeing , que firmó un acuerdo para entregar 200 aviones comerciales a Pekín, lo cual representa un éxito total para su directora ejecutiva Kelly Ortberg y constituye una inyección financiera que permite recuperar la empresa. Boeing estima que China necesitará más de 8 500 nuevos aviones comerciales antes de 2043 y espera, gracias a este contrato, obtener otros en los próximos años, pudiendo alcanzar la cifra de 750 aviones. La cuestión de Taiwán La cumbre congeló el estatus quo sobre la cuestión de Taiwán. El presidente Trump es claro en su rechazo a la independencia formal de la isla, que considera peligrosa bajo todos los aspectos. El megacontrato de armamento con Taipéi por 14 mil millones de dólares está congelado y constituye un poderoso mecanismo de negociación frente a Pekín. Por su parte, el Kuomintang (KMT), partido de oposición taiwanés de derecha nacionalista, aboga por el diálogo con Pekín y mantiene su posición a favor de una sola China. De hecho, su presidenta, Cheng Li-wun, realizó una visita histórica a Pekín del 7 al 12 de abril pasados. Se reunió con Xi Jinping para restablecer el diálogo. A diferencia del KMT, el Partido Democrático Progresista (DPP) en el poder defiende firmemente la identidad nacional taiwanesa. Sin embargo, aboga por mantener el estatus quo frente a las reivindicaciones de la China continental para evitar un conflicto armado. En resumen, mientras la clase política taiwanesa busca preservar su democracia sin provocar un conflicto, Donald Trump abordó el asunto desde un ángulo estrictamente pragmático. La crisis de Irán y el Estrecho de Ormuz La crisis nuclear iraní y el bloqueo del Estrecho de Ormuz siguen sin solución, aunque estos asuntos fueron sin duda debatidos en las semanas previas al encuentro de Pekín. El presidente Trump afirmó que Xi había suscrito la prohibición absoluta para Teherán de poseer armas nucleares, mientras se comprometía a bloquear todo envío de armas convencionales chinas a Irán. El jefe de la Casa Blanca también sostuvo que Pekín rechazaba el principio del peaje marítimo impuesto por la República Islámica en el estrecho. Por su parte, el ministerio chino de Relaciones Exteriores hizo un llamado a un alto al fuego global, manteniendo la ambigüedad diplomática. A cambio, reportes indican que Pekín paga discretamente a Teherán derechos de tránsito para sus buques petroleros que cruzan Ormuz, bajo el disfraz de "gastos ambientales". China tiene todo el interés en obtener la apertura del estrecho pues importa más del 50% de su petróleo no solo de Irán sino también de los países del Golfo. Finalmente, la asociación estratégica entre Pekín y Teherán, firmada en 2021, preveía inversiones de 400 mil millones de dólares en Irán. Sin embargo, hasta la fecha, no han superado algunos miles de millones, lo que indica que Xi Jinping, desde hace mucho tiempo, no quiere arriesgarse a descontentar a Washington y a los países del Golfo. Un nuevo orden geopolítico La cumbre de Pekín forma parte de un proceso que conduce hacia un nuevo orden mundial que reemplazará al que prevaleció después de la Segunda Guerra Mundial. La geopolítica así lo impone… Es evidente que Xi Jinping, Trump y Putin anteponen sus prioridades internas por encima de todo, lo que requiere una normalización de los vínculos económicos y tecnológicos entre sus respectivos países. Putin, de hecho, ha dado señales de apertura en todas direcciones, en particular hacia Trump y Xi Jinping, a quienes se apresuró a visitar después del presidente estadounidense, así como hacia Europa. Esto en absoluto favorece a Teherán, que corre el riesgo de ser quien pague el precio de esta nueva realidad geopolítica.

