


El enfrentamiento que sacude hoy a Oriente Medio ya no constituye simplemente un nuevo capítulo del conflicto entre Irán y sus adversarios, ni puede reducirse a una confrontación entre Teherán, Estados Unidos e Israel. Los acontecimientos recientes revelan una realidad que trasciende la propia guerra. Plantean una pregunta más fundamental: cuál será la configuración del orden regional que surgirá de esta confrontación, qué lugar ocupará Irán en él y qué futuro le espera a la red de grupos armados mediante la cual Teherán ha construido una parte esencial de su influencia en el mundo árabe.
Durante muchos años, la estrategia iraní se sustentó en una ecuación relativamente sencilla: proteger su propio territorio mientras extendía su influencia y su capacidad de disuasión más allá de sus fronteras mediante una red de aliados y grupos armados que se extiende desde Irak hasta Yemen, pasando por el Líbano. Ese modelo proporcionó a Teherán lo que consideraba una «profundidad estratégica», permitiéndole ejercer presión sobre sus adversarios desde múltiples escenarios sin convertir necesariamente al territorio iraní en el principal campo de batalla.
Sin embargo, la guerra actual está poniendo de manifiesto los límites de esa ecuación y podría marcar el comienzo de su inversión contra quienes la concibieron.
La cuestión ya no se limita a las acciones de los aliados de Irán. Los propios países vecinos de Irán se han convertido en parte integrante del teatro de operaciones, mientras varios Estados árabes han sido blanco directo de misiles y drones iraníes. El 28 de febrero, Kuwait, Catar, los Emiratos Árabes Unidos y Baréin anunciaron haber interceptado misiles iraníes, mientras que Jordania también interceptó otros tras ingresar en su espacio aéreo. En las semanas siguientes, los ataques y sus repercusiones se extendieron a otros países del Golfo. El 11 de marzo, el Consejo de Seguridad adoptó la Resolución 2817, condenando los ataques iraníes contra Estados de la región y exigiendo a Teherán que les pusiera fin.
Aquí aparece la primera paradoja que merece ser analizada: ¿cómo puede Irán exigir que se respete su propia soberanía mientras considera la de sus vecinos como una variable que puede ignorarse siempre que así lo requieran sus cálculos militares?
No cabe duda de que Irán también ha sido objeto de importantes ataques militares y ha justificado su respuesta invocando el derecho a la legítima defensa. Esa realidad no puede ignorarse en ningún análisis objetivo del conflicto. Sin embargo, el derecho de un Estado a defenderse no le otorga automáticamente el derecho de convertir a otros países en una prolongación geográfica del campo de batalla, especialmente cuando esos países intentan mantenerse al margen del conflicto o contener su escalada.
De exportar influencia a exportar el costo de la guerra
Una de las características centrales de la política regional de Irán es que, durante las últimas décadas, no se ha limitado a ampliar su influencia política. También ha vinculado una parte de su seguridad nacional a la construcción de capacidades militares más allá de sus propias fronteras.
Desde la perspectiva iraní, la lógica era sencilla: enfrentar a sus adversarios lejos del territorio iraní para disponer de un mayor margen de maniobra y de una capacidad de disuasión más sólida. Pero esa estrategia tiene otra cara: trasladar el costo de los conflictos de Irán a otros Estados y a otras sociedades.
Eso es precisamente lo que confiere a los acontecimientos actuales su verdadera dimensión.
Los países del Golfo, por ejemplo, ya no son los mismos de hace veinte años. Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait, Omán y Baréin están invirtiendo hoy en modelos económicos cada vez más sustentados en la estabilidad, la atracción de inversiones, la aviación, el turismo, la tecnología, la logística y una integración más profunda con los mercados mundiales.
Para esos países, la seguridad ya no consiste únicamente en proteger las fronteras. Se ha convertido en uno de los pilares de su modelo económico y de su capacidad para desarrollar sus proyectos de futuro.
