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Análisis

Mundial: el juego, el poder y la memoria

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Por Yakzan Takki
Publicado jul 26, 2026 - 07:27

La Copa Mundial de la FIFA 2026 concluyó con un éxito del que pueden presumir tanto la FIFA como Estados Unidos y la afición. Se prevé que los ingresos del torneo alcancen los 13 mil millones de dólares, lo que lo convierte en el evento deportivo más rentable de la historia. Un resultado que fortalece aún más la posición de Gianni Infantino de cara a su reelección como presidente de la FIFA el próximo año.

Esta Copa del Mundo también figuró entre los eventos deportivos más costosos jamás organizados en Estados Unidos. En el mercado secundario, el precio de los boletos alcanzó niveles récord, con un promedio de compra de 10,800 dólares y boletos individuales que llegaron a venderse por 32,000 dólares. Que eso sea una buena o una mala noticia depende, al final, de si uno compra… o vende.

Aunque las condiciones meteorológicas obligaron a interrumpir algunos partidos, estuvieron muy lejos de provocar las decenas de aplazamientos que muchos temían. Del mismo modo, las pesadillas logísticas que se pronosticaban para el primer Mundial organizado conjuntamente por tres países, Estados Unidos, México y Canadá, nunca llegaron a materializarse.

Con 48 selecciones y 104 partidos, el torneo ofreció esas sorpresas que representan la magia y la imprevisibilidad que distinguen a una Copa del Mundo. Cabo Verde, el segundo país más pequeño en clasificarse para un Mundial, se convirtió en una de las revelaciones del torneo al empatar con España en su partido inaugural. Noruega, de regreso a la Copa del Mundo tras una larga ausencia, alcanzó los cuartos de final gracias a su imponente delantero Erling Haaland, quien rápidamente se ganó el cariño de la afición, mientras los seguidores noruegos popularizaban su ya célebre “aplauso vikingo”.

Canadá y Egipto también escribieron un nuevo capítulo en su historia mundialista. Egipto avanzó hasta los octavos de final, convirtiéndose en una de las nueve selecciones africanas que alcanzaron la fase de eliminación directa. Entre las seis confederaciones de la FIFA, África incluso superó a Europa, al colocar a trece equipos más allá de la fase de grupos.

Lionel Messi disipó cualquier duda que pudiera quedar sobre su lugar entre los más grandes jugadores en la historia de la Copa del Mundo, si no del fútbol mismo. Al conducir a su selección hasta la final, abandonó la cancha del MetLife Stadium convertido en apenas el segundo futbolista en disputar tres finales mundialistas.

Sin embargo, esos logros no deben ocultar las zonas más oscuras del torneo. Esta edición pasará a la historia como la Copa del Mundo más politizada de todos los tiempos y la primera organizada mientras el país anfitrión, Estados Unidos, estaba en guerra con Irán. Las consecuencias fueron inmediatas, empezando por la negativa a conceder visas a más de una docena de integrantes de la delegación oficial iraní. El Departamento de Estado estadounidense también negó la entrada al árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, alegando “preocupaciones de seguridad que requerían una revisión más exhaustiva.”

Al mismo tiempo, aunque el sistema de Asistencia Arbitral por Video (VAR) fue concebido originalmente para alertar al árbitro central sobre errores claros y manifiestos o incidentes graves que hubieran pasado inadvertidos, terminó por convertirse en un actor cada vez más intervencionista a lo largo del torneo. Anuló un gol de Croacia y privó a Egipto de lo que pudo haber sido el tanto de la victoria. Sus críticos sostienen que el VAR ha ido despojando al arbitraje de su margen de criterio humano, arrebatándole al fútbol buena parte de su dramatismo. El fútbol es, ante todo, un arte. Es precisamente ese margen de incertidumbre lo que hace que millones de personas se enamoren de este deporte.

A ello se sumó un episodio tan insólito como polémico: la intervención del presidente Donald Trump, quien se atribuyó el mérito de decisiones arbitrales relacionadas con el delantero Folarin Balogun, llegando incluso a afirmar que había intervenido personalmente para lograr la suspensión de una tarjeta roja.

Pero, como siempre en la FIFA, el dinero manda. A pesar de las controversias que han rodeado a Gianni Infantino durante el último año, parece haber perdido muy pocos apoyos. España, por lo tanto, no fue la única ganadora de este Mundial. La competición terminó convirtiéndose también en una prolongación de las relaciones internacionales y en una de las expresiones más visibles del soft power.

La Copa del Mundo es, quizá, el último lenguaje verdaderamente universal que aún habla la humanidad. Crea memoria al mismo tiempo que forja un sentido de pertenencia. En ese universo, la FIFA, Donald Trump, Gianni Infantino, el dinero, los patrocinadores y el VAR no son fenómenos aislados. Todos ellos reflejan una misma realidad: la política ya no observa el partido desde las tribunas; ahora también juega el partido.