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (6)
Por
Khalil Helou
Publicado
may 18, 2026 - 13:44

Continuamos con este sexto artículo de la serie “Israel-Hezbolá”, que busca comprender mejor la situación actual a la luz del pasado, lejos de los discursos apasionados, ideológicos o románticos que dejan de lado las realidades. Corresponde al lector sacar las conclusiones pertinentes. Los artículos anteriores repasaron el ascenso de Hezbolá desde el acuerdo de Taif, sus dos primeras guerras con Israel, así como la retirada del ejército del Estado hebreo del Líbano en mayo de 2000. Tras la retirada israelí del Líbano, el 24 de mayo de 2000, y por insistencia del primer ministro israelí Ehud Barak, la ONU certificó oficialmente, el 16 de junio de 2000, que dicha retirada era total y conforme con la resolución 425 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, considerada desde entonces como aplicada. Posteriormente, la Finul trazó una línea de retirada israelí denominada “Línea Azul”, que incluía 13 puntos en disputa entre ambos países, con una superficie inferior a 1 km². Esta línea coincide prácticamente con la línea Paulet-Newcombe, trazada en 1923 como frontera entre el Líbano y Palestina bajo los mandatos francés y británico. En lugar de aprovechar la retirada israelí del 24 de mayo de 2000 para restaurar la soberanía del Estado, especialmente en el sur del Líbano, el presidente de la República, Émile Lahoud, y el gobierno libanés, subordinados a Siria, adoptaron una postura de apoyo institucional y político a Hezbolá bajo la etiqueta de la “resistencia”. Esta narrativa de la “resistencia” corría el riesgo de verse seriamente debilitada por la constatación oficial de la ONU sobre la retirada total de Israel. La posición de Lahoud convenía perfectamente a sirios e iraníes, interesados en no privar a Hezbolá de su consigna de “lucha armada”. Damasco quería preservar su instrumento de presión sobre Israel, tanto para eventuales negociaciones de paz futuras como en caso de conflicto armado con el Estado hebreo, algo que coincidía con el objetivo de Teherán de fortalecer a la milicia chiita, su instrumento en el Líbano y la región. El aparato de seguridad libanés-sirio de la época, una red de altos oficiales de inteligencia libaneses y sirios que actuaban conjuntamente, había anticipado esta cuestión y encontró el argumento que permitiera mantener el sur del Líbano bajo control de Hezbolá, como plataforma de presión militar sobre Israel. Ese pretexto no era otro que los caseríos de Shebaa, más conocidos como las Granjas de Shebaa. El caso particular de los caseríos de Shebaa En abril de 2000, pocas semanas antes de la retirada israelí, el general Jamil el-Sayed, entonces director de la Seguridad General libanesa y aliado del presidente Émile Lahoud, volvió a poner sobre la mesa la reivindicación libanesa sobre los caseríos de Shebaa, con el objetivo de justificar la continuidad de la “resistencia” encabezada por Hezbolá. Los registros de propiedad libaneses demostraban desde 1949 que esta zona de 62 km² es libanesa, pero en los mapas figura como territorio sirio. Fue ocupada por Israel en 1967, al mismo tiempo que los Altos del Golán. Este giro estratégico, coordinado con Damasco, especialmente a través de los vínculos entre el general Sayed y el general Ali Mamlouk, su homólogo sirio, dio al Líbano oficial un pretexto para rechazar la certificación de la ONU sobre la retirada total israelí. Los caseríos de Shebaa habían sido un tema de disputa fronteriza entre el Líbano y Siria desde el mandato francés. Este diferendo nunca se resolvió de manera definitiva tras la independencia de ambos países. Durante la Guerra de los Seis Días de 1967, Israel ocupó estos caseríos, donde el ejército regular sirio estaba desplegado desde comienzos de la década de 1960, y extendió allí su dispositivo militar instalado en los Altos del Golán. La policía y las aduanas libanesas estuvieron presentes desde la independencia hasta la guerra civil de 1958, cuando milicias sirias y libanesas prosirias, que participaban en la rebelión contra el presidente Camille Chamoun, obligaron a los policías y aduaneros libaneses a retirarse y ocuparon la zona para utilizarla como base militar contra el cuartel del ejército libanés en Marjayoun. Al final de la guerra de 1958, estas milicias se retiraron hacia territorio sirio, pero la policía y las aduanas libanesas nunca regresaron. Más tarde, el ejército sirio tomó posiciones allí