En consecuencia, cuando sus aeropuertos, infraestructuras estratégicas, espacio aéreo o rutas marítimas pasan a formar parte de una confrontación entre Irán y un tercer actor, el asunto deja de ser un incidente militar aislado. Lo que está directamente en juego es el propio concepto de soberanía que debería regir las relaciones entre los Estados de la región.
Más aún, esta política no se expresa únicamente a través del Estado iraní.
Aquí comienza la segunda dimensión del problema: la de los aliados y grupos armados vinculados a Irán.
Los hutíes: cuando un grupo armado decide las relaciones entre dos Estados
Los acontecimientos más recientes en Yemen ofrecen quizá el ejemplo más revelador del dilema al que hoy se enfrenta la región.
Los hutíes anunciaron lo que calificaron como un «bloqueo marítimo» contra Arabia Saudita y amenazaron a embarcaciones vinculadas con los puertos sauditas, llevando así la confrontación mucho más allá del conflicto interno yemení. Estas amenazas ya han obligado a petroleros que transportaban crudo saudita a modificar sus rutas, demostrando que sus consecuencias van mucho más allá del discurso político y afectan al comercio, la energía y la navegación internacional.
La pregunta no debería ser únicamente: ¿por qué actúan así los hutíes?
La cuestión verdaderamente importante es otra: ¿quién otorgó a un grupo armado que opera en Yemen la facultad de tomar decisiones capaces de determinar las relaciones entre ese país y un Estado vecino tan importante como Arabia Saudita, exponiendo al mismo tiempo al propio Yemen a consecuencias militares y económicas potencialmente muy graves?
No se trata solamente de un problema yemení.
Se encuentra en el corazón mismo de la crisis provocada, en varios países árabes, por el modelo de grupos armados que actúan paralelamente al Estado.
El problema ya no consiste únicamente en que Irán cuente con aliados armados en la región. Algunos de esos aliados son ahora capaces de redefinir las relaciones de su propio Estado con los países vecinos al margen de las instituciones estatales.
Y esa es una diferencia fundamental.
Un partido político es libre de adoptar la posición regional que considere conveniente, de apoyar a Irán o de oponerse a él, y de expresar su postura respecto de Estados Unidos, Israel o Arabia Saudita. Eso forma parte de la actividad política.
Pero cuando un partido u organización dispone de una capacidad militar autónoma que le permite transformar su postura política en una guerra que termina involucrando a todo el Estado, estamos ante una realidad completamente distinta.
De Yemen al Líbano e Irak
Lo que hoy pone de manifiesto el caso de Yemen recuerda, en muchos aspectos, la experiencia que ha vivido el propio Líbano, aunque las circunstancias y los contextos sean diferentes.
Durante los últimos años, los libaneses han experimentado lo que significa que la decisión de entrar en guerra escape a las instituciones del Estado y dependa de cálculos que las sobrepasan, convirtiendo a un país ya golpeado por una profunda crisis económica y política en uno de los escenarios de una confrontación regional mucho más amplia.
Por ello, el debate no gira únicamente en torno a la postura de los libaneses frente a Israel, ni sobre la legitimidad de la resistencia a la ocupación en determinados momentos de la historia. Plantea una pregunta mucho más concreta: ¿quién tiene hoy la autoridad para llevar al Líbano a la guerra?
¿El Estado o una organización que opera dentro del Estado?
Irak enfrenta un dilema similar, aunque bajo una forma distinta. Bagdad intenta preservar sus relaciones con Irán, por un lado, y con los países árabes, Estados Unidos y la comunidad internacional, por el otro, mientras las decisiones de determinadas facciones armadas pueden colocar al Estado iraquí ante las consecuencias de acciones que su propio gobierno nunca adoptó.
La confrontación actual también ha demostrado que los cálculos de algunas facciones armadas iraquíes no coinciden necesariamente, en todos los casos, con los de Teherán. Según diversos informes, grupos con los que Irán ha mantenido estrechos vínculos durante años han expresado reservas sobre involucrarse en una guerra de gran escala en la que Irak sería el primero en pagar el precio.
