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Análisis

Medio Oriente en plena transformación
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Jad Akhawi
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ago 8, 2026 - 18:43

La región que se extiende desde Irak hasta Líbano, Siria e Israel, con Estados Unidos como telón de fondo, atraviesa una profunda transformación en la función de las armas dentro del Estado. La tendencia general apunta a una redefinición del papel de la fuerza armada, ya sea mediante el desarme o la integración en esquemas de seguridad que trascienden el concepto tradicional del Estado-nación. Esta evolución refleja una transición gradual de una lógica de soberanía dura a otra de seguridad gestionada. Al mismo tiempo, comienzan a perfilarse los contornos de un nuevo bloque militar-estratégico en la región, en el que convergen los papeles de Arabia Saudita y Türkiye y cuya influencia se extiende hasta Pakistán, potencia nuclear, en medio de un delicado reposicionamiento iraní. Este entramado no puede interpretarse como una mera suma de alianzas coyunturales, sino como parte de una reingeniería más amplia de la región, guiada por una lógica de “nueva planificación imperial”, en la que los equilibrios se reformulan vinculando la seguridad, la energía y la economía dentro de una red de intereses interconectados. En este marco, los papeles regionales se redistribuyen gradualmente. Irak se ve impulsado a someter a control a las facciones armadas y a redefinir la relación entre el Estado y las fuerzas irregulares. Siria entra en una fase de reestructuración de su aparato de seguridad en el marco de nuevos acuerdos internacionales y regionales, mientras Líbano se enfrenta a la cuestión del monopolio estatal de las armas en medio de una profunda crisis estructural. Israel, por su parte, trabaja para redefinir su superioridad militar de manera que se adapte a un entorno regional cada vez más interconectado, mientras Estados Unidos pasa de la gestión directa de las guerras a la gestión de los equilibrios mediante instrumentos indirectos y redes de influencia de múltiples niveles. Mientras tanto, Irán experimenta una división estratégica interna entre una facción que considera la confrontación esencial para mantener su influencia regional y otra que cree que la integración en los nuevos acuerdos sería menos costosa y más sostenible. Esta divergencia refleja una crisis más profunda en la definición del papel regional de Irán, así como las presiones ejercidas por un entorno internacional y regional en rápida transformación, en particular en una región que también está experimentando una reconfiguración militar y política. En el plano económico, el gas del Mediterráneo oriental emerge como un factor decisivo en la reconfiguración de los equilibrios, desde Israel hasta Chipre y Egipto, con la posibilidad de que esta dinámica se extienda a Líbano y Siria. Este recurso se convierte gradualmente en un instrumento geopolítico para redibujar los mapas de influencia, particularmente en momentos en que Europa busca diversificar sus fuentes de energía y reducir su dependencia de Rusia. Al mismo tiempo, esta transformación fortalece la posición del dólar, ya que la energía se cotiza dentro del sistema financiero occidental, lo que vincula la fortaleza de la moneda estadounidense con la reorientación de los flujos energéticos hacia espacios sujetos a su influencia. Rusia, en cambio, enfrenta una disminución gradual de su capacidad para utilizar la energía como instrumento de influencia en el mercado europeo. De este modo, seguridad y energía se entrelazan dentro de un mismo sistema que puede describirse como “imperialismo en red”, en el que el control no se sustenta en la ocupación directa, sino en la integración de los Estados en complejas redes de intereses que limitan su autonomía decisoria y redefinen el propio concepto de soberanía. En el ámbito regional, Medio Oriente ya no es un escenario de conflicto tradicional, sino un nodo central dentro de una red de equilibrios globales interconectados, donde cada alianza militar está vinculada a una dinámica económica, cada proyecto energético posee una dimensión de seguridad y cada transformación interna tiene repercusiones regionales más amplias. En este contexto, Líbano representa un microcosmos de esta interconexión, debido a sus vínculos con el gas del Mediterráneo oriental y al delicado equilibrio entre Israel, Siria y el eje iraní. Irak, por su parte, representa un punto de equilibrio crucial entre Irán y el mundo árabe. Por otra parte, Siria se está convirtiendo en un corredor geográfico y estratégico para la energía y las redes de influencia. Mientras tanto, Israel se está consolidando como un centro tecnológico y energético emergente en el Mediterráneo oriental. Por otro lado, Estados Unidos actúa como un regulador a distancia, con una visión de largo plazo. No siempre interviene directamente, pero define el marco general a través del sistema financiero mundial, las alianzas de seguridad y las redes energéticas. De este modo, pasa de administrar los conflictos a gestionar la arquitectura global del sistema regional. En definitiva, la etapa actual refleja una transición de la gestión del poder hacia su redistribución, en la que los procesos de desarme convergen con el ascenso de nuevas alianzas, la energía se convierte en un factor decisivo y algunas potencias tradicionales se repliegan gradualmente de los papeles históricos que desempeñaban. Así se manifiesta la lógica del “entramado imperialista” como marco general: los Estados no actúan de manera aislada, sino dentro de una red interconectada en la que se entrelazan la geografía y la energía, la seguridad y la economía, la política y las alianzas, en un proceso que redefine el propio concepto de poder en el sistema internacional contemporáneo.

El mar Rojo y el riesgo de una guerra regional más amplia
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Yakzan Takki
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ago 5, 2026 - 19:44

Las crecientes tensiones en el Golfo están alimentando la preocupación mundial por una nueva crisis de la navegación en el mar Rojo. Una evolución de este tipo impondría nuevas restricciones al comercio marítimo internacional, ya de por sí extremadamente costoso, y desencadenaría otra crisis de abastecimiento en las inmediaciones de las zonas de conflicto del estrecho de Ormuz y de los riesgos geopolíticos asociados en Oriente Medio, si el enfrentamiento llegara a prolongarse. El mismo escenario se ha repetido con tanta frecuencia que hoy resulta casi predecible. El presidente estadounidense Donald Trump está elevando la tensión. Washington habla de un ataque a gran escala, mientras que el secretario de Estado Marco Rubio analiza rutas alternativas para sortear el Estrecho de Ormuz. Los mercados comienzan a incorporar la posibilidad de una guerra regional en sus previsiones. Los precios del petróleo se disparan, las bolsas caen y la región se sume en la incertidumbre. Mientras tanto, los dirigentes políticos observan la crisis desde perspectivas muy distintas. Algunos piensan en los cálculos de las próximas elecciones; otros, en los equilibrios de poder y de influencia. Al mismo tiempo, los grupos de presión y las grandes empresas actúan siguiendo la lógica de los intereses y las ganancias, aprovechando en ocasiones la volatilidad de los mercados que las propias crisis generan. Los mercados financieros ya no consideran esta dinámica como una excepción, sino como un patrón recurrente. Cada escalada impulsa al alza los precios del petróleo por el temor a interrupciones en el suministro energético. Apenas aparecen señales de distensión; los precios vuelven a bajar. Lo mismo ocurre con los mercados bursátiles, que reaccionan con fuerza ante cada nueva amenaza y recuperan parte de sus pérdidas cada vez que reaparece la posibilidad de un acuerdo. A pesar de ello, continúan aumentando las preocupaciones por nuevas interrupciones de la navegación en el estrecho de Ormuz. Mientras el tráfico de buques portacontenedores a través del golfo de Adén, el estrecho de Bab el-Mandeb y el canal de Suez registra un preocupante descenso. Más de cincuenta países ya se han visto afectados. En varios estados africanos, entre ellos Nigeria, la guerra ha agravado la pobreza y el hambre infantil. En Alemania, la producción de las plantas de Tesla ha disminuido después de que más de dieciocho compañías navieras internacionales decidieron desviar sus embarcaciones por el cabo de Buena Esperanza, retrasando así la llegada de materias primas industriales. Asimismo, la naviera japonesa NYK suspendió sus operaciones en el mar Rojo. Este cambio de ruta ha cuadruplicado los costos del transporte marítimo debido al considerable aumento de la distancia a lo largo de la costa africana. También ha provocado nuevas perturbaciones en las cadenas mundiales de suministro y retrasos en la llegada de componentes industriales y tecnológicos procedentes de China, Taiwán y otros países del este de Asia. En los últimos meses, un número creciente de buques mercantes ha abandonado su ruta habitual a través del golfo de Adén y el canal de Suez, en ambos sentidos. Estas vías marítimas eran utilizadas cada año por cerca de 20 000 buques de carga, de una flota mercante mundial de aproximadamente 105 000 embarcaciones, que en 2024 transportó alrededor de 15 mil millones de toneladas de mercancías y materias primas por vía marítima. El regreso del fantasma de la inflación se ha convertido en uno de los mayores desafíos para los gobiernos de todo el mundo, incluso después de que las economías comenzaran a adaptarse parcialmente a las consecuencias de las perturbaciones en el estrecho de Ormuz. Esta situación reaviva los desequilibrios que marcaron la economía mundial tras la pandemia de Covid-19. Europa observa con creciente inquietud el aumento de los precios del petróleo y la posibilidad de una expansión de los conflictos en Oriente Medio. Las economías de la Unión Europea siguen soportando el elevado costo de la guerra de Rusia contra Ucrania. Cualquier cambio en la estrategia estadounidense daría paso a una nueva realidad económica para Europa, caracterizada por mayores diferencias en el crecimiento y por una competitividad cada vez más desigual. Los dirigentes europeos parecen profundamente desconcertados y necesitan actuar con rapidez. Les resulta difícil afrontar un nuevo choque económico que combine inflación, desempleo e incendios forestales, mientras la Unión Europea continúa buscando proveedores alternativos de energía situados a mayores distancias. En contraste, durante los meses de la guerra estadounidense contra Irán, la economía de Estados Unidos, impulsada principalmente por la demanda interna, se mantuvo relativamente sólida. Al mismo tiempo, el comercio estadounidense con América del Norte y los países de la ASEAN alcanzó alrededor de 1,2 billones de dólares, mientras una parte cada vez mayor del comercio marítimo se desplazaba hacia el océano Pacífico. Por su parte, el comercio de China alcanzó aproximadamente 800 mil millones de dólares. La exploración de los mares constituye una de las mayores aventuras de la humanidad. Gracias a ella, el Mediterráneo se convirtió, con todo su comercio y sus riquezas, en un inmenso espacio de intercambio entre los antiguos fenicios, griegos, egipcios, el norte de África, el sur de Europa y la India. Allí, Roma sentó las bases de sus antiguas rutas comerciales y militares. Los viajes de Cristóbal Colón y Vasco da Gama, la Ruta de la Seda recorrida por Marco Polo y la vuelta al mundo del almirante Fernando de Magallanes contribuyeron a abrir nuevas rutas marítimas para el comercio internacional. Sin embargo, el mar está al servicio de mucho más que un único propósito. Más de un millón de personas trabajan en el comercio marítimo, ya sea a bordo de los buques o en puertos y muelles. A ello se suman industrias enteras vinculadas a la construcción naval, la pesca, la navegación recreativa y el turismo marítimo. El sector también impulsa el desarrollo económico al estimular numerosas actividades industriales, entre ellas la producción de acero, aluminio, cables y fibra de vidrio. Por ello, cualquier ampliación de los conflictos marítimos, desde Bab el-Mandeb hasta el mar de China y el mar de Japón, en un momento en que la economía mundial apenas crece alrededor de un 3 %, tendría nuevas repercusiones políticas y económicas. Sus consecuencias económicas y psicológicas seguirían afectando la vida de millones de personas. Los círculos financieros estiman que cada año transitan por el mar Rojo mercancías con un valor mínimo de 3 billones de dólares, equivalentes a cerca del 13 % del comercio mundial, una cifra que podría elevarse a 5 billones de dólares para 2050. A pesar de la importancia estratégica de este corredor fundamental para el comercio internacional, la ruta del mar Rojo sigue careciendo de numerosos servicios e infraestructuras marítimas esenciales. Entre ellos figuran astilleros, centros de mantenimiento, industrias navales y organismos responsables de garantizar la libre circulación del comercio. También adolece de una red logística capaz de respaldar el transporte internacional de mercancías, incluidas cerca del 80 % de los productos alimentarios comercializados en el mundo, especialmente cereales y aceite de palma. También crece la preocupación por una eventual reorganización de las rutas de transporte y abastecimiento en la región en detrimento de Egipto y de varios países africanos. Egipto sería el principal perjudicado, ya que los ingresos del canal de Suez, estimados en alrededor de 11 mil millones de dólares anuales, seguirían bajo presión. Por ese paso transita aproximadamente el 15 % del comercio mundial, el 30 % del tráfico mundial de contenedores y el 8 % de los flujos mundiales de petróleo crudo. Mientras tanto, Israel ha establecido en Eritrea su mayor puesto de observación militar y su plataforma estratégica más importante, con vista al estrecho de Tirán. Su enfrentamiento con Irán alimenta tensiones que podrían derivar en una violencia regional e internacional de mayor alcance, además de favorecer la piratería y la violencia vinculada a las identidades, con posibles consecuencias para la seguridad nacional árabe. Sin embargo, el mundo árabe sigue careciendo de una estrategia común e integral para proteger este paso marítimo vital y construir un verdadero sistema de seguridad colectiva árabe. Esa carencia amenaza con debilitar el papel de los Estados de la región, comprometer su independencia política y erosionar su capacidad estratégica. Así, los precios del petróleo pueden bajar después de que Donald Trump anuncie el aplazamiento de un eventual ataque militar, y las bolsas pueden recuperarse ante las noticias de un acuerdo inminente. Sin embargo, ello no significa que la paz se haya alcanzado ni que hayan desaparecido las causas profundas de la tensión. Oriente Medio no vive ni una guerra abierta ni una paz estable. Permanece en una zona gris entre ambas, donde los instrumentos de la confrontación evolucionan constantemente, mientras sus consecuencias económicas y psicológicas siguen marcando la vida de millones de personas. Cualquier nueva escalada afectará a todos. Tendrá repercusiones sobre el crecimiento económico mundial, alimentará la inflación, elevará el precio de la gasolina, de los dispositivos electrónicos y de las primas de los seguros, y acelerará la búsqueda de rutas marítimas alternativas, entre ellas los “corredores marítimos verdes” planteados en la Conferencia de Glasgow. También impulsará el desarrollo de la infraestructura portuaria, la liberalización del sector marítimo en Marruecos y en África, el avance de la tecnología, los servicios logísticos y la conectividad digital, así como la expansión de las actividades offshore , los simuladores marítimos y las academias navales. Este ciclo recurrente de crisis no significa que la región avance hacia la paz. Por el contrario, revela una realidad muy distinta: ni una guerra generalizada ni una estabilidad auténtica, sino una gestión permanente de las crisis. La escalada se ha convertido en una herramienta de negociación; la amenaza, en un instrumento político; y las negociaciones sirven cada vez más para aplazar la confrontación que para conducir a una solución de fondo. Pero, en medio de esta confrontación política y estratégica, hay un solo actor que sigue pagando el verdadero precio: los pueblos. ¿Comprenderán finalmente los Estados árabes la importancia de desarrollar estrategias para proteger su “mar petrolero”, ese espacio marítimo que constituye uno de los pilares fundamentales del comercio mundial?

