


Hubo juicios en Núremberg (1945-46) y en Tokio (1946-48), e incluso en Estambul se levantaron horcas en julio de 1919 para ejecutar a Jóvenes Turcos responsables del genocidio armenio.
Dicho esto, era legítimo preguntarse por qué el gobierno de Ahmed al-Chareh tardaba en poner en marcha la maquinaria judicial. ¿Acaso dudaba en sancionar los abusos cometidos contra todo un pueblo por la dinastía de los tiranos Al-Ásad y sus camarillas?
La cuestión era aún más acuciante dado que más de una veintena de responsables —figuras de primera y segunda línea, si se me permite la expresión— habían sido apresados y se pudrían en las cárceles a la espera de juicio.
Ahora bien, el pasado 26 de abril se abría en Damasco la primera audiencia pública con esta declaración del juez Fakhr al-Din al-Aryane: «Hoy, iniciamos los primeros juicios de la justicia transicional en Siria».
Breve comparación
¿Quién no desearía para nuestra vecina Siria la celebración de juicios públicos que, al condenar a los criminales del régimen baazista, no impartieran venganza, sino justicia? Y para ello, ¿no habría que evitar seguir el ejemplo del modelo iraquí o del modelo libanés?
Recordemos que en Irak se desarrolló en 2006 un simulacro de juicio, el famoso kangaroo trial de Sadam Huseín. Este último fue ejecutado a toda prisa tras su condena en el caso de Dujail y antes de que concluyera el juicio relativo al caso de Halabja de 1988, donde se utilizaron armas químicas contra la población civil. Por consiguiente, los kurdos, como tantos otros familiares de las víctimas, se vieron privados de una sana administración de la justicia, que ciertamente habría atenuado el sentimiento de absoluta iniquidad que sentían: un juicio en regla solo puede contribuir a la elaboración del duelo.
En cuanto al Líbano, país de excepción que había vivido quince años de conflicto civil latente y ocupaciones extranjeras, se demostró ser más expeditivo y mucho más lacónico: la ley de amnistía de 1991 borró de un plumazo los horrores cometidos.
A la espera de Bashar y Maher y los demás
¿Cabe creer que las cosas serán diferentes en Siria? En cualquier caso, los tribunales sirios no descansan los domingos, ya que en un día así se celebró en Damasco la primera audiencia de un proceso que sin duda dejará al descubierto los horrores del poder derrocado. Faltaban, sin embargo, a la cita dos invitados de renombre: el presidente derrocado Bashar al-Ásad y su hermano Maher. Se habían esfumado como tantos otros matarifes que se dan la gran vida ya sea en Rusia, en el Líbano, en Irak o en Irán, ¡e incluso en Alemania, Suecia y Bélgica, según nos dicen!
Los criminales del régimen que escaparán a la justicia de su país se cuentan por miles.
Algunos «chivos expiatorios» pagarán en lugar de quienes habían planificado y ordenado matanzas y torturas sistemáticas, esa marca registrada del sistema penitenciario sirio.
¿Justicia transicional y Estado de derecho?
Se necesita un juicio, aunque solo sea por sus efectos catárticos. ¡Pero en absoluto una revancha dictada por la ley del talión! La «justicia transicional», que no dejó de subrayar el juez Al-Aryane, no debe tomar el cariz de un ajuste de cuentas; debe establecer la verdad de los hechos, indemnizar a las víctimas y preparar el camino para una reconciliación nacional.
Pero, ¿es esto algo más que un deseo piadoso?
De jóvenes, nuestros maestros nos prevenían contra las ilusiones y el idealismo. Porque, al igual que la caridad, la justicia en su aplicación no puede ser sino «parcial y sesgada».
*Ciertos crímenes, como los cometidos contra personalidades políticas, religiosas o diplomáticas, no estaban sin embargo cubiertos por la ley de amnistía.