y Siria continúa incluyendo los caseríos en sus mapas militares. Lahoud, teórico de la “complementariedad” entre el ejército y la “resistencia” Después de las guerras árabe-israelíes de 1967 y 1973, y hasta el año 2000, el Líbano nunca reclamó ante la ONU los caseríos de Shebaa como territorios ocupados, aceptando de facto los mapas internacionales que los situaban en Siria. Esta reivindicación apareció oficialmente solo en 2000, con el evidente objetivo de cuestionar la totalidad de la retirada israelí y legitimar, de este modo, el discurso de la “resistencia” que siguió. Este discurso fue amplificado considerablemente por el presidente Émile Lahoud, principal garante político de Hezbolá en la cúpula del Estado. Ya cuando era comandante en jefe del ejército, había conceptualizado la “complementariedad” entre la milicia chiita y el ejército regular libanés. Consideraba que el ejército debía garantizar la paz civil, lo que en la práctica implicaba la represión de individuos y partidos soberanistas antisirios y anti-Hezbolá, mientras que la “resistencia”, es decir, Hezbolá, debía encargarse de proteger al país frente a Israel. Lahoud había facilitado efectivamente, desde su posición al mando del ejército, el paso de armas iraníes desde Siria hacia las posiciones de Hezbolá en la Bekaa y el sur del Líbano. A pesar de las presiones de la ONU, se negó sistemáticamente a desplegar el ejército libanés en la zona evacuada por Israel, argumentando que eso equivaldría a convertir al ejército en un “guardia fronterizo” al servicio del Estado hebreo. Por su parte, el presidente del Parlamento, Nabih Berri, actuaba de manera complementaria con Lahoud, como pivote legislativo y diplomático de Hezbolá, y se aseguraba de que las declaraciones ministeriales de todos los gobiernos sucesivos desde la retirada israelí incluyeran explícitamente el “derecho del Líbano a la resistencia para liberar su territorio”, legitimando así las armas de Hezbolá. Para consolidar el argumento de los caseríos de Shebaa como territorio ocupado que debía ser liberado, e imponer nuevas reglas de enfrentamiento militar, el 7 de octubre de 2000, es decir, cuatro meses después de la retirada de las Fuerzas de Defensa de Israel, Hezbolá llevó a cabo una operación transfronteriza en el sector de los caseríos, “capturando” a tres soldados israelíes que, en realidad, ya estaban muertos en el momento de la operación. Este ataque, marcado por el uso por parte de Hezbolá de vehículos con los colores de la ONU, desencadenó una crisis diplomática entre la Finul e Israel. En enero de 2004, un acuerdo mediado por Alemania condujo a un intercambio de prisioneros: Hezbolá devolvió los cuerpos de los tres soldados y liberó a un rehén civil; Israel, por su parte, liberó a 435 detenidos y restituyó 59 cuerpos de combatientes de la milicia chiita. (Continuará) Leer sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (5) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (4) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (3) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (2) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (1)

Hezbolá-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (5)
Por
Khalil Helou
Publicado
may 8, 2026 - 18:27

A través de una serie de artículos, nos proponemos arrojar luz sobre la situación actual a la luz del pasado, lejos de los discursos apasionados, ideológicos o románticos que pierden de vista las realidades. Dejamos al lector la responsabilidad de sacar sus propias conclusiones. Es momento de contrarrestar seriamente la retórica estéril de la resistencia en este contexto de guerra. No mediante una contra-retórica, sino a través de un enfoque profundo que promueva la cultura del Estado de derecho, el cual solo podría construirse a través de la soberanía. Las cuatro partes anteriores ofrecían una reinterpretación de los eventos que marcaron el ascenso del Hezbolá desde el Acuerdo de Taïf, sus dos primeras guerras con Israel y su guerra de desgaste que se extiende por más de una década. Etapa 7: Negociaciones Hezbolá-Israel en Berlín Tras una mediación alemana con Irán, a instancia del Primer Ministro israelí Ehud Barak, el Hezbolá e Israel se embarcaron en negociaciones indirectas en Berlín sobre una retirada israelí del Líbano. La primera ronda se llevó a cabo el 1 º y 2 de marzo de 2000, seguida de una segunda el 7 del mismo mes. Los alemanes hacían de intermediarios entre ambas delegaciones. La delegación israelí