La ilusión de los «túneles fortificados» y la ceguera de los datos
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Mona Fayad
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ago 4, 2026 - 12:26

¿Cómo entender que, pese a la existencia de ese otro Líbano bajo tierra, Hezbolá haya sufrido una derrota de tal magnitud, perdido a tantos de sus combatientes y provocado la muerte y el desplazamiento de los habitantes del sur del Líbano? Incluso contribuyó a alterar y fragmentar la propia geografía del país. Un discurso de Hassan Nasrallah, en el que afirmó que buscaba al soldado israelí “con una lámpara y una mecha”, me reveló no una simple exageración política pasajera, sino toda una arquitectura de la ilusión del poder. No estamos simplemente ante una brecha entre el discurso y la realidad, sino frente a una falla más profunda: una percepción irreal de la propia capacidad. El poder que Hezbolá proyectó a través de su red de túneles y de su enorme arsenal de misiles no logró “capturar a un solo soldado” ni modificar las reglas del enfrentamiento. El resultado es la realidad que hoy vivimos. Esta contradicción no puede explicarse únicamente por errores de cálculo político. Revela algo más profundo: el poder terminó convirtiéndose en un discurso más que en un instrumento efectivo de acción. Las armas existen, pero la capacidad para utilizarlas se ha visto severamente limitada. La paradoja es evidente: cuanto más se eleva el discurso, más se ponen al descubierto los límites de la capacidad real. Más importante aún, las decisiones de Hezbolá sobre la guerra y la paz no nacen exclusivamente del Líbano ni responden únicamente a sus intereses nacionales. Están ligadas a un eje regional encabezado por Irán. Eso explica las vacilaciones, las contradicciones en sus comunicados y su incapacidad para adoptar una posición coherente o tomar decisiones de manera autónoma. Durante años, Hezbolá vivió bajo la influencia de su propia narrativa mediática, construida alrededor de la ilusión del «poder absoluto» y de una “disuasión inquebrantable”. Esa narrativa se alimentó de los éxitos obtenidos en conflictos asimétricos anteriores, especialmente en Siria. Por su parte, Israel también pasó años exagerando la amenaza que representaban Hezbolá, su red de túneles y la magnitud de su infraestructura subterránea, con el fin de justificar enormes presupuestos militares y preparar a su opinión pública para la guerra. Sin embargo, cuando el enfrentamiento comenzó realmente, las exageraciones de ambos bandos se desvanecieron. Hezbolá descubrió que sus fortificaciones y ciudades excavadas en la roca no eran las fortalezas legendarias que imaginaba. En realidad, se trataba de instalaciones fijas que podían convertirse fácilmente en una carga, e incluso en una tumba para quienes se encontraban en su interior, una vez aisladas mediante operaciones de ingeniería y privadas de sus comunicaciones. Israel, por su parte, comprobó que desmantelar esas “ciudades de roca” requería un enorme esfuerzo de ingeniería y una destrucción a gran escala. Pero la tarea era perfectamente posible mientras conservara una superioridad aérea absoluta y operara sobre un territorio prácticamente despoblado. La conclusión es clara: las fortificaciones y las redes de túneles no son más que herramientas materiales. Si no cuentan con el respaldo de un Estado fuerte, un verdadero consenso nacional, una profundidad estratégica regional dispuesta a asumir el costo de sus propias decisiones y una capacidad tecnológica capaz de igualar la del adversario, esas ciudades enterradas bajo la roca dejan rápidamente de ser instrumentos de ofensiva y sorpresa. Se convierten en posiciones defensivas aisladas, condenadas a caer en cuanto colapsan las líneas de comunicación y el marco político que las sostiene en la superficie. Hezbolá cayó así en la trampa de sus éxitos anteriores. Dio por sentado que las tácticas que le permitieron establecer un cierto nivel de disuasión durante la guerra de 2006 podían reproducirse en la actualidad, sin percatarse del enorme salto tecnológico registrado desde entonces, especialmente en los campos de la inteligencia artificial, las capacidades cibernéticas y la tecnología militar de la que dispone Israel. Las redes de túneles y las fortificaciones subterráneas fueron, en otro tiempo, auténticos santuarios. Protegían a los combatientes de Hezbolá y a sus plataformas de lanzamiento de misiles frente a los bombardeos aéreos convencionales. En la actual era digital, sin embargo, se han convertido en verdaderas trampas mortales. Israel recurrió a algoritmos de inteligencia artificial, drones de reconocimiento con sensores térmicos y avanzadas tecnologías de prospección geológica para elaborar mapas tridimensionales de gran precisión de la red de túneles. Supervisó los movimientos de entrada y salida, al tiempo que dirigía sus ataques contra los conductos de ventilación y las rutas de abastecimiento. Como resultado, las fortificaciones quedaron completamente expuestas y aisladas incluso antes del inicio de la ofensiva terrestre. La dependencia de Hezbolá de métodos operativos repetitivos terminó convirtiéndose también en una vulnerabilidad. Sus patrones de comunicación y desplazamiento seguían rutinas previsibles, precisamente el tipo de comportamiento que los sistemas israelíes de inteligencia artificial están diseñados para detectar. Mediante el análisis de los hábitos cotidianos, las huellas vocales, los movimientos logísticos e incluso los relevos entre combatientes, los algoritmos predictivos habrían logrado anticipar sus movimientos. Esa profunda penetración de inteligencia convirtió cualquier intento de emboscada convencional en una operación detectable y susceptible de ser neutralizada mediante ataques preventivos de alta precisión, incluso antes de que las fuerzas israelíes entraran en contacto directo sobre el terreno. A ello se sumó una amplia campaña de penetración cibernética. Según múltiples análisis, las tecnologías israelíes de inteligencia lograron infiltrarse en servidores digitales, teléfonos inteligentes de combatientes y de sus familias, así como en las cámaras situadas alrededor de instalaciones estratégicas, hasta desembocar en lo que puede calificarse como un auténtico “asesinato tecnológico sistemático”, como ilustraron las explosiones de los pagers y de los dispositivos de comunicación inalámbrica. El impacto psicológico de estas operaciones desorganizó gravemente la estructura de mando y control de Hezbolá, al tiempo que sembró la desconfianza hacia cualquier dispositivo electrónico. Al mismo tiempo, Hezbolá seguía dependiendo de depósitos de armas fijos y de rutas logísticas tradicionales a través de la frontera, mientras Israel dirigía la batalla mediante una auténtica “nube militar digital”, capaz de conectar en cuestión de segundos a los drones en vuelo, a los oficiales de inteligencia frente a sus pantallas y a las unidades blindadas desplegadas sobre el terreno. Ese grado de integración privó a Hezbolá del factor sorpresa que había constituido una de sus principales ventajas durante la guerra de 2006. El resultado militar fue una parálisis casi total de Hezbolá. La organización no comprendió que las fortificaciones y las redes de túneles no se protegen por sí solas. Su eficacia depende por completo de la solidez del sistema de mando, control y comunicaciones, así como de la capacidad para preservar el factor sorpresa. Otra de las ilusiones de Hezbolá consistía en creer que sus fortificaciones permanecerían en secreto y seguirían sorprendiendo al enemigo. Sin embargo, todo indica que la penetración de la inteligencia israelí fue mucho más profunda de lo que imaginaba. Antes incluso del inicio de la ofensiva terrestre, el ejército israelí disponía, al parecer, de mapas detallados de esas redes subterráneas, de su diseño estructural y de sus principales vulnerabilidades. En última instancia, tanto las fortificaciones como los ejércitos necesitan una retaguardia nacional sólida y cohesionada. Durante la guerra de julio de 2006, Hezbolá gozaba de un amplio respaldo político y popular que trascendía las divisiones confesionales. Ese escenario ha cambiado radicalmente. Líbano entró en esta guerra profundamente dividido, inmerso en un colapso económico sin precedentes y con unas instituciones estatales gravemente debilitadas. Una parte muy importante de la sociedad libanesa, perteneciente a distintas comunidades, consideró que la decisión de entrar en la guerra había sido tomada de manera unilateral, al servicio de una agenda regional iraní y sin consultar al Estado ni al resto de los componentes políticos y sociales del país. Al mismo tiempo, la propia base social de Hezbolá, desplazada por miles, tuvo que afrontar una gravísima crisis humanitaria, económica y social, agravada por un creciente aislamiento. La ausencia de un respaldo nacional amplio transformó lo que podía presentarse como una causa de defensa nacional en un conflicto percibido como sectario, políticamente aislado y socialmente limitado dentro del propio Líbano. Esa evolución ejerció una enorme presión moral sobre los combatientes desplegados en el terreno. Sin embargo, el discurso de Hezbolá sigue marcado por la misma arrogancia y la misma negación de la realidad. Su problema ya no reside únicamente en la distancia entre las palabras y los hechos, sino en que el propio discurso ha terminado por desligarse de la realidad. Ya no existe un contacto directo con el enemigo, ni la capacidad de imponer el tipo de enfrentamiento que sigue proclamando, ni un cambio real en las reglas del juego. Esto significa, con toda claridad, que lo que se presenta como un poder decisivo no es más que la explotación de un capital simbólico sobredimensionado, alimentado por la repetición de una imagen que ya no existe. Los éxitos de ayer se convirtieron en un mito; el mito pasó a ser una convicción; la convicción se transformó en discurso; y el discurso terminó sustituyendo a la realidad. En ese momento, el propio arsenal pasa a formar parte del problema. Existe, pero ya no puede utilizarse del modo en que se anuncia, porque su empleo efectivo conduce de inmediato a su exposición y rápida destrucción. Estamos, por tanto, ante una fuerza que solo conserva su valor mientras permanece sin utilizar, una contradicción tan profunda como letal. A ello se suma el hecho de que ese discurso forma parte de un eje regional encabezado por Irán, lo que añade un nuevo nivel de desconexión con la realidad propia del Líbano. En el fondo, ahí reside el núcleo de la cuestión: estamos ante una estructura mental que produce la ilusión y la reproduce una y otra vez, incluso cuando los hechos sobre el terreno la desmienten. Una ilusión organizada, administrada, alimentada e impuesta como sustituto de la verdad, hasta que vuelve a derrumbarse, una y otra vez, a costa de la tierra y de su gente… “hasta que Dios cumpla un designio que ya estaba decretado.”

