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Mil mesetas

La descompensación ontológica de Hezbolá

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¿Morir por la vilayat e-faqih? (Anwar AMRO/AFP)
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Por Michel Hajji Georgiou
Publicado ene 30, 2026 - 10:05

Cada veinte años,

llega un jugador,

que apuesta el país,

los hombres, la herencia,

los amaneceres y los ocasos,

los muchachos y las muchachas,

las olas y el mar

sobre una mesa de póker.

Nizar Qabbani

Así, Naím Qassem quiere sacrificar el Líbano en nombre de Irán.

Tras haber enviado a sus partidarios a morir por la Siria de Assad, tras haber dejado que los habitantes de su “hogar revolucionario” fueran pulverizados por Hamás, ahora pretende cerrar el ciclo con un gesto grandilocuente: un suicidio colectivo, justo cuando la casa matriz iraní se encuentra ella misma amenazada, frente a la armada supuestamente invencible desplegada por Donald Trump en las aguas de Oriente Medio.

Las últimas declaraciones del secretario general de Hezbolá podrían pasar, a primera vista, por una fanfarronada de matón consumado. Y quizá aún lo sean para una parte de su feligresía, alimentada con el mito del Übermensch ario fabricado por los clérigos iraníes. Pero esa “valentía” que a finales de los años noventa fue reconocida por una amplia mayoría de libaneses cuando se trataba de defender el territorio frente a la ocupación israelí, se ha transformado desde hace tiempo en un suicidio estratégico, si es que el término “estratégico” no resulta ya grotesco en este contexto.

Los aviones se precipitan sobre nuestras cabezas.

La guerra

no se gana con disertaciones,

ni con metáforas,

ni con adjetivos.

Cuántas veces hemos pagado,

a un precio altísimo,

el impuesto de la verborrea.

El problema del discurso de Naím Qassem es que, sencillamente, es estúpido. Allí donde su predecesor, Hassan Nasrallah, era particularmente hábil —envolviendo sus intervenciones en una virtù política adquirida a lo largo de décadas, hasta convertirse en un auténtico hipnotizador de masas—, el guardián de la doctrina que fue catapultado por defecto para sucederle tras las liquidaciones en serie llevadas a cabo por Tel Aviv en las filas de la milicia, posee el carisma de un cocodrilo deprimido.

Nasrallah intentaba justificar su lealtad ciega a Teherán, y su consecuencia natural —la conquista del poder en el Líbano— mediante una mezcla de argumentación supuestamente racional, bravuconadas políticas y fórmulas que oscilaban entre lo ideológico y lo populista. Lo hacía con la maestría de un líder histórico. Qassem, en cambio, intenta recoger los platos rotos… y lo hace con la torpeza caricaturesca de quienes sucumben al principio de Peter.

En otras palabras, Nasrallah era un prestidigitador consumado en el arte de ocultar mediante la palabra. Incluso cuando admitía, en momentos de lucidez calculada, ser un soldado del velayat-e faqih, lo hacía desde una posición de fuerza, inscrito en una lógica imperial iraní que se expandía por la región sin verdadero contrapeso —a veces incluso con la connivencia objetiva de Occidente.

Con Qassem, y su último discurso es la prueba más evidente, el lenguaje deriva o bien hacia el delirio de una secta que ya no tiene nada que perder, o bien hacia la exhibición grotesca de músculos de un luchador dopado, condenado al nocaut. Ya no se trata de lucidez honesta. Es irresponsabilidad homicida. Inconsciencia homicida.

Al afirmar que toda amenaza contra Irán, y más aún contra el Guía Supremo, constituye una amenaza directa que exige la intervención de Hezbolá, el secretario general del partido no se limita a elevar el tono en una escalada retórica ya conocida. Designa, sin ambages, el verdadero lugar de la soberanía a la que obedece. Y ese lugar no es el Líbano.

Desde luego, no es ninguna sorpresa. La lealtad del partido-milicia a la internacional revolucionaria persa es un secreto a voces. El problema es la persistencia en la ceguera, hasta el punto de olvidar que la última aventura del Hezbolá, al servicio de Hamás, desembocó en una tragedia: no solo para el propio partido, sino para los habitantes del sur del Líbano y de Beirut, para la comunidad chií en su conjunto y, sobre todo, para el Líbano.

Cada veinte años,

llega un hombre complicado,

los bolsillos llenos

de detonadores.

Naím Qassem consagra una vez más la subordinación explícita del destino libanés a una arquitectura de poder externa, confesional y transnacional, que transforma al país, una vez más, en una simple superficie de exposición, en un espacio prescindible, en una satrapía sacrificial para una confrontación que lo supera.