estaba presidida por Uri Lubrani, coordinador de las operaciones israelíes en el Líbano en aquel momento. Siguiendo las instrucciones de Ehud Barak, este último hizo concesiones a todas las demandas del Hezbolá en la segunda ronda de negociaciones: la retirada del ejército israelí sería incondicional y se abandonaría a la Armada del Líbano Sur (ALS). A cambio, el Hezbolá controlaría la frontera y mantendría la calma. Washington y Teherán, ambos representados en las negociaciones por emisarios de alto nivel, dieron su visto bueno a este acuerdo. Lo mismo hizo Francia, que fue informada posteriormente. Según Yossef Bodansky (1) , el representante iraní en las negociaciones solo creyó en las concesiones israelíes después de una confirmación alemana. Según Bodansky, quien relata los hechos en su libro The High Cost of Peace , Barak y Lubrani mantuvieron en secreto durante dos meses el acuerdo alcanzado con el Hezbolá, informando a su ejército solo la víspera de la retirada. La ALS, también mantenida en la ignorancia, coordinaba con el ejército israelí el relevo en la zona de seguridad, creyendo que sería asegurada por los hombres del general Antoine Lahd (2) . Este último, informado de que la retirada tendría lugar en julio de 2000 como había anunciado Barak, se estaba preparando. Había obtenido promesas de apoyo financiero y logístico, así como de apoyo aéreo de Tel Aviv después de la retirada. Hasta el 23 de mayo, fecha de la partida de las tropas israelíes, Barak continuó maniobra con precisión para mantener a la ALS en total ignorancia sobre el acuerdo de Berlín. Quería cumplir sus promesas electorales y salir del atolladero libanés sin sufrir presiones internas, solicitudes de Lahd, y especialmente para negociar un acuerdo de paz con Siria lejos de las presiones militares en el sur del Líbano. En este punto, el potencial militar del Hezbolá se había reforzado considerablemente gracias a las armas que Teherán le suministraba a través de Siria. Israel estaba tranquilo y dispuesto a confiarle la zona de seguridad, convencido de que se mantendría tranquilo en la frontera. Siria, sin embargo, se veía así privada de una carta de presión sobre Israel, mientras que el gran perdedor seguía siendo el Líbano. El verdadero ganador era en realidad Irán, que acababa de obtener una palanca poderosa en el Líbano e incluso en Siria. Washington y Tel Aviv parecían haber decidido aceptar la existencia del régimen de los ayatolás, estimando que los riesgos, sean cuales sean, se reducirían después de la retirada israelí. Washington no percibía que este régimen, tras su derrota en la guerra de ocho años contra el Irak de Saddam Hussein, seguía siendo capaz de difundir su ideología entre las minorías de la región, no solo para asentar su influencia, sino también para mantener tensiones internas, desviar la atención de los Estados concernientes de sus problemas internos y, sobre todo, prevenir el resurgimiento de un Irak fuerte a las puertas de Teherán. Además, para polarizar el mundo árabe que se encaminaba hacia la paz con Israel, los ayatolás intentaron sabotear este proceso, avivando los sentimientos anti-israelíes que ya existían. Esperaban asumir el liderazgo de la lucha contra el Estado hebreo a través del Hezbolá, Hamás y la Siria de Hafez el-Ásad, reforzar su papel como potencia regional indispensable y asegurar la supervivencia de su régimen. Las negociaciones de paz israelo-sirias se derrumbaron el 26 de marzo, tres semanas después del acuerdo de Berlín, tras el fracaso del encuentro de Ginebra entre Hafez el-Ásad y el presidente estadounidense Bill Clinton, quien no logró cerrar la brecha entre Damasco y Tel Aviv. Etapa 8: 24 de mayo de 2000, retirada total de Israel del sur del Líbano La retirada del ejército israelí del sur del Líbano fue precipitada y casi caótica, con la orden de partida siendo dada apenas la víspera. En la noche del 23 al 24 de mayo de 2000, el ejército israelí evacuó unilateralmente el sur del Líbano. A nivel interno israelí, el fin de la ocupación puso término a las pérdidas humanas cotidianas, pero esta partida fue percibida en una amplia parte del mundo, y más particularmente en el Líbano, como una victoria del Hezbolá. A partir de entonces, Irán se vio provisto de una línea de confrontación directa con el territorio israelí a través del Hezbolá, y pudo al mismo tiempo disponer de una influencia casi directa sobre los asuntos internos del Líbano. Contrariamente a los temores iniciales provocados