
Durante mucho tiempo vivimos bajo la sombra del poder imaginario de la propaganda iraní, o, mejor dicho, de la propaganda del llamado eje de la resistencia, que presentaba a Irán como una gran potencia cohesionada e intocable. Los acontecimientos han demostrado que existe un abismo entre el poder real y el poder narrativo. Ya había ocurrido con Hezbolá: muchos creyeron en la imagen de su supremacía absoluta.
Irán nos meció con ilusiones, a través de sus partidarios y de su maquinaria mediática, canales de televisión encubiertos, periodistas financiados, influenciadores digitales y otros actores, difundiendo una narrativa ficticia sobre una supuesta superioridad tecnológica y sobre aliados poderosos que la respaldarían, como China y Rusia, forjando así en la opinión pública la idea de un “eje irrompible”.
Irán olvidó que, en el sistema internacional, las alianzas no son ideológicas sino utilitarias. Y que China y Rusia actúan según sus propios cálculos, no conforme a los deseos de dirigentes iraníes portadores de una ideología revolucionaria.
En el pasado, las políticas iraníes lograron resultados cuando apostaban por ganar tiempo, aplazar plazos, manipular a sus adversarios, eludir responsabilidades por las acciones de sus brazos armados y formular promesas y compromisos que luego eran desmentidos. Irán olvidó que no habría podido sostener esas estrategias si, de alguna manera, no hubieran coincidido con las políticas de Estados Unidos e Israel.
La pregunta que se impone es clara: ¿es Irán realmente un Estado?
Si se adopta la definición clásica del Estado como monopolio de la violencia, centralización de la decisión, soberanía sobre el territorio, Irán es un Estado con una estructura completa. Pero si se toma la definición del Estado moderno como una institución racional y burocrática, con una decisión central sujeta a la rendición de cuentas y cuya finalidad es garantizar los intereses de sus ciudadanos, el panorama cambia y se vuelve más complejo.
Si recurrimos al análisis de Max Weber sobre el monopolio de la violencia legítima, constatamos que Irán, como Estado, monopoliza la violencia, pero la legitimidad está dividida entre instituciones republicanas y una estructura revolucionaria y supraconstitucional, el Guía Supremo, los Guardianes de la Revolución y los Basij. Es decir, el régimen combina dos dimensiones de poder: Estado + Revolución. De esa dualidad surge una tensión permanente entre ambas lógicas
Cuando las revoluciones se transforman en Estados, enfrentan un dilema: seguir siendo una revolución permanente o convertirse en un Estado normal.
El régimen iraní no ha resuelto esta cuestión desde 1979. Utiliza el discurso del Estado, pero actúa como un movimiento transfronterizo. De allí proviene la similitud entre el comportamiento del régimen y el de su partido: no porque Irán no sea un Estado, sino porque mantiene el elemento doctrinal por encima de la lógica estatal y considera que la preservación del régimen es “el más obligatorio de los deberes”. El Estado afirma ser una entidad soberana; la Revolución sostiene que es un proyecto que trasciende fronteras. Esa dualidad impide una estabilidad plena.
Lo que Irán practica en su relación con el entorno y con el mundo es una forma de guerra de guerrillas equipada con misiles balísticos, librada mediante fuerzas subsidiarias desplegadas en países de la región y basada en la lógica de la guerra asimétrica. Esa es la lógica de los movimientos revolucionarios.
El Estado clásico responde de manera directa a través de su ejército, dentro de ecuaciones claras. El modelo de fuerzas delegadas, en cambio, genera una opacidad deliberada que permite evadir responsabilidades. Pero la opacidad es un arma de doble filo: cuando se revela, se transforma en confusión en la cadena de mando y en contradicción de los mensajes.
A todo ello se suma que Irán ha descuidado su frente interno y sus propias necesidades. Muchos análisis sobre el país se concentran en sus misiles y en sus alianzas ideológicas, olvidando por completo la realidad interna iraní, sus fracturas sociales, la rebelión de las mujeres, las aspiraciones de una generación joven distinta, el desgaste económico y su legitimidad debilitada.
Un Estado fuerte no se mide solo por su arsenal, sino por su capacidad de integrar a su sociedad.
La narrativa histórica se convirtió en una carga; pasó de ser un recurso a una traba en la que el propio régimen quedó atrapado.
Esa narrativa otorgó sentido al régimen, permitió su continuidad y preservó su identidad religiosa confesional mediante una movilización permanente.
Pero con el tiempo se transformó en un obstáculo, porque impidió cualquier reevaluación, trató todo retroceso como traición y sacralizó símbolos y políticas colocándolos por encima de la realidad vivida, en lugar de someterlos al debate y a la revisión según las necesidades de la sociedad.
Así, la Revolución se ha convertido en un peso que la sociedad iraní ya no puede soportar. Finalmente, se decidió prescindir de los servicios de este régimen.