

En este artículo analizamos el impacto militar e industrial de las operaciones Epic Fury (Furia Épica) y Roaring Lion (Rugido del León) sobre las capacidades convencionales iraníes. La próxima semana se publicará una segunda y última entrega que examinará las circunstancias que podrían conducir a la implosión de Irán a mediano o largo plazo.
El régimen iraní sufrió pérdidas considerables como consecuencia de la guerra estadounidense-israelí de febrero a abril de 2026.
A pesar de estas pérdidas, el colapso de la República Islámica no se produjo y el régimen iraní no mostró ninguna flexibilidad frente a las sanciones y al bloqueo marítimo impuesto por Estados Unidos.
La historia y los análisis de numerosos especialistas indican hoy que un régimen autoritario tan arraigado como el de Teherán tiene muchas más probabilidades de ceder a causa de una implosión interna. Esta sería provocada por la combinación de un prolongado estrangulamiento económico y el surgimiento de un nivel crítico de movilización popular.
Las sanciones internacionales y el bloqueo naval estadounidense debilitan sin duda los recursos estatales iraníes, pero no son más que catalizadores. La ruptura definitiva ocurre cuando fracturas internas, anteriormente contenidas mediante la represión, se expanden y convergen entre sí (más de 30.000 muertos en enero pasado y más de 50.000 detenciones punitivas y preventivas durante febrero).
Volviendo a la guerra estadounidense-israelí de 40 días contra Irán, surgen dos preguntas: ¿cuál es el balance real de las pérdidas militares y económicas de la República Islámica y qué perspectivas se presentan frente al bloqueo estadounidense y unas negociaciones que parecen interminables?
¿Qué queda de la marina iraní?
Las dos operaciones militares conjuntas, la estadounidense Epic Fury y la israelí Roaring Lion, desarrolladas entre febrero y abril de 2026, sumaron 20,000 ataques aéreos. Esta cifra representa, en apenas 40 días, el 60 % de los ataques aliados contra el Estado Islámico en Siria e Irak durante un período de cinco años.
Los bombardeos estadounidenses e israelíes asestaron un golpe decisivo a la marina regular iraní. Los ataques contra las principales bases de Bandar Abbas y Konarak destruyeron la mayor parte de los grandes buques de superficie: destructores, fragatas y buques nodriza fueron hundidos o quedaron irreparables, privando a Irán de su capacidad naval convencional de alta mar. Este trauma estratégico obliga ahora a Teherán a depender de medios residuales, asimétricos y móviles para defender su litoral y, sobre todo, para seguir representando una amenaza para el tráfico marítimo en el Golfo y el estrecho de Ormuz.
Aunque resultó parcialmente afectada, la fuerza submarina conserva cierta capacidad de hostigamiento en aguas poco profundas gracias a los submarinos de bolsillo que sobrevivieron. Los tres submarinos de ataque clase Kilo, de fabricación rusa, fueron alcanzados o hundidos en puerto. También fue destruida en puerto la mitad de los 23 submarinos de bolsillo Ghadir, de fabricación iraní. La flota sobreviviente de estos mini submarinos, entre 10 y 12 unidades equipadas con torpedos y misiles, está desplegada en primera línea en el Golfo y en las proximidades del estrecho de Ormuz. Estas embarcaciones ofrecen capacidades de guerra de guerrillas marítima, incluyendo colocación de minas, lanzamiento de torpedos y operaciones encubiertas desde costas rocosas.
Paralelamente, la mayor parte de la marina de superficie del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica logró sobrevivir gracias a su estructura dispersa. Está compuesta por cientos de lanchas rápidas armadas (Fast Attack Craft), así como patrulleras ligeras equipadas con misiles (Peykaap II y Houdong). Estas pequeñas embarcaciones de guerra están diseñadas para realizar ataques coordinados en gran número y retirarse rápidamente hacia caletas y ensenadas.
Tácticas iraníes en el Golfo y el estrecho de Ormuz
La estrategia iraní para atacar buques civiles o militares se basa ahora en submarinos de bolsillo equipados con torpedos y misiles. Sus tripulaciones no superan los siete marinos. También depende de las lanchas rápidas armadas con misiles, conocidas como Fast Attack Craft, con tripulaciones de cuatro o cinco personas, además de misiles antibuque tierra-mar, minas navales y drones de ataque.
Aproximadamente el 70 % de los proyectiles antibuque, estimados en varios cientos, permanecen intactos y pueden ser lanzados desde 30 emplazamientos costeros. Se trata de misiles Ra’ad, Noor, Qader y Khalij Fars, todos de fabricación iraní y derivados del modelo chino C-802. Su alcance oscila entre 130 y 360 kilómetros y están instalados en bases móviles ocultas en el interior del país.
La capacidad de minado marítimo es relativamente fácil de mantener. Sin embargo, las contramedidas submarinas estadounidenses han permitido despejar varios corredores marítimos en el estrecho de Ormuz, utilizados actualmente cada día por entre 10 y 20 buques comerciales, incluidos grandes petroleros.
