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Mil mesetas

Nassib Lahoud, el « perdedor magnífico »

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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado feb 2, 2026 - 13:21

Hace catorce años, el 1 de febrero de 2012, desaparecía el exdiputado y exministro Nassib Lahoud.

En tiempos en que el populismo causa estragos en todo el mundo, y el Líbano parece haber sido, una vez más, un precursor de la oleada actual, conviene evocar la memoria de un hombre que, durante las tres últimas décadas, transmitió y defendió otra visión, otra práctica de lo político. Y ello en suelo libanés, donde las pasiones gregarias tienden a encumbrar un modelo muy definido de jefe histórico exaltado o de zorro utilitarista desengañado revestido con los harapos del sectarismo, antes que a hombres de Estado serenos, portadores de ideas modernas y de una visión profunda y estratégica de la cosa pública.

En todas partes, en el Viejo Mundo como en el Nuevo, un liderazgo tradicional fundado en el miedo, el repliegue y un etnocentrismo identitario se impone hoy sobre el discurso de apertura, moderación y adhesión a los valores que estuvieron en el origen de la finalidad de la persona humana y de la idea de una comunidad internacional habitada por el ideal de un orden que no esté basado en la fuerza bruta, sino en la solidaridad, la justicia, el derecho y la paz. ¡Qué utópico parece todo ello ahora!

En el país del Cedro, la regresión es todavía más llamativa, dadas las formas de lealtades preestatales, del clanismo y el feudalismo al milicianismo teocrático, todo ello aderezado con la dosis necesaria de comunitarismo para calmar las angustias ontológicas de unos y otros. La duplicidad domina en todas partes, incluso en las filas de los narcisistas depredadores que se reivindican, con angelismo, modernos y progresistas, cuando no hacen sino reproducir, bajo sus pseudodiscursos reformistas, los esquemas habituales del tradicionalismo encerrado en la esclerosis del nepotismo, con su carga ancestral de corrupción, vicios y mentiras. El hábito no hace al monje; menos aún al hombre de Estado, y el balbuceo sigue teniendo por delante largos días.

En esta larga, larguísima noche de la política, lejos de desvanecerse entre los fantasmas del recuerdo, una figura como la de Nassib Lahoud, con su calma, lucidez, mesura, rigor, sentido de las instituciones, su brío, su elegancia y su nobleza, continúa brillando con mil fuegos y mostrando el camino.

Porque Nassib Lahoud no era un responsable político como los demás. Formaba parte de esos rarísimos que representaban un modelo, un proyecto de futuro. Una verdadera apuesta en un país que prefiere resignarse a un realismo político cínico, desacreditando como irreales a todos aquellos que no confunden la política con la astucia, la potencia con la brutalidad y el Estado con su simulacro.

Y, sin embargo, Nassib Lahoud no era un soñador. No más que Raymond Eddé, Albert Moukheiber, Fouad Boutros, Samir Frangié, Hassan Rifai o Michel Khoury, por citar solo algunos. ¿Su tara fundamental? Se sustraía a las “normas políticas” heredadas de la dislocación del Estado libanés, de la guerra y de una servidumbre voluntaria al más fuerte o al mejor postor.

Por eso no necesitaba estallidos espectaculares ni ocupación sonora del espacio público, ni hordas de seguidores dispuestos a entregarse en cuerpo y alma para colmar una necesidad patológica de poder y reconocimiento. Nassib Lahoud era una presencia densa, jamás invasiva; una autoridad que no buscaba imponerse porque no tenía nada que demostrar. Sus valores hablaban por él. Su concepción del ser humano, su ambición de restaurar el Estado, de mandar sirviendo a los ciudadanos y no dominándolos, lo convertían en un líder natural. No necesitaba fundar su legitimidad en hechos de guerra, en glorias insípidas manchadas de sangre; y conviene recordarlo en un momento en que el pasado y sus demonios siguen envenenando el discurso político libanés, como si no hubiera manera de establecer una autoridad distinta que no se sostuviera en memorias fragmentadas y disyuntas.