Simon Karam... cuando la memoria nacional se convierte en un activo para la negociación

En los grandes momentos de transformación, la fortaleza de un Estado no se mide únicamente por sus capacidades militares, sino también por la calidad de quienes lo representan. Las negociaciones decisivas no son simples discusiones técnicas sobre mapas o mecanismos de seguridad. Son una prueba de la capacidad de un Estado para defender su relato histórico y dar forma a su futuro. En este contexto, el embajador Simon Karam se distingue como una de las figuras más relevantes de la diplomacia libanesa. Su autoridad no descansa en la elocuencia ni en la exposición mediática, sino en su serenidad, su rigor y la integridad de un hombre de Estado que mide el éxito por lo que logra para su país, antes que por lo que obtiene para sí mismo. A lo largo de su trayectoria, Karam ha demostrado una auténtica independencia de criterio y de conducta. Nunca ha considerado los cargos públicos como un privilegio personal, ni ha dudado en renunciar a ellos cuando entraban en conflicto con sus convicciones o con aquello que consideraba coherente con sus principios. Así lo demostró en distintas etapas de su carrera política e institucional, culminando con su renuncia al cargo de embajador del Líbano en Washington, reafirmando que los principios deben prevalecer siempre sobre el cargo. El significado de esa decisión se aprecia aún con mayor claridad cuando se compara con otras trayectorias diplomáticas, en las que muchos diplomáticos optan por permanecer en sus puestos pese a sus diferencias políticas. En contraste, la renuncia de Karam envió un mensaje inequívoco: el cargo no es un fin en sí mismo, sino un medio para servir al interés nacional. Esa decisión le ha otorgado desde entonces una mayor libertad para desempeñar cualquier función de asesoría o de negociación, ya que actúa sin estar condicionado por consideraciones de carrera o intereses personales. Esta trayectoria le otorga una credibilidad adicional en las negociaciones. Un negociador que no está atado a su cargo goza de una mayor libertad para defender el interés nacional y está menos condicionado por la necesidad de preservar su posición. Esta forma de independencia ha quedado patente en numerosas experiencias internacionales, donde antiguos diplomáticos han desempeñado un papel decisivo en negociaciones delicadas tras abandonar sus funciones oficiales, poniendo su experiencia al servicio de sus países sin estar sujetos a restricciones administrativas directas. Además, el embajador Karam posee un profundo conocimiento del sur del Líbano, en particular de la historia de Jabal Amel. Ese conocimiento va mucho más allá del ámbito geográfico o documental. Abarca una comprensión profunda de la sociedad amelí, de su historia social y política, así como del papel desempeñado por sus élites y sus principales referentes en la construcción de una parte esencial de la identidad nacional libanesa. El valor de esta experiencia radica en que no es meramente teórica. Se sustenta en décadas de seguimiento de la evolución del sur del Líbano a través de una serie de etapas decisivas, desde el período posterior a las invasiones israelíes hasta las profundas transformaciones políticas y de seguridad que ha experimentado la región en las últimas décadas. Esa experiencia le permite comprender con mayor profundidad las dinámicas tanto del territorio como de su población, un activo fundamental en cualquier debate relacionado con las fronteras, los mecanismos de seguridad o el futuro de la estabilidad regional. Por ejemplo, en cualquier discusión sobre la Línea Azul o los puntos fronterizos en disputa, el conocimiento de los textos jurídicos internacionales por sí solo no basta. Comprender la realidad de las aldeas fronterizas, los vínculos familiares que se extienden a ambos lados de la frontera y la experiencia vivida por las comunidades marcadas por conflictos sucesivos resulta indispensable para construir una posición negociadora que sea, al mismo tiempo, realista y sostenible. Es precisamente ahí donde cobra valor la trayectoria de Karam, ya que le permite tender un puente entre los principios jurídicos y las realidades sociales sobre el terreno. Este interés por el sur del Líbano no es reciente. Forma parte integral de su formación intelectual y cultural, que lo lleva a entender esa historia como un componente vivo de la memoria nacional libanesa y no como un simple relato del pasado. Este conocimiento adquiere una importancia particular en las negociaciones relacionadas con las fronteras, la seguridad y el futuro del sur del Líbano, donde la tierra no puede reducirse a simples líneas trazadas en un mapa, sino que representa una historia, unos derechos y unas experiencias acumuladas a lo largo del tiempo. Experiencias comparables en otros países han demostrado que las negociaciones que ignoran las dimensiones histórica y social suelen producir acuerdos frágiles, mientras que incorporarlas contribuye a alcanzar entendimientos más sólidos y duraderos. La experiencia internacional también ha demostrado que el negociador más eficaz es aquel que sabe combinar el derecho, la historia, la geografía y la política, en lugar de limitarse exclusivamente a los aspectos técnicos. Es precisamente esta tradición diplomática la que representa Simon Karam, para quien el conocimiento profundo constituye una auténtica fuente de fortaleza en la negociación, y no un simple patrimonio intelectual. Esta dimensión adquiere aún mayor relevancia en un momento regional particularmente delicado, que podría redefinir los equilibrios en el sur del Líbano y abrir el camino a nuevos enfoques de las relaciones regionales. En este contexto, una comprensión precisa tanto del territorio como de su población pasa a formar parte de la ecuación más amplia de la seguridad y la estabilidad. Desde esta perspectiva, la delegación libanesa no representa a una fuerza política en particular, sino al Estado libanés en su conjunto, con sus instituciones y su historia. La presencia de figuras experimentadas e independientes como el embajador Simon Karam fortalece la credibilidad de la delegación y refuerza su posición negociadora, especialmente en cuestiones donde la sensibilidad histórica debe ir de la mano del rigor jurídico. Más allá de cuál sea el resultado final de estas negociaciones, una realidad permanece inalterable: si el Líbano quiere desempeñar un papel activo en la construcción de su propio futuro, necesita hombres de Estado que reúnan integridad, experiencia y un profundo conocimiento de la historia del país. En este sentido, Simon Karam encarna la convergencia entre independencia, experiencia, conocimiento y compromiso. Su presencia en cualquier proceso de negociación refleja mucho más que la valía de una persona. Expresa una concepción más amplia del propio Estado: un Estado arraigado en su historia, representado por quienes sitúan los principios por encima del cargo y entienden la diplomacia, ante todo, como un instrumento para defender los derechos antes que como un medio para gestionar los equilibrios de poder.