por un discurso del antiguo secretario general del Hezbolá, Hassan Nasrallah, quien amenazó con «matar a los miembros de la ALS en sus camas», la retirada israelí no fue seguida de una campaña de represalias sangrientas del Hezb contra los civiles de la antigua zona de seguridad. Sin embargo, algunas propiedades de miembros de la ALS fueron saqueadas u ocupadas, incluyendo la casa del general Lahd. Además, cuadros del Hezbolá y del movimiento Amal se reunieron con líderes religiosos cristianos del sur del Líbano para tranquilizarlos sobre el hecho de que la «victoria» pertenecía a todos los libaneses y no a una sola facción. Este enfoque se enmarca en una estrategia de moderación difundida que el Hezb adoptó para pulir su imagen nacional y reforzar su legitimidad. La suerte de los hombres de la ALS Cuando se produjo la retirada del ejército israelí, aproximadamente 7.000 miembros de la ALS y sus respectivas familias, temiendo represalias, huyeron a Israel. Más tarde, algunos de ellos se fueron a Canadá, Estados Unidos y Europa. Otros regresaron al Líbano, incluidos 2.700 que fueron juzgados por colaboración, sabiendo que la ALS provenía del ejército libanés legal. Este grupo había sido constituido sobre la base de una orden oficial en 1976, con la misión entonces de asegurar el control de parte de la zona fronteriza frente a las organizaciones armadas palestinas. Aislado de su mando, luego respaldado por Israel, se volvió independiente con los años y tomó el nombre de «Ejército del Líbano Libre» antes del de ALS. Las penas por colaboración cumplidas por quienes regresaron oscilaban entre algunos meses y tres años de prisión. Estos libaneses consideraban que estaban defendiendo legítimamente su tierra y su existencia. A ojos de la ley libanesa, eran colaboradores, y para el Hezbolá, eran agentes de Israel. Los antiguos miembros de la ALS que aún viven en Israel suman 3.500. Están registrados como «Libaneses» de Israel y obtuvieron la nacionalidad israelí en 2004. Todos tienen familia en el Líbano, la mayoría en pueblos situados a pocos kilómetros de la frontera. (continuará) (1) Politólogo y autor estadounidense. Director del Grupo de Trabajo de la Cámara de Representantes de Estados Unidos sobre Terrorismo y Guerra No Convencional de 1988 a 2004. Autor de varios libros sobre Oriente Medio. (2) Comandante de la Armada del Líbano Sur (ALS) en ese momento y ex general del Ejército libanés. Ver también sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (4) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (3) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (2) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (1)

Hezbollah-Israel, ¿una guerra sin fin al servicio de quién? (4)
Por
Khalil Helou
Publicado
may 1, 2026 - 13:58

En una serie de artículos, nos proponemos arrojar luz sobre la situación actual a la luz del pasado, lejos de discursos apasionados, ideológicos o románticos que pasan por alto las realidades. Dejamos al lector la tarea de sacar las conclusiones pertinentes. Ya es hora, en este contexto de guerra, de contrarrestar seriamente la estéril retórica de la resistencia. No mediante una contrarretórica, sino con un enfoque en profundidad, promoviendo la cultura del Estado de derecho, que solo podría construirse a través de la soberanía. Los primeros tres artículos presentaban una relectura de los acontecimientos relativos al ascenso del Hezbolá desde el Acuerdo de Taif, pasando por la Operación «Rendición de Cuentas», el «Entendimiento de julio» (1993), hasta la víspera de su segunda guerra con Israel. Etapa 5: Del «Entendimiento de abril» a la guerra de desgaste Tras el «Entendimiento de abril de 1996», el Hezbolá, alentado por Irán y Siria, prosiguió sin descanso su guerra de desgaste, lanzada en 1991 contra el ejército israelí y el Ejército del Sur del Líbano (ALS). El objetivo declarado era liberar la «zona de seguridad» de la ocupación israelí, pero al mismo tiempo servía a otro objetivo: torpedear las conversaciones de paz de las que Irán había sido excluido. Paralelamente, la posición de Washington ha permanecido inalterada desde las conferencias de Madrid y Oslo, cuyo objetivo era instaurar una paz definitiva en Oriente Medio. Para iniciar y mantener este proceso, las sucesivas administraciones estadounidenses no cesaron de impedir cualquier represalia israelí a gran escala contra los ataques del Hezbolá, apostando por el proceso de paz sirio-israelí. El resultado de esta guerra