Lo que este discurso consagra, en el fondo, es la abolición pura y simple de la decisión colectiva. La guerra y la paz, la vida y la muerte, el porvenir y la ruina ya no dependen de un debate nacional, de instituciones comunes o de un contrato político, por frágil que sea. Se convierten en la prolongación mecánica de una lógica de ejes, de una fidelidad ideológica que no reconoce otra legitimidad que la del centro al que sirve.

En esta visión, el Líbano no es un Estado, ni una sociedad, ni siquiera un pueblo en el sentido pleno del término. No es más que un relevo. Una prenda. Un frente vulgar entre otros, con soldaditos de plomo y abundante carne de cañón. Uno de los últimos aún al servicio del déspota iraní, junto con Irak.

Cada veinte años,

llega un gobernante por decreto,

que conduce al sol

hasta el poste de ejecución.

La imagen que el Hezbolá ha asignado al Líbano es inevitablemente la de un país-corredor, un país-frente, un país-mártir permanente, condenado a pagar el precio de los enfrentamientos ajenos. Una lógica que ya ha destruido el Estado, vaciado las instituciones, fracturado la sociedad y reducido la soberanía a un eslogan hueco.

La paradoja es cruel, casi obscena: hoy Hezbolá invoca la soberanía en el mismo momento en que proclama su negación; se presenta como escudo mientras actúa como vector de máxima exposición; acusa al Estado de debilidad después de haberlo despojado metódicamente de sus atributos fundamentales. Esta duplicidad no es solo táctica. Es ontológica. Procede de una incapacidad profunda para aceptar el tiempo histórico, con sus límites, sus derrotas y sus responsabilidades. Es otro nombre del delirio.

El Líbano no es un mito que deba alimentarse ni un escenario sacrificial que deba explotarse. Es un país real, habitado, frágil y plural, que ya no puede sobrevivir a una economía permanente de guerra por delegación.

El discurso de Naím Qassem no amenaza únicamente a adversarios externos. Amenaza la propia idea de que el Líbano pueda seguir existiendo como espacio político autónomo, es decir, como lugar donde la decisión colectiva prevalece sobre la fe impuesta y donde la vida de los ciudadanos no está subordinada a una escatología armada.

Cada veinte años,

llega un hombre

para degollar la unidad en su lecho

y abortar los sueños.

Una vez más, Hezbolá niega la pluralidad constitutiva del país. Borra a todos aquellos que se niegan a aceptar que un poder paraestatal —que ha perdido toda legitimidad incluso dentro de su propio campo, hasta el punto de ser abandonado progresivamente por sus aliados más cercanos; que ha perdido su profundidad estratégica con la caída de Assad; que se enfrenta a una voluntad libanesa de restaurar la soberanía y el monopolio de la violencia legítima en todo el territorio nacional; y que, sobre todo, está tan agotado por las catástrofes sucesivas que ya no puede soportar el coste físico, material y moral de un nuevo desastre— siga decidiendo el destino del país.

A ello se suma que se trata de un poder miliciano cuyos desmanes, desde la violencia criminal hasta la obstrucción de la justicia y toda clase de actividades mafiosas, son innumerables.

Pero lo más grave es que Hezbolá encierra hoy a la propia comunidad chií en una asignación identitaria violenta, reduciéndola a un bloque supuestamente homogéneo, dispuesto a sacrificarse sin condiciones por una causa que, en su diversidad real, no genera consenso.

Los chiíes del Líbano han sufrido persecuciones y marginación política, social y económica desde la época otomana. Sí, fue necesario Moussa Sadr, y luego la Revolución Islámica en Irán, para cambiar ese contexto. Sí, Hezbolá, tras la desaparición de Sadr, devolvió un sentimiento de orgullo y dignidad a la comunidad chií. Pero también la sometió a su ley, fundada en la fuerza bruta. La basijizó, la “purificó” liquidando a las élites intelectuales que no compartían su doctrina ni su alineamiento geopolítico y militar con Irán, y extendió su control político, mediante el terror de las armas, a toda la comunidad, hipotecándola.

De forma perversa e insidiosa, galvanizó a la comunidad en nombre de una gloria vana e ilusoria, asignándole una función de resistencia territorial, mientras desarrollaba una red de infraestructuras sociales, políticas y mafiosas vinculadas a Irán. Bajo la cobertura de la resistencia, deslibanizó a los chiíes al servicio de Teherán.

Cada veinte años,

llega un narcisista enamorado de sí mismo,

que pretende ser el Mesías, el Salvador,

el Único, el Eterno,

el Sabio, el Omnisciente, el Santo,

el Imán.