Sí, Nassib Lahoud pertenecía a esa especie rara de hombres para quienes la política no era un teatro, sino una disciplina interior. Una compostura. Incluso una contención. A contracorriente de la virilidad estridente y de las posturas marciales, asumía el camino que se había trazado: la mesura como fuerza, la lentitud como virtud, la precisión como moral. Cada palabra, medida, lo era por sentido de la gravedad y de la responsabilidad. En el fondo, Nassib Lahoud respetaba el espacio de lo político porque respetaba a los demás. Y respetaba también a su país: sus fragilidades, sus equilibrios inestables, su pluralismo irreductible, su soberanía, sus libertades.

La experiencia de la guerra le enseñó, muy pronto, que el Líbano no sobreviviría a los hombres apresurados, ni a los hombres ebrios de certezas, ni a los vende patria viles y corruptibles; menos aún a los hombres convencidos de encarnar el destino. El Líbano, para sostenerse, necesitaba árbitros más que jefes, guardianes más que conquistadores. Necesitaba un Estado capaz de decir no, incluso a los suyos, y una presidencia capaz de reunir, de gobernar y de arbitrar con la fuerza de la Constitución, sin espasmos de poder, sin delirios apopléticos.

En eso, Nassib Lahoud fue un hombre de Estado en el sentido pleno, casi clásico del término. Formaba parte de esa minoría libanesa que pensó la soberanía sin histeria, la reforma sin resentimiento y la identidad sin crispación. Su “libanismo” no era una incantación ni un fetiche: reposaba sobre un equilibrio de orfebre entre libertad y regla, diversidad y unidad, apertura árabe y autonomía nacional. Una libanesidad adulta, liberada de complejos y fantasmas, emancipada de las fiebres que habían roído el ser nacional durante décadas, hasta la destrucción, el sometimiento, la vergüenza… casi hasta la desaparición.

En ese sentido, su “fracaso” político, si es que hay que llamarlo así, no fue solo el de un hombre. Fue el del “sistema”, que en cada bifurcación decisiva eligió escuchar a las sirenas antes que al sentido común. ¿Cómo podría haber sido de otro modo en un país donde la movilización afectiva se privilegia ineluctablemente sobre la construcción institucional, y donde la fuerza, aliñada de hipocresía, ha sido siempre el modo de existir, para cada comunidad y, detrás de ella, para cada individuo, frente a un otro real o imaginario?

Nassib Lahoud no fue apartado por falta de lucidez. Simplemente, tenía demasiada para una clase política ya embarcada en su propia abdicación moral.

A la distancia, su figura puede parecer casi anacrónica. Y, sin embargo, arde de actualidad. En tiempos de derrumbe generalizado, de dislocación del Estado, de devoración de las instituciones por lógicas infraestatales o predatorias, Nassib Lahoud nos hace falta precisamente porque no ofrecía soluciones milagrosas, sino una brújula: una ética de la decisión, una idea exigente de la función pública como servicio. Referentes.

El Líbano de hoy padece un déficit de carácter y de valores. Ese es el mal endémico. Y Nassib Lahoud pertenecía justamente a esa estirpe rara para la cual la política es, ante todo, una cuestión de carácter, en el sentido casi antiguo del término: coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace. En otras palabras, una fidelidad a sí mismo que no es narcisista ni patológica, sino estructurante.

Se ha dicho a menudo, tras su muerte, que era el “presidente que el Líbano no tuvo”.

Es cierto.

Pero es todavía más grave que eso. Era el tipo de presidente que aterraba a todos: a la calaña, a los señores de la guerra, a los adeptos de la politiquería de alcantarilla, y a los grandes padrinos “realistas” que, por conveniencia, prefieren plebiscitar la mediocridad.

Y quizá ahí resida, en el fondo, nuestra responsabilidad colectiva más pesada.

Sea como fuere, de Nassib Lahoud queda esa lección silenciosa, casi severa: la lección de un hombre que prefirió perder antes que traicionar la idea que tenía del Estado.

En un país donde se gana demasiado a menudo renegando de uno mismo, esa lección, la más hermosa, la del “perdedor magnífico”, sigue incomodando.

Y mejor así.

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