Bajo los adoquines, la luz
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Jawad Pakradouni
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ago 1, 2026 - 14:19

Sohmor. Un asentamiento ubicado en el oeste de la Bekaa, con unas 1500 viviendas y una población de entre 5000 y 8000 habitantes. Por su tamaño y número de residentes, definir a Sohmor como un pueblo es el término geográfico más adecuado. Sohmor ha sido objeto de repetidos bombardeos israelíes, hasta el punto de que parece que se trata de rutina. Si este pueblo y sus sucesivos alcaldes han sido un imán para el ejército israelí, su municipalidad, por su parte, ha resultado ser un auténtico pararrayos. En el “Top 10” de los mayores deudores de las facturas de la Electricité du Liban (EDL) figuran la Oficina de Aguas del Sur, la Oficina de Aguas de la Bekaa y la municipalidad de Sohmor… En efecto, según un informe publicado por la EDL que contabiliza las facturas impagas entre noviembre de 2022 y diciembre de 2025, el modesto edificio municipal acumula una deuda de 1.599.205 dólares. Un cálculo rápido, basado en un costo de 25 centavos de dólar por kilovatio hora, muestra que durante ese período la municipalidad consumió 6 396 820 kWh, es decir, 170 430 kWh al mes. Como las cifras suelen ser tediosas, nada mejor que una comparación práctica: ese consumo mensual bastaría para abastecer de electricidad de manera continua a 560 hogares en Francia, subrayando de paso la importancia de la palabra “continua”, una condición que la electricidad en el Líbano dista mucho de cumplir y que resulta todavía más esquiva que el último bombardero B-2. Un edificio municipal que resplandece con tal intensidad que llega a triplicar el consumo de la sede central de Beirut, la cual mantiene una deuda acumulada de 530,00 dólares. Cuando se descubre que una modesta alcaldía consume más electricidad que un centro dedicado a la inteligencia artificial, salvo que haya decidido abastecer por sí sola a sus habitantes y a los pueblos vecinos, la pregunta deja de ser si las cifras publicadas por la EDL son falsas y pasa a ser qué es lo que realmente están revelando. La cuestión, evidentemente, es comprender el origen de este agujero negro eléctrico. ¿Y si la explicación estuviera, literalmente, en un agujero? Enterrada bajo tierra, allí donde Hezbolá ha establecido desde hace mucho tiempo su lugar predilecto. Desde hace algunos meses, redes subterráneas han quedado expuestas a la vista de todos, demostrando que el famoso lema “construimos, protegemos” no era un simple eslogan electoral, aunque las infraestructuras no se encuentren sobre la superficie, sino debajo de ella. Una versión contemporánea de La máquina del tiempo , de H. G. Wells, donde los Morlocks locales se dedicaron durante las últimas dos décadas no solo a crear un Estado dentro del Estado, sino un país debajo del país. Durante años, responsables políticos y ministros competentes, aunque optaron por la política del avestruz, eran perfectamente conscientes de lo que ocurría. Después de todo, tener la cabeza enterrada en la tierra también permite ver con claridad lo que sucede debajo de ella. Los historiadores coinciden en que el Líbano posee una profundidad excepcional en su legado civilizatorio. Hoy, más que nunca, esa descripción debe entenderse en el sentido más literal de la expresión. Así se entiende mejor por qué el Estado tiene tantas dificultades para restablecer su autoridad en el territorio libanés: la está buscando en el nivel equivocado.

De Roma a la Tercera República: ¿ha comenzado la refundación del Líbano?
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Jad Akhawi
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jul 29, 2026 - 15:50

La historia no solo recuerda las ciudades donde terminan las guerras, sino especialmente aquellas donde nacen nuevos regímenes. Por eso, Roma podría no ser recordada mañana simplemente como la ciudad que acogió una nueva ronda de negociaciones entre Líbano e Israel. Podría pasar a la historia como el lugar donde comenzó la refundación de la arquitectura política y de seguridad libanesa, tras una guerra que alteró profundamente el equilibrio regional. Las reuniones previstas en Roma no se limitan a examinar las modalidades de un alto el fuego, una retirada israelí o un intercambio de prisioneros, por cruciales que sean estas cuestiones. Forman parte de un proceso más amplio destinado a transformar las consecuencias de la guerra en una nueva realidad política, para evitar cualquier retorno al statu quo anterior. La experiencia internacional demuestra que las guerras solo producen sus efectos completos cuando cesan las hostilidades y un nuevo orden logra abordar las causas profundas del conflicto para prevenir su recurrencia. Este es precisamente el objetivo que Estados Unidos parece perseguir hoy en Líbano. Desde la visita del presidente Joseph Aoun a Washington hasta el acuerdo marco y, posteriormente, hasta las reuniones de Roma, se perfila una secuencia coherente. Todo parece indicar un cambio: de la gestión de la crisis libanesa a una reorganización de los cimientos mismos del Estado. El objetivo principal de este enfoque es establecer un principio sencillo: un solo Estado, un solo ejército y una sola autoridad de seguridad. La cuestión del control estatal sobre las armas ya no es solo una exigencia libanesa o internacional. Se ha convertido en la condición indispensable para la reconstrucción del Estado. Ningún país puede recuperar plenamente su papel cuando la decisión de declarar la guerra o firmar la paz escapa al ámbito de sus instituciones constitucionales. Sin embargo, reducir la crisis libanesa únicamente al tema de las armas sería un análisis incompleto. El problema reside no solo en la existencia de una fuerza militar que opera paralelamente al Estado, sino también en el debilitamiento gradual de las instituciones bajo la influencia de un sistema político que ha consagrado el sectarismo y transformado las agencias gubernamentales en espacios de influencia. Es en este contexto donde se hace evidente el papel de Nabih Berri, una de las figuras más influyentes en el corazón del poder libanés. Durante las últimas décadas, su influencia no se ha limitado a su presidencia de la Cámara de Diputados ni a su relación política con Hezbolá. También ha sido uno de los pilares fundamentales del sistema de gobierno establecido tras el Acuerdo de Taif. Así como Hezbolá contribuyó a crear una realidad de seguridad paralela al mantener sus armas fuera de las instituciones estatales, diversas fuerzas políticas, entre las que Nabih Berri fue una figura destacada, consolidaron un sistema de gobierno basado en cuotas y nombramientos sectarios, donde las consideraciones políticas a menudo prevalecían sobre la competencia. Esto derivó en un Estado lastrado por la disfunción administrativa, un sector público plagado de contrataciones excesivas, un desempleo encubierto generalizado y un debilitamiento constante de la capacidad de las instituciones para cumplir sus funciones. Por lo tanto, la reconstrucción del Líbano no puede limitarse a resolver el problema de las armas. También se requiere una reforma fundamental del propio Estado: una administración moderna, un poder judicial independiente, instituciones eficaces y nombramientos basados en el mérito, no en lealtades políticas. Es en este contexto que debemos comprender las crecientes presiones que se ejercen sobre Nabih Berri. Hasta el momento, Washington no lo ha atacado directamente, pero las señales políticas transmitidas a través de la presión ejercida sobre varias figuras y redes dentro de su círculo son explícitas. El mensaje parece claro: la siguiente etapa ya no permitirá la continuación de las antiguas reglas del juego. El objetivo podría no ser destituir a Nabih Berri, sino redefinir su papel. Su experiencia política y la amplitud de su red lo convierten en un actor que ninguna transición puede ignorar. La verdadera pregunta ahora es si optará por ser un socio en la construcción del nuevo Estado o un defensor del sistema que ha llevado al Líbano a este punto muerto. Hezbolá, por su parte, se enfrenta a una prueba de naturaleza completamente diferente. Ya no se trata simplemente de poner fin a la confrontación militar, sino de redefinir su lugar dentro del Estado libanés. Ahora parecen abrirse dos caminos: convertirse en un partido político que opere dentro del marco de las instituciones, o continuar su confrontación con un proceso, tanto interno como internacional, destinado a restaurar y aniquilar la plena soberanía del Estado. En última instancia, Roma podría representar más que un simple paso en las negociaciones entre Líbano e Israel. Podría marcar el inicio de negociaciones mucho más amplias sobre el Líbano del futuro. Si bien los Acuerdos de Taif pusieron fin a la guerra civil y redistribuyeron el equilibrio de poder, el período que comienza ahora podría propiciar una redefinición de la función misma del Estado libanés: un Estado con el monopolio de las armas, con el poder de decidir sobre la guerra y la paz, que recupere su lugar en el mundo árabe y en el escenario internacional, al tiempo que reconstruye una economía capaz de volver a crecer. Sin embargo, nada garantiza el éxito de esta empresa. Estados Unidos puede respaldar los compromisos, los países árabes pueden contribuir a la reconstrucción y la comunidad internacional puede brindar su apoyo. Pero la construcción del Estado sigue siendo, en última instancia, responsabilidad de los propios libaneses. La verdadera pregunta, por lo tanto, no es tanto qué producirán las reuniones de Roma,sino si Roma allanará el camino hacia la Tercera República Libanesa. Una república que no solo pondría fin a la guerra, sino que abordaría finalmente las causas profundas que han impedido el surgimiento de un verdadero Estado durante décadas. Porque la próxima batalla del Líbano no será simplemente una lucha por las fronteras. Será una batalla por la identidad misma del Estado: ¿seguirá siendo un país dividido entre varios centros de poder, o se convertirá finalmente en un Estado unificado, con plena capacidad de decisión y soberanía? Aquí es donde se escribirá el próximo capítulo de la historia del Líbano.