de desgaste fue bastante duro para todas las partes. Entre 1996 y 2000, Israel perdió 193 hombres, el ALS 175 y el Hezbolá 375. El punto culminante de las bajas israelíes se produjo en febrero de 1997, con la colisión de dos helicópteros que transportaban tropas del Sayeret Matkal (unidad de élite del ejército israelí) hacia el sur del Líbano. El accidente causó 73 muertos, el balance más grave de la historia de este ejército. Provocó una conmoción que llevó a la opinión pública israelí a cuestionarse el coste humano de la «zona de seguridad». En septiembre del mismo año, 16 soldados israelíes de la unidad de élite Shayetet 13 cayeron en una emboscada tendida por el Hezbolá en Ansariya (a 20 km al sur de Sidón). Doce de ellos perdieron la vida allí. El incidente confirmó así la destreza táctica del Hezbolá, reforzado y dirigido directamente por oficiales de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI). Sumado al del accidente de los dos helicópteros, alimentó en Israel la sensación de una guerra sin perspectivas claras. Una de sus consecuencias fue el nacimiento del movimiento ciudadano «Arba Imaot» (las cuatro madres), fundado por madres en duelo por soldados caídos. La cuestión militar se trasladó así a un debate social y moral en el que la retirada del Líbano se impuso como exigencia política. La campaña de «Arba Imaot» obligó a los responsables y a los candidatos israelíes a las elecciones a posicionarse públicamente sobre una salida incondicional del Líbano. Shimon Peres, luego Benjamin Netanyahu y finalmente Ehud Barak, antes y después de asumir el cargo como Primeros Ministros, solo tenían un discurso: la retirada del Líbano. En enero de 1998, Benjamin Netanyahu, Primer Ministro de la época, declaró que «Israel está dispuesto a aceptar la resolución 425 del Consejo de Seguridad de la ONU (1) a condición de que sea posible alcanzar un acuerdo con el Líbano que garantice los procedimientos de seguridad exigidos por Tel Aviv». Un mes después, afirmó: «Lo que debemos hacer es abandonar el Líbano. Lo que debe hacer el mundo es amenazar a los sirios si apoyan ataques contra nosotros». En las filas del ALS había inquietud. Esta última presentía el abandono israelí, especialmente porque las fuerzas de Tel Aviv se habían reducido significativamente en la zona de seguridad. La elección de Ehud Barak en mayo de 1999, tras hacer campaña a favor del retorno de las tropas, marcó una aceleración del proceso de retirada: Barak había prometido traer de vuelta a sus hombres en julio de 2000. Etapa 6: Para Damasco y Baabda, la retirada israelí era un «complot sionista» A principios de enero de 2000, Bill Clinton reunió a Ehud Barak y Faruk al-Sharaa, ministro sirio de Asuntos Exteriores, en la ciudad de Shepherdstown (EE. UU.). Fue la única negociación directa sirio-israelí de la historia, la cual terminó en fracaso. Durante la reunión, los servicios de inteligencia occidentales e israelíes supieron que Damasco había autorizado a Teherán a rearmar al Hezbolá y aumentar sus capacidades ofensivas mediante entregas inmediatas e intensas de equipos y municiones en el aeropuerto de Damasco, que camiones sirios transportaban a los depósitos del Hezbolá en el Líbano, bajo la mirada benevolente del presidente libanés Émile Lahoud, totalmente subordinado al régimen de Hafez al-Asad. A pesar de ello, Ehud Barak ordenó a su ejército no atacar los depósitos abastecidos por los sirios y, sobre todo, no atacar a estos últimos. Esperaba que las conversaciones de paz con Damasco se reanudaran más adelante. Poco después, el ejército israelí, tras haber intentado asesinar al líder militar del Hezbolá en el sur del Líbano, llevó a cabo intensas represalias. El reducido gabinete de seguridad israelí autorizó una serie de ataques aéreos contra el Hezbolá, pero con la prohibición formal de atacar objetivos sirios. Esto le valió a Ehud Barak elogios de Martin Indyk, embajador de Estados Unidos en Israel y antiguo subsecretario de Estado para Asuntos de Oriente Medio. Además, Barak no perdía oportunidad en público ni en privado para hacer saber que buscaba una estrategia de retirada del Líbano. En contrapartida, los líderes del régimen de Asad llevaron a cabo una campaña enérgica entre sus aliados libaneses, afirmando que la propuesta de retirada israelí era un «complot sionista» destinado a asediar a Siria exactamente igual que Irak lo estaba por parte de Estados Unidos. En los meses siguientes, Émile Lahoud multiplicó sus intervenciones