

Tres meses, día por día, después de su inicio, la guerra en Irán parece suspendida, y en los cálculos de Washington y Teherán, la parte contraria terminará cediendo con el factor «tiempo».
Aunque todo indica que Irán debería ceder tras su desastre militar y sus pérdidas económicas estimadas entre 1.000 y 1.450 mil millones de dólares estadounidenses, el Cuerpo de Guardias de la Revolución Islámica (CGRI) no cede.
No tiene que rendir cuentas a su pueblo, le impide expresarse, ha masacrado al menos a treinta mil personas y encarcelado a unos cincuenta mil en enero pasado.
El CGRI ha asegurado así su marco interno, preserva firmemente sus posiciones y continúa coordinándose estrechamente con Hezbolá. Frente a esta fuerza, Israel lanza ataques dirigidos y lleva a cabo una ofensiva limitada al sur del Líbano y en algunas partes de la Bekaa occidental.
El estrecho de Ormuz permanece cerrado a la navegación internacional por parte de Teherán, y Washington mantiene su bloqueo sobre los puertos iraníes. A pesar de las negociaciones en curso para desbloquear la crisis, la situación en el Golfo se califica como un punto muerto estratégico.
¿Cuáles son las demandas presentadas por los beligerantes, en qué punto están las negociaciones y —pregunta formulada y reformulada muchas veces— cómo podría terminar esta guerra?
La posición de Washington
La Administración Trump mantiene sus exigencias, en particular la reapertura inmediata del estrecho de Ormuz y el rechazo a que permanezca bajo control iraní.
Exige garantías firmes para la libre navegación internacional. En el asunto nuclear, Estados Unidos exige el cese completo del enriquecimiento de uranio para uso militar y el depósito en garantía, por sesenta días, de las reservas de uranio enriquecido de Irán, en un país tercero de confianza, mientras se negocia un desmantelamiento duradero.
Los activos iraníes congelados permanecerían bloqueados mientras Teherán no cediera en todas las demandas estadounidenses. Los Acuerdos de Abraham deberían ampliarse a todos los países del Golfo y el apoyo iraní a Hezbolá debe cesar.
Finalmente, el CENTCOM se reserva la posibilidad de llevar a cabo ataques defensivos inmediatos contra cualquier colocación de minas o amenaza directa, como ocurrió recientemente en Bandar Abbas, mientras no se haya firmado un acuerdo definitivo.
La posición de Teherán
Teherán exige el levantamiento total e inmediato de las sanciones económicas, reclama la devolución de decenas de miles de millones de dólares congelados en el extranjero y desea confiar a Qatar el papel de garante financiero del desbloqueo. Todas las restricciones sobre sus exportaciones de petróleo deberían abolirse.
El régimen iraní reafirma su derecho soberano a enriquecer uranio con fines civiles y estaría dispuesto a transferir temporalmente sus reservas altamente enriquecidas a China, sin que esto forme parte de un desmantelamiento definitivo.
Exige el reconocimiento pleno de su soberanía marítima sobre el estrecho de Ormuz y desea que la seguridad del Golfo Pérsico sea garantizada exclusivamente por los países ribereños, excluyendo cualquier presencia militar occidental.
Teherán exige un cese inmediato de los ataques del CENTCOM y se niega a ratificar un acuerdo mientras estos ataques continúen.
Finalmente, el jefe de la diplomacia iraní Abbas Araghchi se niega a vincular un alto el fuego a una normalización de los países árabes con Israel y busca convencer a las monarquías del Golfo de reducir sus lazos de seguridad con Washington.
Posiciones de Pakistán y Qatar
Las negociaciones están en curso gracias a Pakistán, Qatar y China, pero enfrentan una profunda desconfianza entre Irán y Estados Unidos cuyas declaraciones contradictorias no facilitan una solución.
Pakistán alberga desde 1979 la sección de intereses iraní en Washington y, por lo tanto, actúa de facto como intermediario de comunicación entre los beligerantes. Sus más altos responsables coordinan estrechamente los intercambios militares y civiles entre Washington, Teherán y Pekín para preservar la tregua. Qatar, por su parte, se concentra en los mecanismos financieros, en particular en las propuestas para desbloquear fondos iraní congelados a cambio de garantías sobre la seguridad marítima.
Posición de China
China no asume el papel de mediador de primera línea, dejado a Pakistán y Qatar, sino que actúa entre bastidores como garante estratégico para ambas partes, y garante financiero para Irán.