El impacto de una victoria de Ucrania o de Rusia (4/5)
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Jean-Patrick Dayras
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jul 28, 2026 - 14:06

La guerra en Ucrania sigue siendo el centro de un amplio debate alimentado, entre otros factores, por bombardeos casi diarios que tienen como objetivo, en ambos bandos, centros neurálgicos y, de manera más específica, las capitales de Rusia y Ucrania. Para comprender mejor las diferentes dimensiones de este antiguo conflicto, es necesario remontarse a sus antecedentes y a la génesis de lo que desembocó en esta guerra, ¿fratricida?, exponiendo las motivaciones y aspiraciones de las distintas partes involucradas, en particular de Occidente (Estados Unidos y Europa, ampliada a todos los países de la OTAN, con excepción de Turquía), y recordando también el inicio de la ofensiva rusa y el fracaso de los intentos por alcanzar la paz o, al menos, negociaciones, teniendo en cuenta que las responsabilidades en este contexto son múltiples. Para comprender plenamente los distintos aspectos de la guerra en Ucrania, conviene plantear desde el inicio algunas preguntas fundamentales. ¿Qué representan Rusia y Ucrania para Occidente? ¿Cuáles podrían ser las consecuencias concretas de una eventual victoria clara de cualquiera de los dos protagonistas? Y, al mismo tiempo, ¿cuáles serían las repercusiones para Occidente y para Oriente Próximo? En una serie de cinco artículos, Jean-Patrick Dayras , contraalmirante de la Marina francesa, expone su visión y análisis sobre esta cuestión. Reflexión prospectiva: ¿qué pasaría si…? A - Si Ucrania gana , es decir, recupera casi la totalidad de su territorio… Para Ucrania, las consecuencias podrían incluir: – Un fortalecimiento considerable de la posición internacional de Ucrania. – Una aceleración de su integración a la Unión Europea, aunque la adhesión seguiría siendo un proceso largo. – Una cooperación militar aún más estrecha con la Organización del Tratado del Atlántico Norte, exista o no una adhesión formal. – Un debilitamiento de la influencia rusa en parte de Europa del Este. Para Rusia, las consecuencias dependerían de la magnitud de la derrota. Pero es seguro que: – Perdería una parte importante de su prestigio internacional. – La derrota tendría un costo económico duradero debido a las sanciones, la reconstrucción y el restablecimiento de sus capacidades militares. – Se pondría en tela de juicio la política del Kremlin, cuyo futuro dependería de la evolución de la situación interna. – Toda la política rusa desarrollada durante años en África, así como en distintos Estados miembros o asociados de los BRICS+, se vería afectada. Nota: Chad ha adoptado recientemente una actitud de acercamiento hacia Francia, lo que podría ser el preludio de un cambio en la geopolítica africana. Este aspecto debería examinarse cuidadosamente antes de llegar a conclusiones. En cambio, es difícil predecir que una eventual derrota rusa provocaría automáticamente un cambio de régimen. La historia demuestra que este tipo de evolución depende de numerosos factores internos. Para Europa Una victoria ucraniana podría: – Mejorar la percepción de seguridad en los países del norte, centro y este de Europa. – Mantener un elevado nivel de gasto militar. – Acelerar los esfuerzos de diversificación energética iniciados desde 2022. Para Estados Unidos Un desenlace de este tipo podría presentarse como un éxito de la política estadounidense de apoyo a Ucrania y de sus alianzas. Sin embargo, no pondría fin a otros desafíos estratégicos, como la rivalidad con China y las difíciles negociaciones con Irán. Para China Pekín observaría atentamente las lecciones del conflicto, especialmente en lo que respecta a una eventual invasión por la fuerza de Taiwán. Una derrota rusa podría llevar a China a: – Profundizar algunos vínculos con Moscú para preservar a un socio estratégico, aunque desde una posición dominante. – Reevaluar ciertos aspectos de su política exterior, especialmente en relación con Irán, Taiwán y la naciente asociación entre Australia, Japón, Corea del Sur y Filipinas. Para las organizaciones internacionales Una victoria ucraniana sería interpretada como un fortalecimiento del principio de que las fronteras no deben modificarse mediante el uso de la fuerza. Esto podría reforzar la credibilidad de ciertas normas del derecho internacional, aunque su aplicación seguiría dependiendo del equilibrio de poder entre los Estados. Los límites de este escenario Incluso en caso de éxito militar ucraniano, persistirían varias dificultades: – La reconstrucción del país, estimada en varios cientos de miles de millones de euros, que deberían ser pagados por Rusia. – El regreso de los refugiados (aunque esto solo compromete a quienes creen que ocurrirá). – El desminado de extensos territorios. – Los procesos judiciales relacionados con los presuntos crímenes de guerra, aunque queda por ver si también podrían implicarse ciudadanos ucranianos en delitos similares. – Las futuras relaciones entre Rusia, Ucrania y los países europeos. Esta victoria no eliminaría las tensiones geopolíticas. Incluso si Ucrania alcanzara sus principales objetivos militares, las relaciones entre Rusia y Occidente probablemente seguirían marcadas por una desconfianza duradera, una mayor militarización de determinadas regiones y una reconfiguración del equilibrio de seguridad en Europa. Los efectos también dependerían de las condiciones del fin del conflicto: un acuerdo negociado, un alto el fuego duradero o una derrota militar contundente no tendrían las mismas consecuencias. B - Rusia gana, Ucrania pierde Todo depende de lo que signifique que “Rusia gane”. Las consecuencias serían muy diferentes según se trate de una ganancia territorial limitada, del control duradero de una parte de Ucrania o de un cambio de gobierno en Kiev. Una derrota ucraniana podría provocar: –La pérdida permanente de la totalidad o de parte de los territorios ocupados. – Costos humanos, económicos y demográficos considerables. – Una desaceleración de la reconstrucción y de las inversiones. – El mantenimiento de un importante flujo de refugiados hacia otros países europeos. El futuro político de Ucrania dependería de las condiciones del fin del conflicto: un alto el fuego, un tratado de paz o un acuerdo impuesto no tendrían los mismos efectos. Si Moscú alcanzara sus principales objetivos, ello podría traducirse en: – Un fortalecimiento de la posición interna del Kremlin. – La presentación del desenlace como una victoria estratégica. – El mantenimiento de su influencia sobre una parte de Ucrania y de su entorno, especialmente Moldavia. Sin embargo, incluso en caso de éxito militar, Rusia podría seguir enfrentándose a: – Sanciones económicas occidentales. – Una mayor dependencia de socios como China, India u otros Estados no occidentales. – Elevados costos relacionados con la reconstrucción de los territorios bajo su control y con el mantenimiento de importantes fuerzas militares. Para Europa Una victoria rusa probablemente conduciría a: – Un aumento duradero del gasto militar de los estados europeos. – Un fortalecimiento de la presencia de la Organización del Tratado del Atlántico Norte en su flanco oriental, aunque queda por ver si con o sin Estados Unidos. – Una aceleración de las políticas destinadas a reducir la dependencia energética de Rusia. Algunos también temen que los países vecinos de Rusia, especialmente los Estados bálticos, soliciten garantías de seguridad aún más sólidas. Para Estados Unidos Estados Unidos podría ver cuestionada su estrategia en Ucrania, lo que alimentaría un debate interno sobre su política exterior y sobre el nivel de apoyo a sus aliados, incluidos los del Golfo Pérsico y la península arábiga. Para China Una victoria rusa podría interpretarse de distintas maneras: – Algunos la considerarían una prueba de que una gran potencia puede alcanzar ciertos objetivos a pesar de las sanciones. – Otros destacarían el elevadísimo costo económico, humano y diplomático del conflicto, que también podría servir como advertencia. En cualquier caso, China aparecería como el país que permitió la victoria de Rusia gracias al apoyo brindado. Sería la gran ganadora. Rusia dejaría de ser un gigante frente a ella. Para el derecho internacional Muchos juristas consideran que una adquisición permanente de territorios obtenida por la fuerza supondría un importante desafío al principio de integridad territorial de los Estados, consagrado especialmente por la ONU. Otros recuerdan que los precedentes históricos son diversos y que las reacciones internacionales suelen depender de las relaciones de poder. El Consejo de Seguridad de la ONU vería debilitado su prestigio e incluso podría ser cuestionado. Los límites de este escenario Incluso en caso de victoria rusa, varios factores podrían limitar sus beneficios: – El costo económico a largo plazo. – La administración de territorios potencialmente inestables. – El mantenimiento del aislamiento respecto de una parte de los países occidentales. – El riesgo de una insurgencia o de una inestabilidad persistente, según las zonas afectadas. – El éxito estaría empañado por el descrédito debido al tiempo que tomó alcanzar un objetivo que inicialmente se esperaba fuera rápido e incluso fácil, en una guerra que ya supera en duración a la Primera Guerra Mundial. – Es probable que, en África, su influencia también se vea afectada. En resumen Las consecuencias de una victoria rusa dependerían de su magnitud y de las condiciones en las que termine la guerra. La seguridad europea seguiría profundamente transformada, las relaciones entre Rusia y los países occidentales continuarían siendo extremadamente tensas durante mucho tiempo y el orden de seguridad en Europa seguiría redefiniéndose durante muchos años. En cambio, los efectos concretos sobre la política interna rusa, el equilibrio mundial o las futuras alianzas siguen siendo ampliamente inciertos y continúan siendo objeto de debate entre especialistas. La última palabra: las consecuencias mencionadas permiten subrayar que este conflicto marcará el fin del concepto de victoria según el orden y el modelo westfaliano. Próximo artículo Victoria ucraniana o rusa: consecuencias para Oriente Medio (5/5) Lea también sobre el mismo tema Cómo Occidente eligió a Ucrania (1/5) Guerra en Ucrania: el fracaso de los primeros esfuerzos de paz (2/5) Guerra en Ucrania: errores estratégicos rusos y torpeza occidental (3/5)

Mundial: el juego, el poder y la memoria
بقلم
Yakzan Takki
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jul 26, 2026 - 07:27

