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Análisis

El mar Rojo y el riesgo de una guerra regional más amplia

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Por Yakzan Takki
Publicado ago 5, 2026 - 19:44

Las crecientes tensiones en el Golfo están alimentando la preocupación mundial por una nueva crisis de la navegación en el mar Rojo. Una evolución de este tipo impondría nuevas restricciones al comercio marítimo internacional, ya de por sí extremadamente costoso, y desencadenaría otra crisis de abastecimiento en las inmediaciones de las zonas de conflicto del estrecho de Ormuz y de los riesgos geopolíticos asociados en Oriente Medio, si el enfrentamiento llegara a prolongarse. El mismo escenario se ha repetido con tanta frecuencia que hoy resulta casi predecible.

El presidente estadounidense Donald Trump está elevando la tensión. Washington habla de un ataque a gran escala, mientras que el secretario de Estado Marco Rubio analiza rutas alternativas para sortear el Estrecho de Ormuz. Los mercados comienzan a incorporar la posibilidad de una guerra regional en sus previsiones. Los precios del petróleo se disparan, las bolsas caen y la región se sume en la incertidumbre.

Mientras tanto, los dirigentes políticos observan la crisis desde perspectivas muy distintas. Algunos piensan en los cálculos de las próximas elecciones; otros, en los equilibrios de poder y de influencia. Al mismo tiempo, los grupos de presión y las grandes empresas actúan siguiendo la lógica de los intereses y las ganancias, aprovechando en ocasiones la volatilidad de los mercados que las propias crisis generan.

Los mercados financieros ya no consideran esta dinámica como una excepción, sino como un patrón recurrente. Cada escalada impulsa al alza los precios del petróleo por el temor a interrupciones en el suministro energético. Apenas aparecen señales de distensión; los precios vuelven a bajar. Lo mismo ocurre con los mercados bursátiles, que reaccionan con fuerza ante cada nueva amenaza y recuperan parte de sus pérdidas cada vez que reaparece la posibilidad de un acuerdo.

A pesar de ello, continúan aumentando las preocupaciones por nuevas interrupciones de la navegación en el estrecho de Ormuz. Mientras el tráfico de buques portacontenedores a través del golfo de Adén, el estrecho de Bab el-Mandeb y el canal de Suez registra un preocupante descenso. Más de cincuenta países ya se han visto afectados. En varios estados africanos, entre ellos Nigeria, la guerra ha agravado la pobreza y el hambre infantil. En Alemania, la producción de las plantas de Tesla ha disminuido después de que más de dieciocho compañías navieras internacionales decidieron desviar sus embarcaciones por el cabo de Buena Esperanza, retrasando así la llegada de materias primas industriales. Asimismo, la naviera japonesa NYK suspendió sus operaciones en el mar Rojo.

Este cambio de ruta ha cuadruplicado los costos del transporte marítimo debido al considerable aumento de la distancia a lo largo de la costa africana. También ha provocado nuevas perturbaciones en las cadenas mundiales de suministro y retrasos en la llegada de componentes industriales y tecnológicos procedentes de China, Taiwán y otros países del este de Asia.

En los últimos meses, un número creciente de buques mercantes ha abandonado su ruta habitual a través del golfo de Adén y el canal de Suez, en ambos sentidos. Estas vías marítimas eran utilizadas cada año por cerca de 20 000 buques de carga, de una flota mercante mundial de aproximadamente 105 000 embarcaciones, que en 2024 transportó alrededor de 15 mil millones de toneladas de mercancías y materias primas por vía marítima.

El regreso del fantasma de la inflación se ha convertido en uno de los mayores desafíos para los gobiernos de todo el mundo, incluso después de que las economías comenzaran a adaptarse parcialmente a las consecuencias de las perturbaciones en el estrecho de Ormuz. Esta situación reaviva los desequilibrios que marcaron la economía mundial tras la pandemia de Covid-19.

Europa observa con creciente inquietud el aumento de los precios del petróleo y la posibilidad de una expansión de los conflictos en Oriente Medio. Las economías de la Unión Europea siguen soportando el elevado costo de la guerra de Rusia contra Ucrania. Cualquier cambio en la estrategia estadounidense daría paso a una nueva realidad económica para Europa, caracterizada por mayores diferencias en el crecimiento y por una competitividad cada vez más desigual.

Los dirigentes europeos parecen profundamente desconcertados y necesitan actuar con rapidez. Les resulta difícil afrontar un nuevo choque económico que combine inflación, desempleo e incendios forestales, mientras la Unión Europea continúa buscando proveedores alternativos de energía situados a mayores distancias.

En contraste, durante los meses de la guerra estadounidense contra Irán, la economía de Estados Unidos, impulsada principalmente por la demanda interna, se mantuvo relativamente sólida. Al mismo tiempo, el comercio estadounidense con América del Norte y los países de la ASEAN alcanzó alrededor de 1,2 billones de dólares, mientras una parte cada vez mayor del comercio marítimo se desplazaba hacia el océano Pacífico. Por su parte, el comercio de China alcanzó aproximadamente 800 mil millones de dólares.