Propone una solución técnica importante: la del stock nuclear. Irán transferiría así su uranio altamente enriquecido a China, ofreciendo a Teherán una salida honorable y a Washington una prueba tangible de un desmantelamiento nuclear a corto plazo, aunque la administración estadounidense muestra recticencia a confiar este control a Pekín.
En el plano económico, China es el pulmón financiero de Irán, ya que compra casi el 90 % de su petróleo bajo sanciones. Ha aprovechado este papel de socio económico indispensable para presionar a Teherán a fin de que acepte el cese del fuego del 8 de abril.
Para protegerse de la interrupción del tráfico marítimo en el Golfo, que veía venir, China había acumulado reservas colosales de 1.400 millones de barriles de petróleo (suficiente para 6 meses). Esto le permitió negociar sin la urgencia absoluta que afecta a los mercados occidentales.
Pekín insiste también en la reapertura del Estrecho de Ormuz, vital para sus importaciones, mientras respeta el discurso pro-soberanía de Irán. Finalmente, China busca reforzar su influencia regional y obtener concesiones estadounidenses sobre Taiwán, a cambio de su papel estabilizador.
El arte del trato geopolítico: la estrategia de negociación de Trump
En estas negociaciones, el presidente Trump aplica un estilo personalizado y agresivo, una versión geopolítica de su «Art of the Deal», combinando una retórica pública tranquilizadora y una presión concreta sobre el terreno.
Por un lado, el optimismo exhibido, afirmando repetidamente un «acuerdo inminente», tiene como objetivo tranquilizar a los mercados y al electorado; por otro lado, operaciones militares selectivas y medidas económicas máximas sirven para obligar a los CGRI a ceder ante las demandas estadounidenses.
El jefe de la Casa Blanca privilegia los canales bilaterales con Pakistán y Qatar, así como el diálogo directo con Xi Jinping, imponiendo así su narrativa unilateral sobre los desafíos del conflicto. Su táctica de «sobrecalentamiento» consiste en exigir desde el principio posiciones extremas (cero enriquecimiento, adhesión a los Acuerdos de Abraham) para poder hacer concesiones después y vender compromisos.
Finalmente, implica a China, aceptando confiarle el uranio iraní, usándola al mismo tiempo como palanca y fusible. Si el acuerdo tiene éxito, se lleva la gloria; si fracasa, puede denunciar su responsabilidad.
La estrategia iraní de negociación asimétrica
La estrategia de negociación iraní es lenta, paciente y metódica, basada en una resistencia asimétrica que busca desgastar a Washington.
Teherán practica la «diplomacia al borde del abismo» provocando tensiones calculadas (minado del Ormuz, implicación de Hezbollah en una guerra con Israel, ataques contra los Emiratos Árabes Unidos, ataque a buques en el Golfo) para demostrar que el costo de la inacción para Estados Unidos supera el de un compromiso.
El régimen iraní explota a sus diplomáticos moderados y a la CGRI para presentar alternadamente flexibilidad y amenazas. Busca fracturar las coaliciones proestadounidenses en el Golfo y reforzar sus relaciones con China y Pakistán para demostrar que no está aislado. Utiliza el tiempo como palanca, alargando los debates técnicos para agotar a Washington, que está bajo una presión política y financiera intensa.
Finalmente, la sacralización de la soberanía hace inaceptable toda capitulación pública; por eso se valorizan soluciones técnicas, como la transferencia de uranio a China, ya que resuelven el problema sin que Teherán aparezca como derrotado.
Perspectivas
Las negociaciones no avanzan y mientras ninguno de los dos bandos haya infligido un golpe lo suficientemente decisivo para quebrantar la voluntad del otro, la guerra se prolongará bajo una tensión medida pero explosiva (bloqueos, cierre del estrecho, ataques intermitentes de intensidad variable), lo que es tolerable para el presidente Trump pero quizás no para Teherán.
A partir de ahí, la guerra podría evolucionar de dos maneras: ya sea que Irán ceda con el tiempo, lo que significaría el comienzo del fin del régimen; o que Washington ceda ante ciertas demandas iraníes salvando la cara del régimen, lo que supondría un revés para Trump.
El tiempo será el factor determinante que impondrá a uno de los dos bandos un cambio de actitud, de lo contrario prevalecería el tercer escenario: una guerra total devastadora.