para denunciar lo que consideraba una peligrosa maniobra táctica de Israel. Consideraba que una retirada del Líbano sin una retirada del Golán era una trampa. El 9 de marzo de 2000, declaró: «Los planes declarados de Israel de retirarse del Líbano están destinados a sabotear el proceso de paz». Añadió que cualquier retirada israelí sería «el fruto del apoyo libanés a la resistencia (Hezbolá) y de la unidad de la posición libaneso-siria», y no de una verdadera voluntad de paz. La paradoja del régimen de Émile Lahoud es que apoyaba a fondo la guerrilla liderada por el Hezbolá para liberar el sur, ignorando el proceso de paz. No quería una retirada israelí, porque el mantenimiento de la ocupación israelí permitía en aquella época alcanzar tres objetivos: la justificación de la ocupación siria del Líbano, el discurso de resistencia del Hezbolá y mantener a Israel en el «atolladero libanés» mientras no se devolviera a Siria los Altos del Golán. En esa época, la hegemonía del Hezbolá sobre las instituciones del Estado estaba aún en fase embrionaria, a pesar de que esta formación ya gozaba de un importante potencial militar. Eran los sirios quienes controlaban totalmente el Estado en el Líbano. (1) La resolución 425 del Consejo de Seguridad de la ONU fue votada después de la invasión israelí del sur del Líbano, tras las operaciones de guerrilla de las organizaciones armadas palestinas contra Israel desde territorio libanés. Estas duraban desde 1969. La resolución 425 estipula la retirada inmediata e incondicional de Israel del Líbano y el despliegue de 3.000 hombres de la FINUL (Fuerza Provisional de las Naciones Unidas para el Líbano) en aquella época. (continuará) Ver también sobre el mismo tema: Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (3) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (2) Hezbolá-Israel, una guerra sin fin ¿al servicio de quién? (1)

¿Qué alternativas hay en la guerra con Irán?
Por
Khalil Helou
Publicado
abr 29, 2026 - 14:16

Muchos analistas occidentales coinciden en que Estados Unidos no ha logrado alcanzar sus objetivos en la guerra con Irán. Estas observaciones se alimentan, entre otros factores, del aumento de los precios del petróleo, cuyo impacto se refleja en la economía mundial y, particularmente, en el costo de bienes de consumo cotidiano en Estados Unidos. Es un tema al que la prensa estadounidense vuelve con frecuencia. Para esos mismos analistas, Irán estaría en mejor posición dentro de las negociaciones. ¿Qué tan cierto es eso? Volver sobre los verdaderos motivos de la guerra George Friedman, analista geopolítico, afirma no estar convencido de que Benjamin Netanyahu haya podido arrastrar a Donald Trump a la guerra. No solo porque, según el experto, Trump es muy difícil de persuadir, sino porque el programa nuclear iraní resulta mucho más preocupante para Estados Unidos que para Israel. Además, la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense de 2025 (NSS 2025) muestra que las prioridades de Washington están dentro del país y en el continente americano. Trump busca reducir el papel de Estados Unidos en Medio Oriente para dejar su gestión en manos de sus aliados entre los firmantes de los Acuerdos de Abraham, pero Irán sigue siendo un obstáculo de gran tamaño debido a su arsenal amenazante y a sus injerencias en los países de la región. Estrategia estadounidense: debilitar a Irán El objetivo de Washington es, por tanto, debilitar a Irán y a sus milicias aliadas. Con la caída del régimen baazista en Siria, el debilitamiento de Hezbolá y Hamás, y los bombardeos angloestadounidenses contra los hutíes entre marzo y mayo de 2025, el régimen de los mulás perdió buena parte de su potencial hegemónico. Los ataques de junio de 2025 contra Irán destruyeron posteriormente sus defensas antiaéreas, dañaron seriamente su programa nuclear y causaron afectaciones importantes a su capacidad de producir misiles. Sin embargo, una vez detenidos esos bombardeos y durante ocho meses, los iraníes redoblaron esfuerzos y lograron reparar parte de los daños. La guerra actual, no obstante, privó a la República Islámica de una gran parte de su arsenal y redujo su capacidad de apoyo a sus aliados regionales. Con la economía iraní en ruinas, los verdaderos problemas del régimen de los mulás comenzarían si las negociaciones actuales entre Washington y Teherán concluyen sin un levantamiento de sanciones. La lista de sectores descontentos dentro del país es extensa: minorías marginadas