

¿Cómo entender que, pese a la existencia de ese otro Líbano bajo tierra, Hezbolá haya sufrido una derrota de tal magnitud, perdido a tantos de sus combatientes y provocado la muerte y el desplazamiento de los habitantes del sur del Líbano? Incluso contribuyó a alterar y fragmentar la propia geografía del país.
Un discurso de Hassan Nasrallah, en el que afirmó que buscaba al soldado israelí “con una lámpara y una mecha”, me reveló no una simple exageración política pasajera, sino toda una arquitectura de la ilusión del poder.
No estamos simplemente ante una brecha entre el discurso y la realidad, sino frente a una falla más profunda: una percepción irreal de la propia capacidad. El poder que Hezbolá proyectó a través de su red de túneles y de su enorme arsenal de misiles no logró “capturar a un solo soldado” ni modificar las reglas del enfrentamiento. El resultado es la realidad que hoy vivimos.
Esta contradicción no puede explicarse únicamente por errores de cálculo político. Revela algo más profundo: el poder terminó convirtiéndose en un discurso más que en un instrumento efectivo de acción. Las armas existen, pero la capacidad para utilizarlas se ha visto severamente limitada. La paradoja es evidente: cuanto más se eleva el discurso, más se ponen al descubierto los límites de la capacidad real.
Más importante aún, las decisiones de Hezbolá sobre la guerra y la paz no nacen exclusivamente del Líbano ni responden únicamente a sus intereses nacionales. Están ligadas a un eje regional encabezado por Irán. Eso explica las vacilaciones, las contradicciones en sus comunicados y su incapacidad para adoptar una posición coherente o tomar decisiones de manera autónoma.
Durante años, Hezbolá vivió bajo la influencia de su propia narrativa mediática, construida alrededor de la ilusión del «poder absoluto» y de una “disuasión inquebrantable”. Esa narrativa se alimentó de los éxitos obtenidos en conflictos asimétricos anteriores, especialmente en Siria.
Por su parte, Israel también pasó años exagerando la amenaza que representaban Hezbolá, su red de túneles y la magnitud de su infraestructura subterránea, con el fin de justificar enormes presupuestos militares y preparar a su opinión pública para la guerra. Sin embargo, cuando el enfrentamiento comenzó realmente, las exageraciones de ambos bandos se desvanecieron.
Hezbolá descubrió que sus fortificaciones y ciudades excavadas en la roca no eran las fortalezas legendarias que imaginaba. En realidad, se trataba de instalaciones fijas que podían convertirse fácilmente en una carga, e incluso en una tumba para quienes se encontraban en su interior, una vez aisladas mediante operaciones de ingeniería y privadas de sus comunicaciones.
Israel, por su parte, comprobó que desmantelar esas “ciudades de roca” requería un enorme esfuerzo de ingeniería y una destrucción a gran escala. Pero la tarea era perfectamente posible mientras conservara una superioridad aérea absoluta y operara sobre un territorio prácticamente despoblado.
La conclusión es clara: las fortificaciones y las redes de túneles no son más que herramientas materiales. Si no cuentan con el respaldo de un Estado fuerte, un verdadero consenso nacional, una profundidad estratégica regional dispuesta a asumir el costo de sus propias decisiones y una capacidad tecnológica capaz de igualar la del adversario, esas ciudades enterradas bajo la roca dejan rápidamente de ser instrumentos de ofensiva y sorpresa. Se convierten en posiciones defensivas aisladas, condenadas a caer en cuanto colapsan las líneas de comunicación y el marco político que las sostiene en la superficie.
Hezbolá cayó así en la trampa de sus éxitos anteriores. Dio por sentado que las tácticas que le permitieron establecer un cierto nivel de disuasión durante la guerra de 2006 podían reproducirse en la actualidad, sin percatarse del enorme salto tecnológico registrado desde entonces, especialmente en los campos de la inteligencia artificial, las capacidades cibernéticas y la tecnología militar de la que dispone Israel.
Las redes de túneles y las fortificaciones subterráneas fueron, en otro tiempo, auténticos santuarios. Protegían a los combatientes de Hezbolá y a sus plataformas de lanzamiento de misiles frente a los bombardeos aéreos convencionales. En la actual era digital, sin embargo, se han convertido en verdaderas trampas mortales.
Israel recurrió a algoritmos de inteligencia artificial, drones de reconocimiento con sensores térmicos y avanzadas tecnologías de prospección geológica para elaborar mapas tridimensionales de gran precisión de la red de túneles. Supervisó los movimientos de entrada y salida, al tiempo que dirigía sus ataques contra los conductos de ventilación y las rutas de abastecimiento. Como resultado, las fortificaciones quedaron completamente expuestas y aisladas incluso antes del inicio de la ofensiva terrestre.
La dependencia de Hezbolá de métodos operativos repetitivos terminó convirtiéndose también en una vulnerabilidad. Sus patrones de comunicación y desplazamiento seguían rutinas previsibles, precisamente el tipo de comportamiento que los sistemas israelíes de inteligencia artificial están diseñados para detectar. Mediante el análisis de los hábitos cotidianos, las huellas vocales, los movimientos logísticos e incluso los relevos entre combatientes, los algoritmos predictivos habrían logrado anticipar sus movimientos. Esa profunda penetración de inteligencia convirtió cualquier intento de emboscada convencional en una operación detectable y susceptible de ser neutralizada mediante ataques preventivos de alta precisión, incluso antes de que las fuerzas israelíes entraran en contacto directo sobre el terreno.