Se trata de una evolución que merece toda la atención.
Porque la pregunta que empieza a surgir dentro de esos sectores ya no es necesariamente: ¿estamos con Irán o contra Irán?
La verdadera pregunta es otra:
¿Coincide necesariamente el interés de Irán en esta guerra con el interés de Irak, del Líbano o de Yemen?
Los grupos armados: de la «profundidad estratégica» a la carga estratégica
Quizá sea aquí donde reside la mayor paradoja de la estrategia iraní.
Durante décadas, Teherán invirtió en construir una red de relaciones con grupos armados en toda la región, considerando esa red como un componente esencial de su capacidad de disuasión y de su seguridad nacional.
Sin embargo, lo que durante mucho tiempo fue percibido como una fuente de profundidad estratégica podría convertirse, en el nuevo contexto regional, en una carga estratégica.
Cada vez que un grupo armado utiliza el territorio de un Estado árabe para amenazar a otro Estado, aumenta la presión no solo sobre ese grupo, sino también sobre el país desde el cual opera.
Y a medida que los misiles, los drones y las rutas marítimas se convierten en instrumentos utilizados por actores ajenos a las instituciones oficiales del Estado, resulta cada vez más difícil considerar las armas de esos grupos como un asunto meramente interno del país en el que se encuentran.
Irán y sus aliados podrían estar cometiendo aquí un grave error estratégico si parten de la idea de que el Oriente Medio que surja de la guerra actual seguirá aceptando las mismas reglas que prevalecían antes del conflicto.
La región está cambiando, y también las reglas del juego
En Oriente Medio se está produciendo una transformación mucho más profunda.
Arabia Saudita y los Estados del Golfo están redefiniendo sus prioridades. Otros países árabes intentan reconstruir sus instituciones después de años de guerras y divisiones internas. Existe una tendencia creciente a considerar que la estabilidad económica, la seguridad regional y la soberanía nacional ya no son asuntos separados, sino intereses estrechamente vinculados.
En ese contexto, resulta difícil imaginar un orden regional estable que acepte de manera permanente la existencia de organizaciones armadas capaces de tomar, de forma autónoma, decisiones militares contra otros Estados.
Ningún Estado puede exigir que sus vecinos respeten su soberanía si no ejerce, dentro de sus propias fronteras, el monopolio del uso de la fuerza y de la decisión de ir a la guerra.
Y ninguna organización armada puede pretender formar parte del sistema político cuando le conviene y comportarse como un Estado independiente cuando se trata de decidir sobre la guerra y la paz.
Esa ecuación puede seguir siendo viable mientras el costo de las confrontaciones permanezca limitado.
Pero se vuelve mucho más frágil cuando un solo dron o un solo misil es capaz de destruir una infraestructura estratégica, paralizar un aeropuerto, amenazar una ruta marítima o arrastrar a dos Estados hacia una confrontación más amplia.
Por eso, lo que hoy está en juego podría ir mucho más allá de un simple reajuste del equilibrio de poder entre Irán y sus adversarios.
Podría redefinir lo que, de ahora en adelante, será considerado aceptable o inaceptable dentro del propio sistema regional de seguridad.
El mayor error de cálculo de Irán
El mayor error de cálculo de Teherán hoy podría ser creer que ampliar el alcance de la confrontación fortalece automáticamente su capacidad de disuasión.
Eso puede ser cierto desde un punto de vista estrictamente militar, al menos durante un tiempo.
Pero una estrategia no se mide únicamente por el número de frentes que un actor es capaz de abrir. También debe juzgarse por el orden político y de seguridad que esos frentes dejarán una vez terminada la guerra.