Y, sin embargo, pese a todos los intentos de politizar el fútbol, la gente sigue llorando por un gol, celebrando una sorpresa y creyendo que una selección pequeña todavía puede derrotar a una potencia futbolística. Esa es una forma de justicia simbólica que la política nunca podrá comprar por completo. Desde el primer Mundial celebrado en Uruguay en 1930, seguido por los de Italia en 1934, Inglaterra en 1966 y el de 2002, la máxima competición del fútbol mundial jamás ha estado libre de controversias y escándalos.

El fútbol puede convertirse en un sustituto pacífico de la guerra. También puede ayudar a la afición de todo el mundo a reconocer aquello que la une, más que aquello que la divide, por encima de los conflictos políticos, las acusaciones de corrupción o el llamado sportswashing. Pero esa no es toda la historia.

La Copa del Mundo puede ser un lujo. Sin embargo, es un lujo al que prácticamente nadie está dispuesto a renunciar. Cada cuatro años, millones de aficionados se escapan discretamente del trabajo para ver los partidos, permiten que sus hijos permanezcan despiertos hasta altas horas de la noche y ponen en pausa la vida cotidiana, aunque sea durante noventa minutos. Nadie puede arrebatarles ese placer.

La Copa del Mundo es una extraordinaria máquina de fabricar recuerdos. Los aficionados veteranos recuerdan exactamente dónde estaban durante las mayores victorias de su selección y sus derrotas más dolorosas, y con quién compartieron esos momentos: un padre que ya no está, un amigo, un hijo que hoy ya es adulto. El fútbol mantiene viva la esperanza de que un futuro diferente siga siendo posible, uno en el que los más modestos puedan romper la jerarquía establecida y alcanzar la cima, aunque solo sea durante un torneo. Es un drama que nunca desaparece del todo, reflejado incluso en los himnos nacionales, impregnados ellos mismos por la memoria de la guerra, de los soldados y del sacrificio.

La proliferación de las teorías de la conspiración es, por sí sola, una muestra de la extraordinaria pasión que la Copa del Mundo despierta en todos los rincones del planeta. Según la FIFA, cerca de tres mil millones de personas siguieron por televisión la final de 2026. Una audiencia de esa magnitud genera enormes ingresos provenientes de los derechos de transmisión, los contratos de patrocinio, la venta de boletos y los paquetes de hospitalidad.

Al igual que sus longevos predecesores, Sepp Blatter y João Havelange, Gianni Infantino ha demostrado una notable habilidad para codearse con los hombres más poderosos del mundo. Recibió de manos de Vladimir Putin la Orden de la Amistad y creó el Premio de la Paz de la FIFA, que posteriormente entregó a Donald Trump. Al ampliar el torneo a 48 selecciones, la FIFA también amplió la red de intereses, rivalidades y cálculos geopolíticos en un contexto internacional cada vez más inestable.

El conocido llamado a “mantener la política fuera del deporte” no deja de ser una cómoda ilusión. Nadie debería esperar que el deporte fuera un santuario inmune a toda influencia política. Lo que sí puede y debe exigirse es una mayor coherencia, transparencia y rendición de cuentas. La tecnología puede contribuir a alcanzar esos objetivos, pero también puede complicarlos cuando las decisiones quedan ocultas tras el telón digital del VAR (Video Assistant Referee).

Sobre los gustos no hay discusión, aunque una pequeña minoría, por sensibilidad estética, vea en las camisetas de fútbol el símbolo de un deporte inherentemente violento. La realidad es que el fútbol cautiva a casi todo el mundo porque despierta algo profundamente arcaico: la necesidad del ritual colectivo.

Como observó el sociólogo Émile Durkheim, las cosas sagradas “están separadas y rodeadas de prohibiciones”. Para muchos, el fútbol se ha convertido en un auténtico día de culto, un rito que alimenta el orgullo comunitario y reúne pacíficamente a las personas en torno a identidades compartidas. Satisface el deseo de pertenecer a algo más grande que uno mismo mediante lo que Durkheim denominó “efervescencia colectiva” (collective effervescence), creando vínculos entre personas que, de otro modo, tendrían muy poco en común, unidas por la celebración de una victoria inesperada.

Esta dinámica también abre la puerta a posibilidades inesperadas. La lealtad a la nación, expresada a través de la identidad nacional de un futbolista, puede resultar mucho más compleja de lo que parece a primera vista. El delantero estadounidense Folarin Balogun, nacido en Estados Unidos de padres nigerianos y también elegible para representar a Inglaterra, es un buen ejemplo de ello. Apoyar a una selección nacional también significa abrazar el pluralismo y la capacidad de las sociedades para crear nuevas síntesis identitarias, en las que el “yo” se transforma en un “nosotros”. Fue precisamente esa dinámica la que logró reunir a los habitantes de Nueva York en torno a una misma emoción.

El teólogo católico Michael Novak sostenía que “el deporte brota de un profundo impulso natural hacia la excelencia”. La política también apela a los instintos tribales. El fútbol, sin embargo, ofrece a esos impulsos un escenario infinitamente menos cruel que el campo de batalla e incluso menos divisivo que las urnas. Quizá esa sea, al final, la misericordia más discreta del fútbol.

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