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Análisis

El error en la predicción de Toynbee

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Por Nabil Manuel Younes
Publicado dic 2, 2025 - 14:20

En 1957, el historiador y filósofo Arnold Toynbee pronunció en el Cénacle Libanais una conferencia titulada “El Líbano, expresión de la Historia”. Tras examinar la complejidad de la historia libanesa y sus interacciones con las civilizaciones vecinas, y después de analizar cómo el país —por su posición geográfica y su carácter multiconfesional— ha sido tanto un punto de encuentro como un campo de batalla para religiones e identidades en competencia. Toynbee cerró su intervención con una advertencia sorprendentemente profética. 

Él afirmó: “Si en el Levante la frontera entre los dos imperios globales —el estadounidense y el ruso— llegara a trazarse a lo largo de la cordillera del Anti-Líbano, la República Libanesa correría el riesgo de compartir el destino del Estado de Israel. Como Israel, el Líbano no sería viable si se encontrara en un estado permanente de hostilidad con sus vecinos del Este.”

Aquella conferencia tuvo lugar, por supuesto, en la atmósfera sombría de la Guerra Fría, marcada por tensiones geopolíticas y rivalidades ideológicas entre Estados Unidos y la Unión Soviética, junto con sus respectivos bloques. En esos años, el Telón de Acero soviético había caído sobre nueve países europeos, convirtiendo sus fronteras en zonas de represión y hostilidad. Al mismo tiempo, estallaban guerras en la frontera que dividía a las dos Coreas y a lo largo de los cambiantes límites de Indochina. La línea de demarcación entre ambos imperios se establecía, tal como temía Toynbee, en la cima de la cordillera del Anti-Líbano, es decir, en la frontera libanesa-siria.

En medio de esta situación tan compleja, el Líbano optó por alinearse firmemente con la órbita estadounidense y declaró el 16 de marzo de 1957 su adhesión a la Doctrina Eisenhower, después de tras haber mostrado un interés pasajero en el Pacto de Bagdad, parte de las alianzas occidentales de la Guerra Fría.

Mientras tanto, al otro lado de la frontera que dividía las dos esferas de influencia, Occidente se negó a asistir a los estados árabes, incluida Siria, y Washington brindó un apoyo incondicional a Israel. Esto empujó a Siria, entonces dominada por la izquierda, así como a la República Árabe Unida (RAU) —creada en 1958 con la unión de Egipto y Siria— a volcarse decididamente hacia la Unión Soviética.

Los libaneses, confiados en la supremacía global de Estados Unidos y en su superioridad militar frente a la URSS, no tomaron demasiado en serio la advertencia de Toynbee.

Así, la frontera libanesa-siria —definida e incluso consagrada en la Constitución libanesa, única en el mundo en fijar una frontera nacional en su propio texto constitucional— dejó de ser una simple línea administrativa o una ficción jurídica. Adquirió una doble naturaleza: frontera entre dos Estados y, a la vez, línea divisoria política, económica e ideológica entre las esferas de influencia estadounidense y soviética. Cuando el presidente Fouad Chehab se reunió con el presidente Gamal Abdel Nasser en una tienda montada sobre la frontera, cada uno permaneciendo en su propio territorio, el simbolismo del lugar subrayaba tanto la importancia nacional como regional de ese límite.

Pero la premonición de Toynbee terminó siendo falsa. Esa línea de separación entre ambas esferas de influencia protegió por un tiempo al Líbano de las ambiciones políticas, de seguridad, económicas e ideológicas de la Siria expansionista. Durante más de un cuarto de siglo, esta separación fue una ventaja para el país.

La gran desgracia del Líbano llegó cuando Estados Unidos —fiel a su pragmatismo y a su disposición de intercambiar alianzas por “acuerdos”, como el que hizo con la Siria de Assad— comenzó primero a difuminar esa línea. Luego, casi la borró por completo al orquestar la entrada del ejército sirio en el Líbano, en abril de 1976. Mediante maniobras inspiradas por Henry Kissinger, Washington terminó confiando a Damasco una suerte de tutela sobre el país.

La eliminación de esa línea de demarcación —resultado de un entendimiento entre Estados Unidos y Siria alcanzado sin ninguna consideración por los libaneses, que aún creían que las alianzas estadounidenses respondían a principios— permitió a Siria imponer su hegemonía sobre el Líbano. La alianza entre Estados Unidos y el Líbano fue, en realidad, apenas un pacto breve y circunstancial dictado por los intereses estadounidenses durante la Guerra Fría.

Toynbee también se equivocó en otro punto: la alternativa a fronteras tensas no es necesariamente la paz; puede ser también la dominación.


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