

Hay, en la imagen de Nicolás Maduro exhibido en Nueva York como un vulgar narcotraficante, ecos de Vercingétorix paseado como trofeo de guerra en Roma ante Julio César, en septiembre del año 52 a.C., tras el sitio de Alesia.
No se trata, por supuesto, de derramar lágrimas de cocodrilo por un dictador populista al frente de un Estado díscolo. Maduro, además, no es ni Lumumba ni el Che Guevara. Es simplemente uno de esos personajes que América Latina siempre ha sabido producir en sus horas más sombrías: figuras salidas directamente de El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, cuya exuberancia externa carece de toda grandeza. Espectral. Risible.
Es evidente que, con este golpe de fuerza, Donald Trump quiso demostrar una vez más la supremacía del imperio estadounidense, como lo hizo George W. Bush hace veinte años al enviar a Saddam Hussein a la horca tras la expedición en Irak. Pero, pese al impacto de la operación estadounidense, no es necesariamente una señal de poder. Por el contrario, actúa como un revelador brutal: el retorno silencioso a una lógica de esferas de influencia, cercana en espíritu a la consagrada entre la URSS y Estados Unidos en los Acuerdos de Helsinki de 1975.
Con una diferencia fundamental.
Desde el fin de la Guerra Fría, el orden internacional intentó presentarse como universal y normativo, basado en el derecho, la democracia y la soberanía de los pueblos. En la práctica, esta narrativa ocultó durante mucho tiempo un intervencionismo selectivo, a menudo justificado por la lucha contra el terrorismo o contra regímenes considerados “canallas”. El nuevo orden mundial era estadounidense. Una “hiperpotencia”, como la definió Védrine.
Durante dos décadas, Estados Unidos golpeó a figuras situadas fuera del marco estatal clásico: los talibanes, Osama bin Laden, Abu Bakr al-Baghdadi, Qasem Soleimani. Incluso Saddam Hussein, una excepción notable, fue integrado en un relato global de proliferación y amenaza sistémica.
Con Maduro, la lógica cambia. Ya no se trata de neutralizar a un actor transnacional, sino de intervenir directamente contra un jefe de Estado en ejercicio, en una región históricamente considerada por Washington como parte de su esfera estratégica natural. El gesto es menos ideológico que geopolítico.
Lo que emerge se asemeja cada vez más a una Helsinki informal, sin mesa de negociación ni firmas solemnes. Una regla tácita parece imponerse: cada gran potencia actúa como gendarme de su espacio vital, evitando cuidadosamente el enfrentamiento directo con las demás.
Israel impone “su” orden de seguridad regional en Oriente Medio mediante la disuasión preventiva y la acción militar selectiva; Turquía redefine sus líneas rojas desde Siria hasta el Cáucaso; Arabia Saudí gestiona su entorno inmediato con una lectura existencial de la seguridad; Estados Unidos reinvierte en el hemisferio occidental con un espíritu abiertamente monroísta; Rusia actúa en Ucrania (y antes en Siria) en nombre de su profundidad estratégica; China afirma que Taiwán es una línea roja no fragmentable; India y Pakistán retoman sus viejos estribillos… sin siquiera mencionar el Cuerno de África y su incesante maraña de intrigas. Con el derrumbe del orden instaurado en Yalta, el mundo ya no se gobierna por normas universales, sino por equilibrios de poder localizados.
Aquí es donde la analogía con Helsinki alcanza su límite. En 1975, el reconocimiento mutuo de las esferas de influencia se inscribía en un marco bipolar estricto. La carrera armamentística nuclear obedecía a una lógica paradójicamente estabilizadora: la disuasión. Cada cual conocía las líneas rojas del otro. El riesgo existencial de aniquilación nuclear actuaba como freno último. La competencia dentro de la coordinación era la consigna.
Hoy, ese marco ha desaparecido.
El mundo es multipolar, fragmentado, atravesado por potencias intermedias, actores híbridos, milicias, Estados fallidos y tecnologías disruptivas. El arma nuclear sigue existiendo, pero ya no estructura el sistema en su conjunto. Convive con guerras convencionales prolongadas, ataques selectivos, operaciones encubiertas, ciberataques y conflictos por delegación. La disuasión ya no es un lenguaje común. En cuanto a la coordinación… basta preguntarle al judoca Putin.
Este retorno a la lógica de las gendarmerías regionales produce un mundo más legible para las grandes potencias, pero infinitamente más peligroso para las zonas grises. Los Estados demasiado débiles para imponer su soberanía, pero demasiado estratégicos para ser ignorados, se convierten en escenarios permanentes de tensiones contenidas. Y, sobre todo, la ausencia de un marco global creíble hace pesar un riesgo inédito: el de un error de cálculo, de un desliz local no controlado, en un sistema en el que nadie cree realmente en las reglas que invoca. Es el otro nombre del caos. Y no será “constructivo”.
Helsinki congeló el mundo por el miedo a la aniquilación mutua. El mundo actual avanza sin red de seguridad, convencido de que la fuerza local puede resolverlo todo, olvidando una evidencia elemental: junto a la política del borde del abismo coexiste siempre el riesgo de caer en él.
Tal vez ese sea el verdadero presagio del mañana: un orden internacional menos “hipócrita”, pero más inestable; más asumido en su brutalidad, pero desprovisto de salvaguardias. Un mundo en el que cada uno hace de policía en su casa, hasta el día en que las fronteras entre esos “hogares” dejen, una vez más, de sostenerse.
“He visto el futuro, hermano, es asesinato”, cantaba Leonard Cohen tras la caída del Muro de Berlín y del orden bipolar. Tenía razón. Entre los sueños de libertad y democracia y las pesadillas de la violencia sin límites, a menudo solo hay un paso.