La Copa Mundial de la FIFA 2026 concluyó con un éxito del que pueden presumir tanto la FIFA como Estados Unidos y la afición. Se prevé que los ingresos del torneo alcancen los 13 mil millones de dólares, lo que lo convierte en el evento deportivo más rentable de la historia. Un resultado que fortalece aún más la posición de Gianni Infantino de cara a su reelección como presidente de la FIFA el próximo año. Esta Copa del Mundo también figuró entre los eventos deportivos más costosos jamás organizados en Estados Unidos. En el mercado secundario, el precio de los boletos alcanzó niveles récord, con un promedio de compra de 10,800 dólares y boletos individuales que llegaron a venderse por 32,000 dólares. Que eso sea una buena o una mala noticia depende, al final, de si uno compra… o vende. Aunque las condiciones meteorológicas obligaron a interrumpir algunos partidos, estuvieron muy lejos de provocar las decenas de aplazamientos que muchos temían. Del mismo modo, las pesadillas logísticas que se pronosticaban para el primer Mundial organizado conjuntamente por tres países, Estados Unidos, México y Canadá, nunca llegaron a materializarse. Con 48 selecciones y 104 partidos, el torneo ofreció esas sorpresas que representan la magia y la imprevisibilidad que distinguen a una Copa del Mundo. Cabo Verde, el segundo país más pequeño en clasificarse para un Mundial, se convirtió en una de las revelaciones del torneo al empatar con España en su partido inaugural. Noruega, de regreso a la Copa del Mundo tras una larga ausencia, alcanzó los cuartos de final gracias a su imponente delantero Erling Haaland, quien rápidamente se ganó el cariño de la afición, mientras los seguidores noruegos popularizaban su ya célebre “aplauso vikingo”. Canadá y Egipto también escribieron un nuevo capítulo en su historia mundialista. Egipto avanzó hasta los octavos de final, convirtiéndose en una de las nueve selecciones africanas que alcanzaron la fase de eliminación directa. Entre las seis confederaciones de la FIFA, África incluso superó a Europa, al colocar a trece equipos más allá de la fase de grupos. Lionel Messi disipó cualquier duda que pudiera quedar sobre su lugar entre los más grandes jugadores en la historia de la Copa del Mundo, si no del fútbol mismo. Al conducir a su selección hasta la final, abandonó la cancha del MetLife Stadium convertido en apenas el segundo futbolista en disputar tres finales mundialistas. Sin embargo, esos logros no deben ocultar las zonas más oscuras del torneo. Esta edición pasará a la historia como la Copa del Mundo más politizada de todos los tiempos y la primera organizada mientras el país anfitrión, Estados Unidos, estaba en guerra con Irán. Las consecuencias fueron inmediatas, empezando por la negativa a conceder visas a más de una docena de integrantes de la delegación oficial iraní. El Departamento de Estado estadounidense también negó la entrada al árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, alegando “preocupaciones de seguridad que requerían una revisión más exhaustiva.” Al mismo tiempo, aunque el sistema de Asistencia Arbitral por Video (VAR) fue concebido originalmente para alertar al árbitro central sobre errores claros y manifiestos o incidentes graves que hubieran pasado inadvertidos, terminó por convertirse en un actor cada vez más intervencionista a lo largo del torneo. Anuló un gol de Croacia y privó a Egipto de lo que pudo haber sido el tanto de la victoria. Sus críticos sostienen que el VAR ha ido despojando al arbitraje de su margen de criterio humano, arrebatándole al fútbol buena parte de su dramatismo. El fútbol es, ante todo, un arte. Es precisamente ese margen de incertidumbre lo que hace que millones de personas se enamoren de este deporte. A ello se sumó un episodio tan insólito como polémico: la intervención del presidente Donald Trump, quien se atribuyó el mérito de decisiones arbitrales relacionadas con el delantero Folarin Balogun, llegando incluso a afirmar que había intervenido personalmente para lograr la suspensión de una tarjeta roja. Pero, como siempre en la FIFA, el dinero manda. A pesar de las controversias que han rodeado a Gianni Infantino durante el último año, parece haber perdido muy pocos apoyos. España, por lo tanto, no fue la única ganadora de este Mundial. La competición terminó convirtiéndose también en una prolongación de las relaciones internacionales y en una de las expresiones más visibles del soft power. La Copa del Mundo es, quizá, el último lenguaje verdaderamente universal que aún habla la humanidad. Crea memoria al mismo tiempo que forja un sentido de pertenencia. En ese universo, la FIFA, Donald Trump, Gianni Infantino, el dinero, los patrocinadores y el VAR no son fenómenos aislados. Todos ellos reflejan una misma realidad: la política ya no observa el partido desde las tribunas; ahora también juega el partido. Y, sin embargo, pese a todos los intentos de politizar el fútbol, la gente sigue llorando por un gol, celebrando una sorpresa y creyendo que una selección pequeña todavía puede derrotar a una potencia futbolística. Esa es una forma de justicia simbólica que la política nunca podrá comprar por completo. Desde el primer Mundial celebrado en Uruguay en 1930, seguido por los de Italia en 1934, Inglaterra en 1966 y el de 2002, la máxima competición del fútbol mundial jamás ha estado libre de controversias y escándalos. El fútbol puede convertirse en un sustituto pacífico de la guerra. También puede ayudar a la afición de todo el mundo a reconocer aquello que la une, más que aquello que la divide, por encima de los conflictos políticos, las acusaciones de corrupción o el llamado sportswashing. Pero esa no es toda la historia. La Copa del Mundo puede ser un lujo. Sin embargo, es un lujo al que prácticamente nadie está dispuesto a renunciar. Cada cuatro años, millones de aficionados se escapan discretamente del trabajo para ver los partidos, permiten que sus hijos permanezcan despiertos hasta altas horas de la noche y ponen en pausa la vida cotidiana, aunque sea durante noventa minutos. Nadie puede arrebatarles ese placer. La Copa del Mundo es una extraordinaria máquina de fabricar recuerdos. Los aficionados veteranos recuerdan exactamente dónde estaban durante las mayores victorias de su selección y sus derrotas más dolorosas, y con quién compartieron esos momentos: un padre que ya no está, un amigo, un hijo que hoy ya es adulto. El fútbol mantiene viva la esperanza de que un futuro diferente siga siendo posible, uno en el que los más modestos puedan romper la jerarquía establecida y alcanzar la cima, aunque solo sea durante un torneo. Es un drama que nunca desaparece del todo, reflejado incluso en los himnos nacionales, impregnados ellos mismos por la memoria de la guerra, de los soldados y del sacrificio. La proliferación de las teorías de la conspiración es, por sí sola, una muestra de la extraordinaria pasión que la Copa del Mundo despierta en todos los rincones del planeta. Según la FIFA, cerca de tres mil millones de personas siguieron por televisión la final de 2026. Una audiencia de esa magnitud genera enormes ingresos provenientes de los derechos de transmisión, los contratos de patrocinio, la venta de boletos y los paquetes de hospitalidad. Al igual que sus longevos predecesores, Sepp Blatter y João Havelange, Gianni Infantino ha demostrado una notable habilidad para codearse con los hombres más poderosos del mundo. Recibió de manos de Vladimir Putin la Orden de la Amistad y creó el Premio de la Paz de la FIFA, que posteriormente entregó a Donald Trump. Al ampliar el torneo a 48 selecciones, la FIFA también amplió la red de intereses, rivalidades y cálculos geopolíticos en un contexto internacional cada vez más inestable. El conocido llamado a “mantener la política fuera del deporte” no deja de ser una cómoda ilusión. Nadie debería esperar que el deporte fuera un santuario inmune a toda influencia política. Lo que sí puede y debe exigirse es una mayor coherencia, transparencia y rendición de cuentas. La tecnología puede contribuir a alcanzar esos objetivos, pero también puede complicarlos cuando las decisiones quedan ocultas tras el telón digital del VAR (Video Assistant Referee). Sobre los gustos no hay discusión, aunque una pequeña minoría, por sensibilidad estética, vea en las camisetas de fútbol el símbolo de un deporte inherentemente violento. La realidad es que el fútbol cautiva a casi todo el mundo porque despierta algo profundamente arcaico: la necesidad del ritual colectivo. Como observó el sociólogo Émile Durkheim, las cosas sagradas “están separadas y rodeadas de prohibiciones”. Para muchos, el fútbol se ha convertido en un auténtico día de culto, un rito que alimenta el orgullo comunitario y reúne pacíficamente a las personas en torno a identidades compartidas. Satisface el deseo de pertenecer a algo más grande que uno mismo mediante lo que Durkheim denominó “efervescencia colectiva” (collective effervescence), creando vínculos entre personas que, de otro modo, tendrían muy poco en común, unidas por la celebración de una victoria inesperada. Esta dinámica también abre la puerta a posibilidades inesperadas. La lealtad a la nación, expresada a través de la identidad nacional de un futbolista, puede resultar mucho más compleja de lo que parece a primera vista. El delantero estadounidense Folarin Balogun, nacido en Estados Unidos de padres nigerianos y también elegible para representar a Inglaterra, es un buen ejemplo de ello. Apoyar a una selección nacional también significa abrazar el pluralismo y la capacidad de las sociedades para crear nuevas síntesis identitarias, en las que el “yo” se transforma en un “nosotros”. Fue precisamente esa dinámica la que logró reunir a los habitantes de Nueva York en torno a una misma emoción. El teólogo católico Michael Novak sostenía que “el deporte brota de un profundo impulso natural hacia la excelencia”. La política también apela a los instintos tribales. El fútbol, sin embargo, ofrece a esos impulsos un escenario infinitamente menos cruel que el campo de batalla e incluso menos divisivo que las urnas. Quizá esa sea, al final, la misericordia más discreta del fútbol.