A ello se sumó una amplia campaña de penetración cibernética. Según múltiples análisis, las tecnologías israelíes de inteligencia lograron infiltrarse en servidores digitales, teléfonos inteligentes de combatientes y de sus familias, así como en las cámaras situadas alrededor de instalaciones estratégicas, hasta desembocar en lo que puede calificarse como un auténtico “asesinato tecnológico sistemático”, como ilustraron las explosiones de los pagers y de los dispositivos de comunicación inalámbrica. El impacto psicológico de estas operaciones desorganizó gravemente la estructura de mando y control de Hezbolá, al tiempo que sembró la desconfianza hacia cualquier dispositivo electrónico.
Al mismo tiempo, Hezbolá seguía dependiendo de depósitos de armas fijos y de rutas logísticas tradicionales a través de la frontera, mientras Israel dirigía la batalla mediante una auténtica “nube militar digital”, capaz de conectar en cuestión de segundos a los drones en vuelo, a los oficiales de inteligencia frente a sus pantallas y a las unidades blindadas desplegadas sobre el terreno. Ese grado de integración privó a Hezbolá del factor sorpresa que había constituido una de sus principales ventajas durante la guerra de 2006.
El resultado militar fue una parálisis casi total de Hezbolá. La organización no comprendió que las fortificaciones y las redes de túneles no se protegen por sí solas. Su eficacia depende por completo de la solidez del sistema de mando, control y comunicaciones, así como de la capacidad para preservar el factor sorpresa.
Otra de las ilusiones de Hezbolá consistía en creer que sus fortificaciones permanecerían en secreto y seguirían sorprendiendo al enemigo. Sin embargo, todo indica que la penetración de la inteligencia israelí fue mucho más profunda de lo que imaginaba. Antes incluso del inicio de la ofensiva terrestre, el ejército israelí disponía, al parecer, de mapas detallados de esas redes subterráneas, de su diseño estructural y de sus principales vulnerabilidades.
En última instancia, tanto las fortificaciones como los ejércitos necesitan una retaguardia nacional sólida y cohesionada. Durante la guerra de julio de 2006, Hezbolá gozaba de un amplio respaldo político y popular que trascendía las divisiones confesionales. Ese escenario ha cambiado radicalmente. Líbano entró en esta guerra profundamente dividido, inmerso en un colapso económico sin precedentes y con unas instituciones estatales gravemente debilitadas.
Una parte muy importante de la sociedad libanesa, perteneciente a distintas comunidades, consideró que la decisión de entrar en la guerra había sido tomada de manera unilateral, al servicio de una agenda regional iraní y sin consultar al Estado ni al resto de los componentes políticos y sociales del país.
Al mismo tiempo, la propia base social de Hezbolá, desplazada por miles, tuvo que afrontar una gravísima crisis humanitaria, económica y social, agravada por un creciente aislamiento.
La ausencia de un respaldo nacional amplio transformó lo que podía presentarse como una causa de defensa nacional en un conflicto percibido como sectario, políticamente aislado y socialmente limitado dentro del propio Líbano. Esa evolución ejerció una enorme presión moral sobre los combatientes desplegados en el terreno.
Sin embargo, el discurso de Hezbolá sigue marcado por la misma arrogancia y la misma negación de la realidad. Su problema ya no reside únicamente en la distancia entre las palabras y los hechos, sino en que el propio discurso ha terminado por desligarse de la realidad. Ya no existe un contacto directo con el enemigo, ni la capacidad de imponer el tipo de enfrentamiento que sigue proclamando, ni un cambio real en las reglas del juego.
Esto significa, con toda claridad, que lo que se presenta como un poder decisivo no es más que la explotación de un capital simbólico sobredimensionado, alimentado por la repetición de una imagen que ya no existe. Los éxitos de ayer se convirtieron en un mito; el mito pasó a ser una convicción; la convicción se transformó en discurso; y el discurso terminó sustituyendo a la realidad.
En ese momento, el propio arsenal pasa a formar parte del problema. Existe, pero ya no puede utilizarse del modo en que se anuncia, porque su empleo efectivo conduce de inmediato a su exposición y rápida destrucción. Estamos, por tanto, ante una fuerza que solo conserva su valor mientras permanece sin utilizar, una contradicción tan profunda como letal.
A ello se suma el hecho de que ese discurso forma parte de un eje regional encabezado por Irán, lo que añade un nuevo nivel de desconexión con la realidad propia del Líbano.
En el fondo, ahí reside el núcleo de la cuestión: estamos ante una estructura mental que produce la ilusión y la reproduce una y otra vez, incluso cuando los hechos sobre el terreno la desmienten.
Una ilusión organizada, administrada, alimentada e impuesta como sustituto de la verdad, hasta que vuelve a derrumbarse, una y otra vez, a costa de la tierra y de su gente… “hasta que Dios cumpla un designio que ya estaba decretado.”