


El Levante alcanzó un punto de inflexión decisivo el 7 de octubre de 2023, cuando Hamas lanzó un ataque mortal contra territorio israelí desde la Franja de Gaza. Las circunstancias y repercusiones de esta ofensiva rápida y sangrienta sacudieron no solo a Gaza e Israel, sino también a otros centros clave de la región, como Líbano y Siria, y, por extensión, a Irán y Yemen.
El impacto devastador del ataque de Hamas sobre Gaza y su población volvió a colocar en primer plano el conflicto israelí-palestino. Algunos esperaban que los hechos del 7 de octubre de 2023 abrieran la puerta a un avance en un conflicto que ha marcado al Medio Oriente por más de siete décadas. Por ahora, al menos en apariencia, esto está lejos de ocurrir. Es especialmente lamentable que la Autoridad Palestina no haya logrado retomar la iniciativa ni encaminar un diálogo rápido y prometedor con Israel.
Del otro lado, es válido preguntarse si el primer ministro Benjamin Netanyahu está dispuesto a imaginar y aceptar el fin de estos conflictos recurrentes, aun si eso pudiera detonar sus propios problemas judiciales. Persiste la duda sobre si realmente tiene la voluntad política para hacerlo. Después de una victoria militar, ¿prevé su derrota en el terreno de la comunicación? Todo indica que no.
Es cierto que, mientras los palestinos sigan afirmando públicamente que su objetivo es la eliminación del Estado de Israel, Netanyahu y sus aliados continuarán impulsando sus objetivos letales. No hay que evadir la realidad: de un lado, una población que sufre y muere –aunque eligió a Hamas– y, del otro, un pueblo y un Estado cuyos enemigos no buscan una derrota incondicional, como la que enfrentó Alemania en 1945, sino su aniquilación total. Ya no se trata de vengar los actos insoportables del 7 de octubre de 2023. Se trata de sobrevivencia.
Aun así, una luz de esperanza asoma en el horizonte. Voces –y no menores– se escuchan dentro de Israel, pidiendo poner fin a la masacre en Gaza. Reconocen que Israel, un país marcado por una historia de deshumanización, no puede perseguir los mismos fines, y que la opinión pública global puede cambiar en cualquier momento y darle la espalda al Estado israelí. En tiempos de redes sociales, la percepción pública puede girar de manera rápida e irreversible.
La historia reciente muestra lo imposible que es sostener una guerra sin el respaldo moral de la población y de los aliados fundamentales. Hay ejemplos claros: los franceses en Indochina nunca contaron completamente con el apoyo de su propio país ni de socios clave; más tarde, en Argelia, tampoco tuvieron el respaldo pleno de sus ciudadanos ni de numerosas naciones. Estados Unidos, por su parte, se vio obligado a abandonar al gobierno de Vietnam del Sur y, décadas después, salió de Afganistán de forma humillante, tanto para sí mismo como para los países que lo acompañaron desde el inicio. Su retirada dejó un saldo humano devastador.
Netanyahu debe entender que las circunstancias están dadas para cambiar radicalmente su enfoque. Nada es peor que no hablar –o negarse a hablar– con los enemigos. Quizá esto sea incluso más grave para él y para Israel que enfrentar la justicia interna. Pero inevitablemente tendrá que hacerlo, y si persiste en este camino, podría incluso presentarse ante el país como un estadista que salvó a su nación. Alemania hasta abril de 1945, Japón hasta julio de 1945 y otros países en distintas circunstancias se negaron a dialogar con sus adversarios. Hoy, muchos estados siguen evitando ese diálogo, con el resultado de que civiles mueren cada día, alimentando el resentimiento y el odio. En contraste, la conocida Crisis de los Misiles en Cuba demuestra que el diálogo puede evitar enfrentamientos innecesarios y catastróficos. Es cierto que en algunos casos se requirieron negociaciones y concesiones, pero ¿no es un precio menor a cambio de la paz?
Israel debe actuar como un Estado normal, incluso si se siente asediado y amenazado. Un país que respete a sus vecinos ganaría un respaldo significativo en el Cercano y Medio Oriente, así como en el mundo occidental y más allá. Esto reduciría la posibilidad de ser destruido por Hamas, que, si no está ya moribundo, al menos se encuentra seriamente debilitado. Esa ruta debe asumirse sin ingenuidad, cuidando que la hidra no despierte.
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