Las embarcaciones que transitan por estas rutas marítimas apagan sus radares y sistemas de localización, coordinan sus movimientos con la marina estadounidense, que las monitorea mediante radares y las escolta a distancia. Una dinámica similar prevalece en el lado iraní del estrecho.
Los drones suicidas tipo Shahed son utilizados como una extensión aérea de los medios marítimos para saturar las defensas estadounidenses y árabes. Decenas de barcos comerciales han sido alcanzados por estos proyectiles. Sin embargo, los ataques iraníes complejos que combinan misiles antibuque y drones no han logrado impactar a los buques de guerra estadounidenses.
Estos medios que aún conserva Irán no eliminan la superioridad naval estadounidense. No obstante, son suficientes para generar una inseguridad crónica en el tráfico marítimo y ejercer presión sobre la economía mundial.
¿Y las defensas antiaéreas iraníes?
Al mismo tiempo, los ataques masivos de la coalición estadounidense-israelí deterioraron profundamente las capacidades antiaéreas iraníes y abrieron el espacio aéreo del país a los aviones estadounidenses e israelíes.
Antes del conflicto, Irán contaba con un sistema integrado de defensa antiaérea basado en capas múltiples de negación de acceso destinadas a impedir la penetración de aviones y misiles enemigos en una amplia porción de Medio Oriente.
A comienzos de 2026 existían tres capas complementarias. Una capa de largo alcance sustentada en baterías fijas S-300PMU-2 de fabricación rusa y sus equivalentes nacionales Bavar-373. Esta protegía instalaciones nucleares y centros urbanos a varios cientos de kilómetros de distancia. Una segunda capa intermedia, altamente móvil, incluía sistemas locales avanzados (Khordad-15, Raad y Talash) capaces de amenazar aviones de combate y drones. Una tercera capa, de defensa puntual, proporcionaba protección cercana y continúa haciéndolo gracias a sistemas de corto alcance (Tor-M1 y Pantsir-S1) de fabricación rusa, además de miles de cañones antiaéreos y misiles portátiles lanzados desde el hombro. Todo el sistema estaba coordinado por una red de mando integrada en el complejo del CGRI Khatam al-Anbiya, alimentada por amplias redes de radar terrestres y costeras.
Los ataques combinados de Estados Unidos e Israel, mediante misiles antirradiación, bombarderos furtivos B-2 y municiones antibúnker, neutralizaron gran parte de los emplazamientos fijos y de los radares de alerta temprana. La capa de largo alcance y la capa intermedia fueron eliminadas, reduciendo drásticamente la capacidad de detectar aeronaves enemigas e impedir su operación a larga distancia.
Como respuesta, Teherán adoptó una doctrina de supervivencia basada en el apagado intermitente de radares para evadir la guerra electrónica enemiga, un mayor uso de sensores ópticos y la dispersión de baterías móviles en zonas montañosas y costeras.
Sus unidades llevan a cabo ahora verdaderas “emboscadas aéreas”. Lanzan misiles desde posiciones temporales y se desplazan inmediatamente después. Esta táctica les ha permitido derribar varios drones israelíes y estadounidenses tipo MQ-9. El último fue abatido en mayo de 2026.
La pérdida de los sistemas pesados impide a Irán negar su espacio aéreo a los aviones furtivos de la coalición. Sin embargo, su nueva postura sigue siendo peligrosa: mantiene una capacidad efectiva de hostigamiento contra drones y aeronaves que vuelan a baja o media altitud, puede saturar las defensas enemigas y realizar emboscadas esporádicas que obligan a la coalición, por ejemplo, a evitar vuelos por debajo de los siete kilómetros de altitud.
La defensa aérea costera también sufrió daños severos: la mayoría de los emplazamientos fijos de largo alcance que protegían Bandar Abbas, Jask y la isla de Kharg fueron neutralizados.
Sitios nucleares y complejos industriales militares
La ofensiva estadounidense-israelí también dañó gravemente una gran parte de los complejos nucleares de Natanz, Fordo, Parchin e Isfahán, que ya habían sido bombardeados en junio de 2025.
Del mismo modo, las instalaciones de producción de drones y la mayoría de los complejos vinculados al programa de misiles balísticos fueron destruidos total o parcialmente. Asimismo, infraestructuras energéticas y civiles críticas fueron bombardeadas, provocando crisis de combustible en las principales ciudades del país.
En conclusión, las enormes pérdidas militares, nucleares, industriales y económicas, estimadas en 14 billones de dólares, no han eliminado todas las capacidades asimétricas que permiten a Irán bloquear el estrecho de Ormuz. Sin embargo, el Irán actual se encuentra seriamente debilitado en comparación con el que existía antes de junio de 2025. Sus capacidades nucleares, balísticas, de drones aéreos y de apoyo a sus aliados regionales, especialmente Hezbollah, se han visto profundamente mermadas.