Guerras iraníes: ¿quién pagará el precio?
بقلم
Rabih Dandachli
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jul 25, 2026 - 15:31

El enfrentamiento que sacude hoy a Oriente Medio ya no constituye simplemente un nuevo capítulo del conflicto entre Irán y sus adversarios, ni puede reducirse a una confrontación entre Teherán, Estados Unidos e Israel. Los acontecimientos recientes revelan una realidad que trasciende la propia guerra. Plantean una pregunta más fundamental: cuál será la configuración del orden regional que surgirá de esta confrontación, qué lugar ocupará Irán en él y qué futuro le espera a la red de grupos armados mediante la cual Teherán ha construido una parte esencial de su influencia en el mundo árabe. Durante muchos años, la estrategia iraní se sustentó en una ecuación relativamente sencilla: proteger su propio territorio mientras extendía su influencia y su capacidad de disuasión más allá de sus fronteras mediante una red de aliados y grupos armados que se extiende desde Irak hasta Yemen, pasando por el Líbano. Ese modelo proporcionó a Teherán lo que consideraba una «profundidad estratégica», permitiéndole ejercer presión sobre sus adversarios desde múltiples escenarios sin convertir necesariamente al territorio iraní en el principal campo de batalla. Sin embargo, la guerra actual está poniendo de manifiesto los límites de esa ecuación y podría marcar el comienzo de su inversión contra quienes la concibieron. La cuestión ya no se limita a las acciones de los aliados de Irán. Los propios países vecinos de Irán se han convertido en parte integrante del teatro de operaciones, mientras varios Estados árabes han sido blanco directo de misiles y drones iraníes. El 28 de febrero, Kuwait, Catar, los Emiratos Árabes Unidos y Baréin anunciaron haber interceptado misiles iraníes, mientras que Jordania también interceptó otros tras ingresar en su espacio aéreo. En las semanas siguientes, los ataques y sus repercusiones se extendieron a otros países del Golfo. El 11 de marzo, el Consejo de Seguridad adoptó la Resolución 2817, condenando los ataques iraníes contra Estados de la región y exigiendo a Teherán que les pusiera fin. Aquí aparece la primera paradoja que merece ser analizada: ¿cómo puede Irán exigir que se respete su propia soberanía mientras considera la de sus vecinos como una variable que puede ignorarse siempre que así lo requieran sus cálculos militares? No cabe duda de que Irán también ha sido objeto de importantes ataques militares y ha justificado su respuesta invocando el derecho a la legítima defensa. Esa realidad no puede ignorarse en ningún análisis objetivo del conflicto. Sin embargo, el derecho de un Estado a defenderse no le otorga automáticamente el derecho de convertir a otros países en una prolongación geográfica del campo de batalla, especialmente cuando esos países intentan mantenerse al margen del conflicto o contener su escalada. De exportar influencia a exportar el costo de la guerra Una de las características centrales de la política regional de Irán es que, durante las últimas décadas, no se ha limitado a ampliar su influencia política. También ha vinculado una parte de su seguridad nacional a la construcción de capacidades militares más allá de sus propias fronteras. Desde la perspectiva iraní, la lógica era sencilla: enfrentar a sus adversarios lejos del territorio iraní para disponer de un mayor margen de maniobra y de una capacidad de disuasión más sólida. Pero esa estrategia tiene otra cara: trasladar el costo de los conflictos de Irán a otros Estados y a otras sociedades . Eso es precisamente lo que confiere a los acontecimientos actuales su verdadera dimensión. Los países del Golfo, por ejemplo, ya no son los mismos de hace veinte años. Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait, Omán y Baréin están invirtiendo hoy en modelos económicos cada vez más sustentados en la estabilidad, la atracción de inversiones, la aviación, el turismo, la tecnología, la logística y una integración más profunda con los mercados mundiales. Para esos países, la seguridad ya no consiste únicamente en proteger las fronteras. Se ha convertido en uno de los pilares de su modelo económico y de su capacidad para desarrollar sus proyectos de futuro. En consecuencia, cuando sus aeropuertos, infraestructuras estratégicas, espacio aéreo o rutas marítimas pasan a formar parte de una confrontación entre Irán y un tercer actor, el asunto deja de ser un incidente militar aislado. Lo que está directamente en juego es el propio concepto de soberanía que debería regir las relaciones entre los Estados de la región. Más aún, esta política no se expresa únicamente a través del Estado iraní. Aquí comienza la segunda dimensión del problema: la de los aliados y grupos armados vinculados a Irán . Los hutíes: cuando un grupo armado decide las relaciones entre dos Estados Los acontecimientos más recientes en Yemen ofrecen quizá el ejemplo más revelador del dilema al que hoy se enfrenta la región. Los hutíes anunciaron lo que calificaron como un «bloqueo marítimo» contra Arabia Saudita y amenazaron a embarcaciones vinculadas con los puertos sauditas, llevando así la confrontación mucho más allá del conflicto interno yemení. Estas amenazas ya han obligado a petroleros que transportaban crudo saudita a modificar sus rutas, demostrando que sus consecuencias van mucho más allá del discurso político y afectan al comercio, la energía y la navegación internacional. La pregunta no debería ser únicamente: ¿por qué actúan así los hutíes? La cuestión verdaderamente importante es otra: ¿quién otorgó a un grupo armado que opera en Yemen la facultad de tomar decisiones capaces de determinar las relaciones entre ese país y un Estado vecino tan importante como Arabia Saudita, exponiendo al mismo tiempo al propio Yemen a consecuencias militares y económicas potencialmente muy graves? No se trata solamente de un problema yemení. Se encuentra en el corazón mismo de la crisis provocada, en varios países árabes, por el modelo de grupos armados que actúan paralelamente al Estado. El problema ya no consiste únicamente en que Irán cuente con aliados armados en la región. Algunos de esos aliados son ahora capaces de redefinir las relaciones de su propio Estado con los países vecinos al margen de las instituciones estatales. Y esa es una diferencia fundamental. Un partido político es libre de adoptar la posición regional que considere conveniente, de apoyar a Irán o de oponerse a él, y de expresar su postura respecto de Estados Unidos, Israel o Arabia Saudita. Eso forma parte de la actividad política. Pero cuando un partido u organización dispone de una capacidad militar autónoma que le permite transformar su postura política en una guerra que termina involucrando a todo el Estado, estamos ante una realidad completamente distinta. De Yemen al Líbano e Irak Lo que hoy pone de manifiesto el caso de Yemen recuerda, en muchos aspectos, la experiencia que ha vivido el propio Líbano, aunque las circunstancias y los contextos sean diferentes. Durante los últimos años, los libaneses han experimentado lo que significa que la decisión de entrar en guerra escape a las instituciones del Estado y dependa de cálculos que las sobrepasan, convirtiendo a un país ya golpeado por una profunda crisis económica y política en uno de los escenarios de una confrontación regional mucho más amplia. Por ello, el debate no gira únicamente en torno a la postura de los libaneses frente a Israel, ni sobre la legitimidad de la resistencia a la ocupación en determinados momentos de la historia. Plantea una pregunta mucho más concreta: ¿quién tiene hoy la autoridad para llevar al Líbano a la guerra? ¿El Estado o una organización que opera dentro del Estado? Irak enfrenta un dilema similar, aunque bajo una forma distinta. Bagdad intenta preservar sus relaciones con Irán, por un lado, y con los países árabes, Estados Unidos y la comunidad internacional, por el otro, mientras las decisiones de determinadas facciones armadas pueden colocar al Estado iraquí ante las consecuencias de acciones que su propio gobierno nunca adoptó. La confrontación actual también ha demostrado que los cálculos de algunas facciones armadas iraquíes no coinciden necesariamente, en todos los casos, con los de Teherán. Según diversos informes, grupos con los que Irán ha mantenido estrechos vínculos durante años han expresado reservas sobre involucrarse en una guerra de gran escala en la que Irak sería el primero en pagar el precio. Se trata de una evolución que merece toda la atención. Porque la pregunta que empieza a surgir dentro de esos sectores ya no es necesariamente: ¿estamos con Irán o contra Irán? La verdadera pregunta es otra: ¿Coincide necesariamente el interés de Irán en esta guerra con el interés de Irak, del Líbano o de Yemen? Los grupos armados: de la «profundidad estratégica» a la carga estratégica Quizá sea aquí donde reside la mayor paradoja de la estrategia iraní. Durante décadas, Teherán invirtió en construir una red de relaciones con grupos armados en toda la región, considerando esa red como un componente esencial de su capacidad de disuasión y de su seguridad nacional. Sin embargo, lo que durante mucho tiempo fue percibido como una fuente de profundidad estratégica podría convertirse, en el nuevo contexto regional, en una carga estratégica . Cada vez que un grupo armado utiliza el territorio de un Estado árabe para amenazar a otro Estado, aumenta la presión no solo sobre ese grupo, sino también sobre el país desde el cual opera. Y a medida que los misiles, los drones y las rutas marítimas se convierten en instrumentos utilizados por actores ajenos a las instituciones oficiales del Estado, resulta cada vez más difícil considerar las armas de esos grupos como un asunto meramente interno del país en el que se encuentran. Irán y sus aliados podrían estar cometiendo aquí un grave error estratégico si parten de la idea de que el Oriente Medio que surja de la guerra actual seguirá aceptando las mismas reglas que prevalecían antes del conflicto. La región está cambiando, y también las reglas del juego En Oriente Medio se está produciendo una transformación mucho más profunda. Arabia Saudita y los Estados del Golfo están redefiniendo sus prioridades. Otros países árabes intentan reconstruir sus instituciones después de años de guerras y divisiones internas. Existe una tendencia creciente a considerar que la estabilidad económica, la seguridad regional y la soberanía nacional ya no son asuntos separados, sino intereses estrechamente vinculados. En ese contexto, resulta difícil imaginar un orden regional estable que acepte de manera permanente la existencia de organizaciones armadas capaces de tomar, de forma autónoma, decisiones militares contra otros Estados. Ningún Estado puede exigir que sus vecinos respeten su soberanía si no ejerce, dentro de sus propias fronteras, el monopolio del uso de la fuerza y de la decisión de ir a la guerra. Y ninguna organización armada puede pretender formar parte del sistema político cuando le conviene y comportarse como un Estado independiente cuando se trata de decidir sobre la guerra y la paz. Esa ecuación puede seguir siendo viable mientras el costo de las confrontaciones permanezca limitado. Pero se vuelve mucho más frágil cuando un solo dron o un solo misil es capaz de destruir una infraestructura estratégica, paralizar un aeropuerto, amenazar una ruta marítima o arrastrar a dos Estados hacia una confrontación más amplia. Por eso, lo que hoy está en juego podría ir mucho más allá de un simple reajuste del equilibrio de poder entre Irán y sus adversarios. Podría redefinir lo que, de ahora en adelante, será considerado aceptable o inaceptable dentro del propio sistema regional de seguridad. El mayor error de cálculo de Irán El mayor error de cálculo de Teherán hoy podría ser creer que ampliar el alcance de la confrontación fortalece automáticamente su capacidad de disuasión. Eso puede ser cierto desde un punto de vista estrictamente militar, al menos durante un tiempo. Pero una estrategia no se mide únicamente por el número de frentes que un actor es capaz de abrir. También debe juzgarse por el orden político y de seguridad que esos frentes dejarán una vez terminada la guerra. Si las acciones de Irán y las amenazas lanzadas por las fuerzas alineadas con él llevan a Arabia Saudita, a los Estados del Golfo, a Jordania y a otros países a profundizar su cooperación en materia de defensa, a incrementar la presión internacional sobre los grupos armados que operan al margen del Estado y a reforzar en el Líbano, Irak y Yemen las demandas internas en favor del monopolio de las instituciones legítimas sobre las decisiones de guerra y paz, entonces Irán podría descubrir que la misma guerra mediante la cual pretendía demostrar el alcance de su influencia habrá contribuido, en realidad, a socavar el entorno que hizo posible esa influencia. Esa posibilidad no debe subestimarse. Porque el poder regional de Irán nunca ha descansado únicamente en sus misiles, su programa nuclear o sus capacidades militares convencionales. Una parte esencial de ese poder ha dependido de la capacidad de Teherán para actuar en las zonas grises del Estado árabe: un Estado que existe sin ejercer el monopolio de la fuerza; un gobierno que gobierna sin tener el monopolio de las decisiones militares; fronteras internacionalmente reconocidas que, sin embargo, no impiden el paso de armas ni la expansión del conflicto. Si esas zonas grises comienzan a desaparecer, uno de los principales pilares de la influencia regional de Irán se enfrentará a un desafío de enorme magnitud. Las guerras de Irán y las de sus aliados: ¿quién pagará el precio? El desenlace de la confrontación actual sigue abierto a múltiples escenarios. Todavía es imposible determinar con certeza qué forma adoptará el orden regional que surgirá de ella. Sin embargo, una realidad ya empieza a imponerse: una región sometida a un grado tan elevado de amenaza e inestabilidad no volverá simplemente a la situación que existía antes de la guerra. Los Estados revisarán sus alianzas, sus dispositivos de defensa, sus fronteras y sus relaciones con Irán. También replantearán su manera de entender a los grupos armados capaces de amenazarlos desde el territorio de otros Estados. Los propios aliados de Irán tendrán entonces que hacerse una pregunta quizá aún más importante que la de la victoria o la derrota en el conflicto actual: ¿Qué quedará de ellos y de sus propios Estados cuando la guerra termine? Los hutíes pueden amenazar a Arabia Saudita, pero será Yemen quien pague primero las consecuencias de una nueva guerra. Las facciones armadas iraquíes pueden decidir involucrarse en una confrontación regional de mayor alcance, pero será Irak quien cargue con sus costos económicos, políticos y de seguridad. En el Líbano, una organización armada puede considerarse parte de una ecuación regional más amplia. Pero cuando cesen los combates, serán los libaneses quienes permanezcan solos frente a la tarea de reconstruir su economía, su Estado y sus instituciones. En cuanto a Irán, puede ampliar los escenarios de confrontación y demostrar su capacidad para golpear a sus adversarios más allá de sus fronteras. Pero al hacerlo, también corre el riesgo de transformar el temor que inspira su influencia en el fundamento mismo de un nuevo orden regional concebido precisamente para contenerla. Ahí reside la gran paradoja. Lo que Irán construyó durante décadas como una fuente de profundidad estratégica podría, por un uso excesivo de ese mismo instrumento, convertirse en la principal razón por la que la región busque establecer una nueva arquitectura de seguridad destinada a impedir que cualquier Estado o grupo armado tenga el poder de decidir el destino de otros Estados. La verdadera pregunta, por tanto, ya no es si Irán y sus aliados son capaces de abrir nuevos frentes. Eso ya lo han demostrado. La cuestión más difícil es saber si son plenamente conscientes de que cada nuevo frente puede acelerar el surgimiento de un Oriente Medio que ya no estará dispuesto a aceptar las reglas que permitieron el nacimiento y la permanencia de esos aliados. Las guerras de Irán pueden tener su origen en los cálculos estratégicos de Teherán. Pero serán, con frecuencia, los Estados y los pueblos convertidos en campos de batalla quienes paguen el precio más alto. Y en el Oriente Medio que está tomando forma, el monopolio del Estado sobre la decisión de ir a la guerra y hacer la paz podría dejar de ser únicamente una exigencia de soberanía interna para convertirse en una de las condiciones fundamentales de cualquier orden regional viable.