como kurdos, azeríes, baluches y turcomanos; la clase comerciante; estudiantes; mujeres; pragmáticos; e incluso quizá el Artesh, el ejército iraní, dado que el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) sigue siendo favorecido en su perjuicio. Sin embargo, el factor tiempo para que Irán cambie de comportamiento o de régimen sigue siendo una incógnita. Los ataques aéreos no han hecho ceder a Teherán, que conserva medios asimétricos suficientes para bloquear la navegación a través del estrecho de Ormuz, perturbar la economía mundial y lanzar ataques contra países de la región. Además, Hamás y Hezbolá tienen el potencial y la voluntad de reconstituirse con el paso del tiempo. El proceso de paz para Gaza sigue siendo frágil y el del Líbano apenas comienza a germinar. En suma, el cumplimiento de los objetivos estadounidenses en Medio Oriente ha avanzado, pero sigue incompleto. Sin embargo, para Washington hay asuntos más urgentes. El programa nuclear iraní: una amenaza real Tras los ataques de junio de 2025, el programa nuclear iraní quedó considerablemente dañado. Sin embargo, Teherán conservaba la posibilidad de reactivarlo, ya que seguía disponiendo de 430 kilos de uranio enriquecido al 60%, fácilmente elevable al 90%. Las centrifugadoras necesarias para ello seguían intactas en sus plantas de fabricación, no estaban desplegadas en los sitios nucleares bombardeados y las universidades iraníes continuaban transmitiendo el conocimiento técnico necesario. En resumen, en pocos años Irán habría sido capaz de recuperar sus capacidades y adquirir un arma nuclear. Con la guerra actual, los daños infligidos a ese programa son ciertamente mayores, pero por ahora no existe una evaluación creíble disponible. Estados Unidos quiere impedir a toda costa que Irán reactive su programa nuclear, no por temor a que la República Islámica disponga de misiles con ojivas atómicas, algo que no inquieta especialmente a Washington, sino por los vínculos de los mulás con Al Qaeda, autora de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y cuyos dirigentes fueron acogidos en Irán. Altos responsables de seguridad en Estados Unidos temen precisamente un segundo 11 de septiembre nuclear: un escenario en el que una bomba atómica iraní de pequeño tamaño sería entregada a Al Qaeda, ocultada en un cargamento de mercancías y enviada, por ejemplo, al puerto de Nueva York, donde su explosión causaría cientos de miles de muertos. Ese escenario no es imaginario, ya que Al Qaeda ya atacó en Estados Unidos y en otros países. Del mismo modo, los propios “brazos largos” de Irán, responsables ya de atentados en Argentina, en los países del Golfo y en Bulgaria, serían capaces de hacer algo similar. ¿Cómo terminaría esta guerra? El régimen iraní sigue en pie y su comportamiento no ha cambiado. Su potencial nuclear y sus capacidades de misiles y drones, aunque considerablemente reducidos, siguen siendo una realidad. El estrecho de Ormuz continúa bloqueado por el CGRI, la marina estadounidense impone un bloqueo naval, las sanciones contra la República Islámica se intensifican, incluso por parte de los europeos, la economía iraní está devastada, las negociaciones de Islamabad avanzan lentamente y la guerra no ha terminado. La República Islámica no puede aspirar a una victoria pírrica, salvo ante simpatizantes crédulos y adoctrinados. Paralelamente, una victoria de Estados Unidos basada únicamente en bombardeos aéreos parece poco probable. Una operación terrestre estadounidense sigue siendo posible, pero Trump no se inclina por lanzarla, ya que sería costosa. La presión aumenta sobre el presidente estadounidense debido al impacto que la guerra tiene sobre la economía mundial. El tiempo no juega a su favor. Irán está ciertamente estrangulado y el tiempo juega mucho menos a su favor, pero eso no le impide apostar por ese factor para manipular la opinión pública estadounidense contra Trump, como hicieron los comunistas durante la guerra de Vietnam con los presidentes Johnson y Nixon. La diferencia es que las pérdidas humanas estadounidenses en esta guerra han sido hasta ahora insignificantes en comparación con las de Vietnam, Irak y Afganistán. En cambio, los éxitos militares del Pentágono son ampliamente superiores a los obtenidos en esas otras guerras. Si Irán continúa apostando por el factor tiempo, no puede descartarse una operación relámpago terrestre estadounidense, masiva y breve, contra objetivos precisos en Irán, aunque quizá costosa.