Lo que el discurso de Naím Qassem revela, sobre todo, es el núcleo ideológico del sistema: la sacralización del mando, que vuelve ilegítima toda contestación, sospechosa toda disidencia y asimilable a traición cualquier crítica. En este universo mental milenarista y totalitario, el jefe no es un responsable político sometido a la prueba de lo real, sino una figura investida de una misión trascendente. Una construcción así es, por naturaleza, incompatible con el Estado, que supone finitud, responsabilidad, posibilidad de fracaso y rendición de cuentas.

Ahí reside la fragilidad actual de Hezbolá, que la retórica marcial intenta ocultar desesperadamente. Detrás de la postura de firmeza se perfila una angustia profunda: la de la pérdida. El partido ha entrado en una fase de vulnerabilidad que nunca había conocido a este nivel. Las figuras totémicas han sido golpeadas. El eje regional se resquebraja. El espacio imperial que daba coherencia y profundidad a su poder se contrae. Y con él, vacila la propia identidad de Hezbolá.

¿Qué es Hezbolá sin su predicación falaz de la resistencia territorial? ¿Qué queda sin sus armas? Y, sobre todo, ¿cuál sería su futuro si su directorio en Teherán, los Guardianes de la Revolución y su referente último, el velayat-e faqih, se derrumbaran? Está en juego su existencia, incluso su esencia.

Frente a esta erosión, el reflejo es antiguo, casi mecánico. Hezbolá no sabe perder. No puede pensarse en la derrota, porque aceptar la derrota significaría renunciar a su estatuto de excepción, a su monopolio simbólico, a su relato fundador. Por eso desplaza el escenario del conflicto. Amplía el teatro de operaciones. Convierte una fragilidad local en un desafío cósmico. Intenta recomponer mediante la palabra una centralidad que la realidad le arrebata. Implota en el sacrificio espectacular, como una secta que se niega a enfrentarse a la amarga realidad tras un delirio mesiánico de superioridad e invencibilidad.

Al fin y al cabo, ¿no combaten a su lado los ángeles, los profetas y el propio Hussein? Aceptar la derrota sería validar el fracaso de la doctrina. Y para un partido teocrático, el derrumbe de la doctrina equivale a una descompensación, a una desrealización, a una disociación total de la realidad.

El objetivo de Naím Qassem y de los suyos no es únicamente defender a Teherán frente al “Gran Satán imperialista”, su satélite israelí y su flotilla. Es sobrevivir al absurdo, al vacío, aunque ello deba pasar, paradójicamente, por la muerte.

En este marco, el Líbano ya no cuenta. No forma parte de los cálculos ni del espacio mental de una secta cuyos gurús y discípulos han caído en la sinrazón.

Naím Qassem no es, en realidad, más que otro Jim Jones o David Koresh.

Acorralado, no dudará en precipitarse al abismo, tomando como rehenes reales a la comunidad chií y al conjunto del Líbano si es necesario.

No tanto por sus amos en Teherán como por haber tenido razón.

Cada veinte años, escribe Nizar Qabbani.

Mucho menos, tristemente.

Pero el tiempo del Líbano ya no puede ser el de los ciclos sacrificiales. Es el tiempo de una elección ineludible: volver a ser un país, con todo lo que ello implica en términos de límites, responsabilidades y renuncias, de neutralidad frente a los ejes regionales, o desaparecer definitivamente como sujeto político, disuelto en las convulsiones de un imperio en descomposición.

Y esta vez, ningún decreto, ningún eslogan, ninguna verborrea podrá aplazar el desenlace.

Esta vez, alguien debe interponerse frente a Qassem y a los suyos, sean quienes sean. No con su lógica —la violencia y la sinrazón—, sino con el Estado de derecho y un diálogo firme y claro, si todavía hay quienes dentro de Hezbolá pueden escuchar a la razón y desean evitar la catástrofe colectiva.

Y ese alguien no puede ser Estados Unidos, ni mucho menos Israel. La ironía suprema es que una nueva confrontación con el Estado hebreo no haría sino reforzar su influencia, o incluso consolidar su ocupación en el Líbano. Mejor, pues, no provocar a la bestia, sobre todo cuando aguarda al acecho que se le entregue la guadaña.

En principio, corresponde al Estado libanés disuadir activamente al partido proiraní. Y si aún existe una voluntad popular y política libanesa dispuesta a actuar en el interés propio del país, ha llegado el momento de que se exprese sin reservas, soberanamente, por todos los medios democráticos, alto y claro contra la guerra, para demostrar que todavía quiere vivir, lejos del eterno retorno de la locura-violencia y de todos sus demonios.

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