¡En Ormuz, diplomacia coercitiva y "teoría del hombre loco"!
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Youssef Mouawad
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jul 25, 2026 - 01:14

¡Agárrense fuerte! Al bombardear Irán por enésima noche consecutiva, Estados Unidos supuestamente no habría buscado más que comunicarse con Teherán. Cada ataque contra un objetivo militar o civil, cada destrucción de un radar, una rampa de lanzamiento o una refinería de hidrocarburos, no contaría sino como un mensaje al adversario. ¡No sería más que un guiño para reanudar o continuar las conversaciones bajo ciertas condiciones! Eso es lo que habría sostenido Thomas Schelling, premio Nobel de Economía en 2005. En su opinión, es precisamente cuando los cañones truenan o el fuego cae del cielo cuando los beligerantes intercambian mensajes y se comunican entre sí, siendo la guerra tan solo una forma de negociación llevada a cabo por otros medios. El viraje estadounidense En su obra The strategy of conflict , el ensayista americano parte de una distinción entre la estrategia de disuasión (deterrence) y la de coacción (compellence) y la lleva hasta sus límites más extremos. Así, se habría estado en el ámbito de la disuasión mientras los portaaviones estadounidenses desfilaban por mares cálidos sin atreverse a apretar el gatillo. Luego vino una escalada seguida de un alto el fuego. Los buenos oficios de Islamabad definirían el pasado 17 de junio los contornos del famoso MOU (Memorandum of Understanding) . En opinión generalizada, la habilidad y la resiliencia de la diplomacia iraní habían enturbiado las aguas, por lo que Trump tuvo que rebajar sus expectativas: ya no exigiría el cambio de régimen de los mulás, sino que se conformaría con el libre acceso al estrecho de Ormuz. A ojos del mundo, los estadounidenses habían mostrado poca credibilidad y firmeza al pasar de la disuasión a la coacción y luego a la negociación. Sin embargo, Trump no había dicho su última palabra. Indignado por las maniobras de los plenipotenciarios persas y por la interpretación sesgada que estos hacían del artículo 5 del citado MOU, aprovechó el pretexto de una agresión menor para volver a poner la guerra sobre la mesa. Y ahí está de nuevo el golfo Pérsico bajo el fuego continuo estadounidense (1). El precedente vietnamita Se ha repetido hasta la saciedad que la actitud del presidente estadounidense era errática, que su estrategia era cambiante y que su conducción de las operaciones era incoherente, ¡dado que sus objetivos no estaban claramente definidos! ¿Pero acaso no se estaba precipitando en las conclusiones para cargar las tintas sobre un presidente atípico? Desde luego, y a menos que se vea acorralado, al inquilino de la Casa Blanca no le gusta recurrir a la violencia armada; no es un belicista como Netanyahu, ni un intransigente sin concesiones como los Guardianes de la Revolución. En cambio, se adapta al terreno y puede, como otros actores políticos, sacar el mayor partido de un enfrentamiento, siendo la guerra por esencia proteiforme. Y si a veces esboza una retirada, es para volver a la carga poco después, cuando menos se le espera. Por otra parte, la historia americana nos ha dado al menos un ejemplo de negociaciones llevadas a cabo bajo alta presión. Con Lyndon B. Johnson, Estados Unidos se había empantanado en la antigua Indochina francesa. En aplicación de la teoría del «containment» del peligro comunista, el apoyo militar estadounidense pasó de la contrainsurgencia a la guerra de desgaste. Elegido presidente, Richard Nixon tenía una sola preocupación: traer a los chicos de vuelta a casa sin perder demasiado prestigio. El secretario de Estado Henry Kissinger se encargó de liquidar ese sangriento legado. En París se iniciaron las negociaciones entre las partes implicadas, entre ellas los estadounidenses y los norvietnamitas. Pero como estos últimos no parecían ceder ante sus argumentos, el «dear Henry» combinó, con una habilidad consumada, negociaciones intensivas y una violenta escalada militar, «según el principio de la diplomacia coercitiva (coercive diplomacy) y de la teoría del loco (madman theory) ya esbozada por Richard Nixon» (2). Y los Acuerdos de París fueron firmados en enero de 1973. Ormuz y el Jabal Amel Un patrón idéntico se repite ahora en torno al estrecho de Ormuz, ahora que Trump ha comprendido que la disuasión por sí sola no basta para resolver la cuestión y que no puede permitirse una guerra de desgaste, dado que el adversario iraní ha demostrado ser más duro de roer de lo que esperaba. Los observadores avezados pueden tranquilizarse; a partir de ahora será la lógica de la «compellence» la que marque el ritmo. La fuerza bruta que los estadounidenses han desplegado durante más de doce noches consecutivas no pretende destruir las fuerzas armadas iraníes, sino obligar a Teherán a cambiar de actitud. Es encareciendo «el coste político, militar y económico de la guerra» como Estados Unidos presionará al país de los mulás para que adopte una postura razonable en la mesa de negociaciones, negociaciones que, pese a las declaraciones y bravatas, no han sido realmente interrumpidas. En definitiva, los ataques aéreos actuarían como palanca diplomática. La moraleja de la fábula A la luz de esta categorización, consideremos lo que nos espera en el sur del Líbano: Israel continuará su guerra de coerción mientras el Partido de Dios no haya capitulado. La política de tierra quemada y destrucción sistemática, palanca diplomática sin igual, seguirá desarrollándose ante nuestros ojos. Ante lo inevitable, Arafat se retiró de Beirut con armas y bagajes: fue en 1982. A petición de las notabilidades sunitas, renunció a convertir nuestra capital en otro Stalingrado. ¡Que se le agradezca por ello! Dicho esto, ¿podemos esperar la misma comprensión por parte de Teherán? Esta capital recalcitrante, este laboratorio de la subversión jomeinista, tiene otros planes en mente: pretende combatir hasta el último chiita. ¡Libaneses, así es el mundo! ¡Y la historia dirá que el iraní no mostró la misma empatía que el palestino! 1- Como prueba de la pertinencia de la teoría de los intercambios, el hecho de que las aeronaves estadounidenses estén destruyendo instalaciones iraníes desde el pasado 7 de julio, mientras Teherán solo responde golpeando Kuwait, Qatar, Baréin, Omán y Jordania, bajo el pretexto de que estos países albergan bases estadounidenses. ¡Resulta sorprendente ver cómo objetivos exclusivamente americanos, como los portaaviones, han sido hasta ahora respetados! 2- La teoría o estrategia del loco (madman theory) designa un enfoque de política exterior concebido por el presidente Richard Nixon. Consistía en hacer creer a sus adversarios que tenían frente a ellos a un dirigente de comportamiento imprevisible y con una enorme capacidad de destrucción.