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Estudio

Los huzíes en Yemen: de Saada a Bab al-Mandeb (2)

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La ciudad de Saada, gravemente destruida por la guerra. Foto AFP
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Por Saoud Al-Mawla
Publicado oct 4, 2026 - 16:52

II. El zaydismo: una doctrina del imán vivo y de la rebelión

Una rama singular del chiismo

El chiismo (shī‘a, “partido” de Alí) considera a Alí ibn Abi Talib y a sus descendientes, la “Gente de la Casa” (Ahl al-Bayt), como los sucesores legítimos del Profeta. A lo largo de las disputas sucesorias, se dividió en varias ramas: los duodecimanos, mayoritarios en Irán, Irak y Baréin, y con una fuerte presencia en Líbano; los ismailíes; las corrientes llamadas “exageradas” (ghulāt); y los zaydíes, hoy concentrados en el noroeste de Yemen.

El zaydismo debe su nombre a Zayd ibn Alí, nieto de Hussein, quien se rebeló contra los omeyas y murió como mártir en 740. Su sobrino Ja‘far al-Sadiq, referencia para los futuros duodecimanos, se negó a seguirlo. La separación se produjo precisamente en torno a este punto: seguir al imán que toma las armas contra la injusticia o esperar. Zayd mantenía estrechos vínculos con el mutazilí Wasil ibn Ata, mientras que Abu Hanifa, fundador de una de las grandes escuelas jurídicas sunitas, fue discípulo suyo y apoyó su rebelión. Esta cercanía explica que durante mucho tiempo el zaydismo haya sido descrito como “el más sunita de los chiismos”.

Los principios: presencia, khuruj y descendencia

Tres ideas distinguen al zaydismo del chiismo duodecimano. La primera es la presencia del imán: no existe un imán oculto ni un Mahdi esperado, sino un dirigente vivo que debe manifestarse. La segunda es el deber de rebelión armada (khuruj) contra el gobernante injusto, condición misma para acceder al imamato. La tercera es el rechazo de la disimulación (taqiyya) y de la espera pasiva (intizar), características del chiismo duodecimano.

El imán debe reunir una serie de condiciones: piedad, conocimiento al nivel de un mujtahid, valor, sentido de la justicia, generosidad, ascetismo y, sobre todo, haberse proclamado y haber tomado las armas. También debe descender de Hassan o de Hussein, los dos hijos de Alí y Fátima. Esta última condición es la que fundamenta el lugar central de los hachemitas en la sociedad zaydí.

Varios zaydismos

La tradición conoce varias escuelas. La Salihiyya y la Batriyya admiten el imamato del “menos meritorio” aun en presencia del más meritorio, lo que les permite reconocer la legitimidad de los dos primeros califas; en el plano jurídico, se encuentran próximas al sunismo. La Sulaymaniyya considera esos califatos un “error” de la comunidad sin llegar al anatema. La Jarudiyya, por último, que reúne a los discípulos de Abu al-Jarud, se aproxima a los duodecimanos: considera que el Profeta designó a Alí y juzga severamente a Abu Bakr y Omar.

En Yemen, fue esta última interpretación la que terminó imponiéndose. El imán al-Hadi Yahya ibn al-Hussein, fundador del Estado zaydí en 890, o en 897 según algunas fuentes, la convirtió en doctrina oficial y restringió el imamato exclusivamente a los descendientes de Hassan y Hussein, los Hasanayn. Los zaydíes de Yemen se convirtieron así, en la práctica, en jarudíes. Sin embargo, nunca dejaron de existir voces disidentes que cuestionaran este monopolio del linaje.

Del imamato a la república, y luego al resurgimiento

El imamato zaydí gobernó las tierras altas del norte, con interrupciones otomanas, durante más de mil años. Llegó a su fin el 26 de septiembre de 1962, cuando un grupo de oficiales derrocó al imán Muhammad al-Badr y proclamó la República Árabe de Yemen. Paradoja fundacional: muchos de esos oficiales eran ellos mismos zaydíes, pero procedían de las tribus y no de la nobleza hachemita. La guerra civil que siguió, entre 1962 y 1970, enfrentó a los monárquicos apoyados por Arabia Saudita con los republicanos respaldados por el Egipto de Nasser.

Para el zaydismo, la caída del imamato representó una amenaza existencial. La historia muestra, en efecto, que allí donde el zaydismo perdió su pilar político, como en Irak o en las regiones iraníes de Guilán y Dailam, terminó por desaparecer como doctrina. Su fuerza reside más en su dimensión práctica y política, el imamato, la exhortación al bien y la rebelión contra la injusticia, que en una metafísica. La gran autoridad religiosa Majd al-Din al-Mu’ayyadi emprendió entonces una labor de preservación del patrimonio zaydí desde Saada, Taif y Najran, al tiempo que se negaba a reconocer la legitimidad del poder republicano.

En 1990, frente al auge del salafismo y de los Hermanos Musulmanes, una parte de los ulemas zaydíes dio un paso histórico: declararon que la condición de ascendencia hachemita para gobernar pertenecía al pasado y que la conducción de la nación debía corresponder a todos los ciudadanos. Badreddine al-Houthi, segundo en la jerarquía de las autoridades religiosas zaydíes, rechazó esta revisión y permaneció fiel a la interpretación jarudí.

El neozaydismo hutí

Es a partir de este rechazo que se construye el movimiento. Se trata de un “zaydismo político” o, más exactamente, de un hachemismo político: la movilización interna y la alianza exterior con Irán y Hezbolá se realizan bajo la bandera de una restauración hachemita. El movimiento añade a ello elementos tomados del chiismo revolucionario iraní, visibles en la introducción de conmemoraciones como la Ashura, en la sarkha, el eslogan, y en la importancia otorgada a Palestina.

El movimiento combina así una identidad de minoría perseguida, una organización moderna y una pretensión hegemónica. Su teoría del poder es una mezcla de zaydismo tradicional, gobierno familiar al estilo de las monarquías del Golfo y elementos del sistema revolucionario iraní, todo ello bajo una fachada republicana. Símbolo de este desplazamiento: el 21 de septiembre, fecha de la toma de Saná por los hutíes en 2014, ha sustituido a la celebración del 26 de septiembre, que muchos yemeníes siguen conmemorando iluminando los techos de sus casas.

Próximo artículo: De Saada a Saná: la alianza paradójica y la toma del poder

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