La exploración de los mares constituye una de las mayores aventuras de la humanidad. Gracias a ella, el Mediterráneo se convirtió, con todo su comercio y sus riquezas, en un inmenso espacio de intercambio entre los antiguos fenicios, griegos, egipcios, el norte de África, el sur de Europa y la India. Allí, Roma sentó las bases de sus antiguas rutas comerciales y militares.

Los viajes de Cristóbal Colón y Vasco da Gama, la Ruta de la Seda recorrida por Marco Polo y la vuelta al mundo del almirante Fernando de Magallanes contribuyeron a abrir nuevas rutas marítimas para el comercio internacional.

Sin embargo, el mar está al servicio de mucho más que un único propósito. Más de un millón de personas trabajan en el comercio marítimo, ya sea a bordo de los buques o en puertos y muelles. A ello se suman industrias enteras vinculadas a la construcción naval, la pesca, la navegación recreativa y el turismo marítimo. El sector también impulsa el desarrollo económico al estimular numerosas actividades industriales, entre ellas la producción de acero, aluminio, cables y fibra de vidrio.

Por ello, cualquier ampliación de los conflictos marítimos, desde Bab el-Mandeb hasta el mar de China y el mar de Japón, en un momento en que la economía mundial apenas crece alrededor de un 3 %, tendría nuevas repercusiones políticas y económicas. Sus consecuencias económicas y psicológicas seguirían afectando la vida de millones de personas.

Los círculos financieros estiman que cada año transitan por el mar Rojo mercancías con un valor mínimo de 3 billones de dólares, equivalentes a cerca del 13 % del comercio mundial, una cifra que podría elevarse a 5 billones de dólares para 2050.

A pesar de la importancia estratégica de este corredor fundamental para el comercio internacional, la ruta del mar Rojo sigue careciendo de numerosos servicios e infraestructuras marítimas esenciales. Entre ellos figuran astilleros, centros de mantenimiento, industrias navales y organismos responsables de garantizar la libre circulación del comercio. También adolece de una red logística capaz de respaldar el transporte internacional de mercancías, incluidas cerca del 80 % de los productos alimentarios comercializados en el mundo, especialmente cereales y aceite de palma.

También crece la preocupación por una eventual reorganización de las rutas de transporte y abastecimiento en la región en detrimento de Egipto y de varios países africanos. Egipto sería el principal perjudicado, ya que los ingresos del canal de Suez, estimados en alrededor de 11 mil millones de dólares anuales, seguirían bajo presión. Por ese paso transita aproximadamente el 15 % del comercio mundial, el 30 % del tráfico mundial de contenedores y el 8 % de los flujos mundiales de petróleo crudo.

Mientras tanto, Israel ha establecido en Eritrea su mayor puesto de observación militar y su plataforma estratégica más importante, con vista al estrecho de Tirán. Su enfrentamiento con Irán alimenta tensiones que podrían derivar en una violencia regional e internacional de mayor alcance, además de favorecer la piratería y la violencia vinculada a las identidades, con posibles consecuencias para la seguridad nacional árabe.

Sin embargo, el mundo árabe sigue careciendo de una estrategia común e integral para proteger este paso marítimo vital y construir un verdadero sistema de seguridad colectiva árabe. Esa carencia amenaza con debilitar el papel de los Estados de la región, comprometer su independencia política y erosionar su capacidad estratégica.

Así, los precios del petróleo pueden bajar después de que Donald Trump anuncie el aplazamiento de un eventual ataque militar, y las bolsas pueden recuperarse ante las noticias de un acuerdo inminente. Sin embargo, ello no significa que la paz se haya alcanzado ni que hayan desaparecido las causas profundas de la tensión.

Oriente Medio no vive ni una guerra abierta ni una paz estable. Permanece en una zona gris entre ambas, donde los instrumentos de la confrontación evolucionan constantemente, mientras sus consecuencias económicas y psicológicas siguen marcando la vida de millones de personas.

Cualquier nueva escalada afectará a todos. Tendrá repercusiones sobre el crecimiento económico mundial, alimentará la inflación, elevará el precio de la gasolina, de los dispositivos electrónicos y de las primas de los seguros, y acelerará la búsqueda de rutas marítimas alternativas, entre ellas los “corredores marítimos verdes” planteados en la Conferencia de Glasgow.

También impulsará el desarrollo de la infraestructura portuaria, la liberalización del sector marítimo en Marruecos y en África, el avance de la tecnología, los servicios logísticos y la conectividad digital, así como la expansión de las actividades offshore, los simuladores marítimos y las academias navales.

Este ciclo recurrente de crisis no significa que la región avance hacia la paz. Por el contrario, revela una realidad muy distinta: ni una guerra generalizada ni una estabilidad auténtica, sino una gestión permanente de las crisis. La escalada se ha convertido en una herramienta de negociación; la amenaza, en un instrumento político; y las negociaciones sirven cada vez más para aplazar la confrontación que para conducir a una solución de fondo.

Pero, en medio de esta confrontación política y estratégica, hay un solo actor que sigue pagando el verdadero precio: los pueblos. ¿Comprenderán finalmente los Estados árabes la importancia de desarrollar estrategias para proteger su “mar petrolero”, ese espacio marítimo que constituye uno de los pilares fundamentales del comercio mundial?

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