Si las acciones de Irán y las amenazas lanzadas por las fuerzas alineadas con él llevan a Arabia Saudita, a los Estados del Golfo, a Jordania y a otros países a profundizar su cooperación en materia de defensa, a incrementar la presión internacional sobre los grupos armados que operan al margen del Estado y a reforzar en el Líbano, Irak y Yemen las demandas internas en favor del monopolio de las instituciones legítimas sobre las decisiones de guerra y paz, entonces Irán podría descubrir que la misma guerra mediante la cual pretendía demostrar el alcance de su influencia habrá contribuido, en realidad, a socavar el entorno que hizo posible esa influencia.
Esa posibilidad no debe subestimarse.
Porque el poder regional de Irán nunca ha descansado únicamente en sus misiles, su programa nuclear o sus capacidades militares convencionales. Una parte esencial de ese poder ha dependido de la capacidad de Teherán para actuar en las zonas grises del Estado árabe: un Estado que existe sin ejercer el monopolio de la fuerza; un gobierno que gobierna sin tener el monopolio de las decisiones militares; fronteras internacionalmente reconocidas que, sin embargo, no impiden el paso de armas ni la expansión del conflicto.
Si esas zonas grises comienzan a desaparecer, uno de los principales pilares de la influencia regional de Irán se enfrentará a un desafío de enorme magnitud.
Las guerras de Irán y las de sus aliados: ¿quién pagará el precio?
El desenlace de la confrontación actual sigue abierto a múltiples escenarios. Todavía es imposible determinar con certeza qué forma adoptará el orden regional que surgirá de ella.
Sin embargo, una realidad ya empieza a imponerse: una región sometida a un grado tan elevado de amenaza e inestabilidad no volverá simplemente a la situación que existía antes de la guerra.
Los Estados revisarán sus alianzas, sus dispositivos de defensa, sus fronteras y sus relaciones con Irán. También replantearán su manera de entender a los grupos armados capaces de amenazarlos desde el territorio de otros Estados.
Los propios aliados de Irán tendrán entonces que hacerse una pregunta quizá aún más importante que la de la victoria o la derrota en el conflicto actual:
¿Qué quedará de ellos y de sus propios Estados cuando la guerra termine?
Los hutíes pueden amenazar a Arabia Saudita, pero será Yemen quien pague primero las consecuencias de una nueva guerra.
Las facciones armadas iraquíes pueden decidir involucrarse en una confrontación regional de mayor alcance, pero será Irak quien cargue con sus costos económicos, políticos y de seguridad.
En el Líbano, una organización armada puede considerarse parte de una ecuación regional más amplia. Pero cuando cesen los combates, serán los libaneses quienes permanezcan solos frente a la tarea de reconstruir su economía, su Estado y sus instituciones.
En cuanto a Irán, puede ampliar los escenarios de confrontación y demostrar su capacidad para golpear a sus adversarios más allá de sus fronteras. Pero al hacerlo, también corre el riesgo de transformar el temor que inspira su influencia en el fundamento mismo de un nuevo orden regional concebido precisamente para contenerla.
Ahí reside la gran paradoja.
Lo que Irán construyó durante décadas como una fuente de profundidad estratégica podría, por un uso excesivo de ese mismo instrumento, convertirse en la principal razón por la que la región busque establecer una nueva arquitectura de seguridad destinada a impedir que cualquier Estado o grupo armado tenga el poder de decidir el destino de otros Estados.
La verdadera pregunta, por tanto, ya no es si Irán y sus aliados son capaces de abrir nuevos frentes. Eso ya lo han demostrado.
La cuestión más difícil es saber si son plenamente conscientes de que cada nuevo frente puede acelerar el surgimiento de un Oriente Medio que ya no estará dispuesto a aceptar las reglas que permitieron el nacimiento y la permanencia de esos aliados.
Las guerras de Irán pueden tener su origen en los cálculos estratégicos de Teherán. Pero serán, con frecuencia, los Estados y los pueblos convertidos en campos de batalla quienes paguen el precio más alto. Y en el Oriente Medio que está tomando forma, el monopolio del Estado sobre la decisión de ir a la guerra y hacer la paz podría dejar de ser únicamente una exigencia de soberanía interna para convertirse en una de las condiciones fundamentales de cualquier orden regional viable.